—¿Cómo puedes saber
lo que quieres antes de terminar una habitación?
—Simplemente lo sé. —Gastón
levantó los hombros—. No puedo explicarlo. Tengo reservado un precioso
escritorio para el salón. El salón es mi próximo proyecto y no requiere tanto
trabajo como la cocina. Más que nada, paredes y suelos. Quiero darle un buen
empujón a los interiores para poder dedicarme a las terrazas y la escalinata y,
con suerte, empezar a pintar en abril. De ese modo podremos volver dentro antes
de que llegue el calor del verano.
—¿Por qué tanta
prisa? La casa no se moverá de ahí.
—¿Recuerdas el
carácter tenaz y competitivo del que te hablé?
—Eso no significa que
no puedas relajarte un poco. ¿Cuántas horas trabajas a la semana?
—No sé, unas diez o
doce al día. —Gastón sonrió y le cogió la mano—. ¿Estás preocupada por mí? Me
tomaré más tiempo libre si lo pasas conmigo.
—No estoy preocupada
por ti. —Pero Rocío no apartó la mano. Dejó que él la sostuviera contra esa
palma dura y callosa—. Pronto serán los carnavales. Si no dejas de trabajar
para disfrutarlos, bien podrías estar en Boston. —Rocío contempló el soufflé
doble que el camarero había colocado en el centro de la mesa—. Mmm, qué
maravilla. —Se inclinó hacia delante, cerró los ojos e inspiró. Cuando volvió a
abrirlos estaba sonriendo—. ¿Dónde está el tuyo?
Gastón la llevó a
bailar. Había descubierto un club donde tocaban fox-trots y canciones jazzy de
los treinta, y la sorprendió haciéndola girar hasta que las piernas le
flaquearon.
—Estás lleno de
sorpresas.
—Lo sé. —La atrajo
hacia sí, la hizo estremecer cuando deslizó las manos por su figura y la sujetó
por las caderas. El cuerpo de Rocío se contoneaba pegado al de él, una ola
deslizándose bajo otra ola al son del saxo tenor.
La hizo reír incluso
cuando ya no le quedaba aliento. Ella echó la cabeza hacia atrás, dejando caer
la melena, y él descendió sobre ella. Le acarició el mentón con los labios, la
rozó con los dientes. Luego la levantó de nuevo, la rodeó, la sedujo.
Las luces eran
cálidas, azuladas como el humo, y los movimientos de Gastón sinuosos, de modo
que era como moverse en el agua. Un anhelo para el que no estaba preparada
trepó por el estómago de Rocío. Con los ojos entrecerrados, deslizó una mano
por el cabello de Gastón y le acercó la cara ese último centímetro, hasta que
sus bocas se encontraron.
—Encajas como anillo
al dedo, Rocío. Encajamos.
Ella sacudió la
cabeza y descansó su mejilla en la de él.
—Si haces el amor la
mitad de bien que bailas, debes de dejar una estela de sonrisas femeninas a tu
paso.
—Permíteme que te lo
demuestre. —Gastón le mordisqueó el lóbulo y notó que ella se estremecía—.
Quiero acariciarte. Sé cómo será el tacto de tu piel bajo mis manos. Lo he
soñado.
Ella permaneció con
los ojos cerrados, tratando de mantener el anhelo a raya.
—Baila conmigo. Se
hace tarde y quiero un último baile.
En la limusina, Rocío
descansó su cabeza en el hombro de él. La música, el vino, las luces tenues
todavía daban vueltas en su cabeza. Se sentía empapada de romanticismo, y saber
que esa había sido la intención de Gastón no disminuía su efecto. Solo lo
aumentaba.
Era un hombre que
ponía empeño en los detalles. Pequeños y grandes. Con la casa que había
elegido, con la mujer que deseaba.
Ella admiraba eso. Lo
admiraba a él.
—Sabes hacer
disfrutar a una chica, cher.
—Deja que lo repita
mañana por la noche.
—Mañana trabajo.
—Entonces, la próxima
noche que tengas libre.
—Lo pensaré. No es
mojigatería, Gastón. —Rocío se irguió para poder mirarle a los ojos—. No me
gusta la mojigatería. Es precaución. Tampoco puedo decir que eso me guste, pero
contigo creo que es inteligente ser precavida. Y sí me gusta ser inteligente.
Cuando la limusina se
detuvo frente a su casa, Rocío le acarició la mejilla.
—Ahora acompáñame
hasta la puerta y dame un beso de buenas noches.
