Ordóñez Hall,
Luisiana
Enero de 2002
Su madre tenía razón,
como siempre. Gastón Dalmau miró lo que había más allá del parabrisas enfangado
y la lluvia torrencial, y se alegró de que no estuviera allí para refregárselo
por las narices.
No porque Silvia Dalmau
fuera dada a esas cosas. Ella se limitaría a elevar una ceja perfecta en un
arco perfecto y dejaría que su silencio lo hiciera por ella.
Su madre le había
dicho sucintamente, cuando él pasó por su casa antes de dejar Boston, que había
perdido la cabeza. Y que un día lo lamentaría. Sí, estaba seguro de que había
dicho: «Un día lo lamentarás».
Todavía no lo había
lamentado, pero al contemplar la selva de maleza, las terrazas medio hundidas,
la pintura levantada y los canalones rotos de la vieja plantación, empezó a
dudar de su cordura.
¿Qué le había llevado
a creer que podía devolver a este viejo deshecho su antiguo esplendor o, más
exactamente, que debía hacerlo? Por todos los santos, él era drogado, un Dalmau
de los Dalmau de Boston, y más hábil blandiendo un palo de golf que un
martillo.
Restaurar una casa
urbana en su tiempo libre durante dos años no tenía nada que ver con mudarse a
Nueva Orleáns y hacer de contratista.
¿Tenía la casa tan
mal aspecto la última vez que estuvo aquí? Lo cierto es que habían pasado cinco
años, no, seis. Seguro que la primera vez que la vio se hallaba en mejor
estado. Entonces él tenía veinte años y estaba disfrutando de un demente martes
de Carnaval con su compañero de universidad. Once años, pensó mientras se
mesaba su cabello rubio oscuro.
El viejo Ordóñez Hall
era un molesto microbio que llevaba once años ocupando su cerebro. Como todas
las obsesiones, estaba durando más de lo que duraban muchas relaciones. Cuando
menos, las suyas.
Ahora la casa le
pertenecía, para bien o para mal. Y ya abrigaba la sensación de que iba a ser
para mucho mal.
Sus ojos, tan verdes
y, en ese momento, tan desapacibles como la lluvia, estudiaron el edificio. Los
elegantes arcos gemelos de la doble escalinata que conducía a la terraza de la
primera planta lo habían hechizado aquel lejano febrero. Y también los
ventanales arqueados, el extravagante mirador del tejado, las finas columnas
blancas y las barandas de hierro extrañamente ornamentadas. La mezcla de
estilos italiano y griego le había parecido exuberante, sureña y muy del Viejo
Mundo.
Ya en aquel entonces
se sentía fuera de lugar, de una forma que no sabía explicar, en Nueva
Inglaterra.
Ordóñez Hall había
tirado de él como un gancho a través de la memoria, pensó ahora. Había sido
capaz de visualizar el interior de la casa antes de que él y Victorio entraran
a explorarla.
O quizá los litros de
cerveza que había ingerido le habían hecho creer que podía.
Un muchacho ebrio de apenas veinte años no era de fiar. Y
tampoco un hombre sereno de treinta y uno, reconoció con pesar.
En cuanto Vico le
contó que Ordóñez Hall había vuelto a salir a subasta, hizo una oferta. No
había visto la propiedad desde hacía más de cinco años, pero tenía que ser
suya. Tenía la sensación de haber esperado toda la vida para poder llamarla
hogar.
El precio era
razonable si no pensaba en todo el dinero que iba a tener que invertir para
hacerla habitable. Así pues, por el momento no lo pensaría.
Era su casa, tanto si
se trataba de una locura como de un acierto. Fuera como fuese, había sustituido
el maletín por un cinturón de herramientas. Ya solo eso consiguió levantarle el
ánimo.
Sacó su teléfono
móvil. Podía, deshacerse del abogado de Boston que llevaba dentro, pero, así y
todo... Sin dejar de estudiar la casa, telefoneó a Victorio D’Alessandro.
Le atendió una
secretaria e imaginó a Vico sentado frente a una mesa abarrotada de carpetas e
informes. Esbozó una leve sonrisa que le ahuecó las mejillas y suavizó la línea
algo severa de su boca.
