viernes, 25 de mayo de 2012

Segunda Parte, Capitulo Dieciséis


Julia oyó el crujir de los pasos de Gastón sobre la pinaza seca que cubría el camino. Al menos la estaba siguiendo. Tres décadas de culpa empezaron a calmar el mal humor que le había dado el valor de forzar por fin aquella confrontación. Estaba tan harta de aquella culpa. Lo único que había hecho era paralizarla, y ya no podía seguir soportándolo. Liam la atormentaba apareciendo todas las mañanas para tomarse con ella un desayuno que a Julia nunca le apetecía, pero que al parecer era incapaz de rechazar. Rocío tal vez no encaja­ba en la casilla que ella le había asignado y Gastón la miraba como si fuera su peor enemigo. Era demasiado.
Más adelante, a lo lejos, los árboles daban paso al lago. Julia caminó hacia allí, desafiándole en silencio a no seguirla. Cuando ya no pudo soportarlo más, se volvió para mirarle a la cara, sin saber hasta que empezó a hablar qué iba a decirle.
-¡No me disculparé por haberte abandonado!
-¿Por qué no me sorprende?
-Búrlate cuanto quieras, pero ¿no te has preguntado nunca dónde estarías si me hubiera quedado contigo? ¿Qué posibilidades crees que hubieras tenido viviendo en un apar­tamento infestado de cucarachas con una adolescente inma­dura que tenía grandes sueños pero ninguna idea de cómo hacerlos realidad?
-Ninguna en absoluto -respondió glacialmente-. Hi­ciste bien.
-Por supuesto. Me aseguré de que tuvieras unos padres que te adoraron desde el día en que naciste y vivieras en una bonita casa, con comida abundante y un patio donde jugar.
Gastón miró hacia el lago, con cara de aburrimiento.
-Eso no lo discuto. ¿Has acabado ya con esto? Es que tengo cosas que hacer.
-¿No lo entiendes? ¡No podía venir a verte!
-Eso no importa.
Julia se acercó un poco a Gas, pero se detuvo.
-Sí que importa. Y sé que por eso me odias tanto. No porque te abandonara, sino porque nunca respondí a las car­tas en las que me suplicabas que viniera a verte.
-Apenas lo recuerdo. Tenía... ¿qué? ¿Seis años? ¿Crees que algo así todavía me preocupa? -Su aire de indiferencia estudiada adquirió un tono cortante-. No te odio, Julia. No me importas tanto.
-Todavía conservo aquellas cartas. Todas y cada una de las cartas que me escribiste. Y están empapadas de lágrimas, muchas más de las que te puedes imaginar.
-Me rompes el corazón.
-¿No lo comprendes? No había nada que hubiera de­seado más, pero no lo tenía permitido.
-Esto tendrás que explicármelo.
Por fin había logrado su atención. Gastón se acercó y separó junto a la base de un viejo roble nudoso.
-No tenías seis años. Las cartas empezaron cuando te­nías siete. La primera estaba escrita en letras mayúsculas en un papel cuadriculado amarillo. Todavía la tengo.
La había leído tantas veces que el papel había perdido por completo apresto.



Querida tía Julia,

Ya sé que eres mi mamá de verdad y te quiero mu­cho. Podrías venir a verme. Tengo un gato. Se llama Spike.
También tiene siete años.
Un beso
GASTÓN

No le cuentes a mamá que te he escrito esta carta. Po­dría llorar.





-Me escribiste dieciocho cartas en cuatro años.
-No lo recuerdo demasiado.
Julia se arriesgó a dar algunos pasos hacia él.
-Silvia y yo habíamos llegado a un acuerdo.
-¿Qué tipo de acuerdo?
-No te di a tus padres por las buenas, no creas. Lo hablamos todo a fondo. Y yo hice largas listas. -Julia se dio cuenta de que tenía los puños cerrados, y dejó caer las manos a ambos lados de su cuerpo-. Tuvieron que prometerme que no te azotarían nunca, aunque tampoco es que lo hubie­ran hecho. Les dije que no criticaran tu música cuando fueras adolescente, y tenían que dejarte llevar el pelo como quisie­ses. Ten en cuenta que yo acababa de cumplir los dieciocho dijo con una sonrisa triste-. Incluso intenté convencer­les para que te compraran un descapotable rojo cuando cum­plieras los dieciséis, aunque sabiamente se negaron.
Por primera vez, Gastón le devolvió la sonrisa. Fue un pe­queño movimiento, un gesto casi imperceptible de la comi­sura de sus labios, pero al menos estaba allí.
Julia pestañeó, decidida a terminar su relato sin derra­mar una lágrima.
-Hubo una cosa en la que no cedí, sin embargo. Les hice prometer que te dejarían siempre perseguir tus sueños, aunque éstos no fueran los mismos que tenían ellos para ti.
Gas aguzó los oídos olvidándose por completo de fin­gir indiferencia.
-A ellos no les hacía ninguna gracia dejarte jugar al fút­bol. Les aterrorizaba que pudieras lastimarte. Pero les hice cumplir la promesa y nunca intentaron impedírtelo. -Julia ya no podía mirarle a los ojos-. Sólo tenía que darles una única cosa a cambio...

