Julia oyó el crujir de los pasos de
Gastón sobre la pinaza seca que
cubría el camino. Al menos la estaba siguiendo. Tres décadas de culpa empezaron a calmar el mal humor
que le había dado el valor de forzar por fin aquella confrontación. Estaba tan harta de aquella culpa.
Lo único que había hecho era paralizarla, y ya no podía seguir soportándolo. Liam la atormentaba apareciendo todas las
mañanas para tomarse con ella
un desayuno que a Julia nunca le apetecía, pero que al parecer era incapaz de rechazar. Rocío tal vez
no encajaba en la casilla que ella le había
asignado y Gastón la miraba como si fuera su peor enemigo. Era demasiado.
Más adelante, a lo lejos, los
árboles daban paso al lago. Julia caminó hacia allí, desafiándole en silencio a no seguirla. Cuando ya no pudo soportarlo más, se
volvió para mirarle a la cara,
sin saber hasta que empezó a hablar qué iba a decirle.
-¡No me disculparé por haberte
abandonado!
-¿Por qué no me sorprende?
-Búrlate cuanto quieras, pero ¿no te
has preguntado nunca dónde estarías si me hubiera
quedado contigo? ¿Qué posibilidades
crees que hubieras tenido viviendo en un apartamento infestado de cucarachas con una
adolescente inmadura que tenía grandes sueños pero
ninguna idea de cómo hacerlos
realidad?
-Ninguna en absoluto -respondió glacialmente-. Hiciste bien.
-Por supuesto. Me aseguré de que tuvieras unos padres que
te adoraron desde el día en que naciste y vivieras en una bonita casa, con
comida abundante y un patio donde jugar.
Gastón miró hacia el lago, con cara de aburrimiento.
-Eso no lo discuto. ¿Has acabado ya con esto? Es que
tengo cosas que hacer.
-¿No lo entiendes? ¡No podía venir a verte!
-Eso no importa.
Julia se acercó un poco a Gas, pero se detuvo.
-Sí que importa. Y sé que por eso me odias tanto. No
porque te abandonara, sino porque nunca respondí a las cartas en las que me
suplicabas que viniera a verte.
-Apenas lo recuerdo. Tenía... ¿qué? ¿Seis años? ¿Crees
que algo así todavía me preocupa? -Su aire de indiferencia estudiada adquirió
un tono cortante-. No te odio, Julia. No me importas tanto.
-Todavía conservo aquellas cartas. Todas y cada una de
las cartas que me escribiste. Y están empapadas de lágrimas, muchas más de las
que te puedes imaginar.
-Me rompes el corazón.
-¿No lo comprendes? No había nada que hubiera deseado
más, pero no lo tenía permitido.
-Esto tendrás que explicármelo.
Por fin había logrado su atención. Gastón se acercó y
separó junto a la base de un viejo roble nudoso.
-No tenías seis años. Las cartas empezaron cuando tenías
siete. La primera estaba escrita en letras mayúsculas en un papel cuadriculado
amarillo. Todavía la tengo.
La había leído tantas veces que el papel había perdido
por completo apresto.
Querida tía Julia,
Ya sé que eres mi mamá de verdad y te quiero mucho. Podrías venir a verme.
Tengo un gato. Se llama Spike.
También tiene siete años.
Un beso
GASTÓN
No le cuentes a mamá que te he escrito esta carta. Podría
llorar.
-Me escribiste dieciocho cartas en cuatro años.
-No lo recuerdo demasiado.
Julia se arriesgó a dar algunos pasos hacia él.
-Silvia y yo habíamos llegado a un acuerdo.
-¿Qué tipo de acuerdo?
-No te di a tus padres por las buenas, no creas. Lo
hablamos todo a fondo. Y yo hice largas listas. -Julia se dio cuenta de que
tenía los puños cerrados, y dejó caer las manos a ambos lados de su cuerpo-.
Tuvieron que prometerme que no te azotarían nunca, aunque tampoco es que lo
hubieran hecho. Les dije que no criticaran tu música cuando fueras
adolescente, y tenían que dejarte llevar el pelo como quisieses. Ten en cuenta
que yo acababa de cumplir los dieciocho dijo con una sonrisa triste-. Incluso
intenté convencerles para que te compraran un descapotable rojo cuando cumplieras
los dieciséis, aunque sabiamente se negaron.
Por primera vez, Gastón le devolvió la sonrisa. Fue un pequeño
movimiento, un gesto casi imperceptible de la comisura de sus labios, pero al
menos estaba allí.
Julia pestañeó, decidida a terminar su relato sin derramar
una lágrima.
-Hubo una cosa en la que no cedí, sin embargo. Les hice
prometer que te dejarían siempre perseguir tus sueños, aunque éstos no fueran
los mismos que tenían ellos para ti.
Gas aguzó los oídos olvidándose por completo de fingir
indiferencia.
-A ellos no les hacía ninguna gracia dejarte jugar al fútbol.
Les aterrorizaba que pudieras lastimarte. Pero les hice cumplir la promesa y
nunca intentaron impedírtelo. -Julia ya no podía mirarle a los ojos-. Sólo
tenía que darles una única cosa a cambio...
Julia oyó que Gastón se acercaba, y levantó la vista. Gas
avanzaba hacia ella por una estrecha franja de sol.
-¿Cuál era?
Julia notó en su voz que ya se lo imaginaba.
