martes, 5 de junio de 2012

Tercera Parte, Capitulo Dieciséis


Gas encontró a Rochi encaramada en su lugar favorito, el columpio del porche de atrás de la casita, con un cuaderno en el regazo. Le dolía demasiado pensar en las demoledoras revelaciones de Julia, así que se quedó en pie en la puerta ob­servando a Rocío, que no debía de haberle oído llegar porque no alzó la mirada. Por otra parte, Gas se había estado comportando como un cretino, y cabía la posibilidad de que le ignorase aunque ¿cómo se suponía que tenía que actuar si Ro no había dejado de tramar aventuras estrafalarias sin tener ni la más mínima idea de lo mucho que a él le afectaba estar cerca de ella?
¿Acaso pensaba que era fácil verla chapotear con aquel minuto traje de baño negro que le había tenido que com­prar para sustituir el biquini rojo? ¿Es que Rochi no había mirado nunca hacia abajo para observar qué les ocurría a sus pechos cuando tenía frío? El diseño del bañador dejaba tan­to al descubierto que era prácticamente una súplica para que deslizara los dedos por debajo y tomara en sus manos aque­llas pequeñas nalgas redondas. ¡Y aún tenía el valor de estar enfadada con porque la ignoraba! ¿Es que no comprendía que no podía ignorarla?
Gas quería dejar a un lado el cuaderno en el que escri­bía Rocío, cogerla en brazos y llevarla directamente al dormitorio, pero en vez de eso se fue directo al baño y llenó la bañera con agua muy fría sin dejar de soltar tacos por la fal­ta de una ducha. Se lavó rápidamente y se puso ropa limpia. Gastón no había parado en toda la semana, pero no le había servido para nada. A pesar de la carpintería y la pintura, a pe­sar de la gimnasia diaria y de haber añadido kilómetros a sus carreras, la deseaba más que nunca. Ni siquiera las filmaciones de partidos que había empezado a mirar en la tele del des­pacho lograban mantener su atención. Debería haber regre­sado a la casa de huéspedes, pero Julia estaba allí.
Sintió que lo atravesaba una punzada de dolor. No podía pensar en ella, no allí. Tal vez conduciría hasta el pueblo para entrenarse en el diminuto gimnasio que había junto a la po­sada.
Pero no, se encontró saliendo al porche al tiempo que se evaporaban todas sus promesas de mantenerse apartado de Rochi. Al cruzar la puerta, vio claro que estaba en el único lugar donde podía estar en aquel momento: en presencia de la única persona que tal vez comprendería su confusión por lo que acababa de sucederle.
Rocío alzó la vista y lo miró con aquellos ojos llenos de generosa preocupación que mostraba siempre que creía que alguien podía tener un problema. Gas no vio en ellos el más mínimo destello de reproche por haber estado de tan mal humor, aunque sabía que tarde o temprano ella lo pondría en su lugar.
-¿Va todo bien?
Gastón se encogió de hombros, sin dejar ver gran cosa.
-Hemos hablado.
Pero a ella no le impresionó aquella actuación de tipo duro.
-¿Te has comportado con tu repugnante egoísmo ha­bitual?
-La he escuchado, si te refieres a eso.
Gas sabía exactamente a qué se refería, pero quería que ella le arrancase la historia. Tal vez porque no sabía qué des­cubriría ella cuando lo hiciese.
Rochi esperó.
Gastón anduvo hacia el biombo. La planta que Ro ha­bía colgado de un gancho le acarició el hombro.
-Me ha estado contando cosas... No sé... No eran exac­tamente como yo pensaba.
-¿Y cómo eran? -preguntó Ro.
Gas se lo explicó todo. Excepto lo confundidos que estaban sus sentimientos. Sólo los hechos. Cuando Gastón terminó, ella asintió lentamente con la cabeza.
-Ya veo.
Ojalá también lo viera él.
-Ahora tienes que acostumbrarte a saber que lo que creías sobre ella no era verdad.
-Creo que ella quiere... -dijo metiéndose las manos en los bolsillos-. Quiere algo de mí. Pero no puedo... -Gastón se volvió hacia ella-. ¿Se supone que tengo que sentir de golpe cariño por ella? ¡Porque no lo siento!
Rochi parpadeó con un gesto casi de dolor, y tardó un buen rato en responder.
-Dudo que espere eso ahora mismo. Tal vez podrías empezar simplemente por conocerla. Julia hace colchas, y es una artista fabulosa. Aunque no quiera reconocerlo.
-Ya.
Gastón se sacó las manos de los bolsillos e hizo exacta­mente lo que había intentado evitar desde el viernes anterior.
-Si no hago algo me volveré loco. Conozco un lugar a unos treinta kilómetros. Salgamos de aquí.
Gas enseguida vio que Ro iba a negarse, pero no culpo. Aunque tampoco podía quedarse solo, así que cogió el cuaderno de su regazo y tiró de Rochi para levantarla.
-Te gustará.
Una hora después, sobrevolaban el río Au Sable en un pequeño planeador de fabricación alemana.

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