Llegué a mi cuarto justo a tiempo de meterme bajo las
sábanas antes de que entrara María acompañada de la señora Bethany. La figura
de la directora se recortó contra la débil luz del pasillo, por lo que solo
pude distinguir su silueta.
—Ya conoces las normas, María
— dijo en voz baja, aunque indudablemente seria. Decir que intimidaba sería quedarse
corto, y eso que ni siquiera era yo a la que reprendía — Debes comprender que
las normas están para obedecerlas. No podemos andar corriendo por el campo en
plena noche. ¿Qué diría la gente? Los alumnos se desmadrarían y podría ocurrir
una tragedia. ¿Está claro?
María asintió y la puerta se
cerró de golpe. Me enderecé.
—¿Ha ido muy mal? — le
pregunté en un susurro.
—No, solo un poco — gruñó María
mientras empezaba a desnudarse. Llevábamos una semana cambiándonos en la misma
habitación, pero a mí seguía dándome vergüenza. A ella no. De hecho, ni
siquiera dejó de mirarme mientras se quitaba la camisa precipitadamente — ¡Pero
si todavía vas vestida!
—Ah, sí.
—Creía que te habías ido de
la fiesta.
—Lo hice, pero... No pude
entrar en la escuela. Estaban de patrulla. Luego se dieron cuenta de dónde
estabais y salieron pitando. He llegado tres minutos antes que tú.
María se encogió de hombros
al agacharse para recoger el pijama. Yo hice lo que pude para cambiarme sin
volverme. La conversación se había terminado y yo había mentido con éxito a mi
compañera de cuarto por primera vez.
Tal vez debería haberle
explicado por qué me había retrasado. La mayoría de las chicas se morirían por
contarle a todo el mundo que acababan de ligar con un chico guapísimo, pero
quería que siguiera siendo un secreto, me gustaba. En cierto modo, el hecho de
que yo fuera la única en saberlo lo hacía más especial. «Yo le gusto a él y él
me gusta a mí. Tal vez pronto estemos juntos.»
Mientras volvía a meterme
bajo las sábanas, recapacité y decidí que quizá estaba echando las campanas al
vuelo. Los pensamientos se atropellaban en mi cabeza y me impedían dormir. Le
sonreí a la almohada.
«Es mío.»
—He oído que anoche hubo una
fiesta — dijo mi padre, dejando delante de mí una hamburguesa y patatas fritas;
estábamos sentados a la mesa de mi familia.
—Hum... — contesté con la
boca llena de patatas. Acabé de tragar y mascullé — Es decir, eso me han dicho.
Mis padres intercambiaron
una mirada y tuve la impresión de que incluso les hacía gracia. Qué alivio.
Sería la primera de las
muchas cenas semanales de los domingos. Todo el tiempo que pudiera pasar con mi
familia en los alojamientos del profesorado en vez de rodeada de alumnos de Mandalay,
para mí era tiempo bien invertido. Aunque intentaban actuar de la manera más
informal posible, era fácil adivinar que mis padres me habían echado de menos
tanto como yo a ellos. Duke Ellington sonaba en el equipo de música y, a pesar
del interrogatorio paterno, el mundo volvía a recuperar su orden.
—No os desmadrasteis mucho,
¿verdad? — Por lo visto mi madre había decidido pasar por alto el hecho de que
yo hubiera negado mi asistencia a dicha fiesta — Solo hubo cerveza y música,
por lo que me han dicho.
—No sé nada del asunto — contesté,
sin negarlo. Es decir, yo solo estuve unos quince minutos en la fiesta.
—Da igual que solo se
tratara de unas cervezas — dijo mi padre sacudiendo la cabeza, en dirección a
mi madre — Las normas están para cumplirlas, Celia. Una cosa es el terreno de
la escuela, pero ¿y si la semana que viene les da por ir a la ciudad? Rocío no
me preocupa, pero algunos de los otros...
—No estoy en contra de las
normas, pero es normal que los alumnos de mayor edad se rebelen contra ellas de
vez en cuando. Es mejor tener algún que otro desliz sin importancia de vez en
cuando que incidentes más graves — Mi madre se volvió hacia mí — ¿Cuál es tu
asignatura preferida hasta ahora?
