domingo, 5 de agosto de 2012

Capitulo Vi, Tercera Parte


—Lo que debería darte una pista de cómo va a seguir vuestra relación —dijo Mery, encaminándose hacia el espejo para comprobar su pelo—. Gastón tiene una especie de aversión, no tan secreta, por la intimidad causada por una enfermiza relación con nuestra madre retrasada, no llorada.
—¡Vas a callarte!
Mery se colocó el flequillo.
—Él va dando tumbos de acá para allá entre chicas bonitas y tontas, en lugar de verdaderas mujeres seguras de sí mismas y con materia gris, porque es el tipo que él naturalmente prefiere. Pero la palabra clave aquí es compromiso. Él es cómo el Triángulo de las Bermudas en lo que se refiere a las relaciones comprometidas. Siéntete afortunada si logras descubrirlo pronto.
—¡Vas a marcharte de una maldita vez! —él habló antes de que Rochi tuviese posibilidad de aclarar su relación.
—No hasta que me prometas qué irás a Wynette. Papá está planificando la boda mientras estés suspendido para estar seguro que puedes asistir.
—Acabas de decir que Phillip y tú habéis terminaron la relación.
—¡Sabes de sobra que no estoy hablando de mi maldita boda!. Hablo de Benjamín O'Conner.
—¿Cómo van a celebrar esa boda sin tu cooperación? —él batió la toalla por todas partes de su cuello y la echó a un lado.
—Eso es fácil de decir, papá ha puesto mucha presión sobre mí. Me ha dado treinta días para conseguir el anillo de Benjamín en mi dedo o cancela todas mis tarjetas de crédito. ¿Cómo voy a pagar entonces la manutención de mis bichos y mis gastos?
—Estás exagerando —Gastón se dirigió a su vestidor.
—No esta vez —su voz se puso triste y desalentada—. Tal vez simplemente debería casarme con Benjamín. Eso y divorciarme es lo único que hago realmente bien.
—Deja de sentir lástima de ti misma.
—¿Crees que te molestaría así si no estuviera desesperada? —replicó coléricamente—. Esos emús crecen todo el tiempo, y cuesta una fortuna alimentarlos. Papá alguna vez se había quejado, si, pero hasta ahora no había amenazado con echarlos.
—Si hubieras enviado a esas aves al gran pasto en el cielo de emús que te recomendé, esto no habría ocurrido.
—¡No podía hacer eso, y lo sabes!
Rochi estaba por ahora distraída de su sufrimiento.
—¿Emús?
—Se parecen a las avestruces salidas de revolcarse en el hollín de la chimenea —le explicó Gastón—. El pájaro más feo que puedas llegar a ver en tu vida.
—¡No lo son! —protestó Mery. Luego ella se encogió de hombros—. Bien. Tal vez no sean muy bonitos, pero son muy dulces.
—Y ahí radica el problema —Gastón habló con su acento arrastrado—. Mi hermana, la empresaria genio, se empeñó en criar emús hace unos años cuando se hablaba de lo rentable que sería, ya que están poco en tierra y se pensaba que podría haber un mercado enorme de productos de emús.
—Necesitaba algo para distraerme mientras mi matrimonio se deshacía —le interrumpió Mery—. Y su grasa tiene propiedades excepcionales de sanación. Es lo que usan para tratar lesiones en la NFL. Más, la carne del emú tiene más proteínas, la mitad de calorías, y menos grasa que la carne roja, pero sabe exactamente igual.
—¿Cómo sabes eso, si nunca has comido emú en tu vida?
—Comí un día.
Él bufó.
—Desafortunadamente, el mercado del emú ha tardado en materializarse. No es que esto hubiera significado alguna diferencia para mi hermana, porque las pocas veces que ha tenido la posibilidad de vender uno o dos pájaros, las ha rechazado.
Ella se giró hacía Rochi.
—Siempre que pensaba que los matarían, no lo podía soportar. Traté de vender pares criadores, pero nadie los compra estos días.
