miércoles, 25 de julio de 2012

Segunda Parte, Capitulo Dieciocho


Media hora más tarde, mientras emergían del bosque, Chevrolet Suburban de aspecto familiar apareció por detrás del espacio comunitario. Gastón se dijo que debía de ser una pura coincidencia mientras lo observaba derrapar ligeramente al frenar ante la casa de huéspedes, pero entonces Cafre se puso a ladrar y salió corriendo hacia el coche.
Rochi soltó un chillido y echó a correr. Las puertas del coche se abrieron y un caniche idéntico a Cafre saltó del interior. Luego salieron los niños. Parecían una docena, aunque sólo eran cuatro: todos los Riera que corrían a saludar a esposa separada-aunque-no-tanto.
El pavor anidó en lo más profundo del estómago de Gas. Una cosa era segura. Donde había niños Riera tenía que haber padres Riera.
Gastón redujo el paso al ver a la rutilante rubia propieta­ria de los Chicago Stars bajando elegantemente del asien­to del conductor, y a su legendario marido emergiendo del asiento de copiloto. No le sorprendió que fuera María quien había conducido. En esa familia, el liderazgo parecía pasar de uno al otro según las circunstancias. Mientras se acercaba al coche, tuvo la incómoda premonición de que a ninguno de los dos iban a gustarles las circunstancias en Wind Lake.
¿Cuáles eran esas circunstancias? Gastón llevaba casi dos semanas haciendo locuras. Faltaba poco más de un mes para el comienzo de la pretemporada, pero él, o se estaba riendo con Rochi, o se estaba enfadando con ella, o le cortaba las alas, o la seducía. Hacía días que no veía retransmisiones partidos, y no hacía el suficiente ejercicio. Sólo podía pensar en cuánto le gustaba estar con aquella mujer irritante e insolente que no era ni hermosa, ni callada, ni poco exigente, si no más pesada que el plomo. Y muy divertida.
¿Por qué tenía que ser la hermana de María? ¿Por qué no podía haberla conocido en una discoteca? Gastón intentó imaginársela con sombra de ojos brillante y un vestido de celofán, pero lo único que vio fue el aspecto que tenía aquella misma mañana, con unas bragas y una de sus camisetas: iba descalza y abrazaba con los pies el travesaño de una silla, llevaba sus hermosos cabellos algo alborotados, y sus condenados ojos miel le miraban por encima del borde de un taza de Perico Conejo advirtiéndole del peligro.
Rocío abrazó a sus sobrinos, olvidando aparentemente que llevaba la ropa arrugada y el pelo lleno de pinaza. Gastón no tenía un aspecto mucho mejor, y cualquier par de ojos astutos podrían deducir qué habían estado haciendo.
Y no había ojos más astutos que los de Mery Igarzabal y Nicolás Riera. Los cuatro se volvieron hacia Gastón, que se puso las manos en los bolsillos y se hizo el simpático.
-Eh, hola. Qué agradable sorpresa.
-Eso hemos pensado.
La respuesta educada de Mery contrastaba claramen­te con la calidez con la que acostumbraba a saludarle; Nicolás le observaba con una expresión calculadora en el rostro. Gastón ahuyentó el desasosiego recordándose que era intocable, el mejor quarterback de la liga.
Aunque los Chicago Stars no tendrían intocables mien­tras los Riera estuvieran al frente, y justo entonces a Gas le pasó por la cabeza cómo podía acabar aquello si no andaba con pies de plomo. Si ellos decidían que tenía que mantenerse alejado de Rocío, un día le convocarían a su des­pacho para comentarle que había entrado en una gran opera­ción de intercambio. Muchos equipos mediocres estarían más que contentos de poder cambiar a algunas de sus mejores ad­quisiciones en el draft por un quarterback profesional, y antes de darse cuenta de lo ocurrido, se encontraría jugando para uno de los equipos de la parte baja de la clasificación.
Mientras veía cómo Nico le quitaba la pinaza de los ca­bellos a Rocío, se imaginó a sí mismo ladrándoles órdenes a los Lions en el estadio Silverdome.
Rochi abrazaba a los niños, que gorjeaban a su alrededor.
-¿Estás sorprendida de vernos tía Rochi? ¿Estás sorprendida?
-¡Cafre! ¡Hemos traído a Canela para que juegue contigo!
-.. Y mamá dice que podremos ir a nadar al...
-... Se cayó del tobogán y acabó con el ojo a la funerala!
-… Hay un chico que la llama cada día, aunque...
-... Y entonces ha vomitado por todo el...
-…  Papá dice que aún soy muy joven, pero...

