Bayou Rouse
Marzo, 1900
Ignoraba por qué
venía a este lugar a contemplar el agua, las espesas sombras verdes que lo
rodeaban a medida que la noche se iba comiendo al día.
Pero venía, una y
otra vez, a deambular por el pantano, como si esperara encontrársela paseando
por el meandro del río donde las flores se abrían.
Ella le sonreiría, le
cogería la mano.
Y todo volvería a ser
como antes.
Nada podía volver a
ser como antes.
Temía estar
volviéndose loco, temía que la pena le estuviera nublando la mente del mismo
modo que la noche nublaba el día. ¿Cómo podía explicar sino que pudiera oír los
susurros de ella por la noche? ¿Qué podía hacer para apagar esa voz, para
apagar ese dolor?
Una garza azul se
elevó por encima de los juncos como un fantasma, hermosa, pura, perfecta, para
luego rozar las aguas marrones y deslizarse entre los árboles. Lejos de él.
Siempre lejos de él.
Ella se había ido. Su
Vale había volado como el pájaro fantasma. Todo el mundo lo decía. Su familia,
sus amigos. Había oído a los sirvientes murmurarlo. Valeria Rouse se había
fugado con un don nadie y abandonado a su marido y su hija bastarda.
Pese a seguir
buscando en Nueva Orleáns, en Batou Rouge, en Lafayette, pese a seguir rondando
el bayou como un espectro, en las horas más solitarias de la noche lo creía.
Ella les había
abandonado a él y a la niña.
Ahora era él quien se
estaba yendo, en todo salvo en cuerpo. Vivía los días como un hombre en trance.
Y que Dios le perdonara, pero no podía ser un padre para la niña, ese reflejo
de Valeria del que dudaba, en secreto, avergonzado, que llevara su sangre. El
simple hecho de contemplarla le producía una tristeza indecible.
Ya no visitaba el
cuarto de la pequeña. Se odiaba por eso, pero hasta el acto de subir los
escalones que conducían a la segunda planta le hundía en un mar de
desesperación.
Decían que la niña no
era suya.
No. A la luz tenue
del crepúsculo, mientras la noche cobraba vida a su alrededor, Ramiro se cubrió
la cara con las manos. No, no podía, no se permitiría pensar eso de ella. Ellos
habían creado esa hija juntos, fruto del amor, de la confianza, del deseo.
¿Y si también eso era
una mentira?
Bajó las manos y
caminó hacia el agua. Estaría cálida, como la sonrisa de ella. Suave, como la
piel de ella. Su tono se hizo más intenso y casi alcanzó el color de los ojos
de ella.
—¡Ramiro!
Ramiro se detuvo
sobre la margen resbaladiza del pantano.
Vale. Corría
hacia él abriéndose paso entre el follaje de un sauce, con el cabello rizado
ondeando sobre los hombros. Su corazón, embotado de pena, despertó con un
sobresalto salvaje.
Entonces el último
rayo de luz se posó en la cara de ella y él volvió a perecer.
Esperanza le agarró
las manos. El miedo hizo que sus dedos se enfriaran. Había visto algo en los
ojos de Ramiro. Había visto la muerte.
—Ella no lo habría
querido. Ella no habría querido que condenaras tu alma quitándote la vida.
—Ella me abandonó.
—No es cierto.
Mienten, ellos mienten. Ramiro. Ella te amaba. Os amaba a ti y a Valentina. Valentina
por encima de todas las cosas.
—Entonces, ¿dónde
está? —La ira que vivía bajo el dolor entumecido despertó de su letargo. Ramiro
agarró a Esperanza por los brazos y la levantó del suelo. Una parte de él, una
parte oscura, secreta, quería golpearle la cara con los puños. Borrar esa cara
por la conexión que guardaba con Valeria—. ¿Dónde está?
—¡Muerta! —gritó Esperanza,
y su voz resonó en el aire pegajoso—. La mataron. La muerte es lo único que la
habría hecho dejaros a ti y a Valen.
Ramiro la apartó y se
apoyó en el tronco de un roble.
—Eso es otra locura.
—Sé lo que digo. Lo
siento. He tenidos sueños.
—Yo también —repuso
él. Las lágrimas le irritaban los ojos, aguaban la luz—. Yo también he tenido
sueños.
—Ramiro, tienes que
escucharme. Yo estuve allí aquella noche. Vale vino al cuarto a atender a la
niña. La conozco desde que éramos bebés. No había nada en ella salvo amor por
ti y por Valentina. No debí marcharme del Hall aquella noche. —Esperanza cruzó
las manos sobre su pecho, como si quisiera unir las dos mitades rotas de su
corazón—. Me pasaré el resto de mi vida suplicando su perdón por no haber
estado allí.
