lunes, 31 de diciembre de 2012

Segunda Parte, Capitulo Veinticuatro


Con un sentimiento de desapego, Gastón observó cómo subía el indicador de velocidad de su Ferrari. Ciento treinta y nueve... ciento cuarenta. Aceleró hacia el oeste por la auto­pista de peaje dejando atrás el último de los suburbios de Chicago. Conduciría todo el camino hasta Iowa si era nece­sario; lo que hiciera falta para calmar su desasosiego y poder concentrarse en lo que realmente importaba.
El stage de pretemporada empezaba a la mañana siguien­te. Conduciría hasta entonces.
Necesitaba sentir la velocidad. El chisporroteo del peli­gro. Ciento cuarenta y cuatro... ciento cuarenta y seis.
A su lado, los papeles del divorcio que le había enviado el abogado de Rocío cayeron del asiento. ¿Por qué no había hablado con él antes de hacerlo? Intentó serenarse pensan­do en lo que era importante.
Sólo le quedaban cinco o seis años buenos...
Lo que contaba era jugar con los Stars...
No podía permitirse la distracción de una mujer exi­gente...
Y así siguió hasta que se cansó tanto de escucharse a sí mismo que pisó más a fondo el acelerador.
Hacía un mes y cuatro días que había visto a Rocío por última vez, así que no podía culparla de no haber acelerado sus entrenamientos como había planeado, ni de no haber vis­to ni una sola grabación de un partido de fútbol como era su intención. En vez de eso, se había dedicado a escalar rocas, descender por aguas bravas y hacer un poco de parapente. Pero ninguna de estas actividades le había satisfecho.
Lo único que le había alegrado un poco había sido ha­blar con Julia y Liam pocos días antes. Ambos parecían muy felices.
El volante vibraba bajo sus manos, aunque había tenido sensaciones más intensas al saltar de ese acantilado con Rocío.
Ciento cincuenta y dos. O el día en que ella había volca­do la canoa. Ciento cincuenta y tres. O de cuando él había trepado al árbol en busca de Mermy. Ciento cincuenta y cin­co. O simplemente al ver aquel resplandor travieso en sus ojos.
Y cuando había hecho el amor con ella. Aquello había sido la sensación más intensa de toda su vida.
Pero se había acabado toda la diversión. Le había resul­tado más excitante pasear en bicicleta por el campamento con Rocío que ir a ciento cincuenta y seis kilómetros por hora en un Ferrari Spider.
El sudor goteaba de sus axilas. Si se le pinchaba una rue­da, nadie volvería a verle jamás, nunca tendría la oportunidad de contarle que tenía toda la razón sobre él. Que tenía tanto miedo como ella había dicho.
Gastón se había enamorado de ella.
De pronto, el vacío que había estado sintiendo en su in­terior desapareció, y Gastón levantó el pie del acelerador. Mientras volvía a acomodarse en el asiento, sintió un soca­vón en el pecho. Julia había intentado decírselo, y también Candela, pero él no las había querido escuchar. Rocío te­nía razón. Gastón creía secretamente que como persona no podía dar la talla como la daba como jugador, por eso nun­ca lo había intentado. Pero ya era demasiado mayor como para seguir viviendo la vida entre las sombras de la duda.
Gastón pasó al carril de la derecha. Por primera vez en va­rios meses, se sintió calmado. Ella le había dicho que le que­ría, y Gastón acababa de comprender lo que aquello signifi­caba. También comprendió lo que tenía que hacer. Y esta vez tenía la intención de hacerlo bien.
Media hora más tarde, estaba llamando a la puerta de los Riera. Le abrió Amado, que llevaba vaqueros y un flo­tador naranja.
-¡Gastón! ¿Quieres venir a bañarte conmigo?
-Lo siento, pero hoy no puedo. -Gastón se coló en la casa-. Tengo que ver a tu mamá y a tu papá.
-Papá no sé dónde está, pero mamá está en su despacho.
-Gracias.