La atención de Rochi iba de un niño a otro, y su expresión iba de la simpatía al interés o a la diversión sin perderse detalle. Aquélla era su auténtica familia.
Gastón sintió de pronto un dolor agudo. Ro y él no eran una familia, de eso no había duda, así que no podía pensar que  le estuvieran privando de algo. Sólo se trataba de un reflejo de su infancia, en la que había soñado con formar parte ­de una gran familia como aquélla.
¡Ahora caigo! -chilló Rocío-. ¡Ustedes son los Smith!
Los niños también chillaron, señalándola con el dedo. ¡Nos has pillado, tía Ro!
Gastón recordó el comentario anterior de Rocío sobre una familia llamada Smith que iba a registrarse aquel mismo día. Acababa de conocer a los Smith. Su sensación de pavor aumentó.
Rocío miró a su hermana, que tenía en brazos Cafre el Feroz.
-¿Amy sabía quiénes eran cuando anotó la reserva?
Paloma soltó una risilla. Si es que ésa era Paloma, porque lleva­ba una camiseta de fútbol mientras su gemela corría por ahí, con un vestido de verano.
-Mamá no se lo dijo. ¡Queríamos darte una sorpresa!
-¡Nos quedaremos toda la semana! -exclamó Amado-. ¡Y yo dormiré contigo!
«Bien dicho, Amado. Le acabas de dar un puntapié en el trasero a tu tío Gastón.»
Rochi no respondió y, mientras se arreglaba el pelo con las manos, se dirigió a la Riera más silenciosa.
Valeria, como era habitual, se había quedado un poco aparte, pero sus ojos centelleaban de emoción.
-Ya tengo pensada una nueva aventura de Daphne -susurró Vale en voz baja, para que sólo la oyera Rochi. ­La tengo anotada en mi cuaderno de espiral.
-Me muero de ganas de leerla.
-¿Podemos ir a la playa, tía Rochi?
Nico cogió las llaves de Meryy se volvió hacia Gastón.
-Si me enseñas cuál es nuestra casita, podré empezar a descargar.
-Claro -respondió Gas.
Justo lo que no quería hacer. Nicolás tenía la misión de eva­luar los daños que Gastón le había causado a su querida Rocío. Pero Gas en esos momentos era quien se sentía como si acabara de recibir un mazazo en la cabeza.
Rochi señaló la casita situada al otro lado del espacio co­munitario.
-Se aojarán  en Trompeta de Gabriel. La puerta ya está abierta.
Gastón cruzó andando la hierba mientras Nicolás acercaba el coche. Mientras descargaban, Nico le puso al día sobre el equipo, pero Gas lo conocía bastante bien, y el presidente de los Stars no tardaría mucho en ir al grano.
-¿Y qué? ¿Cómo va por aquí? -Nicolás cerró la puerta del maletero de su Suburban con más fuerza de la necesaria.
Gastón podía ser tan directo como Nicolás, pero decidió que era más inteligente adoptar la táctica de Rochi y hacerse el «tonto».
-Pues, la verdad, las estoy pasando canutas -dijo co­giendo un cesto para la ropa sucia lleno de juguetes-. No sabía que iba a ser tan difícil encontrar a alguien que se hiciera cargo del campamento.
-¡Papá!- Paloma y Tefi llegaron corriendo, seguidas por Amadito-. Necesitamos los bañadores para poder ir a nadar antes de la reunión del té de esta tarde.
-¡Aunque la tía Rochi ha dicho que yo podré beber limonada-declaró Amadito-, porque no me gusta el té!
-¡Mira nuestra casita! ¡Qué monada! -gritó Tefi corriendo hacia la puerta mientras Rochi y Mery se acercaban con Valeria.
Rocío parecía tensa, y María le dedicó a Gas una mirada tan fría como un uniforme de los Lions en medio de un noviembre perdedor en Detroit.
-El lago está helado, niñas -les gritó Rocío a las gemelas desde el porche, intentando comportarse como si todo fuera normal-. No es como la piscina de casa.
-¿Hay serpientes acuáticas?
La pregunta era de Vale, que parecía preocupada. Había algo en aquella niña que siempre había conmovido a Gastón.
-No hay serpientes, pequeña. ¿Quieres que entre al agua contigo? -le dijo él.
Su sonrisa brilló con mil vatios de gratitud.
-¿Lo harás?
-Claro. Ve a ponerte el bañador y nos encontramos allí. Gastón no quiso dejar a Rochi sola con el enemigo y añadió: -Tu tía nos acompañará. Le encanta bañarse en el lago, ¿verdad, Ro?
Rocío pareció aliviada.
-Claro. Podemos ir a nadar todos juntos.
« ¿Y no iba a ser una forma totalmente nueva de diversión?» Rocío y él se despidieron alegremente de los Riera. Mientras se alejaban, Gas oyó que Nicolás le murmuraba algo a Mery, aunque sólo entendió una palabra.
-Slytherin.
Rochi esperó a estar lo bastante lejos de ellos para mos­trar su agitación.

-¡Tienes que sacar tus cosas de mi casita! No quiero que sepan que hemos estado durmiendo juntos.
A juzgar por el aspecto que tenían hacía unos instantes, al salir del bosque, Gas imaginó que ya era demasiado tar­de, pero le dio la razón.
-Y no vuelvas a quedarte a solas con Nico. Te interro­gará sin compasión. Yo me aseguraré de tener siempre cerca a alguna de las niñas cuando esté con Mery.
Sin dejarle responder, se dirigió hacia la casita. Gastón dio un puntapié a un montón de gravilla suelta y se dirigió a la casa de huéspedes. ¿Por qué tenía que ser tan reservada? No es que él quisiera que dijera nada, las cosas ya eran lo bastan­te inestables, pero Rochi no tenía que temer que la traspasa­ran a Detroit como él; entonces, ¿por qué no les mandaba al cuerno?
Cuanto más pensaba en ello, más le fastidiaba la actitud de Rocío. Era normal que él quisiera mantener su relación en privado, pero, en cierto modo, no era normal que lo qui­siera ella.