Julia oyó que Gastón se acercaba, y levantó la vista. Gas avanzaba hacia ella por una estrecha franja de sol.
-¿Cuál era?
Julia notó en su voz que ya se lo imaginaba.
-Tuve que prometer que no iría nunca a verte. -Julia no se atrevía a mirarle, y se mordió el labio-. Entonces no exis­tía la adopción abierta, o si existía, yo no sabía nada de la cuestión. Ellos me hablaron de lo confundidos que pueden estar los niños, y yo les creí. Ellos aceptaron que te contarían quién era tu madre biológica en cuanto fueras lo bastante ma­yor como para comprenderlo, y me enviaron cientos de fo­tografías tuyas a lo largo de los años, pero yo no podía vi­sitarte. Mientras Silvia y Pedro estuvieran vivos, tú tenías que tener sólo una madre.
-Una vez rompiste la promesa -dijo casi sin despegar los labios-. Cuando yo tenía dieciséis años.
-Fue un accidente -dijo Julia caminando hacia un can­to rodado que sobresalía en el suelo de arena-. Cuando em­pezaste a jugar al fútbol en el instituto, entendí que por fin tenía la oportunidad de verte sin romper mi promesa. Em­pecé a volar a Grand Rapids los viernes para ver los partidos. Me quitaba el maquillaje, me echaba una bufanda vieja sobre la cara y me ponía ropa vulgar para que nadie me reconocie­ra. Luego me sentaba en la tribuna para los seguidores visi­tantes. Tenía unos binoculares con los que te seguía durante todo el partido. Vivía esperando los momentos en que te qui­tabas el casco. Nunca podrás imaginar cómo llegué a odiar aquel casco.
El día era caluroso, pero Julia sintió frío y se frotó los brazos.
-Todo fue bien hasta que entraste en el equipo juvenil. Era el último partido de la temporada, y sabía que pasaría casi un año antes de volver a verte. Me convencí a mí misma de que no haría ningún daño a nadie si pasaba con el coche por delante de tu casa.
-Yo estaba cortando el césped en el patio.
Julia asintió con la cabeza.
-Era  uno de esos días de veranillo de San Martín, y tú estabas  sudoroso, igual que ahora. Yo estaba tan distraída mi­rándote que no vi el coche de tu vecino aparcado en la calle.
-Le rayaste todo el lateral.
-Y tú saliste corriendo a ayudar. Cuando te diste cuen­ta quién era yo, me miraste como si me odiaras.
-No me podía creer que fueras tú.
-Como Silvia nunca me lo echó en cara, supe que no habías contado nada.


Julia intentó leer su expresión, pero Gastón no demostraba ninguna emoción. Gas apartó una rama caída con la tinta de su zapatilla.
-Mamá murió hace más de un año. ¿Por qué has espe­raste hasta ahora para contármelo?
Julia le miró y sacudió la cabeza.
-¿Cuántas veces te he llamado para intentar hablar con­tigo? Tú me rechazaste, Gastón. Todas las veces.
Gas la miró.
-Deberían haberme contado que no te dejaban visitarme.
-¿Se lo preguntaste alguna vez?
Gastón se encogió de hombros y Julia supo que no lo había hecho.
-Creo que Pedro hubiera querido contarte algo, pero Silcia no lo habría permitido jamás. Lo hablamos muchas veces por teléfono. Tienes que recordar que ella era mayor que las madres de tus amigos, y sabía sobradamente que no era una de esas mamás divertidas que todos los niños desean. Eso la hacía sentir insegura. Además, tú eras un niño testa­rudo. ¿Crees que no le habrías dado importancia y habrías seguido tranquilamente con tus cosas si hubieras sabido lo mucho que deseaba verte?
-Habría subido al primer autobús hacia Los Ángeles -respondió tajantemente.
-Y eso le habría roto el corazón a Silvia.
Julia esperó, deseando que Gas se acercara a ella. Ima­ginó, como tantas otras veces, que él dejaría que lo abrazase y todos aquellos años perdidos se desvanecerían. Pero Gas se limitó a recoger una piña del suelo.
-Teníamos una tele en el sótano -empezó a decir-. Todas las semanas bajaba a ver tu programa. Siempre bajaba el volumen, aunque ellos sabían qué estaba haciendo. Nun­ca dijeron una sola palabra sobre el asunto.
-Ya lo supongo.
Gas pasó el dedo por la piña. Su hostilidad había de­saparecido, aunque no su tensión, y Julia supo que la reu­nión que había soñado no iba a producirse.
-¿Y ahora qué se supone que debo hacer? -preguntó él.
El hecho de que tuviera que plantear la pregunta indicaba que Gas todavía no estaba preparado para darle nada. Julia no podía tocarle, no podía decirle que lo había querido des­de el momento de su nacimiento ni tampoco que nunca ha­bía dejado de quererle.
-Supongo que eso depende de ti -dijo únicamente.
Gastón asintió lentamente con la cabeza, y luego soltó la piña.
-Ahora que ya me lo has contado, ¿te marcharás?
Ni su expresión ni el tono de su voz le dieron a Julia nin­guna pista sobre cuál quería él que fuera la respuesta, y ella no iba a preguntárselo.
-Quiero acabar de plantar las flores que compré. Unos cuantos días más.
Era una excusa poco convincente, pero Gas asintió y se dirigió hacia el camino.
-Tengo que ducharme.
Gastón no le había ordenado que se marchara. Tampoco le había dicho que eso llegaba demasiado tarde. Julia deci­dió que ya era suficiente por el momento.

