viernes, 10 de febrero de 2012

Capitulo Dos, Primera Parte


Ordóñez Hall, Luisiana
 Enero de 2002

Su madre tenía razón, como siempre. Gastón Dalmau miró lo que había más allá del parabrisas enfangado y la lluvia torrencial, y se alegró de que no estuviera allí para refregárselo por las narices.
No porque Silvia Dalmau fuera dada a esas cosas. Ella se limitaría a elevar una ceja perfecta en un arco perfecto y dejaría que su silencio lo hiciera por ella.
Su madre le había dicho sucintamente, cuando él pasó por su casa antes de dejar Boston, que había perdido la cabeza. Y que un día lo lamentaría. Sí, estaba seguro de que había dicho: «Un día lo lamentarás».
Todavía no lo había lamentado, pero al contemplar la selva de maleza, las terrazas medio hundidas, la pintura levantada y los canalones rotos de la vieja plantación, empezó a dudar de su cordura.
¿Qué le había llevado a creer que podía devolver a este viejo deshecho su antiguo esplendor o, más exactamente, que debía hacerlo? Por todos los santos, él era drogado, un Dalmau de los Dalmau de Boston, y más hábil blandiendo un palo de golf que un martillo.
Restaurar una casa urbana en su tiempo libre durante dos años no tenía nada que ver con mudarse a Nueva Orleáns y hacer de contratista.
¿Tenía la casa tan mal aspecto la última vez que estuvo aquí? Lo cierto es que habían pasado cinco años, no, seis. Seguro que la primera vez que la vio se hallaba en mejor estado. Entonces él tenía veinte años y estaba disfrutando de un demente martes de Carnaval con su compañero de universidad. Once años, pensó mientras se mesaba su cabello rubio oscuro.
El viejo Ordóñez Hall era un molesto microbio que llevaba once años ocupando su cerebro. Como todas las obsesiones, estaba durando más de lo que duraban muchas relaciones. Cuando menos, las suyas.
Ahora la casa le pertenecía, para bien o para mal. Y ya abrigaba la sensación de que iba a ser para mucho mal.
Sus ojos, tan verdes y, en ese momento, tan desapacibles como la lluvia, estudiaron el edificio. Los elegantes arcos gemelos de la doble escalinata que conducía a la terraza de la primera planta lo habían hechizado aquel lejano febrero. Y también los ventanales arqueados, el extravagante mirador del tejado, las finas columnas blancas y las barandas de hierro extrañamente ornamentadas. La mezcla de estilos italiano y griego le había parecido exuberante, sureña y muy del Viejo Mundo.
Ya en aquel entonces se sentía fuera de lugar, de una forma que no sabía explicar, en Nueva Inglaterra.
Ordóñez Hall había tirado de él como un gancho a través de la memoria, pensó ahora. Había sido capaz de visualizar el interior de la casa antes de que él y Victorio entraran a explorarla.
O quizá los litros de cerveza que había ingerido le habían hecho creer que podía.
Un muchacho ebrio de apenas veinte años no era de fiar. Y tampoco un hombre sereno de treinta y uno, reconoció con pesar.
En cuanto Vico le contó que Ordóñez Hall había vuelto a salir a subasta, hizo una oferta. No había visto la propiedad desde hacía más de cinco años, pero tenía que ser suya. Tenía la sensación de haber esperado toda la vida para poder llamarla hogar.
El precio era razonable si no pensaba en todo el dinero que iba a tener que invertir para hacerla habitable. Así pues, por el momento no lo pensaría.
Era su casa, tanto si se trataba de una locura como de un acierto. Fuera como fuese, había sustituido el maletín por un cinturón de herramientas. Ya solo eso consiguió levantarle el ánimo.
Sacó su teléfono móvil. Podía, deshacerse del abogado de Boston que llevaba dentro, pero, así y todo... Sin dejar de estudiar la casa, telefoneó a Victorio D’Alessandro.
Le atendió una secretaria e imaginó a Vico sentado frente a una mesa abarrotada de carpetas e informes. Esbozó una leve sonrisa que le ahuecó las mejillas y suavizó la línea algo severa de su boca.
