martes, 15 de mayo de 2012

Capitulo Ocho, Segunda Parte


—¿Cómo puedes saber lo que quieres antes de terminar una habitación?
—Simplemente lo sé. —Gastón levantó los hombros—. No puedo explicarlo. Tengo reservado un precioso escritorio para el salón. El salón es mi próximo proyecto y no requiere tanto trabajo como la cocina. Más que nada, paredes y suelos. Quiero darle un buen empujón a los interiores para poder dedicarme a las terrazas y la escalinata y, con suerte, empezar a pintar en abril. De ese modo podremos volver dentro antes de que llegue el calor del verano.
—¿Por qué tanta prisa? La casa no se moverá de ahí.
—¿Recuerdas el carácter tenaz y competitivo del que te hablé?
—Eso no significa que no puedas relajarte un poco. ¿Cuántas horas trabajas a la semana?
—No sé, unas diez o doce al día. —Gastón sonrió y le cogió la mano—. ¿Estás preocupada por mí? Me tomaré más tiempo libre si lo pasas conmigo.
—No estoy preocupada por ti. —Pero Rocío no apartó la mano. Dejó que él la sostuviera contra esa palma dura y callosa—. Pronto serán los carnavales. Si no dejas de trabajar para disfrutarlos, bien podrías estar en Boston. —Rocío contempló el soufflé doble que el camarero había colocado en el centro de la mesa—. Mmm, qué maravilla. —Se inclinó hacia delante, cerró los ojos e inspiró. Cuando volvió a abrirlos estaba sonriendo—. ¿Dónde está el tuyo?

Gastón la llevó a bailar. Había descubierto un club donde tocaban fox-trots y canciones jazzy de los treinta, y la sorprendió haciéndola girar hasta que las piernas le flaquearon.
—Estás lleno de sorpresas.
—Lo sé. —La atrajo hacia sí, la hizo estremecer cuando deslizó las manos por su figura y la sujetó por las caderas. El cuerpo de Rocío se contoneaba pegado al de él, una ola deslizándose bajo otra ola al son del saxo tenor.
La hizo reír incluso cuando ya no le quedaba aliento. Ella echó la cabeza hacia atrás, dejando caer la melena, y él descendió sobre ella. Le acarició el mentón con los labios, la rozó con los dientes. Luego la levantó de nuevo, la rodeó, la sedujo.
Las luces eran cálidas, azuladas como el humo, y los movimientos de Gastón sinuosos, de modo que era como moverse en el agua. Un anhelo para el que no estaba preparada trepó por el estómago de Rocío. Con los ojos entrecerrados, deslizó una mano por el cabello de Gastón y le acercó la cara ese último centímetro, hasta que sus bocas se encontraron.
—Encajas como anillo al dedo, Rocío. Encajamos.
Ella sacudió la cabeza y descansó su mejilla en la de él.
—Si haces el amor la mitad de bien que bailas, debes de dejar una estela de sonrisas femeninas a tu paso.
—Permíteme que te lo demuestre. —Gastón le mordisqueó el lóbulo y notó que ella se estremecía—. Quiero acariciarte. Sé cómo será el tacto de tu piel bajo mis manos. Lo he soñado.
Ella permaneció con los ojos cerrados, tratando de mantener el anhelo a raya.
—Baila conmigo. Se hace tarde y quiero un último baile.