martes, 17 de julio de 2012

Capitulo VI, Primera Parte


El restaurante estaba en un edificio viejo con escaleras chirriantes y salas pequeñas pintadas en color tierra. Acompañados por los deliciosos olores de la comida especiada, llegaron al comedor principal. Una cierta cantidad de comensales lanzaron saludos para Gastón, mientras los que estaban de pie trataban de obtener una mejor vista. Esto, combinado con lo que sucedió tiempo atrás en el centro comercial, hizo a Rochi percatarse exactamente de lo famoso que Gastón Dalmau era. El conocimiento la inquietó. ¿Qué cosa terrible había hecho él para hacerle vulnerable a un chantaje de Eugenia?
La camarera les acompañó a una mesa en un rincón apartado cubierta con un mantel verde oscuro con franjas rojas y naranjas. Las paredes en este cuarto eran de áspero estuco marrón decorado con posters tradicionales mexicanos de principios de siglo.
Un camarero apareció con una canasta de patatas chips y salsa. Gastón lo devolvió por la versión más picante, luego pidió una Dos Equis para él y una margarita grande para ella.
—Una normal será suficiente.
—Extra-grande —dijo Gastón al camarero, qué inclinó la cabeza y desapareció, obviamente complacido de poder servir a una celebridad.
—¿Por qué sigues cambiando mis órdenes? No quiero beber mucho.
—Te olvidas de las agujas. Dentro de unas horas vas a estar en la butaca de tatuajes, y según me han contado, duele como el infierno. Te recomiendo seriamente que lo abordes semi-borracha.
A Rochi definitivamente no le gustaban las agujas, y decidió que él tenía razón. Ella comenzó a estudiar el menú, para dejarlo de lado. ¿Por qué se molestaba? Él pediría por ella de todas formas.
Ella estaba en lo cierto. El camarero llegó con sus bebidas, y Gastón dictó una orden tan compleja, que no tenía ni idea de lo que iba a comer. Cuando el camarero finalmente desapareció, repitió la pregunta que él conseguía esquivar.
—¿Estás listo para decirme quién es el Anticristo?
—¿Estamos de regreso con eso otra vez?
—¿Es hombre o mujer?
Él suspiró.
—Hombre.
—¿Le conoces?
—Desde hace demasiado tiempo.
—¿Él está vinculado con tu vida profesional o tu vida personal?
—Podrías decirlo.
Ella pensó acerca de preguntarle si él era más grande que un bollo de pan.
—¡Simplemente dímelo!
Él vaciló, luego se encogió de hombros.
—El marido de tu amiga, ese es.
—¿Nico?
Él se estremeció.
—¡No lo digas! No puedo soportar oír su nombre.
—Sé que es un golfista famoso, pero...
—Simplemente es uno de los golfistas más famoso del mundo. El que ha conquistado todos los Grandes, uno tras otro, en la misma temporada, algo que muy pocos pueden decir. El año que viene cumple los cincuenta, y sigue haciendo trizas a todos los jugadores que hay a su alrededor.
—Pero pensé que Eugenia mencionó que él era el presidente de alguna clase de organización profesional de golf.
—Sólo por ahora. Él ha tenido una operación de hombro hace poco tiempo, y acordó hacer el trabajo de comisionado de la PGA mientras se recupera. El organismo quiere tomarse su tiempo encontrando a la persona adecuada para ocupar el puesto de forma permanente, y él es una de las pocas personas en la que pensaron para llevar el cargo hasta entonces. Él no quería hacerlo, pero ciertas personas le persuadieron —frunció el ceño.
—¿Tú fuiste uno de ellos?
—La cosa más estúpida que alguna vez he hecho, considerando el hecho que el trabajo le da más modos de abusar de poder que un dictador sudamericano, y ha usado cada uno de ellos contra mí.
—Es difícil de creer. Eugenia dice que Nico es un hombre bueno y amable.
—Él es un hijo de puta sanguinario, manipulador y arrogante, eso es lo que es. Ahora, ¿podemos hablar de alguna otra cosa? No he comido nada desde el desayuno, pero ya te has encargado de arruinarme el apetito.
—La camarera del restaurante del club de campo dijo algo de que habían firmado una petición para que recuperaras el circuito. ¿Quiere eso decir que ahora no estás jugando?
—He sido suspendido indefinidamente —dijo él enfadado. Esos ojos verdes cambiaron a duros como la piedra.
—¿Por Nic... Por el marido de Eugenia?.
Él dio una corta inclinación de cabeza.
—¿Por qué?
—Las cosas ocurren, eso es todo.
Cuando él no hizo esfuerzos por colaborar, ella le miró más estrechamente.
—¿Dónde encajo yo dentro de esto?
La llegada de los entremeses le dio una excusa para ignorarla. Él se ocupó con los jalapeños rellenos mientras ella sorbía su margarita granizada. Algunos granos de sal se quedaron pegados en su labio inferior. Ella los apartó con un golpecito con la punta de la lengua.
—Todo lo que tengo que hacer es preguntarle a Eugenia.
Él clavó los ojos en su labio inferior tanto tiempo que la asustó de que algo iba mal. Se lo tapó con la servilleta.
Él parpadeó.
—Eugenia tiene mucha influencia con su marido.
—¿Y?
—Ella intentará hablar con él para que suspenda la sanción.
—Ya veo —ahora todo encajaba—. Por eso accediste a ayudarme.
—Más o menos eso.
Eso le sentó fatal. ¿Por qué le importaba a Eugenia el motivo por el cual Gastón hacía de guía para ella? Tenía poco sentido.
—¿En qué estaba pensando ella? Debía saber que nosotros somos como el aceite y el agua.
—Todos sus años en ese programa informal de entrevistas le han hecho algo sádico a su cerebro. A ella le gusta juntar a personas diferentes, observar cómo se destrozan para poder deleitarse con los pedazos.
Eso no sonaba a Eugenia. Había definitivamente algunos pedazos perdidos por aquí, pero ella tenía pocas probabilidades de encontrar los que trataban de Gastón.
Él la contempló con desagrado.
—¿Vas a comer o a continuar chupándote el labio así?
—¿Chupándome el labio?
—Yo sé que no puedo lanzar la primera piedra, porque también tengo algunos malos hábitos, pero tú necesitas olvidarte de ese labio inferior tuyo. Siempre estás mordisqueándolo o lamiéndolo o algo por el estilo. Me distrae.
—Tú sabes, Gastón, que me estás molestando con tanta crítica.
—Uh—huh —él le deslizó una patata con salsa en la boca.
La salsa quemaba y, en el momento que intentaba coger aliento, llegó el resto de la comida. Mientras comían, Gastón la entretuvo con temas populares y tópicos locales, y pronto se encontró riéndose de sus historias. Él podría ser un compañero encantador cuando se lo proponía, o quizá era simplemente el resplandor de su margarita de tamaño colosal porque ella se encontró envuelta en un borrón de cabeza vellosa.
Ella se excusó para ir al baño, y, cuando regresó, otra margarita la estaba esperando. Esta tenía un sabor ligeramente diferente, pero igualmente delicioso. Acordándose de las agujas, se concedió a sí misma autorización para bebérsela. Los arco iris multicolores empezaron a bailar en las paredes de estuco.
Finalmente, Gastón empujó fuera los últimos pedacitos de su helado de canela y pagó la cuenta, diciendo que la comida era un regalo.
—Falta poco para las diez —dijo él—. Más vale que nos pongamos en camino. Eso es si estás decidida a seguir adelante.
—Oh, sí —su voz le sonó un poco fuerte, y trató de bajarla—. No he cambiado de idea.
Ella se levantó, y la sala comenzó a dar vueltas.
—De acuerdo, vamos.
Él tomó su brazo y la guió a través del restaurante. En su camino hacia la puerta, él devolvió los saludos de los aficionados que querían llamar su atención.
Ella esperaba que el aire fresco la reanimaría, pero no fue así, y cuando las luces del aparcamiento dieron vueltas a su alrededor, y trató de pensar que en realidad tampoco había bebido tanto.
—Gastón, no me has dicho que hiciste para quedar suspendido del circuito.
—Porque sé que no te gustaría el motivo.
Ella quería extender los brazos, abrazar la noche, abrazarle a él.
—Esta noche no hay nada que me desagrade.
—Bien entonces... entre otras cosas le di un puñetazo a una mujer.
Fue lo último que recordó.

