jueves, 23 de febrero de 2012

Capitulo Tres, Segunda Parte


Partió temprano. No porque tuviera ganas de beber, sino porque quería ver la metamorfosis que experimentaba Nueva Orleáns al anochecer. Las calles, hirviendo de gente en busca de diversión, resplandecían bajo un carnaval de luces.
En opinión de Gastón, no eran los turistas ni los comerciantes quienes dirigían el cotarro. Era la propia ciudad, cuyos engranajes giraban al ritmo de la música.
Esta salía de los portales, jazz, rock, blues. Arriba, las terrazas de los restaurantes rebosaban de cenas que protegían del frío de enero con salsas picantes y alcohol. Los anunciantes de los clubes de destape prometían toda clase de placeres visuales, y en las tiendas las cajas registradoras tintineaban sin cesar al tiempo que los turistas compraban camisetas y máscaras de carnaval en grandes cantidades. Los bares servían huracanes a los yanquis y cerveza y alcohol al resto.
Pero era la música lo que mantenía vivo el desfile.
Se empapó del ambiente mientras se paseaba por Bourbon dejando atrás portales, luces brillantes y patios inesperados. Rodeó un grupo de mujeres que charlaban en la acera como cotorras.
Aspiró su aroma —a flores y dulces— y tuvo la acostumbrada reacción masculina de placer y pánico cuando rompieron a reír.
—Vaya trasero —dijo una, y Gastón siguió andando.
Las mujeres en grupo eran entidades peligrosas y misteriosas.
Pensó que debía llevarle un detalle a Candela, un regalo por su compromiso. No conocía sus gustos ni, de hecho, cómo era. Pero si algo se le daba bien era comprar regalos.
Lamentando lo tardío de su ocurrencia, entró en un par de tiendas sin demasiadas esperanzas. Casi todo iba dirigido a los turistas y dedujo que un pene de plástico con cuerda no era lo más adecuado para un primer encuentro. Se dijo que el regalo podía esperar, o bien podía decantarse por un perfume o una crema femenina.
Entonces la vio. Una rana de plata apoyada en sus cuatro patas, como si se dispusiera a saltar. La expresión era maliciosa y tenía una sonrisa astuta. A Gastón enseguida le recordó a Victorio.
Si esa Cande se había enamorado de su viejo colega de universidad, tenía que apreciar esta clase de extravagancias. Hizo que se la envolvieran con un papel elegante y un gran lazo rojo.
Aún no eran las nueve cuando dobló la esquina de Dauphine.
Le apetecía sentarse en un bar, lejos del tumulto. Quizá escuchar música y disfrutar de una cerveza. Durante las semanas venideras tendría que dar todo de sí. Pasarse los días destripando la cocina y las noches planeando su siguiente ataque. Tendría que buscar artesanos. Obtener presupuestos. Poner manos a la obra.
Esa noche la pasaría con amigos. Luego se iría a casa y dormiría ocho horas.
Divisó el letrero azul de Et Trois. Era difícil no verlo, pues bailaba alegremente sobre la arañada puerta de madera de un edificio separado de la calle por apenas dos zancadas.
El primer piso tenía la típica terraza con la barandilla de hierro. Alguien la había adornado con geranios rosas y colocado luces de colores en el alero. Era una imagen bonita y femenina. La clase de lugar donde te podías sentar a tomar tranquilamente una copa de vino y contemplar a la gente que pasaba por la calle.
Al abrir la puerta fue recibido por música cajún y olor a ajo y whisky.
Sobre el pequeño escenario tocaba un grupo de cinco músicos: washboard, violín, batería, guitarra y acordeón. La diminuta pista de baile ya estaba repleta de gente bailando la ligera danza cajún.
Gastón advirtió a través de la tenue luz que todas las mesas redondas habían sido corridas a un lado y estaban ocupadas. Se volvió hacia la barra. La madera, de vieja, estaba casi negra pero lustrosa. Había una docena de taburetes y Gastón se apresuró a pillar el único que quedaba libre.