—La tuya, ¿cuál va a ser? — respondí,
y la miré como queriendo decir si de verdad creía que iba a ser tan tonta como
para responder otra cosa. Se echó a reír.
—Además de la mía — Mi madre
descansó la barbilla en la mano, saltándose a la torera la norma de no poner
los codos sobre la mesa — ¿Tal vez Inglés? Siempre te ha gustado mucho.
—No con la señora Bethany.
El comentario no me granjeó
ninguna simpatía.
—Pues atiende a lo que te
diga — dijo mi padre con severidad. Dejó las gafas sobre la mesa de roble con
brusquedad, de un porrazo — Tómatela muy en serio.
Qué tonta había sido, pero
si era su jefa. ¿Qué ocurriría si corría la voz de que su hija iba por ahí
hablando mal de la directora? Tal vez debería dejar de pensar solo en mí para
variar.
—Me esforzaré — le prometí.
—Sé que lo harás.
Mi madre cubrió mi mano con
la suya.
El lunes entré en la clase
de Inglés decidida a hacer borrón y cuenta nueva. Hacía poco que habíamos
empezado a hablar de la mitología y el folclore en la literatura, dos temas que
siempre me habían gustado. Si había algún área en que poder demostrarle mis
aptitudes a la señora Bethany, era precisamente esa.
Aunque estaba visto que no
iba a poder demostrarle nada.
—Supongo que relativamente
pocos de ustedes habrán leído nuestro siguiente libro de estudio — dijo, a
medida que iba repartiendo por la clase una pila de libros de tapa blanda. La
señora Bethany siempre olía a lavanda. Femenino, pero muy penetrante — Sin
embargo, imagino que prácticamente todos habrán oído hablar de él.
Los libros llegaron hasta mi
escritorio y cogí un ejemplar de Drácula, de Bram Stoker.
—¿Vampiros? — oí que Candela
murmuraba en la fila de enfrente.
Nada más pronunciar esas
palabras, el aire pareció cargarse de electricidad.
—¿Tiene algún problema con
el libro, señorita Vetrano? — le espetó la señora Bethany, clavando su
brillante mirada de ave rapaz en Candela, quien daba la impresión de haber
preferido morderse la lengua antes de abrir la boca. Le estaban saliendo bolas
al único jersey de la escuela que tenía, al que también se le estaban gastando
los codos.
—No, señora.
—Pues no lo parece. Por
favor, señorita Candela, ilumínenos — La señora Bethany se cruzó de brazos,
encantada con el modo de conducir la situación. Tenía unas uñas gruesas y
extrañamente surcadas — Si encuentra que las sagas escandinavas sobre monstruos
gigantes son merecedoras de su atención, ¿por qué no las novelas sobre
vampiros?
Candela estaba perdida
respondiera lo que respondiera. Ella intentaría contestar y la profesora
echaría por tierra su argumento, cualquiera que fuera, y así podíamos tirarnos
casi toda la hora. Ese era el modo de entretenimiento que la señora Bethany
había escogido durante sus clases: elegía a alguien a quien torturar, por lo
general para deleite de los alumnos por cuyas poderosas familias sentía una
obvia predilección. Lo más sensato habría sido guardar silencio y dejar que ese
día Candela fuera la cabeza de turco de la señora Bethany, pero no pude
resistirme.
Levanté la mano,
tímidamente. La señora Bethany apenas me miró.
—¿Sí, señorita Igarzabal?
—Con todo, Drácula no es un
libro muy bueno, ¿no? — Todos me miraron desconcertados, sorprendidos de que
alguien además de Candela se hubiera atrevido a contradecir a la señora Bethany
— Tiene un lenguaje muy florido y muchas cartas dentro de otras cartas.
—Ya veo que alguien
desaprueba el estilo epistolar que tantos autores distinguidos emplearon
durante los siglos XVIII y XIX. — El repiqueteo de los tacones de los zapatos
de la señora Bethany sobre el suelo embaldosado resonó con fuerza
extraordinaria al encaminar sus pasos hacia mí, olvidando a Candela. El aroma a
lavanda se intensificó — ¿Lo encuentra anticuado? ¿Desfasado?
