-Eres tan dulce... -murmuró Gas
dentro de su boca.
Pero era imposible distraerle. La
cogió por la parte posterior de
las rodillas y las abrió a la altura de las caderas. Ya estaba. ¡Rocío se preparó para resistir la
acometida y se mordió el
labio para no gritarle que se tomara su tiempo, por lo que más quisiera, y dejara de actuar como si el
árbitro hubiera dado la señal de los dos últimos minutos!
Se había prometido que no le criticaría, así que optó por
hincar los dientes en los fuertes músculos
de su hombro.
Gas emitió un sonido ronco que tanto podría haber sido de dolor como de placer, y la siguiente cosa que
supo Rochi fue que estaba tumbada de
espaldas con Gastón cerniéndose
encima de ella, mirándola con aquellos crueles ojos verdes.
-¿Así que la conejita quiere jugar
duro?
« ¿Contra noventa kilos de músculo?
No, creo que no.»
Rochi iba a decirle que sólo
intentaba distraerle para que no fuera tan rápido con el gatillo, pero Gastón le sujetó las muñecas y se lanzó en picado hacia
sus pechos.
Aaaaah... Era una tortura. Una
agonía. Peor que una agonía. ¿Cómo podía una boca causar tantos estragos? Rocío deseó que no se acabara nunca.
Gastón deslizó los labios por uno de
sus pechos. Le rindió los
honores al pezón y pasó al otro pecho, donde repitió la operación. Luego, sin previo aviso, se puso a
succionar.
Rocío se debatió contra él, pero Gastón
no le soltó las muñecas, que tenía aprisionadas
con una sola mano para poder juguetear con
la otra a placer.
La mano vagó por el pecho y fue descendiendo primero hasta el ombligo, y luego más abajo, donde se
entretuvo con los rizos. Pero al
parecer su pretensión era atormentarla, porque justo en ese momento se desvió hacia la parte interior de los muslos.
Los muslos se abrieron.
Gastón se quedó donde estaba.
Rochi se retorció, intentando
obligar a aquellos dedos tentadores a que abandonaran sus muslos y volvieran a aquella parte de ella que palpitaba
hasta tal punto que creía que iba a morir.
Gas no captó la idea. Estaba demasiado ocupado atormentándola, demasiado ocupado jugando con sus
pechos. Rocío había oído que algunas
mujeres podían tener orgasmos sólo
por aquello, pero nunca se lo había creído.
Estaba equivocada.
La onda expansiva la pilló
desprevenida, retronó a su alrededor y la elevó hacia el cielo. No recordaba haber gritado, pero al oír el eco supo que lo había hecho.
Gastón se paró. Rochi se estremeció
contra su pecho, respiró
profundamente, intentó comprender qué le había pasado.
Gas le acarició el hombro. Le besó
el lóbulo de la oreja. Su aliento susurrado
cosquilleó sus cabellos.
-Un poco rápida con el gatillo, ¿no?
Ro se sintió mortificada. O algo así. Excepto que había sido tan agradable. Y tan inesperado.
-Ha sido un accidente -masculló-. Ahora es tu turno.
-Ah, yo no tengo ninguna prisa... -Gastón tomó un mechón
de sus cabellos y se lo acercó a la nariz-. Al contrario que otra gente.
El brillo de la transpiración que
recubría la piel de Gastón y la forma en que presionaba su muslo le dijeron a Rocío que tenía más prisa de la que quería
admitir. Mucha prisa. Curiosamente,
no recordaba aquella parte de él. No exactamente. Recordaba que le había dolido. Y en aquel
momento, pensando en ello, se le ocurrió
por un instante que tal vez ella era demasiado pequeña.
No había momento mejor que aquél
para averiguar si era verdad.
Rocío se encaramó sobre él.
Gastón volvió a tumbarla de
espaldas. Le besó la comisura de los labios. ¿Cuándo pensaba llegar a la parte del pim, pam?
-¿Por qué no te tumbas y descansas un poco? -susurró Gastón.
« ¿Descansar?»
-No, de verdad que no...
Gastón la sujetó por los hombros escondiendo los pulgares
en sus axilas y volvió a iniciar el recorrido de besos. Sólo que esta vez
siguió adelante.
Poco después la tomó por las rodillas y le abrió las piernas.
Sus cabellos frotaron la parte interior de los muslos de Rochi, que estaban tan
sensibles que se estremeció. Luego la tomó de nuevo con su boca.
Una suave succión... Unas dulces acometidas... Rocío no
podía respirar. Cogió la cabeza de Gastón, suplicando. Sus caderas se combaron
cuando las oleadas volvieron a dominarla.
