Su voz contenía la misma nota de determinación que le
había oído en entrevistas de televisión cuando prometía ganar a Green Bay. Gastón
soltó la pierna de Rocío, y retiró de mala gana la mano que tenía encima de su
pecho.
Rochi se había vuelto a meter donde se suponía que no
debía.
-La verdad, pienso que...
-Basta de pensar, Rochi. Soy tu marido, maldita sea, y ya
es hora de que te comportes como una esposa.
-¿Cómo una...? ¿A qué te...?
Pero Gastón era fundamentalmente un hombre de acción y ya
había tenido suficiente charla. Asiéndola por la muñeca, la arrastró hacia la
puerta de atrás.
Rocío no se lo podía creer. La estaba secuestrando para
cometer... ¡sexo a la fuerza!
«Santo Dios... ¡Resístete! ¡Dile que no!»
Rochi veía el programa de Oprah y sabía exactamente qué
se suponía que tenía que hacer una mujer en aquella situación. Gritar a todo
pulmón, tirarse al suelo y ponerse a darle patadas a su asaltante con todas sus
fuerzas. La entendida en la materia del programa había explicado que esta
estrategia no sólo tenía la ventaja de la sorpresa, sino que utilizaba la
fuerza de la parte inferior del cuerpo de la mujer.
«Gritar. Tirarse al suelo. Dar patadas.»
-No -susurró.
Gastón ni la oyó. Siguió arrastrándola por el jardín y
luego por el camino que corría entre las casitas y el lago. Las largas
piernas de Gastón devoraban el terreno como si estuviera intentando vencer al
pitido final. Se habría caído de bruces si Gas no la hubiera estado agarrando
tan fuerte.
«Gritar. Tirarse al suelo. Dar patadas.» Y no dejar de
gritar Rochi recordaba aquella parte. Se suponía que no había dejar de gritar
ni un segundo mientras se daban las patadas.
La idea de tirarse al suelo resultaba interesante. Nada
intuitiva, aunque tenía sentido. Las mujeres no podían competir con los
hombres en cuanto a fuerza de la parte superior del cuerpo, pero si el
asaltante masculino estaba en pie y la mujer se tiraba al suelo... Una ráfaga
de patadas fuertes y rápidas en las partes blandas... Sin duda, tenía sentido.
-Mmm, Gastón...
-Cállate, o te juro por Dios que te poseo aquí mismo.
Sí, sin duda era sexo a la fuerza.
«Gracias a Dios.»
Rocío estaba tan cansada de pensar, tan cansada de huir
de lo que tanto deseaba. Ella sabía que tener que creer que la decisión se le
había ido de las manos decía muy poco a favor de su madurez personal. Y
considerar a Gastón como un depredador sexual era incluso más lamentable. Pero
a sus veintisiete años, Ro todavía no era la mujer que quería ser. La mujer que
intentaba ser. Cuando tuviera los treinta, estaba absolutamente segura de que
ya dominaría su propia sexualidad. Pero, de momento, que lo hiciera él.
Avanzaron a sacudidas por el camino dejando atrás al Buen
Señor y Arca de Noé. Lirios del campo estaba justo delante.
Rocío se acordó de las escasas prestaciones como amante
de Gastón y juró que no le diría ni una palabra sobre el tema ni durante ni
después. Gas no era una persona egoísta por naturaleza. ¿Qué iba a
saber él de prolegómenos cuando tenía a todas aquellas mujeres colmándole de
atenciones? Y un «pim, pam, gracias, señora» ya estaría bien. Aquellas enfermizas
imágenes nocturnas que le habían arrebatado el sueño se esfumarían finalmente
ante la cruda realidad.
-Adentro -dijo abriendo de golpe la
puerta de la casita y
empujando a Rocío.
Ro no tenía ninguna opción en el
asunto. Ninguna en absoluto.
Él era más alto, más fuerte, y tenía propensión a ponerse violento en cualquier
momento.
Incluso para una persona
imaginativa, aquello era un callejón sin salida.
