martes, 25 de diciembre de 2012

Capitulo Trece, Tercera Parte


Estaba segura de haberse tranquilizado para cuando puso rumbo a Ordóñez Hall. Había estado a un tris de cancelar la cena con Gastón, pero eso habría supuesto dar demasiada importancia a su madre.
Eso habría supuesto reconocer el dolor que le desgarraba el corazón pese a los cerrojos.
Necesitaba distraer la mente y no lo conseguiría si se quedaba en casa dando vueltas a la cabeza. La noche pasaría, lentamente, y por la mañana Lilibeth habría desaparecido. De su vida y de su mente.
La casa tenía un aspecto diferente, pensó. Había experimentado pequeños cambios que la hacían parecer más real. Le hacía bien contemplarla, concentrarse en ella, y pensar que algunas cosas podían cambiar para mejor, con la percepción adecuada.
Con los años había llegado a ver Ordóñez Hall como un lugar onírico, oculto en el pasado. Más aún, pensó. Un lugar perteneciente al pasado.
Ahora, con los tablones nuevos y sin pintar mezclados con los tablones viejos y pelados, con unas ventanas lustrosas y otras cubiertas de polvo, la casa era una obra en marcha.
Gastón la estaba despertando a la vida.
Aunque los jardines de delante se hallaban algo rezagados, tenían flores. Y Gastón había colocado una enorme maceta con begonias en la terraza.
Seguro que las había plantado él mismo, pensó Rocío mientras se dirigía a la puerta. Era un hombre al que le gustaba cuidar las cosas. Sobre todo si las consideraba suyas.
Se preguntó si él la veía como uno de sus proyectos en marcha. Probablemente. No sabía si la idea la divertía o la irritaba.
Entró. Se dijo que si dos personas habían dormido juntas un par de veces, las formalidades sobraban.
Primero aspiró el intenso perfume de las azucenas que trasladaba el jardín al interior. Gastón había comprado una mesa antigua muy bella, un par de sillas y, advirtió Rocío con una sonrisa, una enorme vaca de cerámica para el vestíbulo.
Unos la encontrarían descabellada y otros encantadora, pero ya nadie calificaría la vieja entrada de anodina.
—¿Gastón? —Paseó por el salón observando las nuevas adquisiciones. Entró en la biblioteca y se descubrió caminando hacia los pesados candelabros que descansaban sobre la repisa de la chimenea.
¿Por qué le temblaban los dedos?, se preguntó mientras alargaba una mano hacia ellos. ¿Por qué esos viejos candelabros le resultaban tan extrañamente familiares?
No tenían nada de especial. Probablemente eran caros, pero demasiado recargados para su gusto. Así y todo... sus dedos los acariciaron. Así y todo... quedaban muy bien allí, tan bien que podía imaginar las velas blancas que confiaban en sostener una vez más. Podía oler la cera derretida.
Temblorosa, dio un paso atrás y abandonó la estancia.
Llamó a Gastón mientras subía por la escalera. Al llegar al primer rellano la puerta oculta en la pared se abrió de golpe. Ella y Gastón gritaron al unísono.
Con una risa ahogada, Rocío se apretó el corazón y miró a Gastón. Tenía telarañas en el pelo y manchas en la cara y las manos. La linterna le temblequeaba.
—Por Dios, cher, la próxima vez pégame un tiro directamente.
—Lo mismo digo. —Gastón soltó un suspiro y se mesó el pelo y las telarañas—. Acabo de envejecer cinco años.
—Te llamé un par de veces y al final decidí ir a por ti. —Rocío miró por encima del hombro de Gastón—. ¿Qué guardas ahí? ¿Pasadizos secretos?
—Dependencias del servicio. Hay una puerta en cada planta, de modo que decidí echar un vistazo. Es interesante, pero hay mucha porquería. —Se miró las manos—. ¿Por qué no te sirves una copa? Entretanto iré a lavarme.
—Creo que serviré dos. ¿Qué te apetece?
—Cerveza. —Gastón estaba estudiando la cara de Rocío ahora que se había recuperado del susto—. ¿Qué te ocurre?
—Nada, salvo que me has dado un susto de muerte.
—Estás disgustada. Te lo noto.
Rocío intentó esbozar una sonrisa sugerente.