Efectivamente, se dijo, su vida podría ser peor. Podría estar delante de esa mesa.
—Hola, Gas. —La voz perezosa de Victorio flotó dentro del atiborrado Mercedes SUV como la bruma sobre un río lento—. ¿Dónde estás?
—En el coche, contemplando el enorme elefante blanco que cometí la locura de comprar. ¿Por qué no me disuadiste?
—¿Estás aquí? ¡Qué hijo de puta! No te esperaba hasta mañana.
—La impaciencia me pudo. —Gastón se frotó el mentón y oyó el roce rasposo de una barba incipiente—. Conduje hasta muy tarde y esta mañana madrugué. Vic, ¿en qué estaba pensando?
—-Que me cuelguen si lo sé. Oye, dame un par de horas para terminar unos asuntos e iré a verte. Traeré whisky para brindar por esa ratonera.
—Estupendo.
—¿Has entrado?
—Todavía no. Me estoy mentalizando.
—Jesús, Gas, entra aunque solo sea para escapar de la lluvia.
—Lo haré. —Gastón se pasó una mano por la cara—. Nos veremos dentro de un par de horas.
—No se te ocurra cocinar, por lo que más quieras. Traeré algo de comida. Sería una estupidez que quemaras la casa antes de pasar tu primera noche en ella.
—Vete al cuerno. —Gastón oyó la risa de Vico antes de colgar.
Puso el coche en marcha y condujo hasta el pie de la destartalada escalinata doble que flanqueaba la entrada. Abrió la guantera y sacó las llaves que le habían enviado por correo tras el acuerdo.
Se apeó y al instante quedó empapado. Decidió dejar las cajas para más tarde y corrió a refugiarse bajo el porche de la entrada. Notando que algunos ladrillos del suelo cedían inquietantemente bajo su peso, se sacudió como un perro.
Plantaría enredaderas para que treparan por las columnas esquineras, pensó. Algo con flores azules. Si se concentraba, era capaz de verlas. Algo abierto, como una taza, y hojas con forma de corazón.
He debido de verlo en algún lugar, murmuró, y se volvió hacia la puerta. Era doble, con molduras, con un panel de cristal largo y arqueado en cada hoja y, en lo alto, un cristal con forma de media luna. Al rozar la puerta con los dedos notó un escalofrío por todo el cuerpo.
—Bienvenido a casa, Gas —dijo en voz alta antes de girar la llave.
El vestíbulo era como lo recordaba, su amplio suelo de madera de pino, su altísimo techo con el medallón de yeso representando dos coronas de flores. Probablemente el medallón había sostenido en otros tiempos una fabulosa araña de cristal. Ahora solo ofrecía una bombilla suspendida de un cable. No obstante, cuando Gastón pulsó el interruptor de la pared, la bombilla se encendió. Ya era algo.
En cualquier caso, la escalera era la pieza central. Se elevaba, amplia y recta, hasta la primera planta, donde giraba a derecha e izquierda para conducir a las dos alas.
Por qué un hombre sencillo y sin pretensiones de ser otra cosa necesitaba dos alas era una pregunta que no deseaba plantearse en ese momento.
La barandilla estaba cubierta de polvo, pero cuando Gastón pasó un dedo palpó la suave madera que ocultaba. ¿Cuántas manos se habían agarrado a esa barandilla?, se preguntó. ¿Cuántos dedos la habían recorrido? Era la clase de preguntas que le fascinaban.
La clase de preguntas que le impulsaron a subir, dejando la puerta abierta a la lluvia y sus pertenencias todavía en el coche.
Probablemente la escalera estuvo alfombrada en otros tiempos, y también el largo pasillo. Una alfombra con un estampado intrincado sobre un fondo rojo oscuro. Seguro que los suelos, el maderamen y las superficies de las mesas habían recibido periódicamente una capa de cera de abejas hasta brillar como la araña de luces.
En las fiestas, mujeres luciendo vestidos espectaculares descenderían por esa escalera, elegantes y seguras de sí mismas, y los hombres se reunirían en el billar, utilizando el juego como una excusa para fumar habanos y hablar de política y finanzas.
