viernes, 15 de junio de 2012

Capitulo Diez, Segunda Parte


Estaba irritada, no solo por haber perdido una batalla, sino por su cobardía. Porque era cobardía lo que la había empujado a empezar la pelea.
Caminó por la marisma al tiempo que Rufus corría entre los árboles y la espesa maleza con la esperanza de asustar a un conejo o una ardilla.
Se detuvo en la curva de lo que siempre se había conocido como el Bayou Rouse. Este misterioso lugar, con sus aguas lentas y oscuras, los cipreses calvos y los densos olores, era su mundo tanto como las calles tortuosas y el ambiente animado del Quarter.
Había corrido por este mundo de niña, había aprendido la diferencia entre un reyezuelo y un gorrión, a evitar un nido de víboras por su olor a pepino, a arrojar el anzuelo y recogerlo con un bagro para la cena.
Era el hogar de su sangre, al igual que el Quarter se había convertido en el hogar de sus ambiciones. Al primero no regresaba únicamente cuando su abuela estaba triste, sino cuando ella lo estaba.
Atisbo el avance del hocico nudoso de un caimán. Lo que se ocultaba debajo de la superficie, pensó, era lo que podía hundirte, con una dentellada rápida, si no estabas atenta y perdías la cabeza.
Mucho se ocultaba bajo la superficie de Gastón Dalmau. Ella habría preferido que fuera un niñato rico y mimado con ganas de pasarlo bien. Se habría divertido con él y lo habría despachado cuando ambos se hubieran hartado.
Era mucho más difícil despachar algo que respetabas. Admiraba la fuerza de Gastón, su determinación, su sentido del humor. Como amigo, le proporcionaba mucho placer.
Como amante, se desvivía por ella.
Él quería demasiado. Ya empezaba a notar lo mucho que la absorbía. Y eso le asustaba, le asustaba no ser capaz de detener el proceso.
Jugando con la llavecita, puso rumbo a la casa del bayou. Las cosas seguirían su curso, se dijo. Siempre lo hacían.
Sonrió cuando vio a su abuela ajetreada en el jardín de la cocina, protegida por un sombrero de paja.
—Huelo a pan recién hecho —gritó Rocío.
—Pan negro. Tengo una hogaza para que te la lleves a casa.
Esperanza se incorporó y se llevó una mano a los riñones.
—Y otra que podrías llevarla al Hall para ese chico. No come bien.
—Está lo bastante sano.
—Lo bastante sano para querer darte un bocado. —Esperanza volvió a su labor con las botas clavadas firmemente en la tierra—. ¿Trató de darte uno esta mañana? Tienes pinta de que sí.
Rocío se sentó en un escalón.
—¿Y qué pinta es esa?
—La de una mujer a la que un hombre le ha puesto las manos encima y no ha terminado el trabajo.
—Si el problema está ahí, sé cómo terminarlo sola.
Con una carcajada, Esperanza arrancó una ramita de romero. Pellizcó las agujas y las agitó bajo su nariz por el simple placer de olerías.
—¿Por qué rascarte el picor si tienes quien te lo rasque? Puede que por fuera aparente casi setenta, pero sé reconocer a un hombre que está dispuesto y puede.
—El sexo no dirige mi vida, abuela.
—No, pero seguro que la haría más agradable. —Esperanza se incorporó—. No eres Lilibeth, 't poulette.
Al oír su apodo de la infancia —pollita— sonrió.
—Lo sé.
—El hecho de no ser Lilibeth no significa que tengas que estar sola si encuentras a alguien que sabe encenderte la llama.
Rocío aceptó el romero que Esperanza le ofrecía.
—Creo que él no quiere una llama, sino una hoguera entera. —Rocío se recostó sobre los codos y echó la melena hacia atrás—. He vivido todo este tiempo sin quemarme y pienso seguir así.
—Para ti las cosas siempre son blancas o negras. ¿No podrías elegir un color intermedio por una vez? Aunque ya seas una mujer hecha y derecha, para mí sigues siendo mi niña, de modo que voy a decirte algo. No tiene nada de malo que una mujer camine sola siempre que sea por una buena razón. Tener miedo a tropezar no lo es.
—¿Quieres saber qué ocurriría si me permitiera enamorarme de él? —preguntó Rocío—. Que con el tiempo se hartaría del agua del pantano y volvería a Boston. O que después de hartarse de jugar conmigo, se buscaría a otra nena.
Esperanza se echó el sombrero hacia atrás. Tenía la cara roja de exasperación.
—¿Qué ocurre si cae un diluvio y el agua nos arrastra hasta el Mississippi? Maldita sea, Rocío, no puedes pensar así. Te dejará seca.
—Estaba bien antes de que él apareciera y estaré bien cuando él se vaya. —Con la cara larga. Rocío acarició a Rufus cuando le plantó el hocico en la rodilla—. Esa casa, abuela, esa casa que tantas ganas tiene de restaurar, es un símbolo de lo que ocurre cuando dos personas no pertenecen al mismo lugar. Llevo la sangre de ella y sé de lo que hablo.
—No lo sabes. —Esperanza le alzó el mentón—. Si ellos no se hubieran querido, si Vale Rouse y Ramiro Ordóñez no se hubieran amado y no hubieran tenido una hija, tú y yo no estaríamos aquí.
—Si hubiera sido su destino estar juntos, ella no habría muerto de la forma en que murió. No sería un fantasma en esa casa.
—Oh, chére. —La exasperación y el cariño riñeron la voz de Esperanza—. No es Vale Rouse quien ronda ese lugar.
—Entonces, ¿ quién es?
—Confío en que sea justamente eso lo que el muchacho tiene que averiguar. Y puede que tú estés aquí para ayudarle. —Esperanza olfateó el aire—. El pan está hecho —dijo un segundo antes de que sonara el timbre del horno—. ¿Quieres llevar una hogaza al Hall?
Rocío apretó la mandíbula.
—No.
—De acuerdo. —Esperanza subió los escalones y abrió la puerta de la cocina—. Se la llevaré yo. —Sus ojos bailaron cuando miró por encima de su hombro—. Y puede que te lo robe delante de tus narices.


