Cuando Rochi caminaba por el
vestíbulo del hotel hacia Gastón, descubrió que el desconocido serio que la
había traído al hotel la noche anterior había desaparecido y el afable holgazán
había tomado su lugar. Esta vez, sin embargo, no la engañaría.
Por un momento ella olvidó
lo sinvergüenza que él era y simplemente disfrutó de la vista. Él no llevaba su
Stetson, y su pelo rubio brillaba a la luz que atravesaba el atrio. Llevaba una
camiseta descolorida de la Universidad de Texas, pantalones cortos color café
claro, y botas de trabajo marrones con unos centímetros del calcetín blanco
visible arriba. Su compostura había vuelto, junto con su sonrisa.
—Buenos días, Rocío. Estoy
contento de ver que traes tu paraguas. Seguramente lloverá algún día este año.
Ella bajó la mirada hacía su
paraguas floreado como preguntándose como había llegado allí, y luego con una
alegre sonrisa señaló con la punta hacia la puerta.
—Deja de parecer despistado,
¿vale?
Ella tuvo la satisfacción de
ver que sus ojos se estrechaban.
—Desayuna primero. Luego los
negocios.
—Ya he desayunado.
Él la miró con esos ojos verdes
perezosos, luego usó ese tono de voz tan lento y cansino.
—Ahora, Rocío, no me digas
que has olvidado que pago yo todo.
Ella debería haber esperado
esto.
—Voy a pedir unas tortitas
de arándanos —sus dedos la cogieron del brazo—. ¿Te parece bien?
Ella consideró mencionar
tener una agradable conversación con Eugenia en menos de media hora y el hecho
que podría llamar de regreso a su buena amiga de un momento a otro, pero
entonces vaciló. Era sabio reservar su "Munición Eugenia" para
mayores batallas. De todos modos comería un segundo desayuno, este no tan
abundante.
Cuando se acomodaron en una
mesa en la cafetería, ella pensó acerca de lo que estuvo a punto de hacer con
este hombre ayer y se preguntó si el jet-lag causado por el viaje la había
privado de su sentido común. ¿Qué había esperado ella metiéndose en la cama de Gastón
Dalmau menos de doce horas después de llegar a este país? Si tenía la intención
de acostarse con alguien, al menos debería asegurarse que Hugh tuviese a sus
perros guardianes en el lugar. Su impulsividad era poco característica, y la
ponía inquieta.
—Simplemente té para mí
—dijo cuando la camarera se acercó para tomar su pedido.
Gastón emitió su aprobación.
—Buena elección. Pero
añádele algunas tortitas de arándanos, junto con una loncha de tocino, y creo
que yo voy a tomar lo mismo, pero olvida el té y trae café en su lugar.
Él deliberadamente intentaba
enfadarla, pero ella simplemente sonrió.
—Cambia las tortitas de
arándanos por tostadas, si te parece. Y substituye un tazón de fresas por el
tocino.
La camarera acosada vertió
su café, luego se fue corriendo antes de que se le olvidara el pedido.
Tenían trabajo que hacer, y Rochi
había presenciado bastante de sus disparates. Ella tomó sólo un momento para
disfrutar el despliegue de flores frescas cerca de la puerta antes de ir al
grano.
—¿Has encontrado una sala de
tatuajes?
—No vas a hacerte un
tatuaje. Esa idea es ridícula.
—Me haré un tatuaje. Y voy a
hacerlo hoy. Eso no es negociable.
Ella dudaba que un simple
tatuaje la pusiera en un gran compromiso, pero debería hacer que Hugh comenzara
a cuestionar su juicio. Ella miró alrededor de la cafetería, preguntándose si
algunos de las personas que estaban tranquilamente sentadas leyendo el
periódico estaban contratados para observarla. Nadie parecía sospechoso, pero
ni por un momento creía que Hugh le consentiría pasar estas dos semanas a sus
anchas. El hecho que él la hubiera encontrado tan fácil esta mañana probaba
eso.