Esta vez, cuando Rochi se hubo calmado, Gastón, en lugar
de burlarse de ella, cogió el condón del que ella ya se había olvidado,
acomodó su cuerpo sobre el de Rochi y la observó con aquellos ojos verdes. Bajo
el resplandor del sol de última hora de la tarde, el cuerpo de Gastón parecía
cubierto de oro fundido y Rocío sentía el calor de su piel en las manos. Cuando
el esfuerzo por contenerse resultó demasiado para él, Ro sintió que los
músculos de él se estremecían bajo las palmas de sus manos. Aun así, le había
dado a Rochi todo el tiempo del mundo.
Rocío se abrió... se estiró para aceptarle.
Gastón la penetró lentamente, besándola, calmándola. Rochi
le amó por lo cuidadoso que estaba siendo y, lentamente, le aceptó dentro de
su cuerpo.
Pero, incluso cuando ya estaba dentro de ella, Gas se
contuvo, e inició un balanceo lento y dulce.
Era delicioso, pero no era suficiente, y Rocío se dio
cuenta de que ya no quería su contención. Le quería libre y salvaje. Quería
que disfrutara de su cuerpo, que lo utilizara como le placiera. Rodeándole con
las piernas, le presionó las caderas conminándole a liberarse.
La correa con la que Gastón había estado sujetando su autocontrol
se rompió. Gas acometió. Rocío gimió al recibir la acometida. Era como arder en
una hoguera de sensaciones.
Gastón era demasiado grande para ella, demasiado fuerte, demasiado
feroz… Absolutamente perfecto.
El sol fue ardiendo con más intensidad hasta que explotó.
Gastón y Rocío volaron juntos hacia un vacío cristalino y brillante.
Gastón no había hecho nunca el amor con una mujer que
llevase una conejita en las bragas. Pero había muchos aspectos de hacer el
amor con Rocío que eran diferentes de todas demás cosas que había
experimentado. Su entusiasmo, su generosidad... ¿Por qué debería sorprenderse? Gas
deslizó su mano sobre la cadera de Rochi y pensó en lo agradable que había
sido, aunque al principio ella había comportado de un modo extraño, casi como
si hubiera estado intentando convencerse a sí misma de que le tenía miedo.
Recordó que se había quedado en pie delante de él con el sujetador y las bragas
de la conejita, con la cabeza alta y los hombros hacia atrás. Si hubiera tenido
una bandera de los Estados Unidos ondeando a su espalda, habría parecido un
atrevido cartel de reclutamiento para la infantería de marina. Pocos,
orgullosos y con colita de algodón.
Rochi se agitó en los brazos de Gastón y resopló ruidosamente
por la nariz, amadrigándose como uno de sus amigos de ficción. Aunque, a pesar
de los resoplidos, las madrigueras y las bragas de conejita, Rocío había sido
una mujer de los pies a la cabeza.
Y Gastón estaba en un buen lío. En una tarde, había tirado
por la borda todo lo que había intentado lograr al ignorarla.
Ro deslizó la mano por su pecho hasta alcanzar su barriga.
Aquí y allá, los últimos rayos de luz del sol lustraban sus cabellos con salpicaduras
como las que había utilizado ella el día antes para las galletas de azúcar. Gas
se obligó a recordar los motivos por los que había intentado con tanto empeño
mantenerla alejada, empezando por el hecho de que no iba a formar parte de su
vida durante mucho tiempo, cosa que muy probablemente iba a enfurecer a su
hermana, que resultaba ser la propietaria del equipo al que Gastón pretendía
llevar, aquel año sí, a la Super Bowl.
Gas no podía pensar en todos los medios a los que pueden
recorrer los propietarios de equipos para hacérselas pasar canutas incluso a
sus estrellas, no de momento. Sí que pensó, en cambio, en toda la pasión que
había encerrada dentro del cuerpecito caprichoso de aquella mujer que era su
esposa y no era su esposa.
Rochi volvió a resoplar.
-No eres un paquete. Como amante, me refiero.
Gastón se alegró de que ella no pudiera ver su sonrisa,
porque darle la más mínima ventaja significaba generalmente acabar bañándose
en el lago con la ropa puesta. Así que se decantó por el sarcasmo.
-Me parece que nos estamos poniendo tiernos. ¿Debo sacar
un pañuelo?
-Sólo quería decir que... Bueno, la última vez...
-No me digas.
-Era lo único que tenía para comparar.
-Por el amor de...
-Sí, ya sé que no es justo. Tú estabas dormido. Y no diste
tu consentimiento. Eso no lo he olvidado.
-Pues tal vez ya va siendo hora -dijo arrimándose a ella.
Rocío sintió una explosión en su cabeza, y le miró con un
millón de emociones en el rostro, la principal de ellas la esperanza.
-¿Qué quieres decir?
Gastón le acarició el cuello.
-Quiero decir que se acabó. Que está olvidado. Y tú estás
perdonada.
-Lo dices en serio, ¿verdad? -preguntó con los ojos
inundados de lágrimas.
-En serio.
-Oh, Gastón… Yo…
Gas presintió que lo siguiente iba a ser un discurso, y
no estaba de humor para más charlas, así que empezó de nuevo a hacerle el amor.
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