—Si no me ayudas a buscar
una sala de tatuajes, simplemente consultaré la guía telefónica y encontraré
una por mí misma. Mientras tanto, necesito hacer algunas compras.
—Pensaba que esto, se
suponía que era un viaje de investigación —llamó a la camarera para pedir la
cuenta.
—Y lo es, pero no todo el
tiempo. Quiero pasar algunas horas esta tarde en el Dallas Historical Society.
Tengo que comprobar una serie de datos. También tengo un poquito de trabajo que
hacer en la biblioteca de la Universidad de Texas en Austin y en San Antonio.
—Entonces cuéntame algo más
de esa señora que estás investigando.
—¿Lady Sarah Thornton? Estoy
escribiendo un artículo sobre ella para New Historian. Aunque ahora no doy
clases, me gusta permanecer involucrada. Lady Sarah fue una mujer
extraordinaria, un miembro de la aristocracia, pero muy independiente para su
tiempo, e insaciablemente curiosa. Viajó sola a través de esta región en 1872.
—¿Conducía ella misma? —dijo
él con mordacidad.
—Lady Sarah era más valiente
que yo. Su historia es fascinante porque ella vio Texas de dos formas: como
extranjera y como mujer. Ella estaba en Dallas el día que el primer tren llegó
a la Houston&Texas Central. Su descripción de la barbacoa de búfalo que
hicieron para celebrarlo es muy vívida.
Él lanzó algunas monedas en
la mesa y se levantó.
—Parece extraño que una
señora en 1872 hubiera tenido el descaro de viajar a través de Texas por sí
misma, pero una mujer de hoy en día, independiente como tú, no.
—Lady Sarah no tenía que
conducir coches —le dijo mientras le seguía.
Lady Sarah tampoco tenía la
necesidad de inquietar a un duque viajando con un hombre guapo.
Mientras caminaban por el
vestíbulo, ella le dio dos dólares.
—Para pagar el té. Me
hiciste pedir el resto, así que eso lo pagas tú.
—Guárdate tus dólares.
—No hay necesidad de ser
hosco —volvió a meter las monedas en su bolso y, simplemente para enfadarle,
apuntó su paraguas hacia la puerta—. Hacía allí.
Él lo arrebató de su mano y
lo lanzó al portero.
—¿Quieres que lo queme?
—Llévelo a mi cuarto, por
favor —le dijo ella al portero—. Señorita Igarzabal. Número 820.
Ella se encaminó hacía el
aparcamiento antes de darse cuenta que Gastón no la seguía y no tenía ni idea
donde había puesto él su coche.
Ella volvió la mirada atrás
y le vio moviéndose como un caracol con pastillas para dormir entrando al
aparcamiento. Ella golpeó ligeramente el dedo del pie de su sandalia.
Él se saludó con un par de
hombres de negocios, luego se detuvo a admirar algún trabajo de la teja.
Ella suspiró y miró
alrededor buscando su coche. En cierta forma no se asombró divisar que había
aparcado en un lugar reservado para minusválidos. Ella esperó impacientemente
que se acercara.
Finalmente, él abrió la
puerta.
—¿Estás segura que tienes
que hacer tus compras hoy? —le preguntó cuando ella se sentó dentro y se
abrochaba el cinturón de seguridad.
—Sí. En algún lugar moderno,
pero barato.
—Pues no vas a tener suerte
porque no tengo la menor idea de esos sitios. Simplemente compra lo que quieras
y lo cargas a mi cuenta.
Salieron a la carretera.
—¡No haré eso!
—¿Por qué te pones tan
exigente ahora? No te opusiste a esos cien dólares al día que me obligas a
pagarte sólo por mantener tu boca cerrada.
—Doscientos dólares al día.
¿Y cómo eso es dinero de chantaje, entonces es diferente, verdad? —le dijo ella
con aire de suficiencia.
Su mirada fija barrió sobre
la ropa que ella había escogido para hoy: Una falda pequeña de tela vaquera
color caqui con una blusa color crema metida en la cintura. La blusa tenía
serigrafiada una escena de jardín, completa con unos pájaros azules.
—Bonita blusa.
—Gracias. Mis estudiantes de
quinto me la regalaron al terminar el curso.
Mientras iban en el coche a
lo largo de la autopista, ella finalmente tuvo la posibilidad de contemplar el
paisaje que sólo conocía a través de los libros de historia. Los centros
comerciales, las vallas publicitarias, y los restaurantes de comida rápida le
interesaban poco, pero el tamaño de todo le quitaba el aliento.
No podía imaginarse algo tan
distinto a Lower Tilbey y al viejo edificio de ladrillos rojos de St. Gert, su
césped, y árboles antiguos. ¿Qué había debido pensar Lady Sarah Thornton cuándo
vio una extensión de tierra tan vasta y un cielo tan alto?
Ella se inclinó hacia
adelante cuando Gastón comenzaba a aparcar en un sitio reservado para minusválidos
de nuevo.
—Absolutamente, no.
—No iba a aparcar aquí —dijo
con aire de inocencia—. Ir de compras con una mujer no es mi actividad favorita
así que te dejo mientras voy a practicar unos golpes. Te recojo dentro de tres
horas.
—Buen Dios, sé exactamente
lo que quiero, y no me llevará mucho tiempo —le quitó las llaves del contacto—.
Vengo en un momento.
Él le arrebató sus llaves,
pero salió con ella, aunque masculló todo el camino por el centro comercial.
—Mejor no tardes más de
media hora. Lo digo en serio, Rocío. Después de media hora, mi Cadillac y yo
salimos corriendo estés con nosotros o no.