Gastón cogió la
cubitera con los tulipanes morados. La dejó en el suelo, junto a la puerta, y
tomó el rostro de Rocío entre sus manos.
El beso fue más dulce
de lo que ella había esperado. Había esperado ardor, el ardor persuasivo que
podría derretir su resistencia. En lugar de eso, Gastón le había dado un beso
tierno, suave, terminando la noche como la había comenzado. Con romanticismo.
—¿Y antes de ir a
trabajar? —Se llevó la mano de Rocío a los labios—. Te llevaría de picnic.
Ella le miró
sorprendida.
—¿De picnic?
—La temperatura es
agradable. Podríamos tender una manta junto al estanque. Trae a Rufus contigo
para que haga de carabina. Me gusta verlo saltar.
—Maldita sea. —Ahora
fue Rocío quien tomó la cara de él entre sus manos—. Maldita sea. Quiero que te
vayas a esa limusina blanca.
—Vale. —Gastón le
acarició el pelo—. Esperaré a que entres.
—Ve a esa limusina
—repitió Rocío—, paga al chófer y dile que se vaya a casa. Luego sube.
Gastón le cogió las
muñecas y notó su pulso.
—Cinco minutos. No
cambies de opinión. No. Dos minutos. Cronométrame.
Mientras él corría
escaleras abajo, ella recogió las flores y entró. Si era un error, pensó, no
sería el primero. Ni el último.
Encendió las velas y
puso Billie Holiday. El sexo será fácil, se recordó. Cuando tenía lugar entre
dos adultos sin ataduras y con, en fin, con algo de cariño además de deseo,
debía ser una celebración.
Persuadida o no, la decisión
era suya. No tenía sentido lamentarla antes de que hubiera comenzado.
Gastón llamó a la
puerta. El hecho de que no hubiera entrado directamente la hizo sonreír. Buenos
modales y sangre caliente. Una combinación interesante. Irresistible.
Abrió la puerta y la
congoja de Billie Holiday inundó el aire. Él se metió las manos en los
bolsillos y sonrió.
—Hola de nuevo,
bombón. —Rocío lo agarró de la corbata—. Entra.—Tiró de él hasta el interior. Y
caminando de espaldas habría tirado de él hasta el dormitorio.
Pero él le colocó las
manos en la cintura y la atrajo hacia sí.
—Me gusta tu música.
—La hizo bailar—Cuando vea más allá de ti, te diré si me gusta tu casa.
—¿Has recibido clases
de qué decir para que las mujeres caigan a tus pies?
—Es un don natural.
—Él le rozó con los labios las comisuras de la boca, el provocativo lunar—. Las
calles de Boston estaban cubiertas con mis conquistas. Eran un engorro para el
tráfico, así que el ayuntamiento me pidió que me fuera. —Deslizó su mejilla por
la de ella—. Te huelo en mis sueños y me despierto deseándote.
El corazón de ella
empezó a temblar, como si estuviera entrando en calor después de una larga
helada.
—Supe que serías un
problema en cuanto entraste en mi bar. —Se estiró bajo la mano que corría por
su espalda—. Pero ignoraba hasta qué punto.
—Enorme. —Él la
levantó del suelo y apretó la boca contra la suya hasta que los dos gimieron—.
¿Cómo?
—Mmm, se me ocurren
muchas maneras.
La poca sangre que le
quedaba a él en la cabeza bajó disparada hasta la pelvis.
—Ja. Quería decir que
cómo se va a tu dormitorio.
Con una risa suave,
ella le mordió el labio inferior.
—La puerta de la
izquierda.
Él tuvo impresiones
diversas mientras cruzaban la sala. Colores vibrantes, madera vieja. Pero casi
todos sus sentidos estaban absortos en la mujer que sostenía en los brazos. Su
peso, su contorno, su aroma. La sorpresa en su rostro cuando él la dejó de pie
junto a la cama en lugar de tumbarla.
—Me gustaría ir
despacio, si no te importa. —Él le deslizó un dedo por la clavícula y la
encantadora curva que el escote del vestido dejaba al descubierto—. Ya sabes,
como cuando abres un regalo.
—No puedo decir que
me importe.
Ella había esperado
precipitación —manos rápidas, boca hambrienta—, en consonancia con el deseo
temerario que había percibido en su mirada. Cuando él unió sus manos a las de
ella y posó sus labios en los de ella como si fueran seda, ella recordó la
habilidad con que él había dominado su mal genio el día anterior.