-Tuve que prometer que no iría nunca a verte. -Julia no
se atrevía a mirarle, y se mordió el labio-. Entonces no existía la adopción
abierta, o si existía, yo no sabía nada de la cuestión. Ellos me hablaron de lo
confundidos que pueden estar los niños, y yo les creí. Ellos aceptaron que te
contarían quién era tu madre biológica en cuanto fueras lo bastante mayor como
para comprenderlo, y me enviaron cientos de fotografías tuyas a lo largo de
los años, pero yo no podía visitarte. Mientras Silvia y Pedro estuvieran
vivos, tú tenías que tener sólo una madre.
-Una vez rompiste la promesa -dijo casi sin despegar los
labios-. Cuando yo tenía dieciséis años.
-Fue un accidente -dijo Julia caminando hacia un canto
rodado que sobresalía en el suelo de arena-. Cuando empezaste a jugar al
fútbol en el instituto, entendí que por fin tenía la oportunidad de verte sin
romper mi promesa. Empecé a volar a Grand Rapids los viernes para ver los
partidos. Me quitaba el maquillaje, me echaba una bufanda vieja sobre la cara y
me ponía ropa vulgar para que nadie me reconociera. Luego me sentaba en la
tribuna para los seguidores visitantes. Tenía unos binoculares con los que te
seguía durante todo el partido. Vivía esperando los momentos en que te quitabas
el casco. Nunca podrás imaginar cómo llegué a odiar aquel casco.
El día era caluroso, pero Julia sintió frío y se frotó
los brazos.
-Todo fue bien hasta que entraste en el equipo juvenil.
Era el último partido de la temporada, y sabía que pasaría casi un año antes de
volver a verte. Me convencí a mí misma de que no haría ningún daño a nadie si
pasaba con el coche por delante de tu casa.
-Yo estaba cortando el césped en el patio.
Julia asintió con la cabeza.
-Era uno de esos
días de veranillo de San Martín, y tú estabas
sudoroso, igual que ahora. Yo estaba tan distraída mirándote que no vi
el coche de tu vecino aparcado en la calle.
-Le rayaste todo el lateral.
-Y tú saliste corriendo a ayudar. Cuando te diste cuenta
quién era yo, me miraste como si me odiaras.
-No me podía creer que fueras tú.
-Como Silvia nunca me lo echó en cara, supe que no habías
contado nada.
Julia intentó leer su expresión, pero Gastón no
demostraba ninguna emoción. Gas apartó una rama caída con la tinta de su
zapatilla.
-Mamá murió hace más de un año. ¿Por qué has esperaste
hasta ahora para contármelo?
Julia le miró y sacudió la cabeza.
-¿Cuántas veces te he llamado para intentar hablar contigo?
Tú me rechazaste, Gastón. Todas las veces.
Gas la miró.
-Deberían haberme contado que no te dejaban visitarme.
-¿Se lo preguntaste alguna vez?
Gastón se encogió de hombros y Julia supo que no lo había
hecho.
-Creo que Pedro hubiera querido contarte algo, pero Silcia
no lo habría permitido jamás. Lo hablamos muchas veces por teléfono. Tienes que
recordar que ella era mayor que las madres de tus amigos, y sabía sobradamente
que no era una de esas mamás divertidas que todos los niños desean. Eso la
hacía sentir insegura. Además, tú eras un niño testarudo. ¿Crees que no le
habrías dado importancia y habrías seguido tranquilamente con tus cosas si
hubieras sabido lo mucho que deseaba verte?
-Habría subido al primer autobús hacia Los Ángeles
-respondió tajantemente.
-Y eso le habría roto el corazón a Silvia.
Julia esperó, deseando que Gas se acercara a ella. Imaginó,
como tantas otras veces, que él dejaría que lo abrazase y todos aquellos años
perdidos se desvanecerían. Pero Gas se limitó a recoger una piña del suelo.
-Teníamos una tele en el sótano -empezó a decir-. Todas
las semanas bajaba a ver tu programa. Siempre bajaba el volumen, aunque ellos
sabían qué estaba haciendo. Nunca dijeron una sola palabra sobre el asunto.
-Ya lo supongo.
Gas pasó el dedo por la piña. Su hostilidad había desaparecido,
aunque no su tensión, y Julia supo que la reunión que había soñado no iba a
producirse.
-¿Y ahora qué se supone que debo hacer? -preguntó él.
El hecho de que tuviera que plantear la pregunta indicaba
que Gas todavía no estaba preparado para darle nada. Julia no podía tocarle, no
podía decirle que lo había querido desde el momento de su nacimiento ni
tampoco que nunca había dejado de quererle.
-Supongo que eso depende de ti -dijo únicamente.
Gastón asintió lentamente con la cabeza, y luego soltó la
piña.
-Ahora que ya me lo has contado, ¿te marcharás?
Ni su expresión ni el tono de su voz le dieron a Julia
ninguna pista sobre cuál quería él que fuera la respuesta, y ella no iba a
preguntárselo.
-Quiero acabar de plantar las flores que compré. Unos
cuantos días más.
Era una excusa poco convincente, pero Gas asintió y se
dirigió hacia el camino.
-Tengo que ducharme.
Gastón no le había ordenado que se marchara. Tampoco le
había dicho que eso llegaba demasiado tarde. Julia decidió que ya era
suficiente por el momento.
tengo que confesar que de las que estas subiendo esta es mi preferida, encuentro mi tiempo para leerla concentradamente por q me gusta mucho y no quiero que me hablen o distraigan cuando la leo
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