viernes, 13 de julio de 2012

Capitulo 006 - Primera Parte (LIBRO 02)

Gastón me cogió de la mano cuando la furgoneta entró en un polígono industrial fuera de servicio, a juzgar por el hecho de que la mitad de los edificios parecían vacios. Mi cabeza aún giraba por la rapidez de nuestro escape y del ataque del vampiro; por eso, todavía no había procesado plenamente el hecho de que Gastón y yo estábamos juntos otra vez.
“O quizás…” pensé mientras nos robábamos miradas sin que los demás se dieran cuenta “Era como si nunca nos hubiéramos alejado el uno del otro”.
– Yo no creo que estos niños se reunieron al azar – Kate nos miró, y sus ojos se estrecharon, cuando se fijó en Gastón. Vestía pantalón de carga verde oliva y una camisa negra con un montón de bolsillos, su cabello rubio oscuro estaba alisado y atado en una cola de caballo – Gastón, no me digas que regresaste a ese lugar.
–  No regrese a Mandalay –  dijo Gastón – Le pedí a Rocío que me encontrara aquí. Pero si tengo que volver a la escuela de nuevo para verla, lo haré.
– Es demasiado peligroso.
– ¿Puedes decirme un lugar en el mundo dónde no estemos en peligro, mamá? Porque hace un rato he estado más cerca de morir de lo que nunca he estado en la Academia Mandalay.
Gastón estaba exagerando un poco, dada la manera en que mi padre y Victorio le habían perseguido el año pasado, pero yo no quería mirarlo mientras él estaba defendiendo su decisión de encontrarse conmigo.
Kate suspiró y luego sacudió la cabeza. Ella me miraba seguidamente, no suavemente, porque nada sobre ella era suave, pero de una manera que dejó claro que no me culpaba del peligro en el que Gastón y yo habíamos estado.
– Me alegra ver que estás bien, Rocío. Yo no confiaba en que las sanguijuelas mantuvieran su palabra del año pasado.
Esas sanguijuelas son mis padres, quise decir, pero en cambio conteste…
– Lo hicieron. Estoy de vuelta en la escuela y todos nosotros pretendemos que no ocurrió.
Gastón me ayudó a seguir…
– Probablemente ellos creen que aunque hubieras dicho algo, nadie lo creería – Yo esperaba que nuestra explicación sonara convincente.
– Lo que hiciste fue valiente, digo, entregarte para salvarnos del fuego – dijo un anciano que se sentó en la parte de atrás al lado de Lala. Él me había dicho su nombre, el señor Watanabe, recordé – Creo que eso nos salvo a todos –
– Sí, Rocio, eso era un gesto bonito de tu parte – Lala palmoteó mis hombros y les dio un apretón cordial ­­– En serio, que tienes agallas –
– No fue un buen gesto - Era lo que tenía que hacer – Esto hizo que la media docena de personas en la camioneta echaran reír, aun cuando no había estado haciendo realmente una broma. Sin embargo, mi tensión se alivió un poco.
El año pasado, cuando Gastón se había descubierto como un miembro de la Cruz Negro, se había visto obligado a escapar de la Academia de Mandalay. Yo había huido con él, juntos habíamos llegado con Kate y de Eduardo, y ponernos a salvo, al menos mientras la Cruz Negra no supiera que también yo era una especie de vampiro. Pero la señora. Bethany, mis padres y varios otros vampiros nos habían rastreado. Cuando me había ido de nuevo con mis padres, no solo escapé de esa confrontación, yo me había escapado antes de que la Cruz Negra averiguara lo que realmente era. Ellos Todavía creían que era una niña humana secuestrada y criada por padres vampiros, algo que yo necesitaba que siguieran creyendo.