En la limusina, Rocío descansó su cabeza en el hombro de él. La música, el vino, las luces tenues todavía daban vueltas en su cabeza. Se sentía empapada de romanticismo, y saber que esa había sido la intención de Gastón no disminuía su efecto. Solo lo aumentaba.
Era un hombre que ponía empeño en los detalles. Pequeños y grandes. Con la casa que había elegido, con la mujer que deseaba.
Ella admiraba eso. Lo admiraba a él.
—Sabes hacer disfrutar a una chica, cher.
—Deja que lo repita mañana por la noche.
—Mañana trabajo.
—Entonces, la próxima noche que tengas libre.
—Lo pensaré. No es mojigatería, Gastón. —Rocío se irguió para poder mirarle a los ojos—. No me gusta la mojigatería. Es precaución. Tampoco puedo decir que eso me guste, pero contigo creo que es inteligente ser precavida. Y sí me gusta ser inteligente.
Cuando la limusina se detuvo frente a su casa, Rocío le acarició la mejilla.
—Ahora acompáñame hasta la puerta y dame un beso de buenas noches.
Gastón cogió la cubitera con los tulipanes morados. La dejó en el suelo, junto a la puerta, y tomó el rostro de Rocío entre sus manos.
El beso fue más dulce de lo que ella había esperado. Había esperado ardor, el ardor persuasivo que podría derretir su resistencia. En lugar de eso, Gastón le había dado un beso tierno, suave, terminando la noche como la había comenzado. Con romanticismo.
—¿Y antes de ir a trabajar? —Se llevó la mano de Rocío a los labios—. Te llevaría de picnic.
Ella le miró sorprendida.
—¿De picnic?
—La temperatura es agradable. Podríamos tender una manta junto al estanque. Trae a Rufus contigo para que haga de carabina. Me gusta verlo saltar.
—Maldita sea. —Ahora fue Rocío quien tomó la cara de él entre sus manos—. Maldita sea. Quiero que te vayas a esa limusina blanca.
—Vale. —Gastón le acarició el pelo—. Esperaré a que entres.
—Ve a esa limusina —repitió Rocío—, paga al chófer y dile que se vaya a casa. Luego sube.
Gastón le cogió las muñecas y notó su pulso.
—Cinco minutos. No cambies de opinión. No. Dos minutos. Cronométrame.
Mientras él corría escaleras abajo, ella recogió las flores y entró. Si era un error, pensó, no sería el primero. Ni el último.
Encendió las velas y puso Billie Holiday. El sexo será fácil, se recordó. Cuando tenía lugar entre dos adultos sin ataduras y con, en fin, con algo de cariño además de deseo, debía ser una celebración.
Persuadida o no, la decisión era suya. No tenía sentido lamentarla antes de que hubiera comenzado.
Gastón llamó a la puerta. El hecho de que no hubiera entrado directamente la hizo sonreír. Buenos modales y sangre caliente. Una combinación interesante. Irresistible.
Abrió la puerta y la congoja de Billie Holiday inundó el aire. Él se metió las manos en los bolsillos y sonrió.
—Hola de nuevo, bombón. —Rocío lo agarró de la corbata—. Entra.—Tiró de él hasta el interior. Y caminando de espaldas habría tirado de él hasta el dormitorio.
Pero él le colocó las manos en la cintura y la atrajo hacia sí.
—Me gusta tu música. —La hizo bailar—Cuando vea más allá de ti, te diré si me gusta tu casa.
—¿Has recibido clases de qué decir para que las mujeres caigan a tus pies?
—Es un don natural. —Él le rozó con los labios las comisuras de la boca, el provocativo lunar—. Las calles de Boston estaban cubiertas con mis conquistas. Eran un engorro para el tráfico, así que el ayuntamiento me pidió que me fuera. —Deslizó su mejilla por la de ella—. Te huelo en mis sueños y me despierto deseándote.
El corazón de ella empezó a temblar, como si estuviera entrando en calor después de una larga helada.
—Supe que serías un problema en cuanto entraste en mi bar. —Se estiró bajo la mano que corría por su espalda—. Pero ignoraba hasta qué punto.
—Enorme. —Él la levantó del suelo y apretó la boca contra la suya hasta que los dos gimieron—. ¿Cómo?
—Mmm, se me ocurren muchas maneras.
La poca sangre que le quedaba a él en la cabeza bajó disparada hasta la pelvis.
—Ja. Quería decir que cómo se va a tu dormitorio.
Con una risa suave, ella le mordió el labio inferior.
—La puerta de la izquierda.
Él tuvo impresiones diversas mientras cruzaban la sala. Colores vibrantes, madera vieja. Pero casi todos sus sentidos estaban absortos en la mujer que sostenía en los brazos. Su peso, su contorno, su aroma. La sorpresa en su rostro cuando él la dejó de pie junto a la cama en lugar de tumbarla.