Gastón le pasó la mano por el pelo y atravesó toda la ca­sa camino del despacho de la parte posterior. La puerta es­taba abierta, pero llamó igualmente.
-¿María?
Ella se volvió y se quedó mirándole.
-Perdona que haya venido sin permiso, pero tengo que hablar contigo.
-¿Ah?
María se reclinó en su butaca y extendió sus piernas de corista, bastante más largas que las de Rocío, pero ni de lejos tan tentadoras. Llevaba un pantalón corto blanco y sandalias de plástico de color rosa con dibujitos de dinosaurios viole­tas. A pesar de eso, parecía tan formidable como Dios, y en lo referente al mundo de los Stars, tan poderosa como Él.
-Es sobre Rocío.
Por un momento, le pareció ver un brillo de descon­fianza en su mirada.
-¿Qué pasa con Rocío?
Gastón entró en la habitación y esperó una invitación para sentarse. Pero la invitación no llegó.
No había forma de postergar la cuestión, ni ningún mo­tivo para hacerlo.
-Quiero casarme con ella. De verdad. Y quiero vuestra bendición.
No obtuvo la sonrisa que esperaba.
-¿A qué viene el cambio de opinión?
-A que la amo y quiero formar parte de su vida para siempre.
-Ya veo.
María tenía una perfecta cara de póquer. Tal vez no sa­bía qué senTía Rochi por él. Habría sido muy típico de Rocío ocultarle sus sentimientos a su hermana para protegerlo.
-Ella me quiere.
María no pareció impresionada.
Gastón volvió a intentarlo.
-Estoy bastante seguro de que esto la hará feliz.
-Oh, de eso estoy segura. Al menos al principio. La temperatura de la habitación bajó diez grados.
-¿A qué te refieres con eso?
María se levantó del escritorio, con un aspecto mucho más feroz del que debería tener alguien que lleva sandalias de dinosaurios.
-Ya sabes que nosotros deseamos un matrimonio de verdad para Rocío.
-Y también yo. Por eso estoy aquí.
-Un marido que la ponga a ella en primer lugar.
-Y eso es lo que va a tener.
-Vaya, ¡hay que ver lo rápidamente que cambia de piel el lobo!
Gastón no fingió no comprender lo que quería decir.
-Tengo que reconocer que he tardado un poco en dar­me cuenta de que mi vida tiene que ser algo más que jugar al fútbol, pero enamorarme de Rocío ha reajustado mi punto de vista.
La expresión de frío escepticismo de María mientras rodeaba su escritorio no era nada alentadora.
-¿Y qué me dices del futuro? Todo el mundo sabe lo comprometido que estás con el equipo. Una vez le dijiste a Nicolás que te gustaría entrenar cuando te retires como jugador, y a él le pareció entender que te gustaría acabar en el despa­cho principal. ¿Todavía piensas así?
Gastón no iba a mentir.
-Que ponga el fútbol en el lugar que le corresponde no significa que quiera tirarlo por la borda.
-No, me imagino que no -dijo María cruzando los brazos-. Seamos sinceros. ¿Es realmente Rocío lo que quie­res? ¿O más bien son los Stars?
A Gastón se le paró el corazón.
-Espero que no quieras decir lo que creo que estás di­ciendo.
-Casarte con un miembro de la familia y seguir adelante con el matrimonio parece una forma eficaz de asegurarte que acabarás accediendo al despacho principal.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y le caló hasta los huesos.
-He dicho que quería tu bendición, no que la necesi­tara.
Gastón empezó a alejarse y, cuando todavía no había al­canzado la puerta, notó el latigazo de las palabras de María en la espalda:
-Si vuelves a acercarte a ella, ya puedes despedirte de los Stars.
Gastón se volvió, sin poder creer lo que acababa de oír.
La mirada de María era fría y decidida.
-Lo digo en serio, Gastón. Mi hermana ya ha sufrido bastante, y no permitiré que la utilices para alcanzar tus ob­jetivos a largo plazo. Mantente alejado de ella. Puedes tener el equipo o puedes tener a Rocío, pero no puedes tener am­bas cosas.

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