Capitulo IV, Tercera Parte


Cuando finalmente colgó el teléfono, se estremeció, y se acostó de nuevo en la cama. Tratar con dos hombres horribles en menos que veinticuatro horas era mucho peor que tratar con un aula de estudiantes revoltosos. Al menos no se había visto forzada a trabajar para Hugh hasta hacía poco. Hasta el momento de su muerte, la duquesa viuda había sido el único contacto de Rochi con la familia, aunque ella conocía bien la reputación de Hugh y su talento para hacer ganancias enormes invirtiendo dinero en tecnología punta. Excepto por su facilidad con las altas finanzas y la tecnología moderna, él era un aristócrata de estilo antiguo, un hombre tan orgulloso de su rancio abolengo que mantener su apellido se había vuelto aun más importante para él que hacer dinero.
Sus dos matrimonios habían producido sólo niñas, y, como Enrique VIII, estaba obsesionado con la necesidad de un heredero masculino. A menos que él tuviese un hijo, su antiguo título iría a un sobrino melenudo que era batería en una banda de rock and roll. Era inconcebible, y sólo unos meses después de la muerte de su segunda esposa, se había puesto a buscar a la siguiente. Tenía que ser de buena familia, con un pasado sin habladurías. Y sólido, sin un indicio de escándalo. Ninguna Sarah Ferguson vistosa para llevar su nombre al descrédito. También preferiría que fuera virgen.
Ella justamente podría imaginar la reacción que su personal había debido tener a eso. Más tarde ella había comprendido que las únicas mujeres que habían encajado con esos criterios tenían trece años.
Fue la hermana de Hugh quién pensó en Rochi y sugirió a Hugh que representara a la familia en las festividades del Día del Fundador de St. Gert.
Cuando Rochi le había servido el té en su oficina la primera tarde, él la reprendió por coger una llamada telefónica de un padre ansioso en mitad de su conversación y miró ceñudo al collar brillante que ella llevaba puesto, un regalo de cumpleaños hecho a mano por una niña de siete años. Ella no podía soportarlo.
Él reapareció la semana siguiente y la semana después. Ella ponía excusas para evitarle, pero una tarde que él la atrapó en su oficina y, con gran cantidad de arrogancia, le reveló que la había elegido a ella como su próxima esposa. Su compromiso saldría a la luz tan pronto como ella renunciara a su posición como directora de la escuela.
Rochi se quedó con la boca abierta. Tuvo que resistir el impulso de mirar su calendario americano para ver si inadvertidamente había viajado por el tiempo de regreso a la Regencia.
—Su Gracia, yo no tengo intención de casarme con usted. Apenas nos conocemos. La idea es ridícula.
Su brusquedad fue un error. Él estrechó sus ojos, se infló de orgullo, y le dijo que el asunto estaba decidido.
—¡Eso no está decidido en absoluto!
—Eres una virgen con título de nobleza en la edad correcta con una reputación ejemplar y una apariencia modesta —contestó él—. No hay nada que debatir.
Oírle describirla de semejante manera la encrespó, y cometió el error fatal de sacar su temperamento.
—¡Yo no soy virgen! Me he acostado con docenas de hombres. ¡Marineros, camioneros, y con el hombre de las chapuzas de la escuela la semana pasada!
—No seas infantil. Sé que nunca has tenido una relación seria con un hombre. Si no eres virgen, eso debió ocurrir hace mucho tiempo, lo cual es insignificante —con una expresión de desdén, él se movió hacía la puerta de su oficina—. Nuestro debate está terminado, Rochi. Si no eres lo suficientemente inteligente para entender el honor que te estoy haciendo, ciertamente no eres la persona adecuada para dirigir una escuela como St. Gertrude, y serías despedida.
Su amenaza la aturdió, y pasó un momento antes de que se recuperara.
—¿Qué diferencia haría eso? Si hago como me pide, yo perderé mi posición de cualquier forma.
La puerta se cerró, y ella sintió como si el cuarto familiar diera vueltas a su alrededor. Su amenaza la había desanimado. Se sentó de golpe en su silla y trató de amortiguar esta interrupción violenta, absurda de su vida bien ordenada.
Cuando la hermana de Hugh llamó al día siguiente para concertar una fecha para el anuncio del compromiso, Rochi le dijo que no habría boda.
Una semana pasó, y no oyó nada. Justamente comenzaba a descartar el bizarro incidente cuando vio un ejército de inspectores moviéndose a través de la escuela, observando y midiendo el terreno. Con el corazón golpeando, corrió a preguntarles y le informaron que actuaban bajo las órdenes del Duque de Beddington.
Él contestó su llamada tan pronto, que ella sospechó que estaba esperándola.
—Su Gracia, dígame de inmediato qué está ocurriendo. ¿Por qué envió usted los inspectores aquí?
—¿No te lo dije? He debido olvidarlo. Estoy pensando en vender esos terrenos —él hizo una pausa para dejar que sus palabras reposaran—. Hay que derribar el edificio para hacer unas viviendas de lujo.
Se requirió sólo un momento para percatarse que eso era el tipo más patente de chantaje. La escuela era la única casa verdadera que ella alguna vez había tenido, y él lo sabía. Sobre las protestas de la madre de Hugh, ella se las arregló para admitir a un grupo de estudiantes becadas, inteligentes y ambiciosas. ¿Qué les ocurriría cuando se vieran obligadas a regresar a una escuela inferior a St. Gert? Ella recordó lo indecisa que había sido su voz cuando le preguntó:
—Y si me caso con usted, ¿qué ocurriría con la escuela?
—Bueno mi amor, no podría demoler un lugar tan querido en el corazón de la Duquesa de Beddington, ¿no crees?
En ese momento decidió que él estaba un poco loco.
Pasó dos noches en vela trazando un plan. Al día siguiente le llamó a su oficina.
—Siento haber sido tan desconsiderada, Su Gracia. Fue el shock. Desde luego estaré emocionada de aceptar su oferta... Es decir, si no ha reconsiderando casarse con alguien tan inferior —esperó esperanzada.
—¿Reconsiderado? Por supuesto no.
Apenas capaz de encubrir su desasosiego, le dijo que el compromiso podría salir a la luz tan pronto como ella completara sus obligaciones profesionales, que incluían hacer un viaje a Estados Unidos entre el invierno y la primavera para terminar el trabajo de investigación que había comenzado para New Historian.
Ella le decía la verdad acerca del artículo, pero no de que sólo utilizaría unos días para completar su investigación. El resto de tiempo lo usaría para algo más importante.
Para perder su buena reputación.
Su plan era apenas a prueba de tontos, pero fue lo mejor que se pudo sacar de entre manos. Ella tenía que alarmar lo justo a Beddington para que retirara su oferta, pero no lo suficiente como para hacerle sospechar que ella deliberadamente lo manipulaba. Si eso ocurría, él era lo suficientemente vengativo para destruir la escuela.
Desafortunadamente, no podía pensar en ningún plan que le permitiera a ella continuar su carrera en St. Gert. No había ninguna posibilidad que permitieran a alguien con una reputación manchada quedarse allí, pero ya descubriría algo. El St. Gert se había encargado de ella cuando era más vulnerable, y ahora ella no podía fallarle.

