Estaba irritada, no
solo por haber perdido una batalla, sino por su cobardía. Porque era cobardía
lo que la había empujado a empezar la pelea.
Caminó por la marisma
al tiempo que Rufus corría entre los árboles y la espesa maleza con la
esperanza de asustar a un conejo o una ardilla.
Se detuvo en la curva
de lo que siempre se había conocido como el Bayou Rouse. Este misterioso lugar,
con sus aguas lentas y oscuras, los cipreses calvos y los densos olores, era su
mundo tanto como las calles tortuosas y el ambiente animado del Quarter.
Había corrido por
este mundo de niña, había aprendido la diferencia entre un reyezuelo y un
gorrión, a evitar un nido de víboras por su olor a pepino, a arrojar el anzuelo
y recogerlo con un bagro para la cena.
Era el hogar de su
sangre, al igual que el Quarter se había convertido en el hogar de sus ambiciones.
Al primero no regresaba únicamente cuando su abuela estaba triste, sino cuando
ella lo estaba.
Atisbo el avance del
hocico nudoso de un caimán. Lo que se ocultaba debajo de la superficie, pensó,
era lo que podía hundirte, con una dentellada rápida, si no estabas atenta y
perdías la cabeza.
Mucho se ocultaba
bajo la superficie de Gastón Dalmau. Ella habría preferido que fuera un niñato
rico y mimado con ganas de pasarlo bien. Se habría divertido con él y lo habría
despachado cuando ambos se hubieran hartado.
Era mucho más difícil
despachar algo que respetabas. Admiraba la fuerza de Gastón, su determinación,
su sentido del humor. Como amigo, le proporcionaba mucho placer.
Como amante, se
desvivía por ella.
Él quería demasiado.
Ya empezaba a notar lo mucho que la absorbía. Y eso le asustaba, le asustaba no
ser capaz de detener el proceso.
Jugando con la
llavecita, puso rumbo a la casa del bayou. Las cosas seguirían su curso, se
dijo. Siempre lo hacían.
Sonrió cuando vio a
su abuela ajetreada en el jardín de la cocina, protegida por un sombrero de
paja.
—Huelo a pan recién
hecho —gritó Rocío.
—Pan negro. Tengo una
hogaza para que te la lleves a casa.
Esperanza se
incorporó y se llevó una mano a los riñones.
—Y otra que podrías
llevarla al Hall para ese chico. No come bien.
—Está lo bastante
sano.
—Lo bastante sano
para querer darte un bocado. —Esperanza volvió a su labor con las botas
clavadas firmemente en la tierra—. ¿Trató de darte uno esta mañana? Tienes
pinta de que sí.
Rocío se sentó en un
escalón.
—¿Y qué pinta es esa?
—La de una mujer a la
que un hombre le ha puesto las manos encima y no ha terminado el trabajo.
—Si el problema está
ahí, sé cómo terminarlo sola.
Con una carcajada, Esperanza
arrancó una ramita de romero. Pellizcó las agujas y las agitó bajo su nariz por
el simple placer de olerías.
—¿Por qué rascarte el
picor si tienes quien te lo rasque? Puede que por fuera aparente casi setenta,
pero sé reconocer a un hombre que está dispuesto y puede.
—El sexo no dirige mi
vida, abuela.
—No, pero seguro que
la haría más agradable. —Esperanza se incorporó—. No eres Lilibeth, 't
poulette.
Al oír su apodo de la
infancia —pollita— sonrió.
—Lo sé.
—El hecho de no ser
Lilibeth no significa que tengas que estar sola si encuentras a alguien que
sabe encenderte la llama.
Rocío aceptó el
romero que Esperanza le ofrecía.
—Creo que él no
quiere una llama, sino una hoguera entera. —Rocío se recostó sobre los codos y
echó la melena hacia atrás—. He vivido todo este tiempo sin quemarme y pienso
seguir así.
—Para ti las cosas
siempre son blancas o negras. ¿No podrías elegir un color intermedio por una
vez? Aunque ya seas una mujer hecha y derecha, para mí sigues siendo mi niña,
de modo que voy a decirte algo. No tiene nada de malo que una mujer camine sola
siempre que sea por una buena razón. Tener miedo a tropezar no lo es.
—¿Quieres saber qué
ocurriría si me permitiera enamorarme de él? —preguntó Rocío—. Que con el
tiempo se hartaría del agua del pantano y volvería a Boston. O que después de
hartarse de jugar conmigo, se buscaría a otra nena.
Esperanza se echó el
sombrero hacia atrás. Tenía la cara roja de exasperación.
—¿Qué ocurre si cae
un diluvio y el agua nos arrastra hasta el Mississippi? Maldita sea, Rocío, no
puedes pensar así. Te dejará seca.
—Estaba bien antes de
que él apareciera y estaré bien cuando él se vaya. —Con la cara larga. Rocío
acarició a Rufus cuando le plantó el hocico en la rodilla—. Esa casa, abuela,
esa casa que tantas ganas tiene de restaurar, es un símbolo de lo que ocurre
cuando dos personas no pertenecen al mismo lugar. Llevo la sangre de ella y sé
de lo que hablo.
—No lo sabes. —Esperanza
le alzó el mentón—. Si ellos no se hubieran querido, si Vale Rouse y Ramiro Ordóñez
no se hubieran amado y no hubieran tenido una hija, tú y yo no estaríamos aquí.
—Si hubiera sido su
destino estar juntos, ella no habría muerto de la forma en que murió. No sería
un fantasma en esa casa.
