martes, 5 de junio de 2012

Capitulo Diez, Primera Parte


Bayou Rouse
Marzo, 1900

Ignoraba por qué venía a este lugar a contemplar el agua, las espesas sombras verdes que lo rodeaban a medida que la noche se iba comiendo al día.
Pero venía, una y otra vez, a deambular por el pantano, como si esperara encontrársela paseando por el meandro del río donde las flores se abrían.
Ella le sonreiría, le cogería la mano.
Y todo volvería a ser como antes.
Nada podía volver a ser como antes.
Temía estar volviéndose loco, temía que la pena le estuviera nublando la mente del mismo modo que la noche nublaba el día. ¿Cómo podía explicar sino que pudiera oír los susurros de ella por la noche? ¿Qué podía hacer para apagar esa voz, para apagar ese dolor?
Una garza azul se elevó por encima de los juncos como un fantasma, hermosa, pura, perfecta, para luego rozar las aguas marrones y deslizarse entre los árboles. Lejos de él. Siempre lejos de él.
Ella se había ido. Su Vale había volado como el pájaro fantasma. Todo el mundo lo decía. Su familia, sus amigos. Había oído a los sirvientes murmurarlo. Valeria Rouse se había fugado con un don nadie y abandonado a su marido y su hija bastarda.
Pese a seguir buscando en Nueva Orleáns, en Batou Rouge, en Lafayette, pese a seguir rondando el bayou como un espectro, en las horas más solitarias de la noche lo creía.
Ella les había abandonado a él y a la niña.
Ahora era él quien se estaba yendo, en todo salvo en cuerpo. Vivía los días como un hombre en trance. Y que Dios le perdonara, pero no podía ser un padre para la niña, ese reflejo de Valeria del que dudaba, en secreto, avergonzado, que llevara su sangre. El simple hecho de contemplarla le producía una tristeza indecible.
Ya no visitaba el cuarto de la pequeña. Se odiaba por eso, pero hasta el acto de subir los escalones que conducían a la segunda planta le hundía en un mar de desesperación.
Decían que la niña no era suya.
No. A la luz tenue del crepúsculo, mientras la noche cobraba vida a su alrededor, Ramiro se cubrió la cara con las manos. No, no podía, no se permitiría pensar eso de ella. Ellos habían creado esa hija juntos, fruto del amor, de la confianza, del deseo.
¿Y si también eso era una mentira?
Bajó las manos y caminó hacia el agua. Estaría cálida, como la sonrisa de ella. Suave, como la piel de ella. Su tono se hizo más intenso y casi alcanzó el color de los ojos de ella.
—¡Ramiro!
Ramiro se detuvo sobre la margen resbaladiza del pantano.
Vale. Corría hacia él abriéndose paso entre el follaje de un sauce, con el cabello rizado ondeando sobre los hombros. Su corazón, embotado de pena, despertó con un sobresalto salvaje.
Entonces el último rayo de luz se posó en la cara de ella y él volvió a perecer.
Esperanza le agarró las manos. El miedo hizo que sus dedos se enfriaran. Había visto algo en los ojos de Ramiro. Había visto la muerte.
—Ella no lo habría querido. Ella no habría querido que condenaras tu alma quitándote la vida.
—Ella me abandonó.