—Me gustaría ir despacio, si no te importa. —Él le deslizó un dedo por la clavícula y la encantadora curva que el escote del vestido dejaba al descubierto—. Ya sabes, como cuando abres un regalo.
—No puedo decir que me importe.
Ella había esperado precipitación —manos rápidas, boca hambrienta—, en consonancia con el deseo temerario que había percibido en su mirada. Cuando él unió sus manos a las de ella y posó sus labios en los de ella como si fueran seda, ella recordó la habilidad con que él había dominado su mal genio el día anterior.
Por lo visto, ese dominio alcanzaba otras pasiones.
No había esperado tanto romanticismo. Él lo comprendió en cuanto ella vio los tulipanes. En sus ojos había visto, más que asombro, suspicacia. La misma que veía ahora mientras sí él aminoraba el ritmo y se demoraba en el placer tranquilo de un beso.
Seducirla hasta la cama ya no era suficiente. Quería seducir esa suspicacia hasta convertirla en un placer indefenso.
Los besos de ella eran calientes y atentos. Para él no fue difícil acoplarse, flotar en ese lento roce de lenguas mientras sus cuerpos se contoneaban juntos, como si todavía estuvieran bailando.
Cuando ella aflojó los dedos, él supo que flotaba con él.
Le bajó la cremallera del vestido con lentitud y deslizó los dedos por la parcela de piel recién expuesta. Ella arqueó la espalda y ronroneó.
—Tienes buenas manos, cher, y unos labios muy seductores. —Mirándolo a los ojos, desató el nudo de su corbata—. Veamos el resto.
Tenía algo especial desvestir a un hombre con traje, pensó. El tiempo que se tardaba en retirar todas las capas de ropa para llegar a la piel aumentaba la expectación, afilaba la curiosidad. Mientras ella le desabotonaba la camisa, él la acarició, arrastrándole el vestido por los hombros hasta que quedó eróticamente suspendido de la curva de sus pechos. Le mordisqueó la boca sin prisa, sin vacilación.
Entonces ella le abrió la camisa, deslizó las manos por el torso con un pequeño gemido de aprobación, notó el fuerte palpitar de su corazón bajo las palmas.
—Tienes muy buena figura para ser abogado.
—Ex abogado. —Era como morir, pensó él, morir centímetro a centímetro con esos dedos largos, delgados, y esas uñas rojas, deslizándose por su piel. Ella le pellizcó ligeramente los bíceps, le lamió los labios.
—Realmente, estás lleno de sorpresas. Me gustan los hombres fuertes.
Martilleó la hebilla del cinturón con las uñas y su sonrisa se tornó felina.
—Veamos qué otras sorpresas tienes para mí.
Volvían a bailar, el baile más antiguo, y ella marcaba ahora el paso. Él notó un temblor en los músculos del estómago cuando ella tiró del cinturón y lo lanzó hacia atrás.
Se imaginó arrojándola a la cama y entrando en ella con su escandaloso deseo. Ella lo aceptaría.
Ella lo esperaría.
En lugar de eso, le tomó las manos antes de que ella pudiera desabrocharle los pantalones y se las llevó a los labios. La miró, vio asombro y, una vez más, suspicacia.
—Parece que llevo desventaja —dijo él juguetonamente—. Y puesto que he estado preguntándome qué guardas debajo de este vestido, me gustaría descubrir cuan cerca están mis suposiciones de la realidad.
Posó los labios sobre los hombros desnudos de ella y los utilizó para bajar la tela. Bendijo la ley de la gravedad cuando el vestido cayó a los pies de ella.
Vestía encaje negro.
Era la fantasía de cualquier hombre. Piel bronceada, pelo revuelto, pechos altos apenas contenidos por el delicado encaje. El torso delgado, las caderas dulcemente curvadas con más encaje negro de tiro bajo. Piernas bien contorneadas bajo medias negras terminadas en tacones de aguja.
—Cerca. —El aire ya le quemaba los pulmones—. Muy cerca. ¿Qué es esto? —Pasó el dedo por un tatuaje que había en el interior del muslo, justo por encima de la orilla de la media.
—Es mi dragón. Vigila la entrada. —Estaba temblando y no había esperado temblar—. Muchos hombres creen que pueden pasar por encima de mi dragón. Y muchos hombres se queman.
Gastón deslizó el dedo por el sensible valle formado entre el encaje y el muslo.
—Juguemos con fuego.
La atrajo hacia sí, le devoró la boca. Y cuando eso no fue suficiente, la giró para pasarle los dientes por el hombro, el cuello. Con la cara sumergida en su pelo, subió las manos por su cuerpo y las llenó con sus pechos cubiertos de encaje.
