lunes, 18 de junio de 2012

Tercera Parte, Capitulo Diescisiete


-Eres tan dulce... -murmuró Gas dentro de su boca.
Pero era imposible distraerle. La cogió por la parte pos­terior de las rodillas y las abrió a la altura de las caderas. Ya estaba. ¡Rocío se preparó para resistir la acometida y se mor­dió el labio para no gritarle que se tomara su tiempo, por lo que más quisiera, y dejara de actuar como si el árbitro hu­biera dado la señal de los dos últimos minutos!
Se había prometido que no le criticaría, así que optó por hincar los dientes en los fuertes músculos de su hombro.
Gas emitió un sonido ronco que tanto podría haber si­do de dolor como de placer, y la siguiente cosa que supo Rochi fue que estaba tumbada de espaldas con Gastón cer­niéndose encima de ella, mirándola con aquellos crueles ojos verdes.
-¿Así que la conejita quiere jugar duro?
« ¿Contra noventa kilos de músculo? No, creo que no.»
Rochi iba a decirle que sólo intentaba distraerle para que no fuera tan rápido con el gatillo, pero Gastón le sujetó las muñecas y se lanzó en picado hacia sus pechos.
Aaaaah... Era una tortura. Una agonía. Peor que una ago­nía. ¿Cómo podía una boca causar tantos estragos? Rocío deseó que no se acabara nunca.
Gastón deslizó los labios por uno de sus pechos. Le rindió los honores al pezón y pasó al otro pecho, donde repitió la operación. Luego, sin previo aviso, se puso a succionar.
Rocío se debatió contra él, pero Gastón no le soltó las mu­ñecas, que tenía aprisionadas con una sola mano para poder juguetear con la otra a placer.
La mano vagó por el pecho y fue descendiendo primero hasta el ombligo, y luego más abajo, donde se entretuvo con los rizos. Pero al parecer su pretensión era atormentarla, por­que justo en ese momento se desvió hacia la parte interior de los muslos.
Los muslos se abrieron.
Gastón se quedó donde estaba.
Rochi se retorció, intentando obligar a aquellos dedos tentadores a que abandonaran sus muslos y volvieran a aque­lla parte de ella que palpitaba hasta tal punto que creía que iba a morir.
Gas no captó la idea. Estaba demasiado ocupado ator­mentándola, demasiado ocupado jugando con sus pechos. Rocío había oído que algunas mujeres podían tener orgas­mos sólo por aquello, pero nunca se lo había creído.
Estaba equivocada.
La onda expansiva la pilló desprevenida, retronó a su al­rededor y la elevó hacia el cielo. No recordaba haber grita­do, pero al oír el eco supo que lo había hecho.
Gastón se paró. Rochi se estremeció contra su pecho, res­piró profundamente, intentó comprender qué le había pa­sado.
Gas le acarició el hombro. Le besó el lóbulo de la ore­ja. Su aliento susurrado cosquilleó sus cabellos.
-Un poco rápida con el gatillo, ¿no?
Ro se sintió mortificada. O algo así. Excepto que ha­bía sido tan agradable. Y tan inesperado.
-Ha sido un accidente -masculló-. Ahora es tu turno.
-Ah, yo no tengo ninguna prisa... -Gastón tomó un me­chón de sus cabellos y se lo acercó a la nariz-. Al contrario que otra gente.
El brillo de la transpiración que recubría la piel de Gastón y la forma en que presionaba su muslo le dijeron a Rocío que tenía más prisa de la que quería admitir. Mucha prisa. Curiosamente, no recordaba aquella parte de él. No exacta­mente. Recordaba que le había dolido. Y en aquel momen­to, pensando en ello, se le ocurrió por un instante que tal vez ella era demasiado pequeña.
No había momento mejor que aquél para averiguar si era verdad.
Rocío se encaramó sobre él.
Gastón volvió a tumbarla de espaldas. Le besó la comisura de los labios. ¿Cuándo pensaba llegar a la parte del pim, pam?
-¿Por qué no te tumbas y descansas un poco? -susu­rró Gastón.
« ¿Descansar?»
-No, de verdad que no...
Gastón la sujetó por los hombros escondiendo los pulga­res en sus axilas y volvió a iniciar el recorrido de besos. Sólo que esta vez siguió adelante.
Poco después la tomó por las rodillas y le abrió las pier­nas. Sus cabellos frotaron la parte interior de los muslos de Rochi, que estaban tan sensibles que se estremeció. Luego la tomó de nuevo con su boca.
Una suave succión... Unas dulces acometidas... Rocío no podía respirar. Cogió la cabeza de Gastón, suplicando. Sus caderas se combaron cuando las oleadas volvieron a domi­narla.
Esta vez, cuando Rochi se hubo calmado, Gastón, en lugar de burlarse de ella, cogió el condón del que ella ya se había ol­vidado, acomodó su cuerpo sobre el de Rochi y la observó con aquellos ojos verdes. Bajo el resplandor del sol de últi­ma hora de la tarde, el cuerpo de Gastón parecía cubierto de oro fundido y Rocío sentía el calor de su piel en las manos. Cuando el esfuerzo por contenerse resultó demasiado para él, Ro sintió que los músculos de él se estremecían bajo las palmas de sus manos. Aun así, le había dado a Rochi todo el tiempo del mundo.