—A lo mejor estoy triste porque no me has dado un beso de bienvenida.
—A lo mejor todavía no confías lo bastante en mí y piensas que solo busco pasarlo bien contigo. —Gastón utilizó un nudillo para levantarle el mentón y la miró fijamente a los ojos hasta que a ella empezaron a escocerle—. Pero te equivocas. Te quiero. —Aguardó un instante. Al ver que no respondía, asintió con la cabeza—. Dame un minuto.
Rocío empezó a bajar. A medio camino se detuvo y habló sin volver la cabeza.
—Gastón, no creo que solo busques pasarlo bien conmigo, pero tampoco sé qué buscas en realidad.
—Rocío, tú eres lo que he buscado toda mi vida.
No la presionó. Si ella necesitaba fingir que no estaba disgustada, que así fuera. Salieron a dar un paseo por los jardines de la parte de atrás mientras la noche caía.
—Durante todos estos años la gente venía a esta casa, pero siempre se marchaba. Y aquí estás tú, consiguiendo más en unos meses de lo que ha conseguido nadie desde que me alcanza la memoria.
Rocío se volvió para contemplar la casa. Todavía quedaba mucho por hacer. Pintura y carpintería. Postigos nuevos aquí y allá. Pero ya no parecía... muerta, se dijo.
No sólo había permanecido abandonada, había estado muerta hasta la llegada de Gastón.
—Le estás devolviendo la vida, y no solo por el dinero y el trabajo invertidos.
—¿Podrías vivir aquí?
Los ojos de Rocío se llenaron de pavor y miraron hacia otro lado. Él, sin embargo, mantuvo la mirada firme y serena.
—Ya tengo un hogar.
—No te he preguntado eso. Te he preguntado si podrías vivir aquí, si estarías cómoda o si la idea de compartir la casa con... fantasmas o recuerdos, o como quieras llamarlos, te molestaría.
—Si me molestara no habría venido esta noche hasta aquí para que me dieras de cenar. Y hablando de comida, ¿con qué piensas obsequiarme, cher?
—Voy a intentar un atún a la parrilla. —Gastón extrajo el reloj del bolsillo—. De aquí a un ratito —añadió tras consultar la hora.
Rocío contempló hipnotizada el reloj. El estómago le tembló, como cuando vio los candelabros.
—¿De dónde lo has sacado?
—Lo encontré en una tienda. —Sorprendido, fascinado por el tono de su voz. Gastón alzó el reloj—. ¿Te resulta familiar?
—Hoy día no se ve a muchos hombres utilizando esta clase de reloj.
—Supe que era mío en cuanto lo vi. Creo que me lo compraste tú —dijo Gastón, y Rocío levantó inopinadamente la cabeza—. Hace mucho tiempo. —Giró el reloj para que ella pudiera leer la inscripción.
—Es de Ramiro. —Como el instinto la empujaba a cerrar las manos, se obligó a extenderlas y acariciar las letras—. Esto es realmente extraño, Gastón. ¿Crees que se lo regaló Valeria?
—Sí.
Rocío sacudió la cabeza.
—¿No te parece demasiado sencillo, demasiado evidente?
—¿Asesinato, desesperación, suicidio, un siglo de almas errantes? —Gastón se encogió de hombros y devolvió el reloj a su bolsillo—. A mí no me parece muy sencillo que digamos. Pero creo, Rocío, que el amor puede ser lo bastante paciente para esperar hasta que le llegue de nuevo la hora.
—Jesús, eres tan... conmovedor. Cómo me irrita tener que ser la sensata en todo esto. Me gusta estar contigo, Gastón.
Rocío jugó con la llavecita que llevaba colgada del cuello mientras hablaba. Una costumbre, pensó él, de la que probablemente ella no era consciente.
—Me gusta tu compañía. Me gusta tu estilo. Y me gusta hacer el amor contigo. Es cuanto puedo ofrecerte por ahora.
Él la abrazó.
—Lo acepto.

3 comentarios:

  1. Ma encanta, me encanta!!! espero el proximoo!!!!

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  2. ¿Hay hombres como Gastón? Quiero uno así!!! Jajaja Encima la muy tonta de Rocío se rehúsa a enamorarse de él

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  3. ayyy gracias x subirr me encanta esta novela subi prontooooo besos

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