Capitulo Nueve, Segunda Parte


No pudo convencerla para que entrara. Tuvo que conformarse con un beso antes de que ella lo echara del coche y se marchara.
Llegar a casa a las nueve de la mañana con el traje arrugado le granjeó un guiño de Big Frank mientras trasladaba ramas muertas a una pira.
—Parece que ayer noche estuvo de suerte, señor Gas.
Gastón se frotó el corazón y entró en la casa para ponerse a trabajar.
No la vería esa noche ni la siguiente. Tendría que contentarse con llamadas telefónicas. Deambular por la casa con el teléfono portátil, devanándose los sesos en busca de conversaciones que la mantuvieran al otro lado de la línea, le hacían sentirse como un adolescente.
Comenzaban los Carnavales, le dijo. Mientras duraran, no tendría tiempo de salir a jugar.
Gastón sabía cuándo alguien le estaba poniendo a prueba esquivándole y confundiéndole. Se dijo que la dejaría tirar de la cuerda hasta que él decidiera recuperarla.
Vico pasó una tarde por su casa vestido de Hugo Boss y con un collar de cuentas doradas. Se quitó el collar y lo colocó sobre la cabeza de Gastón.
—¿Cuándo piensas venir a la ciudad?
—Pensaba sumarme a la locura este fin de semana.
—Cher, estamos en Carnaval. Cada noche es fin de semana.
—En esta casa no. Ven a ver.
Condujo a su amigo hasta el salón. Tibald se hallaba en lo alto de una escalera, trabajando pacientemente en el artesonado del techo.
—Hola, Tibald. —Vic se guardó los pulgares en los bolsillos y echó el cuello hacia atrás—. Menudo trabajo.
—Y que lo digas. ¿Cómo anda Cande estos días?
—Arrojándome a la bebida con los planes de boda. Ayer elegimos el pastel y se diría que era un asunto de vida o muerte que tuviera en los bordes capullos de rosa amarillos o rosas grandes.
—Lo mejor que puede hacer un hombre en estos casos es asentir a todo lo que ella diga y presentarse el día de la boda. Podrías haberlo mencionado antes de que le dijera que me gustaban las rosas grandes cuando resulta que ella había pensado en los capullos. —Victorio se sacó del bolsillo un frasco de Tylenol— ¿Tienes algo con qué bajar esto, Gas? Esa mujer me ha provocado un dolor de cabeza descomunal.
Gastón le entregó una botella de agua medio llena.
—¿Has venido a esconderte?
—Hasta que se calme. —Devorando los comprimidos, se paseó por la tela que cubría el suelo—¿Has hecho tú estas paredes, Gas, o son alquiladas?
—Las he hecho yo. —Complacido, Gastón pasó los dedos por las suaves paredes verdes—. Me he pasado los últimos tres días en esta habitación. —Con sus noches, pensó para sí—. Creo que este color dará al salón un aire más elegante que un papel estampado. Y me gusta cómo queda con la chambrana.
—Eres una mezcla de Bob Vila y Martha Stewart. ¿Cuál será tu próxima víctima?
—La biblioteca. Todavía tengo que hacer retoques aquí y en la cocina, pero la biblioteca es la próxima de la lista. Después espero trabajar en el exterior. Dame un par de aspirinas.
Victorio le pasó el frasco y el agua.
—¿Problemas laborales o femeninos?
—Un poco de cada. Salgamos a la terraza de atrás para que veas lo que los Frank han hecho con los jardines de ese lado.
—Me han contado que paseaste a Rocío en una limusina blanca hace unas noches —dijo Vic mientras caminaban—. A eso lo llamo yo tener clase.
—Soy un tío con clase. —Gastón le devolvió el agua y abrió las puertaventanas del comedor.
—Tienes intención de enamorarla. Buen comienzo.
—Tengo intención de mucho más —repuso Gastón al tiempo que Vico se llevaba la botella a los labios—. Voy a casarme con ella.
Victorio se atragantó y escupió el agua.
—Buena puntería—dijo Gastón—. Puedes quedarte con la botella.
—Jesús, Gas. ¿Tú y Rochi van a casarse?
—Me gustaría celebrar la boda aquí, en otoño. Quizá septiembre. —Contempló su terraza, sus jardines. Se preguntó qué pájaro estaba cantando en ese instante—. La casa no estará terminada, pero será parte del encanto. Aunque si tardo más en cazarla, puede que nos casemos la próxima primavera.
—A eso lo llamo yo un trabajo rápido.