Rocío se abrió... se estiró para aceptarle.
Gastón la penetró lentamente, besándola, calmándola. Rochi le amó por lo cuidadoso que estaba siendo y, lenta­mente, le aceptó dentro de su cuerpo.
Pero, incluso cuando ya estaba dentro de ella, Gas se contuvo, e inició un balanceo lento y dulce.
Era delicioso, pero no era suficiente, y Rocío se dio cuen­ta de que ya no quería su contención. Le quería libre y sal­vaje. Quería que disfrutara de su cuerpo, que lo utilizara como le placiera. Rodeándole con las piernas, le presionó las cade­ras conminándole a liberarse.
La correa con la que Gastón había estado sujetando su au­tocontrol se rompió. Gas acometió. Rocío gimió al recibir la acometida. Era como arder en una hoguera de sensaciones.
Gastón era demasiado grande para ella, demasiado fuerte, demasiado feroz… Absolutamente perfecto.
El sol fue ardiendo con más intensidad hasta que explotó. Gastón y Rocío volaron juntos hacia un vacío cristalino y brillante.
Gastón no había hecho nunca el amor con una mujer que llevase una conejita en las bragas. Pero había muchos aspec­tos de hacer el amor con Rocío que eran diferentes de todas demás cosas que había experimentado. Su entusiasmo, su generosidad... ¿Por qué debería sorprenderse? Gas deslizó su mano sobre la cadera de Rochi y pensó en lo agradable que había sido, aunque al principio ella había comportado de un modo extraño, casi como si hubiera estado intentando convencerse a sí misma de que le tenía miedo. Recordó que se había quedado en pie delante de él con el sujetador y las bragas de la conejita, con la cabeza alta y los hombros hacia atrás. Si hubiera tenido una bandera de los Estados Unidos ondeando a su espalda, habría parecido un atrevido cartel de reclutamiento para la infan­tería de marina. Pocos, orgullosos y con colita de algodón.
Rochi se agitó en los brazos de Gastón y resopló ruidosa­mente por la nariz, amadrigándose como uno de sus amigos de ficción. Aunque, a pesar de los resoplidos, las madrigue­ras y las bragas de conejita, Rocío había sido una mujer de los pies a la cabeza.
Y Gastón estaba en un buen lío. En una tarde, había tira­do por la borda todo lo que había intentado lograr al igno­rarla.
Ro deslizó la mano por su pecho hasta alcanzar su ba­rriga. Aquí y allá, los últimos rayos de luz del sol lustraban sus cabellos con salpicaduras como las que había utilizado ella el día antes para las galletas de azúcar. Gas se obligó a recordar los motivos por los que había intentado con tanto empeño mantenerla alejada, empezando por el hecho de que no iba a formar parte de su vida durante mucho tiempo, cosa que muy probablemente iba a enfurecer a su hermana, que resultaba ser la propietaria del equipo al que Gastón pretendía llevar, aquel año sí, a la Super Bowl.
Gas no podía pensar en todos los medios a los que pue­den recorrer los propietarios de equipos para hacérselas pasar canutas incluso a sus estrellas, no de momento. Sí que pensó, en cambio, en toda la pasión que había encerrada dentro del cuerpecito caprichoso de aquella mujer que era su esposa y no era su esposa.
Rochi volvió a resoplar.
-No eres un paquete. Como amante, me refiero.
Gastón se alegró de que ella no pudiera ver su sonrisa, por­que darle la más mínima ventaja significaba generalmente acabar bañándose en el lago con la ropa puesta. Así que se decantó por el sarcasmo.
-Me parece que nos estamos poniendo tiernos. ¿Debo sacar un pañuelo?
-Sólo quería decir que... Bueno, la última vez...
-No me digas.
-Era lo único que tenía para comparar.
-Por el amor de...
-Sí, ya sé que no es justo. Tú estabas dormido. Y no dis­te tu consentimiento. Eso no lo he olvidado.
-Pues tal vez ya va siendo hora -dijo arrimándose a ella.
Rocío sintió una explosión en su cabeza, y le miró con un millón de emociones en el rostro, la principal de ellas la esperanza.
-¿Qué quieres decir?
Gastón le acarició el cuello.
-Quiero decir que se acabó. Que está olvidado. Y tú es­tás perdonada.
-Lo dices en serio, ¿verdad? -preguntó con los ojos inundados de lágrimas.
-En serio.
-Oh, Gastón… Yo…
Gas presintió que lo siguiente iba a ser un discurso, y no estaba de humor para más charlas, así que empezó de nuevo a hacerle el amor.

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