Manejaron hasta llegar a uno de los edificios abandonados de atrás. Kate chasqueó los botones e hiso luces con la furgoneta: apagado, brillante, apagado, brillante. Una puerta de metal, como para un muelle de cargamento, comenzó a abrirse, revelando un camino fuertemente inclinado hacia abajo. Entramos en un garaje subterráneo del estacionamiento que se veía casi como cualquier otro, excepto que era iluminado por faroles colgados en las paredes o los pilares de concreto. Cuando Kate giró y paró el motor, vi que aquel lugar oscuro y húmedo estaba dividido en habitaciones delimitadas por paredes de cajas o únicamente telas alquitranadas colgadas de cuerdas. 
No podía quitar la sorpresa de mi voz cuando dije…
– ¿Esta es la sede de la Cruz Negra?
Todo el mundo rió. Gastón apretó mi mano, tranquilizándome de que la risa no significaba una burla.
– No tenemos una sede. Vamos a donde necesitemos ir, encontrando sitios donde hay problemas. Pero esto es seguro. Estamos seguros aquí
A mí me parecía increíblemente triste. ¿Gastón había crecido en lugares tan miserables como este? El aire todavía olía a extractor y aceite.
A medida que nuestra tripulación se salió de la camioneta, otra media docena de personas caminaron hasta nosotros, entre ellos un tipo alto, con dos heridas en una mejilla. Era Eduardo, el padrastro de Gastón y, muy posiblemente, su persona menos favorita. Su oscura mirada encarnaba todo lo que me asusta sobre la Cruz Negra.
– Veo que esta es la gran emergencia – dijo, mirándome fijamente.
– ¿Prefieres otro tipo de emergencia? – dijo Kate como si estuviera fastidiada, aunque no lo estaba. Pude escuchar el mensaje real de sus palabras: deja a mi hijo.
O Eduardo no oyó el mensaje, o no le importaba.
– ¿El vampiro se escapo? ¿De nuevo?
Gastón apretaba la mandíbula de nuevo, pero sólo dijo…
– Si. Ella es rápida.
– ¿Has visto a su banda? – Kate sacudió su cabeza, y pensé “¿Qué banda? Sabía que la solitaria chica que había visto esta noche no tenía amigos, y mucho menos una pandilla”
– Tú vas a la escuela con los vampiros durante un año y no puedes averiguar por qué han admitido a los seres humanos, y luego encuentras a esa vampiro de suerte y la pierdes completamente por estar ligando afuera con tu novia – En la luz de la linterna, Eduardo parecía haber sido tallado aproximadamente de la madera cruda – Esto no es para lo que te entrenamos, Gastón –
– ¿Para qué me entrenaron? Me entrenaron para callar y seguir sus órdenes no importa cuáles sean.
– Cuestiones de disciplina. Nunca has entendido eso.
– Así que no debo tener una vida.
– Es suficiente – Kate intervino, mientras caminaba entre su marido y su hijo – Tal vez ninguno esta equivocado con este argumento, pero el resto de nosotros está cansado.
“Todavía ellos deben estar como locos por lo de los estudiantes humanos en Mandalay” pensé. “Si yo lo averiguaba y se lo decía a Gastón, se lo contaríamos a Eduardo. Ver lo mal que trataba a Gastón, me hizo querer darle a Eduardo unos buenos sermones. Uno o dos. O diez”
–  Rocío parece realmente cansada – dijo Lala – Gastón, es mejor que la lleves a la sala de primeros auxilios, y asegúrate de que esté bien."