Efectivamente, se
dijo, su vida podría ser peor. Podría estar delante de esa mesa.
—Hola, Gas. —La voz
perezosa de Victorio flotó dentro del atiborrado Mercedes SUV como la bruma
sobre un río lento—. ¿Dónde estás?
—En el coche,
contemplando el enorme elefante blanco que cometí la locura de comprar. ¿Por
qué no me disuadiste?
—¿Estás aquí? ¡Qué
hijo de puta! No te esperaba hasta mañana.
—La impaciencia me
pudo. —Gastón se frotó el mentón y oyó el roce rasposo de una barba
incipiente—. Conduje hasta muy tarde y esta mañana madrugué. Vic, ¿en qué
estaba pensando?
—-Que me cuelguen si lo
sé. Oye, dame un par de horas para terminar unos asuntos e iré a verte. Traeré
whisky para brindar por esa ratonera.
—Estupendo.
—¿Has entrado?
—Todavía no. Me estoy
mentalizando.
—Jesús, Gas, entra
aunque solo sea para escapar de la lluvia.
—Lo haré. —Gastón se
pasó una mano por la cara—. Nos veremos dentro de un par de horas.
—No se te ocurra
cocinar, por lo que más quieras. Traeré algo de comida. Sería una estupidez que
quemaras la casa antes de pasar tu primera noche en ella.
—Vete al cuerno. —Gastón
oyó la risa de Vico antes de colgar.
Puso el coche en
marcha y condujo hasta el pie de la destartalada escalinata doble que
flanqueaba la entrada. Abrió la guantera y sacó las llaves que le habían
enviado por correo tras el acuerdo.
Se apeó y al instante
quedó empapado. Decidió dejar las cajas para más tarde y corrió a refugiarse
bajo el porche de la entrada. Notando que algunos ladrillos del suelo cedían
inquietantemente bajo su peso, se sacudió como un perro.
Plantaría enredaderas
para que treparan por las columnas esquineras, pensó. Algo con flores azules.
Si se concentraba, era capaz de verlas. Algo abierto, como una taza, y hojas
con forma de corazón.
He debido de verlo en
algún lugar, murmuró, y se volvió hacia la puerta. Era doble, con molduras, con
un panel de cristal largo y arqueado en cada hoja y, en lo alto, un cristal con
forma de media luna. Al rozar la puerta con los dedos notó un escalofrío por
todo el cuerpo.
—Bienvenido a casa, Gas
—dijo en voz alta antes de girar la llave.
El vestíbulo era como lo recordaba, su amplio suelo de
madera de pino, su altísimo techo con el medallón de yeso representando dos
coronas de flores. Probablemente el medallón había sostenido en otros tiempos
una fabulosa araña de cristal. Ahora solo ofrecía una bombilla suspendida de un
cable. No obstante, cuando Gastón pulsó el interruptor de la pared, la bombilla
se encendió. Ya era algo.
En cualquier caso, la
escalera era la pieza central. Se elevaba, amplia y recta, hasta la primera
planta, donde giraba a derecha e izquierda para conducir a las dos alas.
Por qué un hombre
sencillo y sin pretensiones de ser otra cosa necesitaba dos alas era una
pregunta que no deseaba plantearse en ese momento.
La barandilla estaba
cubierta de polvo, pero cuando Gastón pasó un dedo palpó la suave madera que
ocultaba. ¿Cuántas manos se habían agarrado a esa barandilla?, se preguntó.
¿Cuántos dedos la habían recorrido? Era la clase de preguntas que le
fascinaban.
La clase de preguntas
que le impulsaron a subir, dejando la puerta abierta a la lluvia y sus pertenencias
todavía en el coche.
Probablemente la
escalera estuvo alfombrada en otros tiempos, y también el largo pasillo. Una
alfombra con un estampado intrincado sobre un fondo rojo oscuro. Seguro que los
suelos, el maderamen y las superficies de las mesas habían recibido
periódicamente una capa de cera de abejas hasta brillar como la araña de luces.
En las fiestas,
mujeres luciendo vestidos espectaculares descenderían por esa escalera,
elegantes y seguras de sí mismas, y los hombres se reunirían en el billar,
utilizando el juego como una excusa para fumar habanos y hablar de política y
finanzas.
