—Lo que debería darte una
pista de cómo va a seguir vuestra relación —dijo Mery, encaminándose hacia el
espejo para comprobar su pelo—. Gastón tiene una especie de aversión, no tan
secreta, por la intimidad causada por una enfermiza relación con nuestra madre
retrasada, no llorada.
—¡Vas a callarte!
Mery se colocó el flequillo.
—Él va dando tumbos de acá
para allá entre chicas bonitas y tontas, en lugar de verdaderas mujeres seguras
de sí mismas y con materia gris, porque es el tipo que él naturalmente
prefiere. Pero la palabra clave aquí es compromiso. Él es cómo el Triángulo de
las Bermudas en lo que se refiere a las relaciones comprometidas. Siéntete
afortunada si logras descubrirlo pronto.
—¡Vas a marcharte de una
maldita vez! —él habló antes de que Rochi tuviese posibilidad de aclarar su
relación.
—No hasta que me prometas
qué irás a Wynette. Papá está planificando la boda mientras estés suspendido
para estar seguro que puedes asistir.
—Acabas de decir que Phillip
y tú habéis terminaron la relación.
—¡Sabes de sobra que no
estoy hablando de mi maldita boda!. Hablo de Benjamín O'Conner.
—¿Cómo van a celebrar esa
boda sin tu cooperación? —él batió la toalla por todas partes de su cuello y la
echó a un lado.
—Eso es fácil de decir, papá
ha puesto mucha presión sobre mí. Me ha dado treinta días para conseguir el
anillo de Benjamín en mi dedo o cancela todas mis tarjetas de crédito. ¿Cómo
voy a pagar entonces la manutención de mis bichos y mis gastos?
—Estás exagerando —Gastón se
dirigió a su vestidor.
—No esta vez —su voz se puso
triste y desalentada—. Tal vez simplemente debería casarme con Benjamín. Eso y
divorciarme es lo único que hago realmente bien.
—Deja de sentir lástima de
ti misma.
—¿Crees que te molestaría
así si no estuviera desesperada? —replicó coléricamente—. Esos emús crecen todo
el tiempo, y cuesta una fortuna alimentarlos. Papá alguna vez se había quejado,
si, pero hasta ahora no había amenazado con echarlos.
—Si hubieras enviado a esas
aves al gran pasto en el cielo de emús que te recomendé, esto no habría ocurrido.
—¡No podía hacer eso, y lo
sabes!
Rochi estaba por ahora
distraída de su sufrimiento.
—¿Emús?
—Se parecen a las avestruces
salidas de revolcarse en el hollín de la chimenea —le explicó Gastón—. El
pájaro más feo que puedas llegar a ver en tu vida.
—¡No lo son! —protestó Mery.
Luego ella se encogió de hombros—. Bien. Tal vez no sean muy bonitos, pero son
muy dulces.
—Y ahí radica el problema —Gastón
habló con su acento arrastrado—. Mi hermana, la empresaria genio, se empeñó en
criar emús hace unos años cuando se hablaba de lo rentable que sería, ya que
están poco en tierra y se pensaba que podría haber un mercado enorme de
productos de emús.
—Necesitaba algo para
distraerme mientras mi matrimonio se deshacía —le interrumpió Mery—. Y su grasa
tiene propiedades excepcionales de sanación. Es lo que usan para tratar
lesiones en la NFL. Más, la carne del emú tiene más proteínas, la mitad de
calorías, y menos grasa que la carne roja, pero sabe exactamente igual.
—¿Cómo sabes eso, si nunca
has comido emú en tu vida?
—Comí un día.
Él bufó.
—Desafortunadamente, el
mercado del emú ha tardado en materializarse. No es que esto hubiera
significado alguna diferencia para mi hermana, porque las pocas veces que ha
tenido la posibilidad de vender uno o dos pájaros, las ha rechazado.
Ella se giró hacía Rochi.
—Siempre que pensaba que los
matarían, no lo podía soportar. Traté de vender pares criadores, pero nadie los
compra estos días.