—No creas, es solo cuestión de perseverancia. —Gastón sonrió mientras estudiaba la cara de pasmo de su amigo—. Ah, no te referías a la casa sino a Rocío. Todavía no se lo he pedido. Seguro que me diría que no. Mira, ya están brotando algunas flores, narcisos, tulipanes y lirios de agua, me han dicho los Frank. Pese a llevar años enterrados bajo toda esa maleza, seguían floreciendo. Es increíble.
—Gas, creo que necesitas algo más fuerte que el Tylenol.
—No estoy loco. Estoy enamorado. Empiezo a creer que estaba enamorado de ella antes incluso de conocerla. Por eso nunca hubo nadie que realmente me importara, porque ella estaba aquí y yo aún tenía que encontrarla.
—Creo que yo sí necesito algo más fuerte.
—El bourbon está en la cocina. El hielo en la nevera portátil. El frigorífico llegará mañana.
—Serviré dos vasos.
—El mío que sea corto y suave —pidió Gas distraídamente—. Todavía tengo trabajo por delante.
Victorio trajo dos vasos y dio un largo sorbo a su bourbon mientras observaba la cara de Gastón.
—Gastón, te quiero como a un hermano.
—Lo sé.
—Por lo tanto, voy a hablarte como hablaría a un hermano... si lo tuviera en lugar de estar rodeado de hermanas.
—Crees que me he vuelto loco.
—No. En algunas situaciones, diantre, en la mayoría de las situaciones, el hombre piensa con la polla. Cuando ese proceso mental llega a la cabeza, el hombre, por lo general, ve la situación con más claridad.
—Te agradezco la explicación, papá.
Vico sacudió la cabeza y se paseó por la terraza.
—Rochi es una mujer muy atractiva.
—En eso estamos de acuerdo.
—Ella exuda esas feromonas o como se llamen de la misma forma que otras mujeres exudan el perfume que se ponen para excitar a los hombres. Ella excita con solo respirar.
—Estás intentando decirme que estoy encaprichado o cegado por el deseo.
—Exacto. —Vico posó una mano solidaria en el hombro de Gastón—. Ningún hombre podría reprochártelo. Además, has pasado por unos meses duros en lo que a relaciones se refiere, y como sé que acarreas el sentimiento de culpa como un tesoro personal, imagino que no has desatascado las tuberías desde que rompiste con Danitza.
—Daniela, imbécil. —Divertido, conmovido, Gastón se apoyó en la barandilla—. No es un capricho. Pensaba que lo era, con una buena dosis de ese deseo añadido, pero no lo es. No es un problema de tuberías atascadas y no estoy pensando con la polla, sino con el corazón.
—Ay, hermano. —Vico bebió otro trago de whisky—. No llevas aquí ni un mes.
—La gente siempre habla como si el tiempo fuera un factor determinante. —Y como la parte crítica de su cerebro había pensado lo mismo, le irritaba oír esa opinión de boca de su mejor amigo—. ¿Acaso existe una ley que diga que no puedes enamorarte hasta pasado un período de tiempo razonable durante el cual las partes han de relacionarse, comunicarse y, a ser posible, copular para garantizar su compatibilidad? Si esa ley existe y funciona, explícame el índice de divorcios.
—Como abogados que somos, nos quedaríamos aquí debatiendo el asunto hasta el próximo martes.
—Entonces, déjame Decirte algo. Jamás he sentido lo que siento ahora. Pensaba que no era capaz. Había llegado a la conclusión de que algo dentro de mí no funcionaba como debía.
—Por Dios, Gas.
—No podía amar a Daniela —El sentimiento de culpa volvió a colarse en su voz—. Simplemente no podía, aunque lo intenté. Estuve a punto de conformarme con el cariño, el respeto y nuestra posición social común porque pensaba que era cuanto podría recibir y dar. Pero no es cierto. Nunca me he sentido como me siento ahora, Vic —repitió—. Y me gusta.
—Si quieres a Rocío, entonces yo la quiero para ti. El problema, Gas, es que por mucho que la quieras, eso no te garantiza que ella vaya a sentir lo mismo.
—Tal vez me rompa el corazón, pero sentir intensamente es mucho mejor que no sentir nada. —Se lo había estado diciendo, una y otra vez, desde que comprendió que estaba enamorado de ella—. Sea como fuere, tengo que intentarlo.
Columpió el whisky que aún no había probado.
—No sabe qué pensar de mí —murmuró—. Será divertido dejar que lo descubra.
Esa noche oyó un llanto. Los sollozos desgarrados de un hombre. Gastón se agitó en sueños, doblado por la pena, incapaz de frenarla, incapaz de dar o buscar consuelo.
Pero cuando se hizo el silencio, la pena permaneció.