¿Quién me mandaría levantar
la mano?
—Es que no se trata de un
libro que se lea rápido, nada más.
—La velocidad, claro, el
criterio por el cual se ha de juzgar toda la literatura —Las risitas ahogadas que recorrieron el aula
me hicieron encoger de vergüenza en mi asiento — Tal vez querría que sus
compañeros de clase se preguntaran si vale la pena estudiarlo.
—Estamos estudiando folclore
— intervino Eugenia — Y los vampiros son un elemento común al folclore mundial.
No había salido en mi ayuda,
únicamente estaba presumiendo. Me pregunté si lo haría para hacerme quedar mal
o para que Victorio se fijara en ella. Hacía días que procuraba que la falda le
quedara lo más corta posible para lucir las piernas al máximo cada vez que se
sentaba, pero hasta el momento no parecía haber surtido ningún efecto en él. La
señora Bethany se limitó a asentir en dirección a Eugenia.
—En la cultura moderna
occidental no hay ningún vampiro más famoso que Drácula. ¿Por dónde empezar
mejor?
—Otra vuelta de tuerca — contesté, sorprendiendo a todo el mundo, a
mí incluida.
—¿Disculpe?
La señora Bethany enarcó las
cejas. Nadie parecía saber a qué me refería salvo Victorio, quien era evidente
que se estaba mordiendo el labio para no echarse a reír.
—Otra vuelta de tuerca. La novela de Henry James sobre fantasmas, al
menos en un principio — No iba a iniciar el viejo debate sobre si el personaje
principal estaba loco o no. Los fantasmas siempre me habían parecido
aterradores, pero eran más fáciles de afrontar en la ficción que a una señora
Bethany de carne y hueso — Los fantasmas son incluso más universales en el
folclore que los vampiros. Y Henry James es mejor escritor que Bram Stoker.
—Señorita Igarzabal, cuando
sea usted quien programe las clases, podrá empezar por los fantasmas — La voz
afilada de la profesora podría haber cortado el cristal. Tuve que reprimir un
estremecimiento al verla cernerse sobre mí más imperturbable que una gárgola —
Aquí se empezará por los vampiros. Aprenderemos de qué modo los han percibido
diferentes culturas a lo largo de la historia, desde tiempos remotos hasta el
día de hoy. Si lo encuentra aburrido, anímese, no tardaremos mucho en llegar a
los fantasmas, avanzaremos bastante rápido, incluso para usted.
Después de eso aprendí a
estarme calladita.
Al acabar la clase, ya en el
pasillo, temblorosa por culpa de esa extraña debilidad que siempre acompaña a
la humillación, fui abriéndome paso lentamente entre los bulliciosos alumnos.
Parecía como si todo el mundo tuviera un amigo con quién pasar el rato menos
yo. Candela y yo podríamos habernos consolado mutuamente, pero ella ya había
desaparecido.
—Otra lectora de Henry James
— oí que decía alguien.
Me volví y vi a Victorio,
que había apretado el paso para darme alcance. No estaba segura de si se había
acercado para transmitirme su apoyo o para evitar a Eugenia, pero en cualquier
caso me alegré de ver una cara amiga.
—Bueno, yo solo he leído Otra vuelta de tuerca y Daisy Miller, nada más.
—Pues lee Retrato de una dama, creo que te
gustará.
—¿De verdad? ¿Por qué?
Supuse que Victorio diría
algo sobre lo bueno que era el libro, pero me sorprendió.
—Va de una mujer que quiere
definirse a sí misma en vez de permitir que otra gente la defina a ella — Se
iba abriendo paso entre la gente sin ningún esfuerzo y sin apartar la vista de
mí. El único chico que en algún momento me había mirado con aquella intensidad
era Gastón — Tuve el presentimiento de que te interesaría el tema.
—Puede que tengas razón — dije
— Lo buscaré en la biblioteca. Y... gracias. Por la recomendación.