–  Oh, yo me siento… –  comprendí lo que Lala estaba haciendo y me detuve – Eso podría ser una buena idea.
Kate no dijo nada y nos dio permiso con un gesto de la mano. Eduardo nos miraba como si él quisiera contradecirlo, pero no lo hizo.
Los murmullos de la conversación fueron cobrando volumen detrás de nosotros mientras que Gastón me llevo hacia una puerta lateral, la cual comunicaba con el cuarto donde hacía guardia el vigilante cuando aquello era un aparcamiento.
– ¿Están hablando de nosotros? – yo murmure.
– Probablemente están hablando sobre esa dichosa vampiro. Pero tan pronto como ellos terminen con eso, sí, empezaran a hablar de nosotros.
– ¿Quién era ese vampiro?
–  Estaba un poco esperanzado de que tú pudieras decirnos algo – Gastón dijo, cuando subimos la escalera corta hacia eso que era la sala de primeros auxilios – Teniendo en cuenta como estaba las dos juntas ahí afuera.
– Ella solo estuvo un rato conmigo. Yo nunca conocí a un vampiro en las calles antes tenía curiosidad.
– En serio, Rocío, tienes que tener más cuidado.
Antes de que yo pudiera decir nada más, Gastón encendió la linterna eléctrica pequeña en el cuarto de primeros auxilios. El área era muy pequeña. Apenas entraba una cama contra la pared. La alfombra gris oscuro cubría el piso. El sitio era tan pequeño que la linterna lo llenó de su suave luz.
Esto era casi acogedor, y definitivamente privado. Gastón cerró la puerta detrás de nosotros. Yo sentí un río de calor fluyendo por mis entrañas al darme cuanta de que por fin estábamos realmente solos.
Gastón me agarró y me empujó duramente contra la pared. Yo abrí la boca sin aire y él besó mis labios abiertos, y entonces, me besó más duro de nuevo cuando yo empecé a responder. Mis brazos se resbalaron alrededor de su cuello, y su cuerpo estaba presionado contra el mío, nuestras rodillas, nuestras bocas… Podía respirar su olor, el que me recordó a los oscuros bosques cerca de Mandalay. Mío, pensé. Mío.
Nos besamos frenéticamente, como si estuviéramos hambrientos el uno del otro, en la manera en que la gente puede estar hambrienta de comida, agua o aire. La forma en que un vampiro puede estar hambriento de sangre.
Tomé su rostro entre mis manos y se sentí su barba incipiente. Su rodilla se abrió paso lentamente entre las mías hasta que yo estuve montada a horcajadas sobre su muslo. Luego me puso una mano en la rabadilla, por debajo de la camisa. Sentir el roce de su piel en la mía me mareó, pero no me debilito. Me sentía más fuerte que nunca.
– Te extrañé – él susurró contra mi cuello – Dios sabe que te extrañe.
–  Gastón – No podía pensar en nada más que decir, sólo su nombre. Era como si no valiera la pena decir algo más.
Lo bese otra vez, esta vez más lentamente, y eso solo intensificó el beso. Sus dos manos presionado contra mi espalda ahora, nos sostuvo más firmes, y empecé a preguntarme cuánto más cerca podríamos estar, entonces recordé de lo que había sentido como cuando bebí su sangre.
– Espera – Di vuelta mi cabeza. Mi respiración se tornó demasiado agitada y no pude mirarlo a la cara – Tenemos que frenar.
Gastón cerró los ojos fuertemente, y luego asintió.
– Mamá está fuera – Él lo decía para sí mismo, no para mí – Mamá está fuera. Mamá está fuera. De acuerdo, eso me tranquiliza.
Nuestros ojos se encontraron y, a continuación, empezamos a reír realmente alto. Gastón se alejó de mí, lo suficiente como para que yo respirara normalmente de nuevo, pero me rodeó con sus manos herméticamente.
– Te ves hermosa.
– Acabo de ser perseguida por la calle. Probablemente parezco restos de un tren – Sabía que mi cabello estaba arrugado de muchas maneras, y mis pantalones vaqueros estaban llenos de polvo.
– Tienes que aprender a aceptar un cumplido, porque no voy a dejar de hacerlos –  Gastón levantó una de mis manos a su boca. Sus labios eran suaves contra mis nudillos. Fuera de la habitación oí la conversación entre los otros de la Cruz Negra, que hicieron más ruido.
– ¿Cuánto tiempo puedes quedarte?
– Hasta mañana por la tarde.
– Casi todo un día –  Él estaba tan contento que no pude hacer más que ruborizarme – Eso es increíble
– Sí, lo es – En la próxima semana, yo sabía, este breve período de tiempo iba a parecer nada. Pero por ahora se estiraba ante mí como un cielo infinito lleno de estrellas, y no quería pensar en lo que vendría después.
Eso lo estropearía. Lo que importaba estaba aquí y ahora.