Gastón tenía abiertas todas las puertas y ventanas de la planta baja. Ry Cooder sonaba en su equipo de música con su rhythm and blues. Siguiendo la cadencia, estaba aplicando la primera capa de barniz sobre el suelo del salón recién pulido.
Todo le dolía. Cada músculo y cada hueso del cuerpo aullaban con la misma ferocidad que Ry Cooder. Había confiado en que el esfuerzo físico de lijar la madera templara su furia. Ahora esperaba que la necesidad de concentrarse en el barniz lo consiguiera.
El alba rosácea no había cumplido su promesa.
Esa mujer lo sacaba de sus casillas, pensó. Y ella lo sabía. Una noche lo cubría de abrazos en la cama y a la siguiente apenas le ofrecía una conversación por teléfono.
Tan pronto se enfada como se derrite en sus brazos. Mira que intentar convertir la noche que habían pasado juntos en un simple rollo.
Y un cuerno.
—Cher, ¿por qué te pones así? —murmuró—. Todavía no has visto cómo puedo ponerme, nena. Pero lo verás antes de que acabe con esto.
—Pareces algo enfadado.
Gastón se volvió bruscamente, arrastrando el barniz consigo. Y casi cayó de rodillas cuando vio a Esperanza sonreírle desde la puerta.
—No la oí entrar.
—No me sorprende. —Con el privilegio que le otorgaba la edad, se inclinó y bajó el volumen en el momento en que Cooler cambiaba de ritmo y se lamentaba—. Me gusta Cooler, pero no tan alto. Te he traído una hogaza de pan que hice esta mañana. Termina lo que estabas haciendo. La dejaré en la cocina.
—Deme un minuto.
—No tienes que parar por mí, cher.
—Lo sé. Deme cinco minutos, por favor. Hay algo de beber... he olvidado qué, en la nevera. ¿Le importaría servirse usted misma?
—En absoluto. Ya empiezo a notar el calor y aún no estamos en marzo. Tómate el tiempo que necesites.
Cuando Gastón fue a reunirse con ella, Esperanza estaba frente a la vitrina de la cocina, examinando su contenido.
—Mi madre tenía un viejo molde de barquillos como ese. Y yo todavía tengo una despepitadora de cerezas como esa. ¿Cómo llaman aquí a esos platos? No lo recuerdo.
—Vajilla de fiesta.
—Eso es. ¿Has pagado dinero por esos frascos de Masón, cher?
—Me temo que sí.
Asombrada, Esperanza chasqueó la lengua.
—Quién me lo iba a decir. Aunque quedan preciosos. Un día ven a rebuscar en mi cobertizo. Tal vez encuentres algo que te interese. —Miró en derredor y asintió con la cabeza—. Buen trabajo, Gastón, buen trabajo.
—Estará acabada cuando monte las encimeras y termine los paneles de los electrodomésticos.
—Buen trabajo —repitió Esperanza—. Y el salón te está quedando precioso.
—Ya he comprado algunos muebles. Me he adelantado un poco. ¿Quiere sentarse, señorita Esperanza?
—Solo un minuto. Guardo algo perteneciente a esta casa que quizá te gustaría tener. Podrías ponerlo en la repisa del salón o en una de las habitaciones.
Se sentó frente a la mesa y sacó de una bolsa un marco de piel marrón.
—Es una fotografía. Un retrato de Valeria Rouse.
Gastón contempló el rostro de la mujer que rondaba sus sueños. Podría haber sido Rocío, pensó, pero el color del pelo era diferente y había demasiada dulzura, demasiada aún por formar en esta cara. Las mejillas eran más redondas, los ojos de largas pestañas demasiado crédulos, y también demasiado tímidos.
Qué joven, pensó. Y qué cándida pese al vestido de mujer adulta con cuello alto de pelaje, pese al ángulo desenfadado de la toca de terciopelo y sus picaras plumas.
Tenía delante una muchacha, rumió Gastón, mientras que Rocío era una mujer.
—Muy bonita —dijo—. Bonita y muy joven. Se le rompe a uno el corazón.
—Mi abuela dedujo que tenía unos dieciocho años cuando le hicieron esta foto. No podía tener más, porque no vivió para ver los diecinueve.
Mientras Esperanza hablaba, arriba estalló un portazo. Se limitó a mirar el techo.
—Parece que también tu fantasma está enfadado.
—Los portazos empezaron hoy. El hijo del fontanero huyó como una bala hace un par de horas.
—Tú no tienes pinta de ir a ningún lado.
—No. —Gastón se sentó al otro extremo de la mesa justo cuando se producía otro portazo y contempló la sonrisa tímida y confiada de Valeria Rouse Ordóñez—. No voy a ningún lado.

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