Y los sirvientes,
irían de un lado a otro, invisibles, avivando fuegos, retirando copas y
atendiendo peticiones.
Al llegar al rellano de la primera planta Gastón abrió un
panel. La puerta falsa estaba hábilmente integrada en la pared, en el papel
gastado, en el revestimiento de madera. Ignoraba por qué sabía que estaba ahí.
Seguramente alguien se lo había mencionado.
Introdujo la cabeza
en el oscuro y húmedo pasillo. Parte de las dependencias del servicio, pensó. A
la familia y a los invitados les traía sin cuidado tener pisoteados a la
servidumbre. Un buen sirviente no dejaba rastro de su trabajo, realizaba sus
tareas con discreción, silencio y habilidad.
Gastón frunció el
entrecejo. ¿De dónde había sacado eso? ¿De su madre? Por pretenciosa que fuera
a veces, jamás habría dicho algo tan pedante.
Encogiéndose de
hombros, cerró de nuevo la puerta. Exploraría esa zona en otro momento, cuando
dispusiera de una linterna y una bolsa con migas de pan.
Caminó por el pasillo
asomándose a las puertas. Habitaciones vacías llenas de polvo, de humedad, de
la luz grisácea de la lluvia. Algunas paredes conservaban el papel, otras
enseñaban los travesaños.
Sala de estar,
estudio, cuarto de baño y, sin duda, la sala de billar que había imaginado,
pues el bar de caoba seguía en su sitio.
Entró para rodearlo,
para acariciar la madera y examinar su elaboración artesanal.
Había iniciado su
romance con la madera en el instituto. Hasta la fecha estaba siendo su relación
más duradera. Había trabajado un verano como peón, pese a las objeciones de su
familia. Reacio ante la idea de pasar los largos días estivales encerrado en un
despacho de abogados como pasante, había querido trabajar al aire libre. Para
trabajar su bronceado y su cuerpo.
Fue una de las pocas
ocasiones en que su padre pasó por encima de su madre y le apoyó.
Sufrió quemaduras de sol, cortes, ampollas, callos y
dolores de espalda. Y se enamoró del trabajo de la construcción.
Más que de la
construcción, se dijo ahora Gastón, de la reconstrucción. Abordar algo ya
creado y restaurarlo.
Nada en la vida le
había divertido tanto ni le había aportado tantas satisfacciones.
Se le daba bien.
Tenía un don natural, le había dicho un capataz irlandés. Buenas manos, buenos
ojos, buen cerebro. Gastón no había olvidado el gozo de aquel verano. No había
vuelto a sentir nada igual desde entonces.
Quizá ahora, pensó.
Quizá ahora volvería a sentirlo. La vida tenía que ser algo más que pasarse los
días haciendo lo que los demás esperaban de él.
Con creciente placer
y expectación, reanudó sus pesquisas.
Se detuvo en la
puerta del salón de baile y sonrió.
—¡Genial!
Su voz resonó en el
aire y regresó para rebotarle en la cara. Encantado, entró en la estancia. El
suelo estaba rayado y lleno de manchas. A juzgar por algunas marcas, alguien
había levantado varios tabiques que, más tarde, otro había echado abajo.
Podría repararlas.
Algún imbécil había cubierto el yeso original con piedra y pintura amarilla.
También eso podría repararlo.
Al menos habían
respetado el techo. Guirnaldas de flores y frutas conformaban el precioso
artesonado. Iba a necesitar la mano de un experto para restaurarlo. Lo
encontraría.
Abrió las puertas de
la, terraza de par en par. Los abandonados jardines se extendían como una selva
atravesada por maleza y ruinosos senderos de piedra. Seguro que había todo un
tesoro de plantas ahí afuera. Necesitaría un paisajista, pero confiaba en poder
hacer parte del trabajo él mismo.
Casi todos los edificios
anexos estaban en ruinas. Vislumbró parte del cañón de una chimenea, un trozo
de pared cubierta de hiedra y los ladrillos y el tejado oxidado de un
pigeonnier. Los plantadores criollos eran dados a criar palomas.