Hileras de botellas cubrían el espejo situado detrás del mostrador, entremezcladas con saleros y pimenteros de las formas más variadas. Una elegante pareja vestida de noche, perros, Rocky y Bullwinkle, Porky y Petunia, los pechos redondos y desnudos de una mujer recostada, máscaras de carnaval y hadas con alas.
Gastón los observó; se preguntó qué clase de persona coleccionaría y expondría hadas y partes del cuerpo, y se dijo que tenía que ser alguien que comprendía Nueva Orleáns.
En el escenario, la violinista empezó a cantar en cajún. Tenía una voz de sierra oxidada inexplicablemente atractiva. Siguiendo el ritmo con un pie, Gastón dirigió la vista al fondo de la barra. El camarero, con cabello rasta hasta la cintura, poseía una cara que hubiera podido tallarla un artista a partir de un grano de café pulido, y unas manos que servían chupitos y cerveza a presión con elegante habilidad.
Gastón levantó una mano para llamar su atención. Y ella asomó por la puerta que conectaba con la barra.
Más tarde, cuando pudiera pensar con claridad, decidiría que fue como el golpe de una almádana contra el pecho. Un golpe que en lugar de pararle el corazón, se lo puso en marcha. El corazón, la sangre, el cerebro. Todo pasó del punto muerto a la marcha rápida en un instante.
«¡Estabas aquí! —gritó algo en su mente—. Por fin.»
Gastón podía oír la carrera que se libraba dentro de su cuerpo como un potente zumbido que ahogaba la música, las voces. Sus ojos se concentraron en ella con tal intensidad que parecía atrapada por un foco en un escenario negro.
No poseía una belleza clásica. Pero era espectacular.
Sobre los hombros le caía una melena de rizos agitanados y rubios como el oro. Poseía el rostro afilado de un zorro, la nariz delgada y aristocrática, los pómulos altos y lisos, el mentón anguloso. Los ojos eran alargados, de párpados grandes, y la boca amplia, llena y pintada de un rojo intenso.
Nada encajaba en exceso, pensó Gastón mientras su cerebro no paraba de dar vueltas. Los rasgos de la cara no hacían juego y, sin embargo, eran perfectos. Sorprendentes, seductores, soberbios.
Era menuda, de constitución casi frágil, y vestía una camiseta rojo amapola ajustada, de escote bajo y redondo, que realzaba los músculos esbeltos de sus brazos y las firmes curvas de sus senos. En el valle de esos senos colgaba una cadena con una llavecita de plata.
Tenía la piel bronceada y los ojos marrones como el chocolate amargo.
Esos labios encarnados esbozaron una lenta sonrisa al tiempo que su dueña se acercaba y se inclinaba sobre la barra, hasta que sus caras estuvieron lo bastante cerca para que él pudiera reparar en el pequeño lunar situado en la comisura derecha de su labio superior. Lo bastante cerca para poder aspirar el aroma a jazmín y sumergirse en él.
—¿Puedo hacer algo por ti, cher?
Oh, sí, pensó Gastón. Te lo ruego.
Mas solo alcanzó a decir:
—Eh...
Ella ladeó ligeramente la cabeza y lo estudió. Habló de nuevo con su suave deje cajún.
—¿Tienes sed o solo hambre... esta noche?
—Eh... —Gastón quería pasar la lengua por esos labios rojos, por ese diminuto lunar, y succionarlos—. Una Corona.
Observó cómo ella iba a buscar la botella y le hincaba una rodaja de lima. Tenía andares de bailarina entre clásica y exótica. Gastón se percató de que su lengua se hacía literalmente un nudo.
—¿Te lo apunto, guapo?
—Eh... —Maldita sea, Dalmau, haz el favor de calmarte—. Sí, gracias. ¿Qué abre? —Ella enarcó las cejas y él levantó la botella—. La llave.
—¿Esta llave? —Ella pasó el dedo por la llave y la presión arterial de Gastón se disparó—. Mi corazón, cher. ¿Qué pensabas?
Él le tendió una mano. Temía que si no la tocaba ya, se vendría abajo y rompería a llorar.
—Me llamo Gastón.
