lunes, 25 de febrero de 2013

Capitulo XIII, Primera Parte


—¡Gastón!...
Los sentidos velados de Rochi le hacían difícil hablar, pero se concentró en formar las palabras porque la comunicación honesta entre compañeros sexuales era sumamente importante, y él tenía que entender que ella tenía necesidades.
—Mi bata... —trago con dificultad—. Quítamela. Sácala de mi...
La punta de su lengua descubrió un punto de pulso en el lado de su cuello, y ella gimió. Pasaron largos momentos antes de que ella pudiera concentrarse de nuevo en sus pensamientos.
—No... no solamente ahí —gimió— Tócame... mis... quítame la ropa y toca mi....
Él retrocedió y la miró con el ceño fruncido. Su boca estaba hinchada como la suya y sus ojos inundados de pasión le recordaron verdes esmeraldas de mirada ausente.
—¿Te pasa algo?
Ella destensó su mandíbula, cogió aliento, y sonrió para que él entendiera que ella no le criticaba, simplemente le proporcionaba alguna dirección muy necesaria.
—¿Podríamos hacerlo más rápido?
—¿Hacerlo... más ... rápido? —cada palabra salía como una bala.
—Uhm.
—¿Quieres que me mueva más rápido...o que te toque todo?
—Si no te importa.
—¿Acaso tienes prisa?
—Algo.
—¿No me digas que tienes lista de prioridades para esto también?
—No una lista. No, desde luego que no. Es solamente que estoy... bien... Estoy segura que estarás contento de saber que ya estoy excitada, y creo que podemos seguir adelante a... pues a la siguiente parte. La parte buena.
Él arqueó una ceja.
—¿Esta parte no está bien?
Ella comprendió que le había ofendido, y se apresuró a apaciguarlo.
—Desde luego que está bien. Es maravilloso. Realmente, Gastón, eres el besador más extraordinario, pero también eres un poco lento y... —su expresión comenzaba a ponerse siniestra—. Lo estoy pasando bien. De verdad. Pero necesitamos llegar a otra parte —su voz vaciló un poco—. ¿ No crees?
Él giró en la cama y refunfuñó,
—Debería haber esperado esto. No sé por qué me sorprendo —para su consternación, él se levantó de la cama, sólo para quedarse de pie y señalar con un dedo en dirección a su cara—. Ahora escúchame, Rochi, porque sólo voy a decir esto una vez. Desde ahora hasta que salgamos de la ducha y nos sequemos, soy el responsable. ¿Me oyes?
—Pero...
—¿Y sabes por qué? ¡Porque el experto soy yo, no tú!
Eso la contrarió.
—Nunca dije que lo fuera.
—¿Entonces por qué das órdenes? —preguntó él con exagerada paciencia.
—Simplemente pensé...
—¡Nada de pensamientos! —su juego de mandíbula era una línea obstinada, y él descansó su mano contra la columna de la cama—. Ahora, este es el modo que lo haremos. Vamos a practicar un poco de dominación sexual llamada sumisión. ¡Yo domino y tú te rindes! Y esto significa, en caso de que no esté siendo claro, es que tú no puedes emitir una sola orden. Ni una. Puedes gemir. Me gustan los gemidos. Puedes suspirar. También me gustan. Pero nada de órdenes. Y solamente cuando terminemos podrás hablar. Eso sí, únicamente una palabra. Gracias.
Ella debería haberse sentido insultada — se sentía insultada — pero al mismo tiempo, un impulso de reírse había venido sobre ella. Él era tan increíblemente arrogante. Y también tenía razón. A veces era demasiado mandona.
Él siguió frunciendo el ceño.
—Entonces, lo tienes claro, ¿o tengo que buscar la cuerda de tendedero que compraste anoche?
Simplemente por ser descarada, ella agitó una mano perezosa hacia la esquina del cuarto donde había dejado la bolsa de sus compras.
Sus ojos se estrecharon.
Ella lo miró remilgadamente.
—También puede que necesite algo más de lo que compré, aunque seguramente no la crema hidratante.
—Puedes tener la maldita seguridad.