Únicamente había
obtenido algo más de una hectárea con la casa, por lo que era probable que
otros edificios pertenecientes en otros tiempos a la plantación se estuvieran
deteriorando en la propiedad de otra persona.
Pero tenía árboles,
pensó. Árboles increíbles. Los viejos robles que formaban la avenida chorreaban
agua y musgo, y las gruesas ramas del sicomoro se retorcían como una bestia
prehistórica.
Una mancha de color
llamó su atención y le hizo salir a la lluvia. Una mata alta y robusta estaba
dando flores rojas. ¿Qué planta era capaz de florecer en enero?, Pensó, y se
dijo que debía preguntárselo a Vico.
Cerró los ojos un
instante y prestó atención. Solo se oía el martilleo de la lluvia contra el
tejado, el suelo, los árboles.
Había hecho lo
correcto, se dijo. No estaba loco. Había encontrado su lugar. Lo sentía como
suyo, y en el caso de que no lo fuera, ¿qué importaba? Encontraría otro. Al
menos había conseguido poner en marcha la energía necesaria para buscar.
Cruzó de nuevo el
salón de baile y se dirigió al ala familiar para echar un vistazo a los cinco
dormitorios.
Mientras deambulaba
por el primero de ellos, se des-cubrió tarareando una canción.
«Cuando el baile
termine, cuando rompa el alba, cuando los bailarines se marchen, cuando las
estrellas se apaguen...» Detuvo su estudio del zócalo y miró por encima de su
hombro, como si esperara encontrar a alguien. ¿De dónde la había sacado?, se
preguntó. La música, la letra. Sacudió la cabeza.
—Del salón de baile,
zoquete —murmuró—. Tienes el salón de baile en la cabeza y por eso empiezas a cantar
algo acerca de un baile. Aunque parezca extraño, pero no es ninguna locura.
Tampoco es una locura que hables solo. Mucha gente lo hace.
La puerta del
dormitorio de enfrente estaba cerrada. Aunque había previsto que las bisagras
rechinaran, al oírlas notó un escalofrío en la espalda.
Y del escalofrío pasó
al pasmo. Juraría que olía a perfume. Perfume de flores. Azucenas. Bodas y
funerales. Y durante un instante las imaginó, puras y blancas, y algo fúnebres,
en un jarrón de cristal.
Y del pasmo pasó a la
irritación. Había enviado algunos muebles por adelantado, entre ellos su
dormitorio. Los transportistas los habían dejado en el cuarto equivocado a
pesar de que sus instrucciones habían sido claras. Quería ocupar el dormitorio
principal, el que hacía esquina y daba al jardín y al estanque por la parte de
atrás y a la avenida de robles por la parte lateral.
Ahora o se conformaba
con este cuarto o arrastraba él solo los malditos muebles.
Cuando abrió la
puerta del todo el olor a azucenas fue abrumador. Casi mareante. Gastón se
percató de que ni siquiera eran sus muebles. La cama tema un dosel de seda
azul. Había un ropero de madera tallada y una cómoda alta y lustrosa. Notó el
aroma a cera de abejas. Sobre un tocador de patas curvadas cual cuellos de
cisne descansaba aquel jarrón de cristal con las azucenas. La silla que lo
presidía era frágil, con un asiento de intrincado encaje en tonos azules y
rosas.
Cepillos de plata, un
broche de alas doradas con un reloj esmaltado, cortinajes azules, la luz tenue
de unas lámparas de gas, un salto de cama blanco sobre el respaldo de un diván.
Unos candelabros en
la repisa de la chimenea y un retrato en un marco de plata.
Lo veía todo con suma
claridad, pero antes de que su cerebro pudiera entender cómo, se descubrió contemplando
una habitación vacía y la lluvia que caía tras las ventanas sin cortinas.
—Por los clavos de
Cristo. —Se agarró al marco de la puerta para no caer—. ¿ Qué demonios...?
Respiró hondo. No
había nada en el aire salvo moho y polvo.
muuuy bueno el capitulo! lo invadió el espíritu de Vale? mmm...
ResponderEliminarBuenisimo el cap!!... se que esta el espiritu de vale ahi! por eso siente y vio todo eso!!
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