Rocío deseó que no la hubiera
soltado, aunque le gustó el modo como se
echó las manos a las caderas. Y su mirada parecía
seriamente amenazadora.
-No vas a empezar a soltarme el
rollo de siempre, ¿verdad?
La pregunta le planteó un dilema.
Si decía que sí, él daría marcha atrás. Si
decía que no, le estaría dando permiso para hacer
algo a lo que ella sabía que debería resistirse. Por suerte, Gas seguía
enojado.
-¡Porque ya estoy harto! No somos
chiquillos. Somos dos
adultos sanos, y nos deseamos.
¿Por qué no dejaba de hablar y la
arrastraba sin más al dormitorio?
Si no de los pelos, sí al menos del brazo.
-Llevo todas las medidas de seguridad
que vamos a necesitar...
Si al menos hubiera dicho que
llevaba una pistola y que pensaba encañonarla
si no se acostaba allí y le dejaba hacer lo
que le apeteciera. Claro que Rochi quería hacer mucho más que simplemente acostarse allí.
-¡Ahora, te recomiendo que muevas tu
lindo trasero hacia el dormitorio!
Las palabras fueron perfectas, y a Rocío
le encantó la forma como señaló la puerta con el dedo, aunque el enojo que hasta entonces había dominado su
mirada empezaba a dejar paso
a la cautela. Se estaba preparando para echarse atrás.
Rocío corrió hacia el dormitorio.
Tampoco había para tanto, no
debía darle demasiada importancia. Era una hermosa esclava obligada a entregarse a su implacable (aunque divinamente atractivo) amo. ¡Una esclava que
tenía que quitarse la ropa antes de
que él la azotara!
Se quitó el top y se quedó en pie
ante él cubierta simplemente por el sujetador y el pantalón, que en realidad era un calzón de gasa de los que se llevan
en los harenes. Calzón que él rasgaría si ella
no se apresuraba a quitarse.
Inclinó la cabeza y dio un puntapié
en el aire para desprenderse
de sus sandalias. Luego se quitó el pantalón -el calzón de gasa- y lo arrojó a un lado. Cuando
levantó la mirada, vio a su amo en pie junto a la puerta del
dormitorio, con una expresión ligeramente aturdida, como si no pudiera creerse
que iba a ser tan fácil. ¡Ja! ¡Fácil para él! ¡No estaba mirando a la muerte a la cara!
Ella sólo llevaba el sujetador y
las bragas. Levantó la barbilla y lo miró desafiante. ¡Tal vez poseería su cuerpo, pero jamás podría tener su alma!
Una vez se hubo convencido de
nuevo, Gas avanzó hacia ella.
Por supuesto que estaba convencido. Ella también lo estaría si tuviera a un ejército de guardias
estacionados justo detrás de la puerta, listos
para arrastrar a una esclava desobediente a la muerte si no se sometía.
Gastón se paró delante de ella y miró
abajo, rastrillando su cuerpo
con sus ojos verdes. Si se hubiera dejado el top puesto, él se lo habría arrancado con una daga...
¡No, con los dientes!
Los imperiosos ojos de Gastón
abrasaban el cuerpo de Rochi.
¿Qué pasaría si no le complacía? Un amo tan despiadado exigía de ella algo más
que la simple sumisión. ¡Exigía colaboración! Y
(acababa de recordar) había jurado torturar hasta
la muerte a su mejor amiga, la dulce esclava Melissa, si no quedaba
satisfecho. ¡Por mucho que le doliera a su orgullo, tenía que satisfacerle!
Para salvar a Melissa.
Levantó los brazos y sujetó la
magnífica mandíbula de Gastón entre sus manos, en un intento desesperado de aplacar a aquel bárbaro. Se inclinó hacia delante y apretó sus
labios inocentes contra aquellos labios
crueles, cruelmente, cruelmente...
dulces.
Rocío suspiró y le tentó con la
punta de la lengua. Cuando Gas abrió la
boca, ella la invadió. ¿Cómo podía hacer otra cosa cuando tenía que proteger la
vida de la pobre Melissa?