Y los sirvientes, irían de un lado a otro, invisibles, avivando fuegos, retirando copas y atendiendo peticiones.
Al llegar al rellano de la primera planta Gastón abrió un panel. La puerta falsa estaba hábilmente integrada en la pared, en el papel gastado, en el revestimiento de madera. Ignoraba por qué sabía que estaba ahí. Seguramente alguien se lo había mencionado.
Introdujo la cabeza en el oscuro y húmedo pasillo. Parte de las dependencias del servicio, pensó. A la familia y a los invitados les traía sin cuidado tener pisoteados a la servidumbre. Un buen sirviente no dejaba rastro de su trabajo, realizaba sus tareas con discreción, silencio y habilidad.
Gastón frunció el entrecejo. ¿De dónde había sacado eso? ¿De su madre? Por pretenciosa que fuera a veces, jamás habría dicho algo tan pedante.
Encogiéndose de hombros, cerró de nuevo la puerta. Exploraría esa zona en otro momento, cuando dispusiera de una linterna y una bolsa con migas de pan.
Caminó por el pasillo asomándose a las puertas. Habitaciones vacías llenas de polvo, de humedad, de la luz grisácea de la lluvia. Algunas paredes conservaban el papel, otras enseñaban los travesaños.
Sala de estar, estudio, cuarto de baño y, sin duda, la sala de billar que había imaginado, pues el bar de caoba seguía en su sitio.
Entró para rodearlo, para acariciar la madera y examinar su elaboración artesanal.
Había iniciado su romance con la madera en el instituto. Hasta la fecha estaba siendo su relación más duradera. Había trabajado un verano como peón, pese a las objeciones de su familia. Reacio ante la idea de pasar los largos días estivales encerrado en un despacho de abogados como pasante, había querido trabajar al aire libre. Para trabajar su bronceado y su cuerpo.
Fue una de las pocas ocasiones en que su padre pasó por encima de su madre y le apoyó.
Sufrió quemaduras de sol, cortes, ampollas, callos y dolores de espalda. Y se enamoró del trabajo de la construcción.
Más que de la construcción, se dijo ahora Gastón, de la reconstrucción. Abordar algo ya creado y restaurarlo.
Nada en la vida le había divertido tanto ni le había aportado tantas satisfacciones.
Se le daba bien. Tenía un don natural, le había dicho un capataz irlandés. Buenas manos, buenos ojos, buen cerebro. Gastón no había olvidado el gozo de aquel verano. No había vuelto a sentir nada igual desde entonces.
Quizá ahora, pensó. Quizá ahora volvería a sentirlo. La vida tenía que ser algo más que pasarse los días haciendo lo que los demás esperaban de él.
Con creciente placer y expectación, reanudó sus pesquisas.
Se detuvo en la puerta del salón de baile y sonrió.
—¡Genial!
Su voz resonó en el aire y regresó para rebotarle en la cara. Encantado, entró en la estancia. El suelo estaba rayado y lleno de manchas. A juzgar por algunas marcas, alguien había levantado varios tabiques que, más tarde, otro había echado abajo.
Podría repararlas. Algún imbécil había cubierto el yeso original con piedra y pintura amarilla. También eso podría repararlo.
Al menos habían respetado el techo. Guirnaldas de flores y frutas conformaban el precioso artesonado. Iba a necesitar la mano de un experto para restaurarlo. Lo encontraría.
Abrió las puertas de la, terraza de par en par. Los abandonados jardines se extendían como una selva atravesada por maleza y ruinosos senderos de piedra. Seguro que había todo un tesoro de plantas ahí afuera. Necesitaría un paisajista, pero confiaba en poder hacer parte del trabajo él mismo.
Casi todos los edificios anexos estaban en ruinas. Vislumbró parte del cañón de una chimenea, un trozo de pared cubierta de hiedra y los ladrillos y el tejado oxidado de un pigeonnier. Los plantadores criollos eran dados a criar palomas.