Capitulo 004 - Segunda Parte (LIBRO 02)


Cuando les dije a mis papás que estaría acampando el viernes por la noche ya que habría una lluvia de meteoritos, no me molestaron por estar fuera en el bosque. Los alrededores de la Academia eran totalmente seguros, por lo menos, si era un vampiro. Sabía que ellos no se fijarían si realmente habría una lluvia de meteoros, lo que era algo bueno, porque no la habría. Pero preguntaron muchas otras cosas que me hicieron sospechar…
– Nos parece que podrías llevar a algunos compañeros contigo – dijo mi mamá cuando nos sentamos el domingo a cenar: lasaña para mí, y grandes vasos de sangre para todos. Billie Holiday sonaba en el estéreo, cantando sobre un amor en el que había creía alguna vez – Tal vez podrías ir con Archana, parece una buena chica
– Mmm, sí, creo – Archana era una vampira india, cerca de los seiscientos años, y la conocí el año pasado en una clase de Historia, pero difícilmente nos habíamos dicho diez palabras la una a la otra – Pero no la conozco bien, y si fuera a invitar a alguien, invitaría a Candela, pero a ella no podría importarle menos la astronomía.
– Estás pasando mucho tiempo con Candela – papá dio un gran sobro a su vaso de sangre – ¿No sería bueno que tuvieras otros amigos?
– ¿Amigos vampiros, quieres decir? Siempre me dicen que no sea una snob, lo que significa que sea más humana que vampira aquí. ¿Qué pasó con eso?
– No quiero que seas una snob. Pero no es eso de lo que hablo – papá digo gentilmente – La cuestión es que serás un vampiro algún día y en unos cientos de años, Candela morirá, y tu vida habrá recién comenzado. ¿Quién estará contigo en ese entonces? Te trajimos aquí para que hagas amigos que puedas conservar, Rocío.
Mi madre me puso suavemente una mano en el antebrazo.
– Nosotros estaremos aquí siempre, cariño. Pero no querrás vivir con tus padres eternamente, ¿no?
– No estaría tan mal
Lo dije en serio, pero con un matiz muy distinto a como lo habría dicho antes. El último año, no había querido nada más que esconderme en mi loca casa, solos nosotros tres, pero ahora quería mucho más, y eso incluía a Candela.