—Ahora tiene que alimentar un rebaño creciente de emús que nadie quiere.
—Es un tipo de pesadilla existencialista —dio un suspiro profundo, y su boca se curvó—. Por otra parte, la vida siempre tiene su lado brillante, y al menos no tengo un tatuaje de la Estrella Solitaria en mi brazo.
Rochi bajó la mirada al horrible tatuaje y se estremeció. Tendría que ponerse manga larga el resto de su vida.
Su cabeza borrosa, el trauma del tatuaje, y la fuerza de la invasión de Mery en el dormitorio de Gastón la habían librado de procesar el contenido de su conversación, pero ahora comenzó a absorberlo.
—¿Estás diciendo que tu padre está tratando de obligarte a casarte con alguien que te desagrada?
—O me cancela las tarjetas para pagar el pienso, sin mencionar algunas otras necesidades menores como ropas decentes y el dinero de la gasolina. Mi papito y el padre de Benjamín me tienen atrapada. No pueden pensar en otro modo de solucionar sus problemas que no sea una fusión entre Benjamín y yo...Una anexión.
—¿Fusión?
Gastón salió del vestidor, todavía con el pecho desnudo, cerrando la cremallera de unos chinos.
—Nuestro padre posee DCS, Dalmau Computer Systems. Tiene la sede en Wynette. El padre de Benjamín posee Com Nacional, su competidor más feroz. Su planta principal está en Austin, pero él construyó una más pequeña de investigación y desarrollo en Wynette solamente para controlar a mi padre. Las dos empresas han estado luchando entre ellas desde los años setenta, usando cualquier truco sucio para quedar por encima de la otra. Lamentablemente, estaban tan preocupados de fastidiarse entre ellos, que descuidaron a otras jóvenes empresas que se han subido a sus barbas. Ahora tanto DCS como Com Nacional están en problemas, y el único modo que puedan sobrevivir es fusionarse. Si esto pasa, serán bastante invencibles.
Rochi negó con la cabeza.
—Todavía no entiendo que tiene esto que ver con Mery. Las compañías se anexionan todo el tiempo sin necesidad de bodas para hacerlo, especialmente cuando los padres se odian mutuamente.
—No estas dos compañías —dijo él, sacando una camisa azul de chambray del vestidor—. Han hecho negocios turbios en más de una ocasión, no sólo profesionales. Ahora ninguno confía en el otro, pero ambos quieren la fusión.
—Así que soy el chivo expiatorio para mantener eso unido —Mery extrajo un paquete de cigarrillos de su bolso, sólo para hacer que Gastón se lo quitara de un tirón y los tirara en la papelera.
Rochi se sintió desorientada. ¿Había una epidemia de matrimonios-por-chantaje en el mundo Occidental? ¿Cómo había resultado que ella había logrado encontrar a otra mujer en una situación similar? Parecía demasiado extraño para ser una coincidencia, y la imagen de Eugenia Suárez Riera entró en su mente. Pero esto no tenía sentido. Eugenia podría saber del dilema de Mery, pero no sabía nada del suyo.
Necesitaba estar sola para poder pensar, y se levantó del borde de la cama.
—Si me perdonáis, voy a darme una ducha, y luego necesito regresar al hotel.
Media hora más tarde salió del dormitorio y se dirigió abajo con el vestido corto que había llevado anoche, y la camiseta de Gastón puesta encima para ocultar el horrible tatuaje. Pensar en pasar toda su vida con una bandera de la Estrella Solitaria a su brazo era bastante malo, pero tener la palabra Gastón permanentemente grabado en su piel era insoportable.
Gastón y Mery estaban sentados en el banco de la cocina bebiendo café y comiendo rosquillas. Mery señaló con la uña la caja abierta.
—¿Quieres una rosquilla, Rochi? Hay algunas con nata que tu amante aún no ha devorado.
—Él no es mi amante, y pienso que café es todo lo que puedo soportar por el momento.