Ella se arqueó, unió las manos por detrás del cuello de él y se ofreció. El salto de la paciencia a la urgencia la dejó mareada, brutalmente excitada y lista para ser tomada. Ahora notaba la avaricia de él, y notó que la suya aumentaba hasta darle alcance.
La mano de él bajó, se detuvo entre sus piernas y apretó, llevándola hasta el borde del clímax. Antes de que cayera, le deslizó un dedo por el muslo y con un rápido chasquido, desató una liga.
Ella contuvo la respiración. Su cuerpo se tensó.
—Mon Dieu.
—Cuando esté dentro de ti, no podrás pensar en nada más. —Desató otra liga—. Pero primero necesito tocarte como he soñado que te tocaba. —Deslizó los labios por sus hombros y apartó la tira del sujetador—. Rocío.
La volvió hacia él, le hundió los dedos en el pelo, le echó la cabeza hacia atrás.
—Esta noche eres mía.
La resistencia de ella, el desafío, se abrieron paso a través de la seducción.
—No soy de nadie.
Él la levantó del suelo y la tumbó en la cama.
—Esta noche seremos el uno del otro.
Cerró la boca sobre la boca de ella, deteniendo sus palabras, drogándole el cerebro. Ella giró la cara para recuperar el aliento, para intentar calmarse. Pero los labios de él le surcaron los pechos, se demoraron por encima del encaje, por debajo. Los largos tirones del estómago le aflojaron los músculos y le derritieron la voluntad.
Ella cedió, diciéndose que se estaba rindiendo a sus propias necesidades, no a él.
Él sintió su entrega, su ablandamiento. Lo escuchó en el gemido quedo de placer y aceptación.
Así que tomó lo que había anhelado desde el primer instante que la vio, aquella mañana brumosa.
Su cuerpo era un tesoro, su piel era perfumada, sus curvas femeninas. Él se alimentó de su sabor con sorbos lentos y tragos largos. Liberó los pechos de sus manos, de su boca. La sangre le ardía como una tormenta de fuego, pero dejó que le quemara y torturó a los dos.
Cuando arrastró el encaje por las caderas, ella se arqueó. Se abrió. Él pasó los dedos por su piel, observándole la cara a la luz de las velas, viendo cómo sus ojos se cerraban, cómo sus labios temblaban con un gemido. Y cuando la penetró con los dedos, cuando los introdujo en el terciopelo húmedo y caliente, ella se dobló, gritó, lo volvió loco.
Apretando la cara contra el estómago de ella, la hizo volar.
El cuerpo de ella era una masa de anhelo, de gozo, y el afilado canto del placer la rebanó como un relámpago. Estalló en su interior y la lanzó al vacío.
Lo rodeó con una mano. Tenía el cuerpo duro como la piedra. Lo quería dentro de ella tanto como su siguiente aliento.
—Te quiero ahora. —Notó que él se estremecía, y que ella también. Cuando se elevó sobre ella, se vio en sus ojos—. Quiero que me llenes. Lléname.
Él se aferró al resbaladizo vestigio de control que le quedaba y, cuando las piernas de ella lo envolvieron, entró lenta, muy lentamente. Y se adentró cuando ella se levantó para encontrarse con él. Aguantó ahí con la respiración atrapada en la garganta, y se perdió en ella.
Ahora se oían suspiros y jadeos cortos. Mirándose el uno al otro, se movieron a un ritmo casi ocioso que extendía el placer como un estanque caliente. Unieron sus labios y él notó que los de ella se curvaban antes de levantar la cabeza y verla sonreír.
Sus pieles resbalaban como la seda. La música, el lamento trágico procedente de la sala, un repentino estallido de celebración en la calle, se fundieron en la cabeza de él con las respiraciones aceleradas de ella.
Ella se tensó y echó la cabeza hacia atrás para ofrecer su garganta a los labios de él. Se apretó contra él, se estremeció. Él volvió a hundir la cabeza en su pelo y esta vez se permitió volar con ella.
Más tarde, se quedó tumbado observando los juegos de luz del techo, acariciando con su mano la espalda de ella. Empapado de ella.
—¿Vas a dejar que me quede? —preguntó—. ¿O debo llamar un taxi?
Ella miró las sombras del techo.
—Quédate.

2 comentarios:

  1. Que romántico Gas!!! Quiero un novio así che jajaja Hermoso capítulo,tiernos a mas no poder ♥

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  2. me encanto el capitulo super romantico kiero un gas asi jaja espero el siguiente cap pronto

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