Únicamente había obtenido algo más de una hectárea con la casa, por lo que era probable que otros edificios pertenecientes en otros tiempos a la plantación se estuvieran deteriorando en la propiedad de otra persona.
Pero tenía árboles, pensó. Árboles increíbles. Los viejos robles que formaban la avenida chorreaban agua y musgo, y las gruesas ramas del sicomoro se retorcían como una bestia prehistórica.
Una mancha de color llamó su atención y le hizo salir a la lluvia. Una mata alta y robusta estaba dando flores rojas. ¿Qué planta era capaz de florecer en enero?, Pensó, y se dijo que debía preguntárselo a Vico.
Cerró los ojos un instante y prestó atención. Solo se oía el martilleo de la lluvia contra el tejado, el suelo, los árboles.
Había hecho lo correcto, se dijo. No estaba loco. Había encontrado su lugar. Lo sentía como suyo, y en el caso de que no lo fuera, ¿qué importaba? Encontraría otro. Al menos había conseguido poner en marcha la energía necesaria para buscar.
Cruzó de nuevo el salón de baile y se dirigió al ala familiar para echar un vistazo a los cinco dormitorios.
Mientras deambulaba por el primero de ellos, se des-cubrió tarareando una canción.
«Cuando el baile termine, cuando rompa el alba, cuando los bailarines se marchen, cuando las estrellas se apaguen...» Detuvo su estudio del zócalo y miró por encima de su hombro, como si esperara encontrar a alguien. ¿De dónde la había sacado?, se preguntó. La música, la letra. Sacudió la cabeza.
—Del salón de baile, zoquete —murmuró—. Tienes el salón de baile en la cabeza y por eso empiezas a cantar algo acerca de un baile. Aunque parezca extraño, pero no es ninguna locura. Tampoco es una locura que hables solo. Mucha gente lo hace.
La puerta del dormitorio de enfrente estaba cerrada. Aunque había previsto que las bisagras rechinaran, al oírlas notó un escalofrío en la espalda.
Y del escalofrío pasó al pasmo. Juraría que olía a perfume. Perfume de flores. Azucenas. Bodas y funerales. Y durante un instante las imaginó, puras y blancas, y algo fúnebres, en un jarrón de cristal.
Y del pasmo pasó a la irritación. Había enviado algunos muebles por adelantado, entre ellos su dormitorio. Los transportistas los habían dejado en el cuarto equivocado a pesar de que sus instrucciones habían sido claras. Quería ocupar el dormitorio principal, el que hacía esquina y daba al jardín y al estanque por la parte de atrás y a la avenida de robles por la parte lateral.
Ahora o se conformaba con este cuarto o arrastraba él solo los malditos muebles.
Cuando abrió la puerta del todo el olor a azucenas fue abrumador. Casi mareante. Gastón se percató de que ni siquiera eran sus muebles. La cama tema un dosel de seda azul. Había un ropero de madera tallada y una cómoda alta y lustrosa. Notó el aroma a cera de abejas. Sobre un tocador de patas curvadas cual cuellos de cisne descansaba aquel jarrón de cristal con las azucenas. La silla que lo presidía era frágil, con un asiento de intrincado encaje en tonos azules y rosas.
Cepillos de plata, un broche de alas doradas con un reloj esmaltado, cortinajes azules, la luz tenue de unas lámparas de gas, un salto de cama blanco sobre el respaldo de un diván.
Unos candelabros en la repisa de la chimenea y un retrato en un marco de plata.
Lo veía todo con suma claridad, pero antes de que su cerebro pudiera entender cómo, se descubrió contemplando una habitación vacía y la lluvia que caía tras las ventanas sin cortinas.
—Por los clavos de Cristo. —Se agarró al marco de la puerta para no caer—. ¿ Qué demonios...?
Respiró hondo. No había nada en el aire salvo moho y polvo.

2 comentarios:

  1. muuuy bueno el capitulo! lo invadió el espíritu de Vale? mmm...

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  2. Buenisimo el cap!!... se que esta el espiritu de vale ahi! por eso siente y vio todo eso!!

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