—No es cierto. Mienten, ellos mienten. Ramiro. Ella te amaba. Os amaba a ti y a Valentina. Valentina por encima de todas las cosas.
—Entonces, ¿dónde está? —La ira que vivía bajo el dolor entumecido despertó de su letargo. Ramiro agarró a Esperanza por los brazos y la levantó del suelo. Una parte de él, una parte oscura, secreta, quería golpearle la cara con los puños. Borrar esa cara por la conexión que guardaba con Valeria—. ¿Dónde está?
—¡Muerta! —gritó Esperanza, y su voz resonó en el aire pegajoso—. La mataron. La muerte es lo único que la habría hecho dejaros a ti y a Valen.
Ramiro la apartó y se apoyó en el tronco de un roble.
—Eso es otra locura.
—Sé lo que digo. Lo siento. He tenidos sueños.
—Yo también —repuso él. Las lágrimas le irritaban los ojos, aguaban la luz—. Yo también he tenido sueños.
—Ramiro, tienes que escucharme. Yo estuve allí aquella noche. Vale vino al cuarto a atender a la niña. La conozco desde que éramos bebés. No había nada en ella salvo amor por ti y por Valentina. No debí marcharme del Hall aquella noche. —Esperanza cruzó las manos sobre su pecho, como si quisiera unir las dos mitades rotas de su corazón—. Me pasaré el resto de mi vida suplicando su perdón por no haber estado allí.
—Se llevó ropas y joyas. Mi madre tiene razón. —Ramiro apretó los labios, interpretando el acto como signo de fortaleza cuando, en realidad, era una muestra de su fe debilitada—. Tengo que aceptarlo.
—Tu madre odiaba a Vale. Al día siguiente me despidió. No quiere tenerme en la casa porque teme que descubra lo que pasó en realidad.
Ramiro se volvió con la cara tan deformada por la ira que Esperanza dio un paso atrás.
—¿Quieres que crea que mi madre mató a mi esposa y luego ocultó el crimen, el pecado, el horror, haciendo que pareciera una huida?
—No sé qué ocurrió, pero sí sé que Vale no huyó. Mamá Rouse fue a ver a Evangeline.
Ramiro agitó una mano y volvió a girarse.
—Tonterías vudú.
—Evangeline tiene poderes. Dijo que hubo sangre, dolor y miedo. Y un pecado espantoso. Muerte, dijo, y una tumba con agua. Dijo que tienes dos mitades, y que una es negra como una cueva del infierno.
—¿Significa eso que yo la maté? ¿Que llegué a casa por la noche y asesiné a mi esposa?
—Dos mitades, Ramiro, que compartieron una matriz. Mira a tu hermano.
Un rayo helado lo atravesó y sintió náuseas.
—No pienso escucharte más. Vete a casa, Esperanza. Mantente alejada del Hall.
Ramiro rebuscó en su bolsillo, extrajo un reloj de broche y lo apretó contra la mano de Esperanza.
—Guárdalo para la niña. —Ya no era capaz de llamarla por su nombre—. Quiero que tenga algo de su madre.
Ramiro contempló el reloj. El tiempo se había detenido para Valeria.
—Estás matándola de nuevo al no creer en ella.
—Mantente alejada de mí. —Tambaleándose, Ramiro echó a andar hacia Ordóñez Hall, hacia su elegido infierno—. No te me acerques más.
—¡Lo sabes! —gritó Esperanza—. ¡Sabes que ella era sincera!
Apretando el reloj contra su pecho, Esperanza se juró que lo entregaría, junto con la verdad, a la hija de Valeria.

