viernes, 25 de mayo de 2012

Segunda Parte, Capitulo Dieciséis


Julia oyó el crujir de los pasos de Gastón sobre la pinaza seca que cubría el camino. Al menos la estaba siguiendo. Tres décadas de culpa empezaron a calmar el mal humor que le había dado el valor de forzar por fin aquella confrontación. Estaba tan harta de aquella culpa. Lo único que había hecho era paralizarla, y ya no podía seguir soportándolo. Liam la atormentaba apareciendo todas las mañanas para tomarse con ella un desayuno que a Julia nunca le apetecía, pero que al parecer era incapaz de rechazar. Rocío tal vez no encaja­ba en la casilla que ella le había asignado y Gastón la miraba como si fuera su peor enemigo. Era demasiado.
Más adelante, a lo lejos, los árboles daban paso al lago. Julia caminó hacia allí, desafiándole en silencio a no seguirla. Cuando ya no pudo soportarlo más, se volvió para mirarle a la cara, sin saber hasta que empezó a hablar qué iba a decirle.
-¡No me disculparé por haberte abandonado!
-¿Por qué no me sorprende?
-Búrlate cuanto quieras, pero ¿no te has preguntado nunca dónde estarías si me hubiera quedado contigo? ¿Qué posibilidades crees que hubieras tenido viviendo en un apar­tamento infestado de cucarachas con una adolescente inma­dura que tenía grandes sueños pero ninguna idea de cómo hacerlos realidad?
-Ninguna en absoluto -respondió glacialmente-. Hi­ciste bien.
-Por supuesto. Me aseguré de que tuvieras unos padres que te adoraron desde el día en que naciste y vivieras en una bonita casa, con comida abundante y un patio donde jugar.
Gastón miró hacia el lago, con cara de aburrimiento.
-Eso no lo discuto. ¿Has acabado ya con esto? Es que tengo cosas que hacer.
-¿No lo entiendes? ¡No podía venir a verte!
-Eso no importa.
Julia se acercó un poco a Gas, pero se detuvo.
-Sí que importa. Y sé que por eso me odias tanto. No porque te abandonara, sino porque nunca respondí a las car­tas en las que me suplicabas que viniera a verte.
-Apenas lo recuerdo. Tenía... ¿qué? ¿Seis años? ¿Crees que algo así todavía me preocupa? -Su aire de indiferencia estudiada adquirió un tono cortante-. No te odio, Julia. No me importas tanto.
-Todavía conservo aquellas cartas. Todas y cada una de las cartas que me escribiste. Y están empapadas de lágrimas, muchas más de las que te puedes imaginar.
-Me rompes el corazón.
-¿No lo comprendes? No había nada que hubiera de­seado más, pero no lo tenía permitido.
-Esto tendrás que explicármelo.
Por fin había logrado su atención. Gastón se acercó y separó junto a la base de un viejo roble nudoso.
-No tenías seis años. Las cartas empezaron cuando te­nías siete. La primera estaba escrita en letras mayúsculas en un papel cuadriculado amarillo. Todavía la tengo.
La había leído tantas veces que el papel había perdido por completo apresto.



Querida tía Julia,

Ya sé que eres mi mamá de verdad y te quiero mu­cho. Podrías venir a verme. Tengo un gato. Se llama Spike.
También tiene siete años.
Un beso
GASTÓN

No le cuentes a mamá que te he escrito esta carta. Po­dría llorar.





-Me escribiste dieciocho cartas en cuatro años.
-No lo recuerdo demasiado.
Julia se arriesgó a dar algunos pasos hacia él.
-Silvia y yo habíamos llegado a un acuerdo.
-¿Qué tipo de acuerdo?
-No te di a tus padres por las buenas, no creas. Lo hablamos todo a fondo. Y yo hice largas listas. -Julia se dio cuenta de que tenía los puños cerrados, y dejó caer las manos a ambos lados de su cuerpo-. Tuvieron que prometerme que no te azotarían nunca, aunque tampoco es que lo hubie­ran hecho. Les dije que no criticaran tu música cuando fueras adolescente, y tenían que dejarte llevar el pelo como quisie­ses. Ten en cuenta que yo acababa de cumplir los dieciocho dijo con una sonrisa triste-. Incluso intenté convencer­les para que te compraran un descapotable rojo cuando cum­plieras los dieciséis, aunque sabiamente se negaron.
Por primera vez, Gastón le devolvió la sonrisa. Fue un pe­queño movimiento, un gesto casi imperceptible de la comi­sura de sus labios, pero al menos estaba allí.
Julia pestañeó, decidida a terminar su relato sin derra­mar una lágrima.
-Hubo una cosa en la que no cedí, sin embargo. Les hice prometer que te dejarían siempre perseguir tus sueños, aunque éstos no fueran los mismos que tenían ellos para ti.
Gas aguzó los oídos olvidándose por completo de fin­gir indiferencia.
-A ellos no les hacía ninguna gracia dejarte jugar al fút­bol. Les aterrorizaba que pudieras lastimarte. Pero les hice cumplir la promesa y nunca intentaron impedírtelo. -Julia ya no podía mirarle a los ojos-. Sólo tenía que darles una única cosa a cambio...