—Uhm —ella estudió los
escaparates y, casi inmediatamente, vio lo que quería. Ella gesticuló hacia un
banco concreto—. Espera aquí mismo. Sólo será un momento.
—¡Eres la más condenada
mujer que alguna vez he tenido el disgusto de conocer! ¿Piensas que puedo
sentarme en mitad de un centro comercial americano sin crear un disturbio?
—¿De qué estás hablando?
—Soy una persona famosa, eso
digo.
Como para probar sus
palabras, dos jóvenes llevando bolsas de compra rosas de Victoria's Secret
venían directamente hacía él.
—¡Gastoún!
Él la miró malhumorado.
—Ahora, ¿ves lo que has
hecho?
—No tardaré nada. Te lo
prometo.
No era cierto, pero al
volverse de nuevo, pudo ver una pequeña muchedumbre rodeándolo, y él parecía
mantener un clinnic de golf improvisado.
—Después de que llega la a
la cumbre, debes asegurarte de bajar suave y liso. Si quieres aumentar la
velocidad...
Le miró de nuevo, pero, a
pesar de sus protestas, él parecía estar disfrutando y no parecía tener prisa
en escapar. De modo que entró en una tienda de accesorios y añadió algunas
piezas de bisutería barata a sus compras antes de que él finalmente se separara
de sus admiradores y la condujera al coche.
—Ahora el tatuaje —dijo ella
cuándo estaban otra vez en la carretera.
—Hablas en serio acerca de
eso, ¿no?
—Absolutamente.
Él pensó durante algunos
minutos.
—Bien, si de verdad estás
convencida, te ayudaré. Excepto que tenemos que tener mucho cuidado de encontrare
un lugar dónde puedas estar segura que las agujas no son reutilizables.
—¿Agujas?
—¿Cómo crees que se hacen
los tatuajes?
—Sí, claro está. digo... Sé
que usan agujas. Era simplemente la forma que lo dices.
—Eso duele, Queen Elizabeth.
Así que si no soportas bien el dolor, será mejor que te lo vuelvas a pensar.
—No creo que sea tan
doloroso.
Su bufido no era alentador.
—Estás simplemente tratando
de asustarme.
—Vale, perdóname por ser un
ser humano compasivo y humanitario.
—¡Ajá!
—De acuerdo, tú ganas. Lo
buscaré mientras te ocupas de hacer esa investigación.
Por una vez él pensaba
eficiente.
—Una idea excelente.
Se dirigieron hacia el State
Fair Park, donde el Dallas Historical Society estaba ubicado en un pabellón
impresionante, formando una T llamado Hall of State. Ella salió de su coche en
el estacionamiento después de estar de acuerdo en encontrarse en ese lugar a
las tres.
Aunque ella había tenido la
intención de dirigirse inmediatamente hacia las oficinas de la Sociedad
Histórica, descubrió que había cosas que quería ver primero, y se tomó su
tiempo estudiando los murales gigantes que representaban cuatro historias en el
Great Hall of Texas, bosquejando la historia estatal desde 1528 al siglo
veinte. Cuando finalmente llegó a las oficinas de la Sociedad Histórica, fue
saludada calurosamente, y pasó las siguiente horas comprobando varias veces las
notas que había tomado de la publicación sobre Lady Sarah con otras fuentes en
ese lapso de tiempo. Estaba tan cautivada por la investigación que perdió la
noción del tiempo y no llegó al lugar dónde se suponía que se debería encontrar
con Gastón hasta las tres y cuarto.
El Cadillac estaba
esperando, junto con su enfadado conductor.
—Llegas tarde. ¡Odio eso!
—Realmente, Gastón, no
tienes por qué quejarte. ¿Cómo debía suponer que estarías en punto después de
tu retraso de ayer en el aeropuerto?
—Ayer fue diferente.
—Porque fuiste tú quién
llegó tarde.
—Algo parecido.
—Eres imposible. ¿Has
encontrado la sala de tatuaje?
—Mejor que mejor. Encontré a
una señora que hace tatuajes en su casa.
—¿Realmente? ¿Y piensas que
es fiable?
—El pilar de la comunidad.
No vas a conseguir alguien más aconsejable. Sólo que la cosa es, que ella tiene
un horario muy ocupado, y sólo he conseguido que te acepte para las diez de
esta noche. Tuve prácticamente que mendigar.
Ella esperaba que los
detectives de Hugh estuviesen por ahí.
—Está bien —su estómago
retumbó—. Ahora me gustaría ir a comer.
—Justamente conozco un
lugar.
Veinte minutos más tarde
recorrían en coche las puertas de piedra de entrada de un club de campo de
aspecto exclusivo. La senda de árboles finalizaba en un edificio con unas
columnas estilo griego. Después de que Gastón estacionó, ella salió y se
dirigió hacia la entrada delantera. Otra vez, le llevó un momento darse cuenta
que iba sola. Ella cambió de dirección.
Él estaba parado mirándola,
con las manos en las caderas.
—¿Sabes dónde vas?
Ella echó un vistazo
alrededor.
—Realmente no.
—Entonces, ¿por qué vas
delante?
—Bueno, siempre lo hago.
—Pues bien, ahora lo dejas.
Nada de Jeremy Fox. Pero
ella no era la clase de mujer para ser una segundona. Había estado sola la
mayor parte de su vida, y había aprendido muy temprano que o bien abría el
camino o era pisoteada.
Él señaló con su pulgar
hacia un edificio más pequeño.
—Vamos allí.
—Lo siento.
Ella se sentía tonta
mientras lo seguía a lo largo de un camino que conducía a una puerta encabezada
con letras talladas en madera que indicaban "Pro-Shop". Los hombres
de dentro lo saludaron como si él fuera de la realeza.
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