Estaba segura de
haberse tranquilizado para cuando puso rumbo a Ordóñez Hall. Había estado a un
tris de cancelar la cena con Gastón, pero eso habría supuesto dar demasiada
importancia a su madre.
Eso habría supuesto
reconocer el dolor que le desgarraba el corazón pese a los cerrojos.
Necesitaba distraer
la mente y no lo conseguiría si se quedaba en casa dando vueltas a la cabeza.
La noche pasaría, lentamente, y por la mañana Lilibeth habría desaparecido. De
su vida y de su mente.
La casa tenía un
aspecto diferente, pensó. Había experimentado pequeños cambios que la hacían
parecer más real. Le hacía bien contemplarla, concentrarse en ella, y pensar
que algunas cosas podían cambiar para mejor, con la percepción adecuada.
Con los años había
llegado a ver Ordóñez Hall como un lugar onírico, oculto en el pasado. Más aún,
pensó. Un lugar perteneciente al pasado.
Ahora, con los
tablones nuevos y sin pintar mezclados con los tablones viejos y pelados, con
unas ventanas lustrosas y otras cubiertas de polvo, la casa era una obra en
marcha.
Gastón la estaba
despertando a la vida.
Aunque los jardines
de delante se hallaban algo rezagados, tenían flores. Y Gastón había colocado
una enorme maceta con begonias en la terraza.
Seguro que las había
plantado él mismo, pensó Rocío mientras se dirigía a la puerta. Era un hombre
al que le gustaba cuidar las cosas. Sobre todo si las consideraba suyas.
Se preguntó si él la
veía como uno de sus proyectos en marcha. Probablemente. No sabía si la idea la
divertía o la irritaba.
Entró. Se dijo que si
dos personas habían dormido juntas un par de veces, las formalidades sobraban.
Primero aspiró el intenso
perfume de las azucenas que trasladaba el jardín al interior. Gastón había
comprado una mesa antigua muy bella, un par de sillas y, advirtió Rocío con una
sonrisa, una enorme vaca de cerámica para el vestíbulo.
Unos la encontrarían
descabellada y otros encantadora, pero ya nadie calificaría la vieja entrada de
anodina.
—¿Gastón? —Paseó por
el salón observando las nuevas adquisiciones. Entró en la biblioteca y se
descubrió caminando hacia los pesados candelabros que descansaban sobre la
repisa de la chimenea.
¿Por qué le temblaban
los dedos?, se preguntó mientras alargaba una mano hacia ellos. ¿Por qué esos
viejos candelabros le resultaban tan extrañamente familiares?
No tenían nada de
especial. Probablemente eran caros, pero demasiado recargados para su gusto.
Así y todo... sus dedos los acariciaron. Así y todo... quedaban muy bien allí,
tan bien que podía imaginar las velas blancas que confiaban en sostener una vez
más. Podía oler la cera derretida.
Temblorosa, dio un
paso atrás y abandonó la estancia.
Llamó a Gastón
mientras subía por la escalera. Al llegar al primer rellano la puerta oculta en
la pared se abrió de golpe. Ella y Gastón gritaron al unísono.
Con una risa ahogada,
Rocío se apretó el corazón y miró a Gastón. Tenía telarañas en el pelo y manchas
en la cara y las manos. La linterna le temblequeaba.
—Por Dios, cher, la
próxima vez pégame un tiro directamente.
—Lo mismo digo. —Gastón
soltó un suspiro y se mesó el pelo y las telarañas—. Acabo de envejecer cinco
años.
—Te llamé un par de
veces y al final decidí ir a por ti. —Rocío miró por encima del hombro de Gastón—.
¿Qué guardas ahí? ¿Pasadizos secretos?
—Dependencias del
servicio. Hay una puerta en cada planta, de modo que decidí echar un vistazo.
Es interesante, pero hay mucha porquería. —Se miró las manos—. ¿Por qué no te
sirves una copa? Entretanto iré a lavarme.
—Creo que serviré
dos. ¿Qué te apetece?
—Cerveza. —Gastón
estaba estudiando la cara de Rocío ahora que se había recuperado del susto—.
¿Qué te ocurre?
—Nada, salvo que me
has dado un susto de muerte.
—Estás disgustada. Te
lo noto.
Rocío intentó esbozar
una sonrisa sugerente.
—A lo mejor estoy
triste porque no me has dado un beso de bienvenida.