Julia oyó que Gastón se acercaba, y levantó la vista. Gas avanzaba hacia ella por una estrecha franja de sol.
-¿Cuál era?
Julia notó en su voz que ya se lo imaginaba.
-Tuve que prometer que no iría nunca a verte. -Julia no se atrevía a mirarle, y se mordió el labio-. Entonces no exis­tía la adopción abierta, o si existía, yo no sabía nada de la cuestión. Ellos me hablaron de lo confundidos que pueden estar los niños, y yo les creí. Ellos aceptaron que te contarían quién era tu madre biológica en cuanto fueras lo bastante ma­yor como para comprenderlo, y me enviaron cientos de fo­tografías tuyas a lo largo de los años, pero yo no podía vi­sitarte. Mientras Silvia y Pedro estuvieran vivos, tú tenías que tener sólo una madre.
-Una vez rompiste la promesa -dijo casi sin despegar los labios-. Cuando yo tenía dieciséis años.
-Fue un accidente -dijo Julia caminando hacia un can­to rodado que sobresalía en el suelo de arena-. Cuando em­pezaste a jugar al fútbol en el instituto, entendí que por fin tenía la oportunidad de verte sin romper mi promesa. Em­pecé a volar a Grand Rapids los viernes para ver los partidos. Me quitaba el maquillaje, me echaba una bufanda vieja sobre la cara y me ponía ropa vulgar para que nadie me reconocie­ra. Luego me sentaba en la tribuna para los seguidores visi­tantes. Tenía unos binoculares con los que te seguía durante todo el partido. Vivía esperando los momentos en que te qui­tabas el casco. Nunca podrás imaginar cómo llegué a odiar aquel casco.
El día era caluroso, pero Julia sintió frío y se frotó los brazos.
-Todo fue bien hasta que entraste en el equipo juvenil. Era el último partido de la temporada, y sabía que pasaría casi un año antes de volver a verte. Me convencí a mí misma de que no haría ningún daño a nadie si pasaba con el coche por delante de tu casa.
-Yo estaba cortando el césped en el patio.
Julia asintió con la cabeza.
-Era  uno de esos días de veranillo de San Martín, y tú estabas  sudoroso, igual que ahora. Yo estaba tan distraída mi­rándote que no vi el coche de tu vecino aparcado en la calle.
-Le rayaste todo el lateral.
-Y tú saliste corriendo a ayudar. Cuando te diste cuen­ta quién era yo, me miraste como si me odiaras.
-No me podía creer que fueras tú.
-Como Silvia nunca me lo echó en cara, supe que no habías contado nada.


Julia intentó leer su expresión, pero Gastón no demostraba ninguna emoción. Gas apartó una rama caída con la tinta de su zapatilla.
-Mamá murió hace más de un año. ¿Por qué has espe­raste hasta ahora para contármelo?
Julia le miró y sacudió la cabeza.
-¿Cuántas veces te he llamado para intentar hablar con­tigo? Tú me rechazaste, Gastón. Todas las veces.
Gas la miró.
-Deberían haberme contado que no te dejaban visitarme.
-¿Se lo preguntaste alguna vez?
Gastón se encogió de hombros y Julia supo que no lo había hecho.
-Creo que Pedro hubiera querido contarte algo, pero Silcia no lo habría permitido jamás. Lo hablamos muchas veces por teléfono. Tienes que recordar que ella era mayor que las madres de tus amigos, y sabía sobradamente que no era una de esas mamás divertidas que todos los niños desean. Eso la hacía sentir insegura. Además, tú eras un niño testa­rudo. ¿Crees que no le habrías dado importancia y habrías seguido tranquilamente con tus cosas si hubieras sabido lo mucho que deseaba verte?
-Habría subido al primer autobús hacia Los Ángeles -respondió tajantemente.
-Y eso le habría roto el corazón a Silvia.
Julia esperó, deseando que Gas se acercara a ella. Ima­ginó, como tantas otras veces, que él dejaría que lo abrazase y todos aquellos años perdidos se desvanecerían. Pero Gas se limitó a recoger una piña del suelo.
-Teníamos una tele en el sótano -empezó a decir-. Todas las semanas bajaba a ver tu programa. Siempre bajaba el volumen, aunque ellos sabían qué estaba haciendo. Nun­ca dijeron una sola palabra sobre el asunto.
-Ya lo supongo.
Gas pasó el dedo por la piña. Su hostilidad había de­saparecido, aunque no su tensión, y Julia supo que la reu­nión que había soñado no iba a producirse.
-¿Y ahora qué se supone que debo hacer? -preguntó él.
El hecho de que tuviera que plantear la pregunta indicaba que Gas todavía no estaba preparado para darle nada. Julia no podía tocarle, no podía decirle que lo había querido des­de el momento de su nacimiento ni tampoco que nunca ha­bía dejado de quererle.
-Supongo que eso depende de ti -dijo únicamente.
Gastón asintió lentamente con la cabeza, y luego soltó la piña.
-Ahora que ya me lo has contado, ¿te marcharás?
Ni su expresión ni el tono de su voz le dieron a Julia nin­guna pista sobre cuál quería él que fuera la respuesta, y ella no iba a preguntárselo.
-Quiero acabar de plantar las flores que compré. Unos cuantos días más.
Era una excusa poco convincente, pero Gas asintió y se dirigió hacia el camino.
-Tengo que ducharme.
Gastón no le había ordenado que se marchara. Tampoco le había dicho que eso llegaba demasiado tarde. Julia deci­dió que ya era suficiente por el momento.

1 comentario:

  1. tengo que confesar que de las que estas subiendo esta es mi preferida, encuentro mi tiempo para leerla concentradamente por q me gusta mucho y no quiero que me hablen o distraigan cuando la leo

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