—Se llevó ropas y
joyas. Mi madre tiene razón. —Ramiro apretó los labios, interpretando el acto
como signo de fortaleza cuando, en realidad, era una muestra de su fe
debilitada—. Tengo que aceptarlo.
—Tu madre odiaba a Vale.
Al día siguiente me despidió. No quiere tenerme en la casa porque teme que
descubra lo que pasó en realidad.
Ramiro se volvió con
la cara tan deformada por la ira que Esperanza dio un paso atrás.
—¿Quieres que crea
que mi madre mató a mi esposa y luego ocultó el crimen, el pecado, el horror,
haciendo que pareciera una huida?
—No sé qué ocurrió,
pero sí sé que Vale no huyó. Mamá Rouse fue a ver a Evangeline.
Ramiro agitó una mano
y volvió a girarse.
—Tonterías vudú.
—Evangeline tiene
poderes. Dijo que hubo sangre, dolor y miedo. Y un pecado espantoso. Muerte,
dijo, y una tumba con agua. Dijo que tienes dos mitades, y que una es negra
como una cueva del infierno.
—¿Significa eso que
yo la maté? ¿Que llegué a casa por la noche y asesiné a mi esposa?
—Dos mitades, Ramiro,
que compartieron una matriz. Mira a tu hermano.
Un rayo helado lo
atravesó y sintió náuseas.
—No pienso escucharte
más. Vete a casa, Esperanza. Mantente alejada del Hall.
Ramiro rebuscó en su
bolsillo, extrajo un reloj de broche y lo apretó contra la mano de Esperanza.
—Guárdalo para la
niña. —Ya no era capaz de llamarla por su nombre—. Quiero que tenga algo de su
madre.
Ramiro contempló el
reloj. El tiempo se había detenido para Valeria.
—Estás matándola de
nuevo al no creer en ella.
—Mantente alejada de
mí. —Tambaleándose, Ramiro echó a andar hacia Ordóñez Hall, hacia su elegido
infierno—. No te me acerques más.
—¡Lo sabes! —gritó Esperanza—.
¡Sabes que ella era sincera!
Apretando el reloj
contra su pecho, Esperanza se juró que lo entregaría, junto con la verdad, a la
hija de Valeria.
Ordóñez Hall
Febrero, 2002
Gastón observó el
nacimiento del día desde la terraza. Por el cielo del este el amanecer asomaba
rosado con vestigios malvas en la base, como moretones adormecidos. El aire era
cada vez más caliente. Podía notar ese aumento día a día. Aún no era marzo pero
el invierno ya estaba diciendo adiós.
Los jardines que
tanta pena dieran un mes antes mostraban ahora indicios de su pasado esplendor.
Las sofocantes enredaderas, la maleza invasora, la madera muerta y los
ladrillos rotos habían desaparecido para revelar, metro a metro, los senderos,
los arbustos y hasta bulbos y plantas que se habían resistido a morir.
Un viejo emparrado de
hierro aparecía cubierto de lo que los Franks denominaron glicina y un islote
de enormes azaleas mostraban brotes esperanzadores.
Tenía magnolias,
mirtos, camelias, jazmines. Gastón había anotado cuanto recordaba que había
surgido de las voces perezosas de los Franks. Cuando describió la enredadera
que deseaba para las columnas del rincón, ellos le dijeron que lo que
necesitaba era maravilla.
Le gustaba el nombre.
Las mañanas siempre estaban llenas de maravillas.
Creía que su cuerpo
se estaba acostumbrando a las cinco o seis horas de sueño interrumpido que
lograba arrebatar a las noches. O quizá lo que le mantenía despierto fueran los
nervios.
Algo lo empujaba,
paso a paso, en la transformación de esta casa que era suya y, en cierto modo,
no solo suya.
Si era Valeria quien la rondaba, se hallaba ante una
mujer condenadamente veleidosa. Había momentos en que se sentía muy cómodo,
totalmente en paz. Otras veces el miedo le hormigueaba la nuca. Y había
ocasiones en que se creía observado.
Acechado.
Justo la mujer que
necesitas, se dijo mientras bebía su café matutino. Tan pronto te sonríe como
te abofetea.
Mientras lo pensaba,
vio a Rocío y al enorme perro negro asomar por entre los árboles.
Sin pensarlo dos
veces, dejó el café a un lado y se dirigió a la escalera de la terraza.