Victorio se acercó al borde de la pista de escrima, con la careta todavía bajo el brazo. Tenía que admitir que estaba increíblemente elegante con su traje blanco, que resaltaba su poderoso cuerpo y lo hacía parecer estar tallado en mármol.
¿Y yo? Yo me eché un vistazo en el espejo de mi habitación y suspiré. La palabra “elegante” no era la adecuada para mí, más bien me parecía al Teletubbie blanco perdido. Pero no había manera de que me pudiera negar a esto. No tenía la oportunidad de pedir la clase de Tecnología Moderna, y Esgrima era la única otra optativa que me venía bien por el horario.

– Pareces aterrorizada – dijo Victorio – No vas a batirte a duelo de verdad. ¿Sabes?
– Lo sé, pero si combatir con espadas…
– Primero que nada, no te preocupes, porque la pelea actual dura muy poco. Pero tendrás que aprender cómo moverte. Segundo, me las arreglare para que seamos pareja, al menos al principio. De esa forma, me asegurare de que cada día te vayas sintiendo más cómoda.  
– En otras palabras, que prefieres batirte con alguien a quien puedas ganarle…
– Puede ser – sonrió irónicamente y se puso la máscara – ¿Lista?
– Dame un segundo – Me puse la máscara y, para mi sorpresa, veía perfectamente con ella.
Obviamente, no empezamos a pelear en ese instante, la verdad, la mayor parte de la clase se concentró en enseñarnos como pararnos. ¿Parece fácil? No lo es. Tuvimos que tomar nuestras piernas y tensar un músculo de aquí, pero no el de allá, y nuestros brazos tenían que estar en una forma indescriptible pero muy estilizada. Nunca antes podría haber imaginado que podía cansar tanto mis más míseros músculos tratando de mantenerme en pie, pero antes de que terminara la hora, estaba temblando de la cabeza a los pies.
– Estarás bien – Dijo Victorio mientras me ajustaba un codo. Nuestro profesor, el señor Carlyle, ya lo había designado como un asistente de curso –Tienes un buen balance, y eso es lo que importa.
– Creo que lo más importante es no golpearte en una batalla.
– Créeme. Balance. En eso se centra todo.
La campana sonó. Con ayuda me puse apoyar en la pared más cercana. Me saqué la máscara para poder respirar más profundamente. Mis mejillas ardían, y mi cabello estaba sudado.
– Por lo menos, perderé peso este año.
– No necesitas perder peso – Victorio se sacó su máscara y la puso bajo un brazo –Ya sabes, si quieres practicar a parte de las clases, me puedes buscar mañana, tal vez. Practicar un poco no te vendría mal para la resistencia.
– No puedo este fin de semana – Si no hubiera estado tan cansada, Victorio se hubiera dado cuenta del nerviosismo de mis ojos – ¿Podemos dejarlo para otro día?
– Seguro – Me miró mientras pasaba por una puerta. Por un momento, pensé en la posibilidad de que él hiciera esa oferta para pasar más tiempo conmigo. Si era por eso, tendría que hallar la manera de salirme de esa situación.
Me ocuparía de eso después. Era el primer viernes de Octubre, y eso significaba que me encontraría con Gastón, en unas pocas horas, otra vez.