—¿De veras? —La joven introdujo su mano en la de él—. Bonito nombre. Muy original.
—Es... es irlandés.
—Aja. —Ella le giró la mano y se acercó para leerle la palma—. ¿Qué veo aquí? Llevas poco tiempo en Nueva Orleáns pero esperas quedarte. Huyes del frío del norte, ¿verdad?
—Sí, pero eso es fácil de adivinar.
Ella alzó la mirada y esta vez el corazón de Gastón se detuvo.
—Puedo adivinar más cosas. Eres un abogado yanqui de Boston con dinero. Has comprado Ordóñez Hall.
—¿Te conozco? —Gastón sintió algo profundo, como un vínculo forjado en hierro, cuando su mano apretó la de ella—. ¿Nos hemos visto antes?
—En esta vida no, cariño. —Ella le dio una palmadita en la mano y se alejó para atender a otros clientes.
Pero estuvo pendiente de él. No era como lo había imaginado dada la descripción de Vico. Aunque tampoco sabía qué había imaginado. Pero le gustaban las sorpresas, y el hombre que estaba sentado en su bar, observándola con ojos verdes como la tormenta, parecía estar lleno de ellas.
Le gustaban esos ojos. Estaba acostumbrada a que los hombres la miraran con deseo, pero en los ojos de Gastón había visto algo más. Un sobresalto que encontraba halagador y, al mismo tiempo, enternecedor.
Y le parecía conmovedor tener a un hombre que parecía capaz de manejar cuanto le echaran encima pero que balbuceaba cuando ella le sonreía.
Aunque Gastón apenas había tocado su cerveza, ella regresó y dio un golpecito a la botella.
—¿Otra?
—No, gracias. ¿Puedes dejar la barra un rato? ¿Puedo comprarte una copa, un café, un coche, un perro?
—¿Qué guardas ahí?
Gastón miró la bolsa que había dejado sobre el mostrador.
—Un regalo para alguien a quien voy a conocer.
—¿Compras regalos a muchas mujeres, Gastón?
—No es una mujer. Quiero decir que no es mi mujer. De hecho, no tengo mujer, es solo... Caray, antes se me daba mejor.
—¿Qué?
—Impresionar a las mujeres.
Ella rió con esa risa grave y gutural de sus fantasías.
—¿No podrías tomarte un descanso? Vaciaremos una mesa y podrás darme una segunda oportunidad.
—No te está yendo mal con la primera. El bar es mío, así que nunca descanso.
—¿ Este bar es tuyo?
—Sí. —Empezó a alejarse cuando una camarera llegó a la barra con una bandeja.
—Espera, espera. —Gastón le tomó de nuevo la mano—. No sé cómo te llamas. ¿Cómo te llamas?
—Rocío —respondió ella suavemente—. Pero me llaman Rochi. —Pasó un dedo por la mejilla de Gastón y se alejó para atender a otros clientes.
Gastón dio un largo sorbo de cerveza para bajar la saliva que se había acumulado en su boca.
Estaba fraguando otro acercamiento cuando Victorio le dio una palmada en la espalda.
—Vamos a necesitar una mesa, hijo.
—Prefiero la vista desde aquí.
Vico siguió la mirada de su amigo.
—De las mejores que ofrece la ciudad. ¿Has conocido a mi prima Rochi?
—¿Prima?
—Prima cuarta, creo. Puede que quinta. Rocío Igarzábal, una de las joyas de Nueva Orleáns. Y aquí tienes otra, Candela Vetrano. Can, cariño, te presento a mi buen amigo Gastón Dalmau.
—Hola, Gastón. —Cande se escurrió entre los dos y besó a Gastón en la mejilla—. Me alegro mucho de conocerte.
Una nube de pelo oscuro le enmarcaba el rostro, un rostro bonito con forma de corazón, y sus ojos eran negros. Los labios, de un rosa profundo, eran curvados como los de una muñeca.
Parecía la cabecilla de las animadoras de un instituto.
—Eres demasiado guapa para perder el tiempo con este tipo —le dijo Gastón—. ¿Por qué no te fugas conmigo?
—¿Cuándo nos vamos?