Ella le había visto
mucho antes. Protegida por los árboles y la bruma de la mañana, se había
detenido y, mientras acariciaba la cabeza de Rufus, había estudiado la casa. Lo
había estudiado a él.
¿ Qué tenía ese lugar
y ese hombre que tanto la atraían?, se preguntó. Había muchas mansiones
antiguas por la zona, a lo largo de River Road, en dirección a Baton Rouge.
Dios sabía que había
muchos hombres apuestos por ahí.
Pero era esta casa la
que siempre había despertado su interés y su imaginación. Y, al parecer, el
hombre que corría escaleras abajo con una camisa harapienta, unos vaqueros aún
más harapientos y barba de una noche, estaba teniendo el mismo efecto.
No le gustaba tener
deseos. Eran un estorbo. Y cuando el deseo implicaba un hombre, seguro que le
volvía la vida del revés.
Ella había construido
su vida ladrillo a ladrillo. Y le gustaba como era. Un hombre, por afable que fuera,
en el mejor de los casos alteraría el diseño. En el peor, echaría abajo los
ladrillos.
Se había mantenido
alejada desde la noche que lo tuvo en su cama. Solo para demostrarse que era
capaz.
Ahora, no obstante,
tenía una sonrisa lista para él, una sonrisa lenta y felina. Mientras el perro
echaba a correr rasgando la niebla para saludarlo, ella se quedó donde estaba.
Rufus saltó,
embadurnó con su lengua la cara de Gastón y cayó al suelo con la panza hacia
arriba.
Era, se dijo Rocío,
la forma que tenía Rufus de mostrar su amor incondicional.
También seduce a los
perros, pensó mientras Gastón se agachaba para acariciar al animal y jugar.
Tenía demasiado atractivo para que resultara bueno. Sobre todo para ella.
—¡Rufus! —gritó. El
animal se levantó con un entusiasmo que casi derribó a Gastón. Riendo, Rocío
lanzó una pelota al aire y la cazó hábilmente cuando caía. Rufus se abalanzó
sobre ella. Rocío arrojó la pelota al otro lado del estanque. El animal salió
disparado y pilló la pelota con los dientes segundos antes de su sonora
zambullida.
—Podría contrataros
el Bo Sox. —Mientras Rufus regresaba a la orilla, Gastón colocó las manos bajo
los codos de Rocío y la levantó del suelo. Tuvo un instante para verla
parpadear de sorpresa antes de cubrirle la boca con sus labios.
Ella se agarró a la
camisa de él, no para sostenerse, sino por lo que había debajo, todo ese
músculo y ese calor, todo ese hombre.
Oyó ladrar al perro,
tres ladridos guturales, y el agua que sacudió la dejó empapada. Rocío no le
habría sorprendido que hubiera salido humo de su piel.
—Buenos días —dijo Gastón
antes de devolverla al suelo—. ¿Cómo andas?
—Uau. —Tenía que
felicitarle por ambos recibimientos. Se mesó el pelo—. ¿Cómo andas tú?
—respondió, y alzó una mano para acariciarle la mejilla—. Necesitas un
afeitado, cher.
—Si hubiera sabido
que vendrías a verme, me habría afeitado.
—No he venido a
verte. —Rocío recogió la pelota que Rufus había dejado a sus pies y la lanzó de
nuevo—. Solo estaba jugando con el perro de mi abuela.
—¿Le pasa algo? Dijiste que cuando no se encontraba bien
pasabas la noche con ella.
—A veces se pone
tristona, eso es todo. —Maldita sea, ese interés instantáneo y genuino la había
conmovido—. Echa de menos a su Pete. Tenía diecisiete años cuando se casó con
él y cincuenta y ocho cuando él murió. Más de cuarenta años es mucho tiempo
para engranar dos vidas.
—¿Crees que le
gustaría que la visitara más tarde?
—Le agrada tu
compañía. —Rufus volvía a agitar la cola con impaciencia, así que Rocío le
lanzó una vez más la pelota.
—Dijiste que tenía
una hermana. ¿Nadie más?
—Dos hermanas y un
hermano. Todos vivos.
—¿Hijos?
El semblante de Rocío
se tensó.
—Yo soy lo único que
tiene en ese campo. ¿Has estado en la ciudad disfrutando de la fiesta?
Tema prohibido, pensó
Gastón. Lo dejaría aparcado, por el momento.
—Aún no. Pensaba ir
esta noche. ¿Trabajas?
—No haré otra cosa
que trabajar hasta el Miércoles de Ceniza. A la gente le gusta beber antes de
la Cuaresma.
—Seguro que te
acuestas muy tarde. Pareces cansada.