Por lo visto, ese
dominio alcanzaba otras pasiones.
No había esperado
tanto romanticismo. Él lo comprendió en cuanto ella vio los tulipanes. En sus
ojos había visto, más que asombro, suspicacia. La misma que veía ahora mientras
sí él aminoraba el ritmo y se demoraba en el placer tranquilo de un beso.
Seducirla hasta la
cama ya no era suficiente. Quería seducir esa suspicacia hasta convertirla en
un placer indefenso.
Los besos de ella
eran calientes y atentos. Para él no fue difícil acoplarse, flotar en ese lento
roce de lenguas mientras sus cuerpos se contoneaban juntos, como si todavía
estuvieran bailando.
Cuando ella aflojó
los dedos, él supo que flotaba con él.
Le bajó la cremallera
del vestido con lentitud y deslizó los dedos por la parcela de piel recién
expuesta. Ella arqueó la espalda y ronroneó.
—Tienes buenas manos,
cher, y unos labios muy seductores. —Mirándolo a los ojos, desató el nudo de su
corbata—. Veamos el resto.
Tenía algo especial
desvestir a un hombre con traje, pensó. El tiempo que se tardaba en retirar
todas las capas de ropa para llegar a la piel aumentaba la expectación, afilaba
la curiosidad. Mientras ella le desabotonaba la camisa, él la acarició,
arrastrándole el vestido por los hombros hasta que quedó eróticamente
suspendido de la curva de sus pechos. Le mordisqueó la boca sin prisa, sin
vacilación.
Entonces ella le
abrió la camisa, deslizó las manos por el torso con un pequeño gemido de
aprobación, notó el fuerte palpitar de su corazón bajo las palmas.
—Tienes muy buena
figura para ser abogado.
—Ex abogado. —Era
como morir, pensó él, morir centímetro a centímetro con esos dedos largos,
delgados, y esas uñas rojas, deslizándose por su piel. Ella le pellizcó
ligeramente los bíceps, le lamió los labios.
—Realmente, estás
lleno de sorpresas. Me gustan los hombres fuertes.
Martilleó la hebilla
del cinturón con las uñas y su sonrisa se tornó felina.
—Veamos qué otras
sorpresas tienes para mí.
Volvían a bailar, el
baile más antiguo, y ella marcaba ahora el paso. Él notó un temblor en los
músculos del estómago cuando ella tiró del cinturón y lo lanzó hacia atrás.
Se imaginó
arrojándola a la cama y entrando en ella con su escandaloso deseo. Ella lo
aceptaría.
Ella lo esperaría.
En lugar de eso, le
tomó las manos antes de que ella pudiera desabrocharle los pantalones y se las
llevó a los labios. La miró, vio asombro y, una vez más, suspicacia.
—Parece que llevo
desventaja —dijo él juguetonamente—. Y puesto que he estado preguntándome qué
guardas debajo de este vestido, me gustaría descubrir cuan cerca están mis
suposiciones de la realidad.
Posó los labios sobre
los hombros desnudos de ella y los utilizó para bajar la tela. Bendijo la ley
de la gravedad cuando el vestido cayó a los pies de ella.
Vestía encaje negro.
Era la fantasía de
cualquier hombre. Piel bronceada, pelo revuelto, pechos altos apenas contenidos
por el delicado encaje. El torso delgado, las caderas dulcemente curvadas con
más encaje negro de tiro bajo. Piernas bien contorneadas bajo medias negras
terminadas en tacones de aguja.
—Cerca. —El aire ya
le quemaba los pulmones—. Muy cerca. ¿Qué es esto? —Pasó el dedo por un tatuaje
que había en el interior del muslo, justo por encima de la orilla de la media.
—Es mi dragón. Vigila
la entrada. —Estaba temblando y no había esperado temblar—. Muchos hombres
creen que pueden pasar por encima de mi dragón. Y muchos hombres se queman.
Gastón deslizó el
dedo por el sensible valle formado entre el encaje y el muslo.
—Juguemos con fuego.
La atrajo hacia sí,
le devoró la boca. Y cuando eso no fue suficiente, la giró para pasarle los dientes
por el hombro, el cuello. Con la cara sumergida en su pelo, subió las manos por
su cuerpo y las llenó con sus pechos cubiertos de encaje.
Ella se arqueó, unió
las manos por detrás del cuello de él y se ofreció. El salto de la paciencia a
la urgencia la dejó mareada, brutalmente excitada y lista para ser tomada.