Ordóñez Hall
Febrero, 2002

Gastón observó el nacimiento del día desde la terraza. Por el cielo del este el amanecer asomaba rosado con vestigios malvas en la base, como moretones adormecidos. El aire era cada vez más caliente. Podía notar ese aumento día a día. Aún no era marzo pero el invierno ya estaba diciendo adiós.
Los jardines que tanta pena dieran un mes antes mostraban ahora indicios de su pasado esplendor. Las sofocantes enredaderas, la maleza invasora, la madera muerta y los ladrillos rotos habían desaparecido para revelar, metro a metro, los senderos, los arbustos y hasta bulbos y plantas que se habían resistido a morir.
Un viejo emparrado de hierro aparecía cubierto de lo que los Franks denominaron glicina y un islote de enormes azaleas mostraban brotes esperanzadores.
Tenía magnolias, mirtos, camelias, jazmines. Gastón había anotado cuanto recordaba que había surgido de las voces perezosas de los Franks. Cuando describió la enredadera que deseaba para las columnas del rincón, ellos le dijeron que lo que necesitaba era maravilla.
Le gustaba el nombre. Las mañanas siempre estaban llenas de maravillas.
Creía que su cuerpo se estaba acostumbrando a las cinco o seis horas de sueño interrumpido que lograba arrebatar a las noches. O quizá lo que le mantenía despierto fueran los nervios.
Algo lo empujaba, paso a paso, en la transformación de esta casa que era suya y, en cierto modo, no solo suya.
Si era Valeria quien la rondaba, se hallaba ante una mujer condenadamente veleidosa. Había momentos en que se sentía muy cómodo, totalmente en paz. Otras veces el miedo le hormigueaba la nuca. Y había ocasiones en que se creía observado.
Acechado.
Justo la mujer que necesitas, se dijo mientras bebía su café matutino. Tan pronto te sonríe como te abofetea.
Mientras lo pensaba, vio a Rocío y al enorme perro negro asomar por entre los árboles.
Sin pensarlo dos veces, dejó el café a un lado y se dirigió a la escalera de la terraza.
Ella le había visto mucho antes. Protegida por los árboles y la bruma de la mañana, se había detenido y, mientras acariciaba la cabeza de Rufus, había estudiado la casa. Lo había estudiado a él.
¿ Qué tenía ese lugar y ese hombre que tanto la atraían?, se preguntó. Había muchas mansiones antiguas por la zona, a lo largo de River Road, en dirección a Baton Rouge.
Dios sabía que había muchos hombres apuestos por ahí.
Pero era esta casa la que siempre había despertado su interés y su imaginación. Y, al parecer, el hombre que corría escaleras abajo con una camisa harapienta, unos vaqueros aún más harapientos y barba de una noche, estaba teniendo el mismo efecto.
No le gustaba tener deseos. Eran un estorbo. Y cuando el deseo implicaba un hombre, seguro que le volvía la vida del revés.
Ella había construido su vida ladrillo a ladrillo. Y le gustaba como era. Un hombre, por afable que fuera, en el mejor de los casos alteraría el diseño. En el peor, echaría abajo los ladrillos.
Se había mantenido alejada desde la noche que lo tuvo en su cama. Solo para demostrarse que era capaz.
Ahora, no obstante, tenía una sonrisa lista para él, una sonrisa lenta y felina. Mientras el perro echaba a correr rasgando la niebla para saludarlo, ella se quedó donde estaba.
Rufus saltó, embadurnó con su lengua la cara de Gastón y cayó al suelo con la panza hacia arriba.
Era, se dijo Rocío, la forma que tenía Rufus de mostrar su amor incondicional.
También seduce a los perros, pensó mientras Gastón se agachaba para acariciar al animal y jugar. Tenía demasiado atractivo para que resultara bueno. Sobre todo para ella.
—¡Rufus! —gritó. El animal se levantó con un entusiasmo que casi derribó a Gastón. Riendo, Rocío lanzó una pelota al aire y la cazó hábilmente cuando caía. Rufus se abalanzó sobre ella. Rocío arrojó la pelota al otro lado del estanque. El animal salió disparado y pilló la pelota con los dientes segundos antes de su sonora zambullida.
—Podría contrataros el Bo Sox. —Mientras Rufus regresaba a la orilla, Gastón colocó las manos bajo los codos de Rocío y la levantó del suelo. Tuvo un instante para verla parpadear de sorpresa antes de cubrirle la boca con sus labios.
Ella se agarró a la camisa de él, no para sostenerse, sino por lo que había debajo, todo ese músculo y ese calor, todo ese hombre.
Oyó ladrar al perro, tres ladridos guturales, y el agua que sacudió la dejó empapada. Rocío no le habría sorprendido que hubiera salido humo de su piel.
—Buenos días —dijo Gastón antes de devolverla al suelo—. ¿Cómo andas?
—Uau. —Tenía que felicitarle por ambos recibimientos. Se mesó el pelo—. ¿Cómo andas tú? —respondió, y alzó una mano para acariciarle la mejilla—. Necesitas un afeitado, cher.
—Si hubiera sabido que vendrías a verme, me habría afeitado.
—No he venido a verte. —Rocío recogió la pelota que Rufus había dejado a sus pies y la lanzó de nuevo—. Solo estaba jugando con el perro de mi abuela.