—Ahora tiene que alimentar
un rebaño creciente de emús que nadie quiere.
—Es un tipo de pesadilla
existencialista —dio un suspiro profundo, y su boca se curvó—. Por otra parte,
la vida siempre tiene su lado brillante, y al menos no tengo un tatuaje de la
Estrella Solitaria en mi brazo.
Rochi bajó la mirada al
horrible tatuaje y se estremeció. Tendría que ponerse manga larga el resto de
su vida.
Su cabeza borrosa, el trauma
del tatuaje, y la fuerza de la invasión de Mery en el dormitorio de Gastón la
habían librado de procesar el contenido de su conversación, pero ahora comenzó
a absorberlo.
—¿Estás diciendo que tu
padre está tratando de obligarte a casarte con alguien que te desagrada?
—O me cancela las tarjetas
para pagar el pienso, sin mencionar algunas otras necesidades menores como
ropas decentes y el dinero de la gasolina. Mi papito y el padre de Benjamín me
tienen atrapada. No pueden pensar en otro modo de solucionar sus problemas que
no sea una fusión entre Benjamín y yo...Una anexión.
—¿Fusión?
Gastón salió del vestidor,
todavía con el pecho desnudo, cerrando la cremallera de unos chinos.
—Nuestro padre posee DCS, Dalmau
Computer Systems. Tiene la sede en Wynette. El padre de Benjamín posee Com
Nacional, su competidor más feroz. Su planta principal está en Austin, pero él
construyó una más pequeña de investigación y desarrollo en Wynette solamente
para controlar a mi padre. Las dos empresas han estado luchando entre ellas
desde los años setenta, usando cualquier truco sucio para quedar por encima de
la otra. Lamentablemente, estaban tan preocupados de fastidiarse entre ellos,
que descuidaron a otras jóvenes empresas que se han subido a sus barbas. Ahora
tanto DCS como Com Nacional están en problemas, y el único modo que puedan
sobrevivir es fusionarse. Si esto pasa, serán bastante invencibles.
Rochi negó con la cabeza.
—Todavía no entiendo que
tiene esto que ver con Mery. Las compañías se anexionan todo el tiempo sin
necesidad de bodas para hacerlo, especialmente cuando los padres se odian
mutuamente.
—No estas dos compañías
—dijo él, sacando una camisa azul de chambray del vestidor—. Han hecho negocios
turbios en más de una ocasión, no sólo profesionales. Ahora ninguno confía en
el otro, pero ambos quieren la fusión.
—Así que soy el chivo
expiatorio para mantener eso unido —Mery extrajo un paquete de cigarrillos de
su bolso, sólo para hacer que Gastón se lo quitara de un tirón y los tirara en
la papelera.
Rochi se sintió
desorientada. ¿Había una epidemia de matrimonios-por-chantaje en el mundo
Occidental? ¿Cómo había resultado que ella había logrado encontrar a otra mujer
en una situación similar? Parecía demasiado extraño para ser una coincidencia,
y la imagen de Eugenia Suárez Riera entró en su mente. Pero esto no tenía
sentido. Eugenia podría saber del dilema de Mery, pero no sabía nada del suyo.
Necesitaba estar sola para
poder pensar, y se levantó del borde de la cama.
—Si me perdonáis, voy a
darme una ducha, y luego necesito regresar al hotel.
Media hora más tarde salió
del dormitorio y se dirigió abajo con el vestido corto que había llevado
anoche, y la camiseta de Gastón puesta encima para ocultar el horrible tatuaje.
Pensar en pasar toda su vida con una bandera de la Estrella Solitaria a su
brazo era bastante malo, pero tener la palabra Gastón permanentemente grabado
en su piel era insoportable.
Gastón y Mery estaban
sentados en el banco de la cocina bebiendo café y comiendo rosquillas. Mery
señaló con la uña la caja abierta.
—¿Quieres una rosquilla, Rochi?
Hay algunas con nata que tu amante aún no ha devorado.
—Él no es mi amante, y
pienso que café es todo lo que puedo soportar por el momento.