Mientras ella empezaba a sentirse satisfecha por no derrumbarse ante su palpitación en el pecho, se alarmó de que él pudiera hacerla caso. Cuando él se dirigió hacía el lugar de la habitación donde estaba la bolsa, ella se incorporó en la cama.
—¡Gastón, estaba de broma! Sobre la cuerda.
—Uh-huh.
—Realmente no creo que pueda soportar que me aten.
—Más tarde. Cuando hayas cogido más experiencia.
Él se dio la vuelta y ella vio que él tenía dos cajas de condones en su mano.
Su expresión la desafiaba a hacerle preguntas cuando se acercó a ella, luego los dejó caer ruidosamente encima de la mesita de noche.
Ella tragó.
Un destello siniestro brilló en sus ojos.
—¿Tienes algo que decir?
Ella negó con la cabeza. Mientras ella teóricamente era contraria a cualquier tipo de dominación masculina, en este caso definitivamente la excitaba.
—Bueno —se quitó los zapatos, y los empujó con la punta del pie mientras la miraba de una forma que ella sólo podía describir como ardiente sin llama—. Ahora, ¿dónde estaba yo? Me has trastornado con tanta orden y he olvidado por dónde iba —se sentó sobre el borde de la cama y comenzó a jugar con el dobladillo de su bata mientras pensaba. Sus dedos acariciaron su tobillo, entonces despacio deslizó el dobladillo hacia arriba hasta destapar sus rodillas.
Ella contuvo el aliento y comprendió que él había entendido después de todo.
Él hizo un círculo despacio en la piel suave de detrás de su rodilla, luego la otra, luego un lento número ocho con la punta de su uña, luego una coma.
Ah, mi... Ella separó las rodillas, silenciosamente alentándole que siguiera con su escritura táctil por una superficie más grande.
Bruscamente, él se retiró y suspiró.
—Por aquí no iba. Sé cuánto te gusta esto, así que supongo que es mejor empezar de nuevo.
Ella gimoteó. No podía ayudarle.
Las esquinas de su boca se movieron con satisfacción.
Y luego él comenzó por todas partes.... Besos más profundos, perezosos; dándole ligeros toques con la lengua; descubriendo zonas erógenas que no sabía que tuviera. Incluso su horrible tatuaje no quedó sin su atención. Se sintió como si pasaran décadas antes de que él finalmente abriera su bata y tocara su pezón con la punta de la lengua. Su pecho subía y bajaba y su camisa estaba húmeda bajo sus manos, pero él todavía no se desnudaba. Ella oyó su aliento caliente, sentía como flaqueaba su autocontrol y se preguntó cuando se rompería. Esperar...
Le siguió lamiendo el pezón con la lengua. Su cabeza se movía de lado a lado y su cuerpo se arqueaba sobre la cama. Estaba sudada y mojada, sedosa y palpitante. Ella quería más. Sus pensamientos eran incorpóreos mientras se asomaba al borde de un enorme precipicio. Él abrió la boca sobre el pezón endurecido. Succionando con fuerza. Dos veces. Tres veces. Más.
Con un grito, ella se disolvió. Él se puso rígido. La abrazó, sosteniéndola contra su pecho hasta que ella dejó de temblar.
Con cuidado, él la colocó de espaldas en la cama y le retiró un mechón de pelo que se había caído en su cara.
—¿Esto es lo que querías? —susurró él.
Ella tragó aire. Asintiendo. Las lágrimas se asomaron a sus ojos.
—¡Trataba de decírtelo, pero no me prestabas atención!
En vez de sentirse contrariado, su boca se curvó en una sonrisa llena del placer.
—Mi dulce Rocío. Eres realmente especial.
—Espero que estés satisfecho —masculló ella, aún aturdida.
—Todavía no —sin ninguna advertencia, él apartó su bata y deslizó la mano entre sus muslos separados. Ella jadeó cuando él abrió los pliegues aumentados, y con cuidado insertó un dedo profundamente dentro de ella.
—Todavía no —susurró él otra vez.