—No me gusta madrugar,
pero mi abuela es un pájaro tempranero. Cuando ella se levanta, todo el mundo
tiene que levantarse. —Rocío estiró los brazos—. Tú también eres un pájaro
madrugador, ¿verdad, cher?
—Últimamente sí. ¿Por
qué no vienes a casa a tomar un café y a ver lo que he estado haciendo con mi
tiempo puesto que no puedo pasarlo contigo?
—He estado muy
ocupada.
—Eso dijiste.
Las cejas de Rocío se
unieron para formar una profunda línea de irritación.
—Porque es cierto.
—No he dicho que no
lo sea. Caray, te estoy poniendo nerviosa, pero no me importa, Rochi. —Gastón
alargó un brazo y la agarró del pelo, divertido y encantado al ver el genio en
su rostro—. Sí me importaría, no obstante, que pensaras que iba a conformarme
con una sola noche a tu lado.
—Me acuesto contigo
si quiero y cuando quiero.
—Y también me
importaría —prosiguió él suavemente, aunque la mano que la tenía cogida del
brazo para que no pudiera escapar era ahora firme—, me importaría mucho, que
pensaras que lo único que quiero de ti es llevarte a la cama.
—Los hombres no me
tocan a menos que les diga que pueden hacerlo. —Rocío le empujó la mano.
—Nunca has tenido que
vértelas con alguien como yo, ¿verdad? —Había acero en sus dedos, en su voz—.
Tranquilízate. No conseguirás deshacerte de mí provocando una pelea. Querías
mantenerte alejada esta semana. Estupendo. Soy un hombre paciente. Rochi, pero
no soy un felpudo. No creas que podrás caminar por encima de mí cuando te
vayas.
Rocío comprendió que
la ira no era la forma de manejarle. Estaba segura de que podía hacer tambalear
ese control y provocar una buena pelea. Sería interesante, incluso entretenido.
Pero tenía el cincuenta por ciento de probabilidades de perder.
Le acarició la
mejilla.
—Tranquilo, cher. —Su
voz era ahora seda líquida—. ¿Por qué te pones así? Simplemente estoy un poco
irritada, eso es todo. No me sienta bien madrugar, y tu mal genio no me ayuda.
No era mi intención herir tus sentimientos.
Se puso de puntillas
y le besó en la mejilla.
—¿Qué intenciones
tienes, Rocío?
La forma en que había
utilizado su nombre completo la picó. Parecía una especie de advertencia.
—Gastón, cariño, tú me gustas, de veras. La otra noche,
caray, me hiciste ver las estrellas. Los dos lo pasamos de miedo, ¿no es
cierto? Pero no vamos a darle más importancia de la que tiene.
—¿Qué importancia
tiene?
Ella levantó los
hombros.
—La de un interludio
muy satisfactorio para los dos. ¿Por qué no lo dejamos ahí y volvemos a ser
amigos?
—Podríamos. O
podríamos hacer esto.
Gastón la atrajo
hacia sí con vehemencia. La levantó del suelo y le robó la boca. Sin paciencia
esta vez, sin sensatez, sin buscar el acoplamiento de labios. Era una marca a
fuego y ambos lo sabían.
Rufus ladró cuando Rocío
forcejeó. Pero ni siquiera cuando sus ladridos se transformaron en gruñidos Gastón
le prestó atención. Agarró a Rocío del pelo, le echó la cabeza hacia atrás e
hizo que la caída fuera para ambos más profunda. Genio, dolor y hambre se
unieron dentro de él, sazonando el beso.
Ella no pudo
resistirse. Y aún menos cuando todo un cúmulo de emociones irrumpió en su
sistema liberando deseos que había confiado mantener ocultos. Ahogando una
blasfemia, se abrazó al cuello de Gastón y se sumó a la ferocidad del beso.
Con un gemido, Rufus
se tumbó en el suelo y se puso a mordisquear la pelota.
—No hemos terminado
aún. —Gastón deslizó unas manos de dueño por los brazos de Rocío.
—Puede que no.
—Esta noche iré a tu
bar y te acompañaré a casa después del cierre. El miércoles, cuando el jaleo
haya terminado, me gustaría que vinieras a casa. Cenaremos juntos.
Rocío alcanzó a
esbozar una sonrisa.
—¿Cocinas tú?
Gastón sonrió y le
acarició la frente con los labios.
—Te sorprenderé.
—Siempre lo haces
—respondió ella mientras él se alejaba.
Sigo sosteniendo que Rochi es bastante histérica, pero al final Gas la puede. Que lindos ^^
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