Y por pensar tanto en mí.
—De nada — Victorio sonrió
de oreja a oreja, luciendo ese hoyuelo de la barbilla, pero entonces ambos
oímos reír a Eugenia, no demasiado lejos, y él puso una cara de pánico fingido
que me hizo reír — Hora de salir corriendo.
—¡Rápido! — le susurré al
tiempo que él se escabullía por el pasillo que le quedaba más cerca.
Aunque el apoyo de Victorio
me había levantado el ánimo, seguía sintiéndome fatal después del enfrentamiento
con la señora Bethany, así que decidí dar un paseo cortito por los jardines en
busca de un poco de aire fresco y tranquilidad antes de comer. Tal vez podría
disfrutar de unos minutos a solas.
Por desgracia, no fui la
única a la que se le había ocurrido la misma idea: fuera había varios alumnos
paseándose mientras escuchaban música o charlaban. Reparé en un grupo de chicas
sentadas a la sombra. Por lo visto ninguna de ellas volvía a su dormitorio para
comer y, mientras las veía cuchichear entre las sombras proyectadas por uno de
los viejos olmos, se me ocurrió que seguramente estarían a dieta, pensando en
el Baile de otoño.
Solo había una persona allí
fuera a quien me apetecía ver. Lo recordé del primer día y lo reconocí por la
descripción de Gastón.
—Nicolás — lo llamé.
Nicolás me sonrió.
—¡Eh!
Cualquiera diría que éramos
viejos amigos en vez de ser la primera vez que hablábamos. Su largo y ondulado
cabello de color rubio asomaba por debajo de la gorra de los Phillies y llevaba
un mp3 con una carcasa estampada de espirales de color naranja y verde.
—Hola, ¿has visto a Gastón?
— le pregunté, cuando se acercó a mí al trote y se quitó los auriculares
—Ese tío es un zumbao — En
el mundo de Nicolás, «estar zumbado» por lo visto era un cumplido — Iba a
pirárselas de la sala de estudio cuando voy y le digo: «¿Oye, qué haces?» Y él
va y me dice que si le puedo cubrir y eso, ¿no? Bueno, pues eso hacía hasta
ahora, pero tú no vas a delatarlo, tú eres legal.
Teniendo en cuenta que Nicolás
y yo nunca habíamos hablado antes, ¿cómo podía saber si yo era legal o no? Pero
entonces me pregunté si Gastón no le habría hablado de mí, y la idea me hizo
sonreír.
—¿Sabes dónde está?
—Si me lo preguntara un
profe, no sé nada, pero ya que eres tú... Yo miraría por la cochera.
La cochera, que quedaba al
norte, cerca del lago, era donde antaño se guardaban los caballos y las
calesas. Con el tiempo se había transformado en las oficinas administrativas de
la Academia Mandalay y en la residencia de la señora Bethany. ¿Qué estaría
haciendo Gastón allí?
—Creo que voy a darme un
paseo por allí — dije — Solo voy a caminar un rato, ¿eh? No voy a hacer nada en
particular.
—Tope — contestó Nicolás,
asintiendo con la cabeza como si yo hubiera dicho algo realmente inteligente —
Lo has pillado.
Mientras me dirigía con toda
parsimonia hacia la cochera, como quien no quiere la cosa, iba pensando en que Nicolás
no era precisamente un lumbrera, aunque parecía un chico majo. Por lo menos no
era el típico alumno de Mandalay. Nadie se fijó en mí cuando me alejé de los
demás; eso era lo bueno de parecer invisible, que podías desaparecer como si lo
fueras.
En aquella parte no había
bosque en el que poder cobijarme, solo el extenso césped de los prados, lleno
de tréboles y varios árboles dispuestos a intervalos regulares que seguramente
fueron plantados mucho tiempo atrás para proporcionar sombra. Atisbé entre la
maleza el cuerpo de una ardilla muerta, apenas un testimonio marchito de lo que
había sido; el viento le erizaba la cola tristemente. Arrugué la nariz e
intenté ignorarla para concentrarme en lo que andaba buscando. Aminoré el paso
y presté más atención con la esperanza de oír a Gastón.