—¿Si no es tu amante, por
qué estabas desnuda en su cama?
—Fue un accidente. No nos
acostamos juntos. Él sólo es mi chófer.
—¿Tu chófer? ¿Gastón, es eso
cierto?
Él se lo explicó, aunque, en
opinión de Rochi, puso un énfasis innecesariamente negativo en sus habilidades
de liderazgo.
Cuándo él terminó, Mery
dijo:
—Así que eres realmente una
Lady.
—Sí, pero no uso el título.
—Yo seguro como que hay
infierno que lo usaría si tuviera uno.
—No hace falta que lo digas
—Gastón miró a Rochi—. Lo sabemos.
Rochi se dio por vencida.
—Wynette no está lejos de
Austin, Rocío —Mery se levantó del banco con la gracia de un lince y fue al
fregadero para aclarar sus dedos pegajosos—.Y es una ciudad muy agradable.
Mientras estás en Texas, ¿por qué no ves cómo viven los habitantes del país en
lugar de visitar sólo las rutas turísticas? Gastón puede llevarte a la
biblioteca UT siempre que quieras, y San Antonio no esto lejos tampoco. ¿Qué
dices? Como un gesto de solidaridad femenina, ¿me complacerías visitando Wynette?
—Ella no tiene nada que ver
con esto —respondió Gastón, claramente irritado.
Rochi pensó en ello. A pesar
de lo que a todos les decía, su objetivo principal en venir a Texas no era
hacer la investigación. Mientras tuviera el acceso a las bibliotecas que
necesitaba, podría terminar esto en pocos días.
Mucho más importante era la
tarea de echar una sombra sobre su reputación, y podría hacer eso tan
fácilmente en Wynette como en otra parte. Además, estar acompañada por una
mujer tan escandalosa como Mery Dalmau debería contrariar a Hugh. Y podría ser
más fácil para el detective de Beddington seguirle la pista en una ciudad
pequeña. Tenía que admitir que la idea de tener su base en Wynette era más
atractiva que quedarse en un hotel impersonal de una ciudad a otra.
—Bien. Sí, supongo que
podría hacerlo.
—No —dijo Gastón—. Seguro
que no.
—Simplemente piensa en
nuestra madrastra —le dijo Mery—. Se va a mear en las bragas teniendo un
verdadero miembro vivo de la aristocracia británica en la ciudad.
—Mayor razón aún para
mantenerse alejado —replicó él.
La expresión de Mery se puso
reservada.
—¿Tengo que recordarte una
cierta mañana navideña durante nuestra niñez cuándo nuestra madre te obsequió
con un valor de mil dólares en regalos, pero sin embargo a mi no me compró
nada?
Rochi se enderezó.
—¿Por qué hizo eso?
Gastón lanzó a su hermana
una mirada exasperada.
—He pasado los últimos
diecisiete años tratando de compensar nuestra infancia disfuncional, y tú no
haces más que ponerme obstáculos de culpa.
—O tal vez debería recordar
el día aquel que me compré una gran galleta de Minnie Mouse con mi asignación.
Tenía aquellas pequeñas y pegajosas orejas y un lazo en la parte superior.
¿Recuerdas el jaleo que montaste porque la querías, y cómo ella me pegó una
bofetada cuando rechacé dártela? Te pusiste delante de mí y te la comiste toda
mientras yo miraba.
Él se sobresaltó.
—¡Mery, todo el mundo sabe
que ella estaba chiflada y yo era un niño malcriado!
—Me acuerdo de que dejaste
un trozo del lazo encima de la mesa para después.
—Mery... —su voz tenía un
tono de advertencia.
—Pero en lugar de dármelo,
lo tiraste.
—¡Bien! ¡Tú ganas,
maldición! Pero esto va en contra de mi mejor juicio.
Por un momento Mery pareció
casi frágil. Luego pasó un brazo alrededor de su cuello y presionó sus labios
en su mejilla.
—Gracias, bubba. Te debo
una.
—Me debes más de una
—suspiró él—. Pero me temo que nunca me pondré al corriente.
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