lunes, 9 de julio de 2012

Capitulo Once, Primera Parte


Los Carnavales eran una auténtica locura. La música, las máscaras y el gentío se unían en una suerte de celebración desesperada que conseguía crear un ambiente inocentemente jubiloso y, al mismo tiempo, increíblemente sexual. Gastón dudaba que los turistas que llegaban en tropel para la ocasión comprendieran la finalidad de los Carnavales. La urgencia por hartarse de placeres antes de los cuarenta días de ayuno.
Deseoso de vivir la experiencia, Decidió pasear entre el gentío e incluso atrapó algunos collares lanzados desde una de las terrazas. La música y las risas resonaban en sus oídos.
Se dijo que la visión de los pechos desnudos que dos jovencitas, fieles a la tradición, mostraron levantándose la blusa, le resultaría menos alarmante después de un par de copas.
Como también que una completa desconocida le obsequiara con un beso de tornillo. La lengua que actualmente invadía su boca transmitía el dulzor de muchos huracanes y la feliz lujuria de la embriaguez.
—Gracias —dijo cuando consiguió despegarse.
—Vuelve aquí—gritó la mujer enmascarada—. Laizzez les bon temps rouler!
Gastón no quería dejarse llevar cuando eso implicaba lenguas extrañas invadiendo su boca, de modo que se perdió en la multitud.
A lo mejor se estaba haciendo viejo, pensó, o quizá fuera su educación bostoniana, pero quería encontrar un lugar donde poder sentarse y observar la fiesta sin sufrir su acoso.
Las puertas de Et Trois estaban abiertas de par en par y el fragor interior se mezclaba con el de la calle. Tuvo que abrirse paso entre los juerguistas que ocupaban la acera y los que abarrotaban el local para hacerse un sitio en la barra.
El bar rebosaba de humo, música y golpes de pie sobre la madera de la pista de baile. En el escenario, un violinista tocaba con tal pasión que a Gastón no le habría sorprendido que el arco se incendiara.
Rocío estaba sirviendo una cerveza a presión con una mano y un chupito de bourbon con la otra. Los otros dos camareros estaban igual de atareados y Gastón contó cuatro camareras atendiendo las mesas.
Sus cangrejos le sonrieron desde detrás de la barra y se puso absurdamente contento.
—Cerveza y chupito —dijo Rocío entregando los vasos a unas manos que aguardaban. Al ver a Gastón, levantó un dedo y sirvió a tres clientes más mientras se iba acercando—. ¿Qué te apetece, monada?
—Tú. Tienes el local a tope, tanto dentro como en la acera.
—Banquette —le corrigió Rocío—. Aquí la llamamos banquette. —Se había recogido el pelo con collares de cuentas moradas y doradas. La llavecita de plata estaba bañada de sudor—. Puedo servirte una copa, cher, pero ahora mismo no puedo hablar.
—¿Te echo una mano?
Rocío se apartó un mechón de la cara.
—¿Conque?
—Con lo que sea.
Alguien se escurrió a codazos y pidió a gritos un Tequila Sunrise y una cerveza a presión.
Rocío alcanzó la botella de tequila y se volvió para servir la cerveza.
—¿Sabes recoger mesas, universitario?
—Puedo aprender.
—¿Ves a la camarera pelirroja? Es Marcella. Dile que te he contratado y que te diga lo que puedes hacer.
A medianoche. Gastón calculó que había trasladado media tonelada de vasos y botellas a la cocina y vaciado en colillas el equivalente a Mount Rainier.
Su culo había recibido pellizcos, caricias y miradas devoradoras. ¿Qué les pasaba a las mujeres con los traseros masculinos? Alguien debería estudiar ese fenómeno.
Había perdido la cuenta de las propuestas y no quería volver a pensar en la enorme mujer que se lo había subido al regazo.
Fue como si le hubieran asfixiado con una almohada de doscientos kilos empapada de whisky.
Para cuando dieron las dos no daba crédito a la capacidad del cuerpo humano para el vicio y ya había modificado la idea que tenía de la aptitud y la resistencia que requerían los trabajos relacionados con la restauración.
Logró sesenta y tres dólares con ochenta centavos de propina y prometió que quemaría sus ropas a la primera oportunidad.
El local seguía en plena forma a las tres y Gastón llegó a la conclusión de que Rocío no le había estado evitando. Y si lo había hecho, había tenido una excusa razonable.
—¿A qué hora cierras? —le preguntó mientras llevaba otra bandeja a la cocina.
—Cuando la gente se vaya. —Rocío vació dos botellas de cerveza en sendos vasos de plástico.
—¿Y lo hace?
Ella esbozó una sonrisa distraída mientras examinaba a la multitud.
—Durante los Carnavales, no mucho. ¿Por qué no te vas a casa, cher? Todavía tenemos una hora por delante, como mínimo.
—Me quedo.
Gastón llevó los vasos a la cocina y regresó justo a tiempo de ver a tres tipos muy ebrios —muchachos, observó— tratando de ligar con Rocío.
Ella los estaba manejando bien, pero el trío no quería darse por vencido.
—Si quieren durar hasta el último día, tienen que bajar un poco el ritmo. —Sirvió tres cervezas en vasos de plástico—. ¿No estarán pensando en conducir?
—Diantre, no. —El que llevaba puesta una camiseta de la Universidad de Michigan bajo una avalancha de collares se inclinó hacia delante. Demasiado—. Tenemos una casa en Royal. ¿Por qué no te vienes conmigo, nena? Podríamos zambullirnos desnudos en el jacuzzi.
—Muy tentador, cher, pero estoy muy ocupada.
—Yo te daré algo más de qué ocuparte —dijo él, y agarrándose la entrepierna consiguió que sus compañeros lo vitorearan.
Gastón se acercó y posó una mano de dueño sobre el hombro de Rocío.
—Estás intentando ligar con mi chica. —Notó que el hombro de Rocío se tensaba y vio desafío en los ojos del muchacho de Michigan.
Bajo otro estado, pensó Gastón mientras calculaba las medidas —metro ochenta y cinco, ochenta y cinco kilos—, quizá ese muchacho se hiciera la cama cada mañana y visitara a mujeres ancianas. Quizá rescatara a gatitos y cachorros. Pero ahora mismo estaba borracho, excitado y estúpido.
Para demostrarlo, Michigan enseñó los dientes.
—¿Por qué no te vas a joder a otra parte? ¿O prefieres vértelas conmigo fuera?
La voz de Gastón se tornó afable.
—¿Por qué iba a querer pelearme contigo cuando lo único que estás haciendo es admirar mi gusto? Espectacular, ¿no te parece? Si no hubieras intentado ligártela, habría pensado que estás demasiado borracho para ver con claridad.
—Veo estupendamente, gilipollas.
—Exacto. ¿Qué tal si los invito a ti y a tus amigos? Cariño, ponles unas cervezas a mi cuenta. —Gastón se inclinó sobre el mostrador y señaló la camiseta—. ¿Vacaciones de primavera? ¿Qué estás estudiando?
Estupefacto y ebrio, Michigan parpadeó.
—¿Yati que timpodta?
—Mera curiosidad. —Gastón acercó un cuenco de galletas saladas y picó una—. Tengo una prima que enseña en el departamento de inglés. Eileen Brennan. A lo mejor la conoces.
—¿La profesora Brennan es tu prima? —La agresividad del muchacho cedió el paso a la camaradería—. El semestre pasado estuvo a punto de catearme.
—Es muy severa. Siempre me ha dado miedo. Si la ves, salúdala de parte de Gas. Toma, tu cerveza.
Eran más de las cuatro cuando Rocío abrió la puerta de su apartamento.
—Has sabido manejar a esos crios, cher. Lo hiciste tan bien que no te echaré una bronca por lo de «mi chica».
—Eres mi chica, lo que pasa es que todavía no lo sabes. Además, era un caso fácil. Mi prima Eileen es famosa en la Universidad de Michigan. Eran muchas las probabilidades de que ese muchacho la conociera.
—Otros hombres habrían enseñado los músculos. —Rocío dejó las llaves—. Habrían salido a la calle y rodado por el suelo para comprobar quién tenía la polla más grande.—Cansada, procedió a quitarse los collares del pelo mientras miraba a Gastón—. Supongo que el abogado que llevas dentro te mantiene fuera de líos.
—El muchacho no tenía más de veintidós años.
—Cumplió veintiuno en enero. Les pedí el carnet.
—No me peleo con niños. Además, detesto el efecto de los nudillos en mi cara. Duelen mucho. —Gastón le levantó el mentón. Rocío parecía agotada—. Un día largo, ¿eh?
—Y lo que me espera hasta el miércoles. Gracias por tu ayuda, cielo. Te has portado como un caballero.
Más aún, pensó Rocío. Gastón se había zambullido en la onda de su bar y había dado el callo. Había seducido a los clientes, había tolerado manos largas y evitado una situación potencialmente fea utilizando su ingenio en lugar de su ego.
Cuanto más lo conocía, pensó, más había por conocer.
Extrajo un sobre del bolsillo trasero de su pantalón.
—¿Qué es?
—Tu paga.
—Rocío, no quiero tu dinero,
—Tú trabajas, yo te pago. No acepto invitaciones. —Le puso el sobre en la mano—. Pero en negro, que ahora no tengo ganas de papeleo.
—Vale, lo acepto. —Gastón se guardó el dinero en el bolsillo. Simplemente le compraría algo.
—Supongo que ahora debería darte una buena propina. —Rocío le rodeó el cuello con los brazos y apretó su cuerpo contra el de él. Sin cerrar los ojos, le mordisqueó lentamente el labio hasta besarlo.
Gastón descendió las manos por los costados del cuerpo de ella y la levantó por las caderas hasta que las piernas le rodearon la cintura.
—Tienes que descansar los pies.
—Ay, sí, mmm.
Le acarició el cuello con la nariz, subió hasta la oreja y regresó a la boca al tiempo que la trasladaba al dormitorio.
—¿Sabes lo que voy a hacer?
El deseo de Rocío hervía a fuego bajo ante el inenarrable placer de liberar sus doloridos pies.
—Creo que me hago una idea.
La dejó sobre la cama y casi pudo notar su suspiro de alivio. Le quitó un zapato.
—Voy a darte algo que todas las mujeres desean.
Arrojó el zapato, se encaramó a la cama y le quitó el otro.
Pese al cansancio, la cara de ella se volvió maliciosa.
—¿Rebajas en Saks?
—Mejor aún. —Le pasó un dedo por el arco del pie—. Un masaje en los pies.
—¿Un qué?
Sonriendo, Gastón le dobló un pie, le frotó los dedos y vio cómo los ojos de ella se nublaban de placer.
—Mmmm, Gastón, tienes unas manos mágicas.
—Relájate y disfruta. El tratamiento de reflexología Dalmau es famoso en todo el mundo. También ofrecemos masajes de cuerpo entero.
—No me cabe duda.
Lo peor del dolor había empezado a amainar. Cuando Gastón alcanzó las pantorrillas, los agotados músculos temblaron con una mezcla de dolor y placer.
—¿Te tomarás unas vacaciones después de Carnaval?
Ella estaba flotando, pero trató de concentrarse en la voz de él.
—Sí, el Miércoles de Ceniza.
—Vaya, qué gandula. —Gastón le besó despreocupadamente la rodilla—. Vamos a desvestirte.
Le desabotonó los vaqueros. Ella levantó las caderas y se estiró perezosamente. Probablemente, se dijo él, no era consciente de que tenía la voz ronca y arrastraba las palabras.
—¿Qué más piensas frotarme, cher?
Él se permitió acariciarle los senos, disfrutar de su reacción. Ella hundió los dedos en su pelo, fue al encuentro de sus labios. Él le tiró de la camiseta hacia arriba y desabrochó la presilla frontal del sujetador. Descendió a besos hasta el pecho mientras ella arqueaba el cuerpo.
Entonces la giró sobre el estómago. Ella gimió y se derritió cuando él le frotó el cuello.
—Lo que imaginaba —dijo Gastón—. Concentras toda la tensión aquí, como yo.
—Mmm, Jesús. —Si pudiera pedir un deseo en ese momento, pediría que él siguiera haciendo lo que estaba haciendo durante una semana—. Podrías ganarte la vida con esto.
—Siempre ha sido mi profesión de repuesto. Tienes algunos nudos importantes. El doctor Gas va a dejarte como nueva.
—Me encanta jugar a médicos.
Esperó a que él cambiara el tono, a que sus manos se volvieran exigentes. Era un encanto, pensó medio adormilada, pero también era hombre.
Echaría un sueñecito hasta que él la despabilara.


