—¡Gastón!...
Los sentidos velados de Rochi
le hacían difícil hablar, pero se concentró en formar las palabras porque la
comunicación honesta entre compañeros sexuales era sumamente importante, y él
tenía que entender que ella tenía necesidades.
—Mi bata... —trago con dificultad—.
Quítamela. Sácala de mi...
La punta de su lengua
descubrió un punto de pulso en el lado de su cuello, y ella gimió. Pasaron
largos momentos antes de que ella pudiera concentrarse de nuevo en sus
pensamientos.
—No... no solamente ahí
—gimió— Tócame... mis... quítame la ropa y toca mi....
Él retrocedió y la miró con
el ceño fruncido. Su boca estaba hinchada como la suya y sus ojos inundados de
pasión le recordaron verdes esmeraldas de mirada ausente.
—¿Te pasa algo?
Ella destensó su mandíbula, cogió
aliento, y sonrió para que él entendiera que ella no le criticaba, simplemente
le proporcionaba alguna dirección muy necesaria.
—¿Podríamos hacerlo más
rápido?
—¿Hacerlo... más ... rápido?
—cada palabra salía como una bala.
—Uhm.
—¿Quieres que me mueva más
rápido...o que te toque todo?
—Si no te importa.
—¿Acaso tienes prisa?
—Algo.
—¿No me digas que tienes
lista de prioridades para esto también?
—No una lista. No, desde
luego que no. Es solamente que estoy... bien... Estoy segura que estarás
contento de saber que ya estoy excitada, y creo que podemos seguir adelante
a... pues a la siguiente parte. La parte buena.
Él arqueó una ceja.
—¿Esta parte no está bien?
Ella comprendió que le había
ofendido, y se apresuró a apaciguarlo.
—Desde luego que está bien.
Es maravilloso. Realmente, Gastón, eres el besador más extraordinario, pero
también eres un poco lento y... —su expresión comenzaba a ponerse siniestra—.
Lo estoy pasando bien. De verdad. Pero necesitamos llegar a otra parte —su voz
vaciló un poco—. ¿ No crees?
Él giró en la cama y
refunfuñó,
—Debería haber esperado
esto. No sé por qué me sorprendo —para su consternación, él se levantó de la
cama, sólo para quedarse de pie y señalar con un dedo en dirección a su cara—.
Ahora escúchame, Rochi, porque sólo voy a decir esto una vez. Desde ahora hasta
que salgamos de la ducha y nos sequemos, soy el responsable. ¿Me oyes?
—Pero...
—¿Y sabes por qué? ¡Porque
el experto soy yo, no tú!
Eso la contrarió.
—Nunca dije que lo fuera.
—¿Entonces por qué das
órdenes? —preguntó él con exagerada paciencia.
—Simplemente pensé...
—¡Nada de pensamientos! —su
juego de mandíbula era una línea obstinada, y él descansó su mano contra la
columna de la cama—. Ahora, este es el modo que lo haremos. Vamos a practicar
un poco de dominación sexual llamada sumisión. ¡Yo domino y tú te rindes! Y
esto significa, en caso de que no esté siendo claro, es que tú no puedes emitir
una sola orden. Ni una. Puedes gemir. Me gustan los gemidos. Puedes suspirar.
También me gustan. Pero nada de órdenes. Y solamente cuando terminemos podrás
hablar. Eso sí, únicamente una palabra. Gracias.
Ella debería haberse sentido
insultada — se sentía insultada — pero al mismo tiempo, un impulso de reírse
había venido sobre ella. Él era tan increíblemente arrogante. Y también tenía
razón. A veces era demasiado mandona.
Él siguió frunciendo el
ceño.
—Entonces, lo tienes claro,
¿o tengo que buscar la cuerda de tendedero que compraste anoche?
Simplemente por ser
descarada, ella agitó una mano perezosa hacia la esquina del cuarto donde había
dejado la bolsa de sus compras.
Sus ojos se estrecharon.
Ella lo miró remilgadamente.
—También puede que necesite
algo más de lo que compré, aunque seguramente no la crema hidratante.
—Puedes tener la maldita
seguridad.
Mientras ella empezaba a
sentirse satisfecha por no derrumbarse ante su palpitación en el pecho, se
alarmó de que él pudiera hacerla caso. Cuando él se dirigió hacía el lugar de
la habitación donde estaba la bolsa, ella se incorporó en la cama.
—¡Gastón, estaba de broma!
Sobre la cuerda.
—Uh-huh.
—Realmente no creo que pueda
soportar que me aten.
—Más tarde. Cuando hayas
cogido más experiencia.
Él se dio la vuelta y ella
vio que él tenía dos cajas de condones en su mano.