—¿Le pasa algo? Dijiste que cuando no se encontraba bien pasabas la noche con ella.
—A veces se pone tristona, eso es todo. —Maldita sea, ese interés instantáneo y genuino la había conmovido—. Echa de menos a su Pete. Tenía diecisiete años cuando se casó con él y cincuenta y ocho cuando él murió. Más de cuarenta años es mucho tiempo para engranar dos vidas.
—¿Crees que le gustaría que la visitara más tarde?
—Le agrada tu compañía. —Rufus volvía a agitar la cola con impaciencia, así que Rocío le lanzó una vez más la pelota.
—Dijiste que tenía una hermana. ¿Nadie más?
—Dos hermanas y un hermano. Todos vivos.
—¿Hijos?
El semblante de Rocío se tensó.
—Yo soy lo único que tiene en ese campo. ¿Has estado en la ciudad disfrutando de la fiesta?
Tema prohibido, pensó Gastón. Lo dejaría aparcado, por el momento.
—Aún no. Pensaba ir esta noche. ¿Trabajas?
—No haré otra cosa que trabajar hasta el Miércoles de Ceniza. A la gente le gusta beber antes de la Cuaresma.
—Seguro que te acuestas muy tarde. Pareces cansada.
—No me gusta madrugar, pero mi abuela es un pájaro tempranero. Cuando ella se levanta, todo el mundo tiene que levantarse. —Rocío estiró los brazos—. Tú también eres un pájaro madrugador, ¿verdad, cher?
—Últimamente sí. ¿Por qué no vienes a casa a tomar un café y a ver lo que he estado haciendo con mi tiempo puesto que no puedo pasarlo contigo?
—He estado muy ocupada.
—Eso dijiste.
Las cejas de Rocío se unieron para formar una profunda línea de irritación.
—Porque es cierto.
—No he dicho que no lo sea. Caray, te estoy poniendo nerviosa, pero no me importa, Rochi. —Gastón alargó un brazo y la agarró del pelo, divertido y encantado al ver el genio en su rostro—. Sí me importaría, no obstante, que pensaras que iba a conformarme con una sola noche a tu lado.
—Me acuesto contigo si quiero y cuando quiero.
—Y también me importaría —prosiguió él suavemente, aunque la mano que la tenía cogida del brazo para que no pudiera escapar era ahora firme—, me importaría mucho, que pensaras que lo único que quiero de ti es llevarte a la cama.
—Los hombres no me tocan a menos que les diga que pueden hacerlo. —Rocío le empujó la mano.
—Nunca has tenido que vértelas con alguien como yo, ¿verdad? —Había acero en sus dedos, en su voz—. Tranquilízate. No conseguirás deshacerte de mí provocando una pelea. Querías mantenerte alejada esta semana. Estupendo. Soy un hombre paciente. Rochi, pero no soy un felpudo. No creas que podrás caminar por encima de mí cuando te vayas.
Rocío comprendió que la ira no era la forma de manejarle. Estaba segura de que podía hacer tambalear ese control y provocar una buena pelea. Sería interesante, incluso entretenido. Pero tenía el cincuenta por ciento de probabilidades de perder.
Le acarició la mejilla.
—Tranquilo, cher. —Su voz era ahora seda líquida—. ¿Por qué te pones así? Simplemente estoy un poco irritada, eso es todo. No me sienta bien madrugar, y tu mal genio no me ayuda. No era mi intención herir tus sentimientos.
Se puso de puntillas y le besó en la mejilla.
—¿Qué intenciones tienes, Rocío?
La forma en que había utilizado su nombre completo la picó. Parecía una especie de advertencia.
—Gastón, cariño, tú me gustas, de veras. La otra noche, caray, me hiciste ver las estrellas. Los dos lo pasamos de miedo, ¿no es cierto? Pero no vamos a darle más importancia de la que tiene.
—¿Qué importancia tiene?
Ella levantó los hombros.
—La de un interludio muy satisfactorio para los dos. ¿Por qué no lo dejamos ahí y volvemos a ser amigos?
—Podríamos. O podríamos hacer esto.
Gastón la atrajo hacia sí con vehemencia. La levantó del suelo y le robó la boca. Sin paciencia esta vez, sin sensatez, sin buscar el acoplamiento de labios. Era una marca a fuego y ambos lo sabían.
Rufus ladró cuando Rocío forcejeó. Pero ni siquiera cuando sus ladridos se transformaron en gruñidos Gastón le prestó atención. Agarró a Rocío del pelo, le echó la cabeza hacia atrás e hizo que la caída fuera para ambos más profunda. Genio, dolor y hambre se unieron dentro de él, sazonando el beso.
Ella no pudo resistirse. Y aún menos cuando todo un cúmulo de emociones irrumpió en su sistema liberando deseos que había confiado mantener ocultos. Ahogando una blasfemia, se abrazó al cuello de Gastón y se sumó a la ferocidad del beso.
Con un gemido, Rufus se tumbó en el suelo y se puso a mordisquear la pelota.
—No hemos terminado aún. —Gastón deslizó unas manos de dueño por los brazos de Rocío.
—Puede que no.
—Esta noche iré a tu bar y te acompañaré a casa después del cierre. El miércoles, cuando el jaleo haya terminado, me gustaría que vinieras a casa. Cenaremos juntos.
Rocío alcanzó a esbozar una sonrisa.
—¿Cocinas tú?
Gastón sonrió y le acarició la frente con los labios.
—Te sorprenderé.
—Siempre lo haces —respondió ella mientras él se alejaba.

1 comentario:

  1. Sigo sosteniendo que Rochi es bastante histérica, pero al final Gas la puede. Que lindos ^^

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