Con una sonrisa, Gastón se bajó del taburete y la besó.
—Buen trabajo, Vic.
—El mejor de mi vida. —Victorio apretó los labios contra el cabello de Cande—. Siéntate aquí, cariño. Este lugar está hasta los topes. Puede que la barra sea lo mejor que podamos encontrar. ¿Te apetece vino?
—Vino blanco de la casa.
—¿Quieres otra cerveza, Gastón?
—Déjame pedir. Invito yo.
—En ese caso, chardonnay del bueno para mi chica. Yo tomaré lo mismo que tú.
—Mira a quién tenemos aquí. —Rocío sonrió a Victorio—. Hola, Cande. ¿Qué les pongo esta noche?
—Una copa de chardonnay para la señorita y dos Coronas —dijo Gastón—. Luego podrías llamar a emergencias. Mi corazón deja de latir cada vez que te miro.
—Tu amigo tiene mucha labia cuando se relaja, Vico. —Rocío extrajo una botella de vino de la nevera.
—Las chicas de Harvard se derretían en sus manos.
—Nosotras, las chicas del sur, estamos demasiado acostumbradas al calor para derretirnos con facilidad. —Sirvió el vino y remató las cervezas con una rodaja de lima.
—Yo te conozco —recordó de pronto Gastón—. Te vi esta mañana jugando con tu perro, un perro grande y negro, cerca del estanque.
—Rufus. —Rocío sintió un ligero sobresalto al saberse observada—. Es el perro de mi abuela. Vive en la casa del bayou. A veces voy a verla y me quedo con ella si se encuentra pachucha o simplemente sola.
—Pásate por el Hall la próxima vez. Te lo enseñaré.
—Quizá lo haga. Nunca lo he visto por dentro. —Dejó un cuenco de galletas saladas sobre la barra—. ¿Queréis algo de la cocina?
—Lo pensaremos —dijo Victorio.
—Solo tenienen que pedirlo. —Rocío se alejó y desapareció tras la puerta.
—Creo que deberías limpiarte la baba, Gas. —Victorio le estrujó el hombro—. Es asqueroso.
—No te metas con él, Vic. El hombre que no se excita con Rochi es porque le falta alguna pieza importante.
—Decididamente deberías rugarte conmigo —declaró Gastón—. Pero entretanto te deseo lo mejor. —Le colocó la bolsa delante.
—¿Me has comprado un regalo? ¡Eres un encanto! —Candela rasgó el papel con un entusiasmo que enterneció a Gastón. Y cuando alzó la rana, la miró fijamente y en silencio. Luego echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada—. Se parece a Vico. Mira, corazón, tiene tu misma sonrisa.
—Yo no lo veo.
—Yo sí. Y Gas también lo vio. —Giró sobre el taburete y miró a Gastón con el rostro iluminado—. Me gustas. Cómo me alegro de que me gustes. Quiero tanto a este bobo que casi no puedo soportarlo, de modo que habría fingido que me gustas aunque no fuera cierto. Afortunadamente, no tengo que fingir.
—Oh, cariño, no llores. —Victorio sacó un pañuelo mientras la chica rompía en sollozos—. Le ocurre cuando está contenta. La noche que le pedí que se casara conmigo, lloró tanto que tardó diez minutos en decir sí.
La levantó del taburete.
—Vamos, chère, baila conmigo hasta que te seques.
Gastón recuperó el taburete, tomó su cerveza y los vio girar por la pista.
—Hacen buena pareja —comentó Rocío por detrás.
—Es cierto. ¿Te gustaría comprobar si nosotros también la hacemos?
—Eres perseverante. —Rocío dejó escapar un suspiro—. ¿Qué coche piensas comprarme?
—¿Coche?
—Te ofreciste a comprarme una copa, un café, un coche o un perro. Puedo comprarme mi propia bebida y me gusta el café que hago. Tengo perro, más o menos. Y coche, pero no veo por qué no podría tener dos. ¿Qué coche vas a comprarme?
—Tú eliges.
—Te lo diré cuando lo haya decidido —contestó Rocío, y se alejó de nuevo.

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