Su aliento era un silbido diminuto. Mirándola atentamente, él deslizó su dedo hacia fuera, y otra vez dentro. Débilmente, ella lo miró y le vio la cara enrojecida, y notó las cuerdas de tensión en el lado de su cuello. Sentía su dedo profundamente dentro.
Ella dio un grito estrangulado y se convulsionó.
Una vez más él la sostuvo, luego la acercó a su pecho y le acarició la mejilla con sus labios.
—Debo ser el hombre más afortunado del mundo.
Mientras ella recuperaba el aliento, él se levantó y se quitó su ropa, y cuando le volvió a mirar, ya estaba desnudo. Señor, era hermoso, de carne tensa y músculo acerado. Ella se quedó con la mirada fija. Mirándolo. Se incorporó y se sentó sobre sus talones. Él se acercó. Ella se echó hacia adelante, inclinó la cabeza, y lamió su vientre. Esta vez fue él quien gimió. Le dio un pequeño mordisco en el músculo firme que corría en diagonal a través de un lado de su abdomen, poniendo los dedos encima de su muslo interior, hocicó por su ingle. Ella estaba preparada para jugar.
Sus palabras estranguladas la convencieron que eso no pasaría.
—Dime que no voy tener que atarte.
Ella vaciló sólo durante un momento antes de echarse para atrás, extendió los brazos hasta que sus manos tocaron el cabecero, y se rió.
—No hay necesidad.
Ella no podía imaginarse por qué confiaba en él tanto o por qué estaba dispuesta a acatar sus ridículas reglas. Sólo sabía que se sentía a salvo.
Protegida... a pesar de dos increíbles y excitantes orgasmos. Él se sentó sobre la cama, cogió las rodillas con las palmas de sus manos, y las separó suavemente. Entonces se arrodilló entre ellas y miró hacia abajo, ella se sintió abierta, brillante e inflamada.
—Eres tan hermosa —dijo él.
Mientras él la observaba, ella se concentró en admirar su cuerpo. Increíble.
Mármol y acero. Ella anhelaba tocarlo... extendió la mano.
Él sacudió su cabeza
—Esta vez no, nena. Por favor. No tengo tanto autocontrol. Y esto tiene que ser perfecto para ti —le terminó de quitar la bata y renovó su sensual ataque.
Caricias profundas, perezosas. La yema de un dedo. Un lamido. Mordisco. Mordisco. Mordisco. Mordisco. Mordisco.
Y luego... Sloooow... lapppp ... con su lengua.
¡Era demasiado!
Él rió cuando ella gritó otra vez.
—El hombre más afortunado del mundo —repitió él.
Él agarró rápidamente una caja de la mesita de noche y pronto se colocó sobre ella, pellizcándole su labio hinchado con otro beso abrasador y comenzando a entrar dentro de ella.
A pesar de todo, no pasó cómodamente.
—Tómame lentamente, amor.
Disfrutando de la sensación de su peso sobre ella, se agarró a sus húmedos hombros y arqueó sus caderas.
Él gimió.
—Por favor... nena... no trates de mandar ahora.
—Pero yo necesito...
—Lo sé. Lo sé.
Ella sólo tenía una parte de él. Y quería más.
—Fácil ... fácil... —él canturreaba, y ella no sabía qué. Tampoco le preocupaba. Sólo sabía que ella volaba más alto y más alto.... Sollozó cuando llegó otro clímax.
Y luego lo tenía entero dentro, y no había terminado, acababa de empezar.
Embestidas largas y profundas. Ojos verdes de medianoche. Las manos unidas sobre la almohada. Su peso sobre ella. Dentro de ella. Penetración. Bombeo.
Sensaciones y olor de éste hombre.
Otro clímax. Otra espiral. Años... décadas ... siglos...
Frenesí caliente.
Y... mucho más tarde... el regreso.
Gracias.

2 comentarios:

  1. Sabía que Gastón se estaba haciendo el tonto jajaja

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  2. me encantaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!!!!!! la primera ves de roch!!!
    espero el prox, no tardes en subirlo...

    Besos :)

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