—¿Cómo vas a afrontar a
todas esas niñitas como la directora de la escuela con un tatuaje?
Ella dudaba que volviera a
ver la cara de esas niñitas, pero se abstuvo de comentarlo.
—Eso ayudará a que tengan
mejor relación conmigo.
—Si eso es lo que quieres,
¿por qué no te pones un piercing en la lengua? ¿O te tiñes de rojo el pelo?
Había pensado hacerse un
piercing, pero le preocupaba una posible infección, y teñirse el pelo de algún
color escandaloso sería demasiado obvio.
Un tatuaje pequeño era un
acto de ligero desafío. Necesitaba que Hugh pensara que había juzgado mal su
carácter, no que ella deliberadamente le manipulaba, o él derrumbaría St. Gert.
La camarera llegó con su té,
luego desapareció.
—¿Y simplemente donde
piensas ponerte ese tatuaje?
—En la parte superior del
brazo —y una vez que estuviera terminado, lo mantendría cubierto el resto de su
vida.
—Las mujeres no se ponen
tatuajes en los brazos. Los ponen en un tobillo o la parte de atrás de un
hombro o, si realmente quieren ser discretas... y esto es lo que yo te
recomendaría en tu caso si fueras a hacer caso de una recomendación mía...que
no es el caso.
Su taza se congeló a medio
camino de sus labios. Esas palabras la hacían recordar la sensación de la seda
deslizándose por su piel, el calor de su boca, sus labios en su pecho.
Él sabía exactamente lo que
hacía, por supuesto.
—¿Lo harías, no es cierto?
—obligó a la taza llegar a su boca, bebió, y la puso encima de la mesa—. Pues
bien, hay algo que deberías saber.
—¿Aún sigues ebria de lo de
anoche, no?
—Sr.Dalmau me pone de mal
humor... Las directoras de escuela nunca están ebrias.
Él sonrió abiertamente,
luego la miró con seriedad de muchacho.
—¿Qué falla de mi lógica
aquí? Hasta donde yo percibo, eres una mujer agradable soltera, que busca un
poco de variedad sexual en su vida. Me parece perfectamente natural. Comprendo
que en Inglaterra tienes una reputación que mantener, de modo que no puedes
hacer ningún experimento allí. En el gran estado de Texas, sin embargo, nadie
conoce nada de tu vida. Ahora, lo que quiero saber es esto: ¿Qué diferencia hay
que yo sea un gigoló profesional o un golfista profesional? Me parece que tengo
el equipo necesario, y estaría más que feliz de dejarte usarlo.
—Eres muy generoso con tus
juguetes, lo que ocurre es... que no dejaría que me tocaras de nuevo aunque
fueras el único hombre sobre la Tierra.
Mientras decía estas
palabras una alarma roja sonaba en su cerebro. Este tonto perezoso, que en
realidad no era ningún tonto, vivía compitiendo, y, a menos que ella estuviese
equivocada, ya podía ver la luz del reto comenzando a brillar en sus ojos.
—Bien, simplemente tendremos
que ocuparnos de ello, ahora, no es buen momento, ¿no Rocío?
Afortunadamente, la camarera
apareció en ese momento con su comida.
Rochi comió la mayor parte
de sus fresas, pero no fue capaz de dar más que unos mordiscos a la tostada. Gastón
se terminó sus tortitas, y rebañó las sobras.
—Eso no es higiénico —señaló
ella.
—Ya intercambiamos gérmenes
anoche, así que no estoy preocupado por eso.
Ella comprendió que quería
que se sintiera incómoda pensando acerca de esos besos lentos, profundos.
—Me impresiona que no estés
gordo, por la forma que comes.
—Quemo una gran cantidad de
energía durante el día.
—¿Haciendo qué?
—Holgazaneando, es un
trabajo arduo.
Ella tuvo que suprimir una
sonrisa, y la molestó. No tenía que dejar que la conquistara fácilmente con su
falso encanto.
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