Primero, corrí al dormitorio para darme una ducha. No había manera de que me encontrara con Gastón oliendo a calcetines viejos. No me pude peinar mucho o maquillarme, para que Candela no sospechara. Me imaginé entonces, a mi ultra femenina compañera de cuarto anterior, María, horrorizada mirándome como, simplemente, me peiné el cabello hacia atrás.
De cualquier forma, Candelas e dio cuenta.
– Te estás vistiendo así para pasarte la noche en el bosque ¿o qué?”
– Esto difícilmente parece un abrigo de piel o una tiara – dije mientras señalaba mis jeans y un sweater plano.
– Como sea – Candela cruzó sus piernas en el piso, en el medio del piso y frente a su proyecto de arte; su collage parecía muy depresivo, con mucho negro y plateado formando una guillotina. Todo lo que eso significó para mí, era que no me prestaría más atención a como me vestiría. Idílicamente, iría a ver a Gastón de la forma que me hiciera más bella, pero no había manera de que me pudiera poner un vestido o algo así. Busqué en la profundidad de mi armario y saqué una bufanda, que coloqué en un boso junto con unos termos que, para Candela, podían contener inocentes bebidas.
– Nos vemos mañana por la noche, ¿de acuerdo? – Mi voz sonaba extraña tan fina y antinatural que pensé que se rompería.
Puse una mano en la manija de la puerta, pensando que era libre, cuando Candela preguntó:
– ¿No llevarás tu telescopio?
Oh, no. Si hubiera una lluvia de meteoritos, por supuesto debería llevar mi telescopio conmigo, pero era pesado, y tenía que llevarlo con cuidado, y tendría que esconderlo en los jardines del colegio. Lo que no podía hacer era llevarme eso hasta Amherst. Pensé que había solucionado cada detalle de mi huída, ¿cómo podría haber olvidado algo tan básico?
– Tengo otro – Mentí mientras me iba – Otro telescopio, quiero decir. No es tan bueno como este, pero es más liviano, asique creo que lo tomaré del apartamento de mis padres.
  Tiene sentido – Candela levantó la vista de sus tijeras, por lo cual nos pudimos ver las caras mutuamente. Parecía algo triste; tal vez Candela nunca admitiría que me extrañaría este fin de semana, pero pensé que lo haría.
– Hasta Mañana.
– Mañana – dije no muy convencida – saldremos el próximo fin de semana. Piensa en algo divertido para hacer.
 ¿Aquí? Sí, claro – Se concentró en su trabajo otra vez, y yo fui libre para irme.

Cuando me adentré en los jardines, el crepúsculo descendía sobre el colegio. Éste era uno de mis momentos favoritos del día. Para mí, significaba más inicio que el propio amanecer. El cielo estaba entre un violeta grisáceo mientras me adentraba en el bosque. Mis oídos se volvieron instantáneamente más sensitivos a los sonidos de la noche: mis propios pasos, los pájaros a lo lejos, una chica riendo de un modo que me hiso pensar que debía estar aquí fuera con un chico.
Continué mi camino, impresionada de cómo mis oídos eran mucho más potentes que el año pasado. Aunque me había convertido en una “Verdadera estudiante de Mandalay”, no había sentido tanto el cambio, pero aquí entre los árboles, resultó obvio. El aleteo de los pájaros, el tráfico de las rutas cercanas, todo era claro y distinto. Esto nunca me había pasado.
Tampoco nunca antes había pensado en cómo sabría la sangre de alguno de esos pájaros. La vampira en mí estaba saliendo a la superficie. Y el estar con Gastón siempre traía a la vampira en mí: la depredadora, la hambrienta, y ahora yo era más poderosa. Tal vez yo no era la única que se estaba arriesgando con nuestra cita de aquella noche.
“Yo cuidaría de Gastón. Nunca lo lastimaría.”
“Si lo mordía de nuevo y tomaba suficiente sangre, se convertiría en un vampiro, y en ese momento podríamos estar juntos para siempre.”
Sacudí mi cabeza, tratando de mantener ese pensamiento alejado de mí.
Seguí mi camino a través de la ruta. Luego habría un pequeño tramo antes de llegar al área una parada. Tomé mi lugar en la ruta cercano a Riverton y esperé.
Cinco automóviles y una motocicleta vinieron; esos no eran importantes para mí. En mi lugar oculto entre las malezas, bufé de frustración.
Pero al afortunado número siete era al que yo estaba esperando: el servicio de lavandería de Mandalay. Como siempre, el conductor tenía su música demasiado alta. Debía haber dejado la escuela recién, lo que significaba que estaba volviendo, y mis investigaciones decían que la base de la lavandería estaba en Amherst.
El camión se detuvo en la señal. Corrí hacia la parte trasera que, afortunadamente, estaba abierta. Cuando el metal chilló, me encogí, pero afortunadamente, la música estaba tan alta que el conductor no lo oyó.
Rápidamente entré y me coloqué entre unos bultos de ropas cuando el camión comenzó su camino nuevamente. ¿Lo ven? Era simple! Peor de todas maneras, yo estaba muy nerviosa y temí comenzar a temblar. Por eso mismo me escondí debajo de esos bultos y para que el camionero no me viera si decidía echar un vistazo hacia atrás. Todo olía un poco viciado, pero no estaba irrespirable aquél aire, por lo que dadas las circunstancias que tenía, me prometí ser valiente y soportarlo.
Tomó aproximadamente una hora llegar a Amherst. En ese momento, comencé a espiar por la ventana de atrás. Una vez que llegamos, yo tenía la ventaja de que había otra parada que el conductor debería ver. Después de eso, podría caminar hasta la estación de trenes.
A la medianoche, estaría en los brazos de Gastón otra vez.