Las manos de Gastón se extendieron en su espalda desnuda,
buscando el broche del sujetador. A Rocío se le puso la piel de gallina. El
broche se abrió.
Gas la cogió por los hombros y tomó el mando del beso.
Luego, tiró del sujetador y lo lanzó a un lado.
Su boca se apartó de la de Rochi. Su mandíbula le acarició
la mejilla.
-Rocío...
Ella no quería ser Rocío. Si fuera Rocío, tendría que recoger
la ropa y vestirse de inmediato, porque Rocío no era autodestructiva.
Sólo era una esclava, e inclinó la cabeza con sumisión
cuando él se echó atrás para contemplar sus senos desnudos, expuestos ya a sus
depredadores ojos esmeralda. Se estremeció y esperó. El algodón crepitó cuando Gastón
se quitó la camiseta -su túnica de seda- y la dejó caer a un lado. Rocío cerró
los ojos con fuerza cuando él tiró de ella y su pecho de conquistador apretó
sus pechos desnudos e indefensos.
Un temblor recorrió toda su piel cuando Gastón empezó a
comérsela a besos: primero rodeó por completo su cuello, y luego fue
descendiendo hacia los pechos, que ya no le pertenecían a ella. Le pertenecían
a él. ¡Todas las partes de su cuerpo le pertenecían a él! Las rodillas se le
aflojaron. Había deseado tanto aquel momento, y sin embargo necesitaba a toda
costa seguir con la fantasía.
Amo... Esclava... Suya para satisfacer sus deseos. No debía
enojarle... Debía dejarle -oh, sí- extender aquel recorrido de besos por sus
costillas y hacia el ombligo, el estómago, mientras se deslizaba por sus
caderas y empezaba a tirar de sus bragas.
¡Concéntrate! ¡Imagina esos labios crueles! ¡Esos ojos como
puñales! La horrible pena que debería sufrir la esclava si no abría las piernas
para que él pudiera deslizar su mano entre ellas. Su despiadado amo... Su
salvaje propietario... Su...
-Hay una conejita en tus bragas.
Ni siquiera la mente más creativa podría haber mantenido
la fantasía ante esa risilla ronca y burlona. Ella le miró y se le impuso la
incómoda certeza de que uno de los dos no llevaba puestas más que unas
braguitas azules con una conejita mientras que el otro no se había quitado los
pantalones.
-¿Y qué, si la hay?
Gas se estiró y, después de frotar con los dedos la parte
delantera de las braguitas, le dio una palmadita a la conejita. Rochi se
estremeció.
-Sólo me ha sorprendido.
-Me las regaló Mery. Fue una sorpresa.
-Para mí sí que ha sido una sorpresa -dijo mordisqueando
el cuello de Rochi mientras seguía dándole palmaditas a la conejita-. ¿Son las
únicas?
-Tal vez haya unas cuantas más.
Gastón extendió su otra mano sobre el trasero de Rocío y
le dio un masaje.
-¿Tienes algunas con el chico tejón?
Sí, tenía unas con Benny luciendo su bonita máscara de
tejón.
-¿Podrías dejar...de hablar...y concentrarte..ah...en la
conquista?
-¿Qué conquista? -preguntó él deslizando el dedo bajo la
banda de la entrepierna.
-No importa.
Rocío suspiró mientras él seguía con su caricia. Oh, era
delicioso. Rochi abrió las piernas para dejarle ir a donde quisiera.
Y él quería ir a todas partes.
Antes de darse cuenta, sus bragas habían desaparecido,
junto a la ropa de él, y estaban desnudos en la cama, demasiado impacientes
para quitar la colcha.
Sus juegos
se volvieron serios demasiado pronto. Gastón agarró a Rochi por los hombros y
la colocó encima de él: no había duda de que iba al grano. Rocío se contoneó sobre el cuerpo de Gas,
le cogió la cabeza con ambas manos y volvió a besarle, con la esperanza de
desacelerarle.
Apaaaa! Se puso quenchi la cosa! jajaja
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