—¿Si no es tu amante, por qué estabas desnuda en su cama?
—Fue un accidente. No nos acostamos juntos. Él sólo es mi chófer.
—¿Tu chófer? ¿Gastón, es eso cierto?
Él se lo explicó, aunque, en opinión de Rochi, puso un énfasis innecesariamente negativo en sus habilidades de liderazgo.
Cuándo él terminó, Mery dijo:
—Así que eres realmente una Lady.
—Sí, pero no uso el título.
—Yo seguro como que hay infierno que lo usaría si tuviera uno.
—No hace falta que lo digas —Gastón miró a Rochi—. Lo sabemos.
Rochi se dio por vencida.
—Wynette no está lejos de Austin, Rocío —Mery se levantó del banco con la gracia de un lince y fue al fregadero para aclarar sus dedos pegajosos—.Y es una ciudad muy agradable. Mientras estás en Texas, ¿por qué no ves cómo viven los habitantes del país en lugar de visitar sólo las rutas turísticas? Gastón puede llevarte a la biblioteca UT siempre que quieras, y San Antonio no esto lejos tampoco. ¿Qué dices? Como un gesto de solidaridad femenina, ¿me complacerías visitando Wynette?
—Ella no tiene nada que ver con esto —respondió Gastón, claramente irritado.
Rochi pensó en ello. A pesar de lo que a todos les decía, su objetivo principal en venir a Texas no era hacer la investigación. Mientras tuviera el acceso a las bibliotecas que necesitaba, podría terminar esto en pocos días.
Mucho más importante era la tarea de echar una sombra sobre su reputación, y podría hacer eso tan fácilmente en Wynette como en otra parte. Además, estar acompañada por una mujer tan escandalosa como Mery Dalmau debería contrariar a Hugh. Y podría ser más fácil para el detective de Beddington seguirle la pista en una ciudad pequeña. Tenía que admitir que la idea de tener su base en Wynette era más atractiva que quedarse en un hotel impersonal de una ciudad a otra.
—Bien. Sí, supongo que podría hacerlo.
—No —dijo Gastón—. Seguro que no.
—Simplemente piensa en nuestra madrastra —le dijo Mery—. Se va a mear en las bragas teniendo un verdadero miembro vivo de la aristocracia británica en la ciudad.
—Mayor razón aún para mantenerse alejado —replicó él.
La expresión de Mery se puso reservada.
—¿Tengo que recordarte una cierta mañana navideña durante nuestra niñez cuándo nuestra madre te obsequió con un valor de mil dólares en regalos, pero sin embargo a mi no me compró nada?
Rochi se enderezó.
—¿Por qué hizo eso?
Gastón lanzó a su hermana una mirada exasperada.
—He pasado los últimos diecisiete años tratando de compensar nuestra infancia disfuncional, y tú no haces más que ponerme obstáculos de culpa.
—O tal vez debería recordar el día aquel que me compré una gran galleta de Minnie Mouse con mi asignación. Tenía aquellas pequeñas y pegajosas orejas y un lazo en la parte superior. ¿Recuerdas el jaleo que montaste porque la querías, y cómo ella me pegó una bofetada cuando rechacé dártela? Te pusiste delante de mí y te la comiste toda mientras yo miraba.
Él se sobresaltó.
—¡Mery, todo el mundo sabe que ella estaba chiflada y yo era un niño malcriado!
—Me acuerdo de que dejaste un trozo del lazo encima de la mesa para después.
—Mery... —su voz tenía un tono de advertencia.
—Pero en lugar de dármelo, lo tiraste.
—¡Bien! ¡Tú ganas, maldición! Pero esto va en contra de mi mejor juicio.
Por un momento Mery pareció casi frágil. Luego pasó un brazo alrededor de su cuello y presionó sus labios en su mejilla.
—Gracias, bubba. Te debo una.
—Me debes más de una —suspiró él—. Pero me temo que nunca me pondré al corriente.

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