Cuando despertó, el sol entraba por las ventanas. Una ojeada borrosa al despertador le dijo que eran las diez y veinte. Ya era de día, pensó sorprendida. ¿Cómo había ocurrido?
Estaba arropada en la cama con el mismo esmero que si la hubiera arropado su abuela. Arropada y sola.
Giró sobre su espalda, se desperezó y bostezó. Entonces, con cierto asombro, se percató de que nada le dolía. Ni el cuello, ni los pies, ni la espalda.
El doctor Gas, musitó, había hecho un buen trabajo. Y probablemente se fue enfurruñado porque ella no le había pagado sus honorarios. No podía reprochárselo, pues la había tratado con suma dulzura y ella no había hecho otra cosa que el muerto.
Tendría que compensarle, pensó mientras se levantaba para poner en marcha la cafetera antes de dirigirse a la ducha.                    
Entró en la cocina y contempló la jarra llena de café y la nota apoyada en ella. Arrugando la frente, alzó la nota y encendió de nuevo la cafetera mientras leía.

He tenido que irme. Esta mañana vienen los de la encimera. Como no sabía a qué hora ibas a levantarte, no quise dejar la cafetera encendida. El café está hecho a las siete y diez. Por cierto, estás muy bonita cuando duermes.
Te llamaré luego.

GASTÓN


—Qué extraño eres —murmuró Rocío martilleando la nota con los dedos—. Me tienes desconcertada.