viernes, 15 de junio de 2012

Capitulo V, Primera Parte


Cuando Rochi caminaba por el vestíbulo del hotel hacia Gastón, descubrió que el desconocido serio que la había traído al hotel la noche anterior había desaparecido y el afable holgazán había tomado su lugar. Esta vez, sin embargo, no la engañaría.
Por un momento ella olvidó lo sinvergüenza que él era y simplemente disfrutó de la vista. Él no llevaba su Stetson, y su pelo rubio brillaba a la luz que atravesaba el atrio. Llevaba una camiseta descolorida de la Universidad de Texas, pantalones cortos color café claro, y botas de trabajo marrones con unos centímetros del calcetín blanco visible arriba. Su compostura había vuelto, junto con su sonrisa.
—Buenos días, Rocío. Estoy contento de ver que traes tu paraguas. Seguramente lloverá algún día este año.
Ella bajó la mirada hacía su paraguas floreado como preguntándose como había llegado allí, y luego con una alegre sonrisa señaló con la punta hacia la puerta.
—Deja de parecer despistado, ¿vale?
Ella tuvo la satisfacción de ver que sus ojos se estrechaban.
—Desayuna primero. Luego los negocios.
—Ya he desayunado.
Él la miró con esos ojos verdes perezosos, luego usó ese tono de voz tan lento y cansino.
—Ahora, Rocío, no me digas que has olvidado que pago yo todo.
Ella debería haber esperado esto.
—Voy a pedir unas tortitas de arándanos —sus dedos la cogieron del brazo—. ¿Te parece bien?
Ella consideró mencionar tener una agradable conversación con Eugenia en menos de media hora y el hecho que podría llamar de regreso a su buena amiga de un momento a otro, pero entonces vaciló. Era sabio reservar su "Munición Eugenia" para mayores batallas. De todos modos comería un segundo desayuno, este no tan abundante.
Cuando se acomodaron en una mesa en la cafetería, ella pensó acerca de lo que estuvo a punto de hacer con este hombre ayer y se preguntó si el jet-lag causado por el viaje la había privado de su sentido común. ¿Qué había esperado ella metiéndose en la cama de Gastón Dalmau menos de doce horas después de llegar a este país? Si tenía la intención de acostarse con alguien, al menos debería asegurarse que Hugh tuviese a sus perros guardianes en el lugar. Su impulsividad era poco característica, y la ponía inquieta.
—Simplemente té para mí —dijo cuando la camarera se acercó para tomar su pedido.
Gastón emitió su aprobación.
—Buena elección. Pero añádele algunas tortitas de arándanos, junto con una loncha de tocino, y creo que yo voy a tomar lo mismo, pero olvida el té y trae café en su lugar.
Él deliberadamente intentaba enfadarla, pero ella simplemente sonrió.
—Cambia las tortitas de arándanos por tostadas, si te parece. Y substituye un tazón de fresas por el tocino.
La camarera acosada vertió su café, luego se fue corriendo antes de que se le olvidara el pedido.
Tenían trabajo que hacer, y Rochi había presenciado bastante de sus disparates. Ella tomó sólo un momento para disfrutar el despliegue de flores frescas cerca de la puerta antes de ir al grano.
—¿Has encontrado una sala de tatuajes?
—No vas a hacerte un tatuaje. Esa idea es ridícula.
—Me haré un tatuaje. Y voy a hacerlo hoy. Eso no es negociable.
Ella dudaba que un simple tatuaje la pusiera en un gran compromiso, pero debería hacer que Hugh comenzara a cuestionar su juicio. Ella miró alrededor de la cafetería, preguntándose si algunos de las personas que estaban tranquilamente sentadas leyendo el periódico estaban contratados para observarla. Nadie parecía sospechoso, pero ni por un momento creía que Hugh le consentiría pasar estas dos semanas a sus anchas. El hecho que él la hubiera encontrado tan fácil esta mañana probaba eso.
—¿Cómo vas a afrontar a todas esas niñitas como la directora de la escuela con un tatuaje?
Ella dudaba que volviera a ver la cara de esas niñitas, pero se abstuvo de comentarlo.
—Eso ayudará a que tengan mejor relación conmigo.
—Si eso es lo que quieres, ¿por qué no te pones un piercing en la lengua? ¿O te tiñes de rojo el pelo?
Había pensado hacerse un piercing, pero le preocupaba una posible infección, y teñirse el pelo de algún color escandaloso sería demasiado obvio.
Un tatuaje pequeño era un acto de ligero desafío. Necesitaba que Hugh pensara que había juzgado mal su carácter, no que ella deliberadamente le manipulaba, o él derrumbaría St. Gert.
La camarera llegó con su té, luego desapareció.
—¿Y simplemente donde piensas ponerte ese tatuaje?
—En la parte superior del brazo —y una vez que estuviera terminado, lo mantendría cubierto el resto de su vida.
—Las mujeres no se ponen tatuajes en los brazos. Los ponen en un tobillo o la parte de atrás de un hombro o, si realmente quieren ser discretas... y esto es lo que yo te recomendaría en tu caso si fueras a hacer caso de una recomendación mía...que no es el caso.
Su taza se congeló a medio camino de sus labios. Esas palabras la hacían recordar la sensación de la seda deslizándose por su piel, el calor de su boca, sus labios en su pecho.
Él sabía exactamente lo que hacía, por supuesto.
—¿Lo harías, no es cierto? —obligó a la taza llegar a su boca, bebió, y la puso encima de la mesa—. Pues bien, hay algo que deberías saber.
—¿Aún sigues ebria de lo de anoche, no?
—Sr.Dalmau me pone de mal humor... Las directoras de escuela nunca están ebrias.
Él sonrió abiertamente, luego la miró con seriedad de muchacho.
—¿Qué falla de mi lógica aquí? Hasta donde yo percibo, eres una mujer agradable soltera, que busca un poco de variedad sexual en su vida. Me parece perfectamente natural. Comprendo que en Inglaterra tienes una reputación que mantener, de modo que no puedes hacer ningún experimento allí. En el gran estado de Texas, sin embargo, nadie conoce nada de tu vida. Ahora, lo que quiero saber es esto: ¿Qué diferencia hay que yo sea un gigoló profesional o un golfista profesional? Me parece que tengo el equipo necesario, y estaría más que feliz de dejarte usarlo.
—Eres muy generoso con tus juguetes, lo que ocurre es... que no dejaría que me tocaras de nuevo aunque fueras el único hombre sobre la Tierra.
Mientras decía estas palabras una alarma roja sonaba en su cerebro. Este tonto perezoso, que en realidad no era ningún tonto, vivía compitiendo, y, a menos que ella estuviese equivocada, ya podía ver la luz del reto comenzando a brillar en sus ojos.
—Bien, simplemente tendremos que ocuparnos de ello, ahora, no es buen momento, ¿no Rocío?
Afortunadamente, la camarera apareció en ese momento con su comida.
Rochi comió la mayor parte de sus fresas, pero no fue capaz de dar más que unos mordiscos a la tostada. Gastón se terminó sus tortitas, y rebañó las sobras.
—Eso no es higiénico —señaló ella.
—Ya intercambiamos gérmenes anoche, así que no estoy preocupado por eso.
Ella comprendió que quería que se sintiera incómoda pensando acerca de esos besos lentos, profundos.
—Me impresiona que no estés gordo, por la forma que comes.
—Quemo una gran cantidad de energía durante el día.
—¿Haciendo qué?
—Holgazaneando, es un trabajo arduo.
Ella tuvo que suprimir una sonrisa, y la molestó. No tenía que dejar que la conquistara fácilmente con su falso encanto.

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