Ahora notaba la avaricia de él, y notó que la suya aumentaba hasta darle
alcance.
La mano de él bajó,
se detuvo entre sus piernas y apretó, llevándola hasta el borde del clímax.
Antes de que cayera, le deslizó un dedo por el muslo y con un rápido chasquido,
desató una liga.
Ella contuvo la
respiración. Su cuerpo se tensó.
—Mon Dieu.
—Cuando esté dentro
de ti, no podrás pensar en nada más. —Desató otra liga—. Pero primero necesito
tocarte como he soñado que te tocaba. —Deslizó los labios por sus hombros y
apartó la tira del sujetador—. Rocío.
La volvió hacia él,
le hundió los dedos en el pelo, le echó la cabeza hacia atrás.
—Esta noche eres mía.
La resistencia de
ella, el desafío, se abrieron paso a través de la seducción.
—No soy de nadie.
Él la levantó del
suelo y la tumbó en la cama.
—Esta noche seremos
el uno del otro.
Cerró la boca sobre
la boca de ella, deteniendo sus palabras, drogándole el cerebro. Ella giró la
cara para recuperar el aliento, para intentar calmarse. Pero los labios de él
le surcaron los pechos, se demoraron por encima del encaje, por debajo. Los
largos tirones del estómago le aflojaron los músculos y le derritieron la
voluntad.
Ella cedió,
diciéndose que se estaba rindiendo a sus propias necesidades, no a él.
Él sintió su entrega,
su ablandamiento. Lo escuchó en el gemido quedo de placer y aceptación.
Así que tomó lo que
había anhelado desde el primer instante que la vio, aquella mañana brumosa.
Su cuerpo era un
tesoro, su piel era perfumada, sus curvas femeninas. Él se alimentó de su sabor
con sorbos lentos y tragos largos. Liberó los pechos de sus manos, de su boca.
La sangre le ardía como una tormenta de fuego, pero dejó que le quemara y
torturó a los dos.
Cuando arrastró el
encaje por las caderas, ella se arqueó. Se abrió. Él pasó los dedos por su
piel, observándole la cara a la luz de las velas, viendo cómo sus ojos se
cerraban, cómo sus labios temblaban con un gemido. Y cuando la penetró con los
dedos, cuando los introdujo en el terciopelo húmedo y caliente, ella se dobló,
gritó, lo volvió loco.
Apretando la cara
contra el estómago de ella, la hizo volar.
El cuerpo de ella era
una masa de anhelo, de gozo, y el afilado canto del placer la rebanó como un
relámpago. Estalló en su interior y la lanzó al vacío.
Lo rodeó con una
mano. Tenía el cuerpo duro como la piedra. Lo quería dentro de ella tanto como
su siguiente aliento.
—Te quiero ahora.
—Notó que él se estremecía, y que ella también. Cuando se elevó sobre ella, se
vio en sus ojos—. Quiero que me llenes. Lléname.
Él se aferró al
resbaladizo vestigio de control que le quedaba y, cuando las piernas de ella lo
envolvieron, entró lenta, muy lentamente. Y se adentró cuando ella se levantó
para encontrarse con él. Aguantó ahí con la respiración atrapada en la
garganta, y se perdió en ella.
Ahora se oían
suspiros y jadeos cortos. Mirándose el uno al otro, se movieron a un ritmo casi
ocioso que extendía el placer como un estanque caliente. Unieron sus labios y
él notó que los de ella se curvaban antes de levantar la cabeza y verla
sonreír.
Sus pieles resbalaban
como la seda. La música, el lamento trágico procedente de la sala, un repentino
estallido de celebración en la calle, se fundieron en la cabeza de él con las
respiraciones aceleradas de ella.
Ella se tensó y echó
la cabeza hacia atrás para ofrecer su garganta a los labios de él. Se apretó
contra él, se estremeció. Él volvió a hundir la cabeza en su pelo y esta vez se
permitió volar con ella.
Más tarde, se quedó
tumbado observando los juegos de luz del techo, acariciando con su mano la
espalda de ella. Empapado de ella.
—¿Vas a dejar que me
quede? —preguntó—. ¿O debo llamar un taxi?
Ella miró las sombras
del techo.
—Quédate.
Que romántico Gas!!! Quiero un novio así che jajaja Hermoso capítulo,tiernos a mas no poder ♥
ResponderEliminarme encanto el capitulo super romantico kiero un gas asi jaja espero el siguiente cap pronto
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