—A lo mejor todavía
no confías lo bastante en mí y piensas que solo busco pasarlo bien contigo. —Gastón
utilizó un nudillo para levantarle el mentón y la miró fijamente a los ojos
hasta que a ella empezaron a escocerle—. Pero te equivocas. Te quiero. —Aguardó
un instante. Al ver que no respondía, asintió con la cabeza—. Dame un minuto.
Rocío empezó a bajar.
A medio camino se detuvo y habló sin volver la cabeza.
—Gastón, no creo que
solo busques pasarlo bien conmigo, pero tampoco sé qué buscas en realidad.
—Rocío, tú eres lo
que he buscado toda mi vida.
No la presionó. Si
ella necesitaba fingir que no estaba disgustada, que así fuera. Salieron a dar
un paseo por los jardines de la parte de atrás mientras la noche caía.
—Durante todos estos
años la gente venía a esta casa, pero siempre se marchaba. Y aquí estás tú,
consiguiendo más en unos meses de lo que ha conseguido nadie desde que me
alcanza la memoria.
Rocío se volvió para
contemplar la casa. Todavía quedaba mucho por hacer. Pintura y carpintería.
Postigos nuevos aquí y allá. Pero ya no parecía... muerta, se dijo.
No sólo había
permanecido abandonada, había estado muerta hasta la llegada de Gastón.
—Le estás devolviendo
la vida, y no solo por el dinero y el trabajo invertidos.
—¿Podrías vivir aquí?
Los ojos de Rocío se llenaron
de pavor y miraron hacia otro lado. Él, sin embargo, mantuvo la mirada firme y
serena.
—Ya tengo un hogar.
—No te he preguntado
eso. Te he preguntado si podrías vivir aquí, si estarías cómoda o si la idea de
compartir la casa con... fantasmas o recuerdos, o como quieras llamarlos, te
molestaría.
—Si me molestara no
habría venido esta noche hasta aquí para que me dieras de cenar. Y hablando de
comida, ¿con qué piensas obsequiarme, cher?
—Voy a intentar un
atún a la parrilla. —Gastón extrajo el reloj del bolsillo—. De aquí a un ratito
—añadió tras consultar la hora.
Rocío contempló
hipnotizada el reloj. El estómago le tembló, como cuando vio los candelabros.
—¿De dónde lo has
sacado?
—Lo encontré en una
tienda. —Sorprendido, fascinado por el tono de su voz. Gastón alzó el reloj—.
¿Te resulta familiar?
—Hoy día no se ve a
muchos hombres utilizando esta clase de reloj.
—Supe que era mío en
cuanto lo vi. Creo que me lo compraste tú —dijo Gastón, y Rocío levantó
inopinadamente la cabeza—. Hace mucho tiempo. —Giró el reloj para que ella
pudiera leer la inscripción.
—Es de Ramiro. —Como
el instinto la empujaba a cerrar las manos, se obligó a extenderlas y acariciar
las letras—. Esto es realmente extraño, Gastón. ¿Crees que se lo regaló Valeria?
—Sí.
Rocío sacudió la
cabeza.
—¿No te parece
demasiado sencillo, demasiado evidente?
—¿Asesinato,
desesperación, suicidio, un siglo de almas errantes? —Gastón se encogió de
hombros y devolvió el reloj a su bolsillo—. A mí no me parece muy sencillo que
digamos. Pero creo, Rocío, que el amor puede ser lo bastante paciente para
esperar hasta que le llegue de nuevo la hora.
—Jesús, eres tan...
conmovedor. Cómo me irrita tener que ser la sensata en todo esto. Me gusta
estar contigo, Gastón.
Rocío jugó con la
llavecita que llevaba colgada del cuello mientras hablaba. Una costumbre, pensó
él, de la que probablemente ella no era consciente.
—Me gusta tu
compañía. Me gusta tu estilo. Y me gusta hacer el amor contigo. Es cuanto puedo
ofrecerte por ahora.
Él la abrazó.
—Lo acepto.
Ma encanta, me encanta!!! espero el proximoo!!!!
ResponderEliminar¿Hay hombres como Gastón? Quiero uno así!!! Jajaja Encima la muy tonta de Rocío se rehúsa a enamorarse de él
ResponderEliminarayyy gracias x subirr me encanta esta novela subi prontooooo besos
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