La cochera era un edificio
alargado y blanco, de una sola planta. Supuse que un segundo piso no habría tenido
sentido si los inquilinos iban a ser unos caballos. Estaba rodeado por árboles
altos que lo envolvían todo en unas sombras tan densas que casi parecía de
noche, y solo unos cuantos rayos vacilantes de luz alcanzaban el suelo. Me
acerqué a la parte trasera de puntillas, asomé la cabeza al llegar a la esquina
y vi a Gastón saliendo por la ventana de la señora Bethany. Aterrizó con
ligereza y cerró los batientes con cuidado detrás de él.
En ese momento, se volvió y
me vio. Nos quedamos mirándonos fijamente un segundo eterno y tuve la sensación
de haber sido yo la pillada in fraganti haciendo algo que no debía en vez de al
contrario.
—Eh — balbucí.
En vez de intentar
justificar su comportamiento, Gastón sonrió.
—Eh, ¿por qué no estás
comiendo?
Su caminar despreocupado al
acercarse a mí me dejó claro que Gastón pretendía fingir que no había ocurrido
nada, que yo no había visto nada fuera de lo normal. ¿O acaso yo le había dado
pie a que creyera algo así al saludarlo en vez de preguntarle qué estaba
haciendo?
—Creo que no tengo hambre.
—No es propio de ti pasarlo
por alto.
—¿La comida?
—Hombre, yo me referiría
antes a por qué no me has preguntado qué estaba haciendo en la oficina de la
señora Bethany.
Solté un suspiro de alivio y
ambos nos echamos a reír.
—Vale, si estás dispuesto a
decírmelo, entonces no puede ser tan malo.
—Mi madre no deja de decir
que solo firmará la autorización para que pueda ir a Riverton los sábados si
saco un excelente en los exámenes parciales, pero tuve el presentimiento de que
ya la había firmado y Química no la llevo muy bien, así que decidí comprobar si
la autorización estaba en mi expediente. Como ya te dije: las normas y yo no
acabamos de congeniar.
—Ya, claro — Aunque no
estuviera bien lo que había hecho, tampoco era tan terrible, ¿no? Era muy fácil
confiar en Gastón — ¿La has encontrado?
—Sí — Gastón exageró su
autocomplacencia para hacerme sonreír. Y lo consiguió — Soy libre como un
pájaro aunque saque un notable.
—¿Por qué son tan
importantes los fines de semana libres? En verano estuve en la ciudad antes de
que llegarais vosotros y, créeme, no hay mucho que ver.
Paseamos entre las sombras y
fuimos avanzando con cuidado por uno de los lados hacia Mandalay, hasta que
acabamos mezclándonos con los demás estudiantes sin ser observados. A los dos
se nos daba bastante bien lo de andar con sigilo.
—Se me ha ocurrido que
podría ser un buen lugar donde poder pasar un tiempo juntos. Lejos de Mandalay.
¿Qué te parece?
Dada la conversación que
habíamos mantenido en el cenador, la sorpresa no debería haberme dejado tan
patidifusa, pero lo hizo, y fue una sensación aterradora a la vez que, en
cierto modo, maravillosa.
—Sí. Es decir, que me gusta
la idea.
—A mí también.
Después de eso, los dos
seguimos callados. Deseaba que me diera la mano, aunque yo todavía no me
sintiera lo bastante lanzada para cogerle la suya. Rebusqué febrilmente entre
mis recuerdos algo divertido que pudiera hacerse en Riverton, una ciudad más
grande que Arrowwood, pero incluso más aburrida. Al menos había un cine donde a
veces proyectaban películas clásicas antes de las sesiones normales.
—¿Te gustan las películas
antiguas? — me atreví a preguntarle.
A Gastón se le iluminó la
mirada.
—Me encantan las pelis, las
antiguas, las de ahora, todas. Desde John Ford a Quentin Tarantino.
Le sonreí aliviada. Tal vez
era cierto que todo iba a salir bien.
me lei dos capis juntos y me gusta esta nove x no tengo la mas remota idea d lo puede llegar a pasar!
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