—Oh, chére. —La
exasperación y el cariño riñeron la voz de Esperanza—. No es Vale Rouse quien
ronda ese lugar.
—Entonces, ¿ quién
es?
—Confío en que sea
justamente eso lo que el muchacho tiene que averiguar. Y puede que tú estés
aquí para ayudarle. —Esperanza olfateó el aire—. El pan está hecho —dijo un
segundo antes de que sonara el timbre del horno—. ¿Quieres llevar una hogaza al
Hall?
Rocío apretó la
mandíbula.
—No.
—De acuerdo. —Esperanza
subió los escalones y abrió la puerta de la cocina—. Se la llevaré yo. —Sus
ojos bailaron cuando miró por encima de su hombro—. Y puede que te lo robe
delante de tus narices.
Gastón tenía abiertas
todas las puertas y ventanas de la planta baja. Ry Cooder sonaba en su equipo
de música con su rhythm and blues. Siguiendo la cadencia, estaba aplicando la
primera capa de barniz sobre el suelo del salón recién pulido.
Todo le dolía. Cada
músculo y cada hueso del cuerpo aullaban con la misma ferocidad que Ry Cooder.
Había confiado en que el esfuerzo físico de lijar la madera templara su furia.
Ahora esperaba que la necesidad de concentrarse en el barniz lo consiguiera.
El alba rosácea no
había cumplido su promesa.
Esa mujer lo sacaba
de sus casillas, pensó. Y ella lo sabía. Una noche lo cubría de abrazos en la
cama y a la siguiente apenas le ofrecía una conversación por teléfono.
Tan pronto se enfada
como se derrite en sus brazos. Mira que intentar convertir la noche que habían
pasado juntos en un simple rollo.
Y un cuerno.
—Cher, ¿por qué te
pones así? —murmuró—. Todavía no has visto cómo puedo ponerme, nena. Pero lo
verás antes de que acabe con esto.
—Pareces algo
enfadado.
Gastón se volvió bruscamente,
arrastrando el barniz consigo. Y casi cayó de rodillas cuando vio a Esperanza
sonreírle desde la puerta.
—No la oí entrar.
—No me sorprende.
—Con el privilegio que le otorgaba la edad, se inclinó y bajó el volumen en el
momento en que Cooler cambiaba de ritmo y se lamentaba—. Me gusta Cooler, pero
no tan alto. Te he traído una hogaza de pan que hice esta mañana. Termina lo
que estabas haciendo. La dejaré en la cocina.
—Deme un minuto.
—No tienes que parar
por mí, cher.
—Lo sé. Deme cinco
minutos, por favor. Hay algo de beber... he olvidado qué, en la nevera. ¿Le
importaría servirse usted misma?
—En absoluto. Ya
empiezo a notar el calor y aún no estamos en marzo. Tómate el tiempo que
necesites.
Cuando Gastón fue a
reunirse con ella, Esperanza estaba frente a la vitrina de la cocina,
examinando su contenido.
—Mi madre tenía un
viejo molde de barquillos como ese. Y yo todavía tengo una despepitadora de
cerezas como esa. ¿Cómo llaman aquí a esos platos? No lo recuerdo.
—Vajilla de fiesta.
—Eso es. ¿Has pagado
dinero por esos frascos de Masón, cher?
—Me temo que sí.
Asombrada, Esperanza
chasqueó la lengua.
—Quién me lo iba a decir.
Aunque quedan preciosos. Un día ven a rebuscar en mi cobertizo. Tal vez
encuentres algo que te interese. —Miró en derredor y asintió con la cabeza—.
Buen trabajo, Gastón, buen trabajo.
—Estará acabada
cuando monte las encimeras y termine los paneles de los electrodomésticos.
—Buen trabajo
—repitió Esperanza—. Y el salón te está quedando precioso.
—Ya he comprado
algunos muebles. Me he adelantado un poco. ¿Quiere sentarse, señorita Esperanza?
—Solo un minuto.
Guardo algo perteneciente a esta casa que quizá te gustaría tener. Podrías
ponerlo en la repisa del salón o en una de las habitaciones.
Se sentó frente a la
mesa y sacó de una bolsa un marco de piel marrón.
—Es una fotografía.
Un retrato de Valeria Rouse.
Gastón contempló el
rostro de la mujer que rondaba sus sueños. Podría haber sido Rocío, pensó, pero
el color del pelo era diferente y había demasiada dulzura, demasiada aún por
formar en esta cara. Las mejillas eran más redondas, los ojos de largas
pestañas demasiado crédulos, y también demasiado tímidos.
Qué joven, pensó. Y
qué cándida pese al vestido de mujer adulta con cuello alto de pelaje, pese al
ángulo desenfadado de la toca de terciopelo y sus picaras plumas.
Tenía delante una
muchacha, rumió Gastón, mientras que Rocío era una mujer.
—Muy bonita —dijo—.
Bonita y muy joven. Se le rompe a uno el corazón.
—Mi abuela dedujo que
tenía unos dieciocho años cuando le hicieron esta foto. No podía tener más,
porque no vivió para ver los diecinueve.
Mientras Esperanza
hablaba, arriba estalló un portazo. Se limitó a mirar el techo.
—Parece que también
tu fantasma está enfadado.
—Los portazos empezaron hoy. El hijo del
fontanero huyó como una bala hace un par de horas.
—Tú no tienes pinta
de ir a ningún lado.
—No. —Gastón se sentó al otro extremo de la mesa justo
cuando se producía otro portazo y contempló la sonrisa tímida y confiada de Valeria
Rouse Ordóñez—. No voy a ningún lado.
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