Su expresión la desafiaba a
hacerle preguntas cuando se acercó a ella, luego los dejó caer ruidosamente
encima de la mesita de noche.
Ella tragó.
Un destello siniestro brilló
en sus ojos.
—¿Tienes algo que decir?
Ella negó con la cabeza.
Mientras ella teóricamente era contraria a cualquier tipo de dominación
masculina, en este caso definitivamente la excitaba.
—Bueno —se quitó los
zapatos, y los empujó con la punta del pie mientras la miraba de una forma que
ella sólo podía describir como ardiente sin llama—. Ahora, ¿dónde estaba yo? Me
has trastornado con tanta orden y he olvidado por dónde iba —se sentó sobre el
borde de la cama y comenzó a jugar con el dobladillo de su bata mientras
pensaba. Sus dedos acariciaron su tobillo, entonces despacio deslizó el
dobladillo hacia arriba hasta destapar sus rodillas.
Ella contuvo el aliento y
comprendió que él había entendido después de todo.
Él hizo un círculo despacio
en la piel suave de detrás de su rodilla, luego la otra, luego un lento número
ocho con la punta de su uña, luego una coma.
Ah, mi... Ella separó las
rodillas, silenciosamente alentándole que siguiera con su escritura táctil por
una superficie más grande.
Bruscamente, él se retiró y
suspiró.
—Por aquí no iba. Sé cuánto
te gusta esto, así que supongo que es mejor empezar de nuevo.
Ella gimoteó. No podía
ayudarle.
Las esquinas de su boca se
movieron con satisfacción.
Y luego él comenzó por todas
partes.... Besos más profundos, perezosos; dándole ligeros toques con la
lengua; descubriendo zonas erógenas que no sabía que tuviera. Incluso su horrible
tatuaje no quedó sin su atención. Se sintió como si pasaran décadas antes de
que él finalmente abriera su bata y tocara su pezón con la punta de la lengua.
Su pecho subía y bajaba y su camisa estaba húmeda bajo sus manos, pero él
todavía no se desnudaba. Ella oyó su aliento caliente, sentía como flaqueaba su
autocontrol y se preguntó cuando se rompería. Esperar...
Le siguió lamiendo el pezón
con la lengua. Su cabeza se movía de lado a lado y su cuerpo se arqueaba sobre
la cama. Estaba sudada y mojada, sedosa y palpitante. Ella quería más. Sus
pensamientos eran incorpóreos mientras se asomaba al borde de un enorme
precipicio. Él abrió la boca sobre el pezón endurecido. Succionando con fuerza.
Dos veces. Tres veces. Más.
Con un grito, ella se
disolvió. Él se puso rígido. La abrazó, sosteniéndola contra su pecho hasta que
ella dejó de temblar.
Con cuidado, él la colocó de
espaldas en la cama y le retiró un mechón de pelo que se había caído en su
cara.
—¿Esto es lo que querías?
—susurró él.
Ella tragó aire. Asintiendo.
Las lágrimas se asomaron a sus ojos.
—¡Trataba de decírtelo, pero
no me prestabas atención!
En vez de sentirse
contrariado, su boca se curvó en una sonrisa llena del placer.
—Mi dulce Rocío. Eres
realmente especial.
—Espero que estés satisfecho
—masculló ella, aún aturdida.
—Todavía no —sin ninguna
advertencia, él apartó su bata y deslizó la mano entre sus muslos separados.
Ella jadeó cuando él abrió los pliegues aumentados, y con cuidado insertó un
dedo profundamente dentro de ella.
—Todavía no —susurró él otra
vez.
Su aliento era un silbido
diminuto. Mirándola atentamente, él deslizó su dedo hacia fuera, y otra vez
dentro. Débilmente, ella lo miró y le vio la cara enrojecida, y notó las
cuerdas de tensión en el lado de su cuello. Sentía su dedo profundamente
dentro.
Ella dio un grito
estrangulado y se convulsionó.
Una vez más él la sostuvo,
luego la acercó a su pecho y le acarició la mejilla con sus labios.
—Debo ser el hombre más
afortunado del mundo.
Mientras ella recuperaba el
aliento, él se levantó y se quitó su ropa, y cuando le volvió a mirar, ya
estaba desnudo. Señor, era hermoso, de carne tensa y músculo acerado. Ella se
quedó con la mirada fija. Mirándolo. Se incorporó y se sentó sobre sus talones.
Él se acercó. Ella se echó hacia adelante, inclinó la cabeza, y lamió su
vientre. Esta vez fue él quien gimió. Le dio un pequeño mordisco en el músculo
firme que corría en diagonal a través de un lado de su abdomen, poniendo los
dedos encima de su muslo interior, hocicó por su ingle. Ella estaba preparada
para jugar.
Sus palabras estranguladas
la convencieron que eso no pasaría.
—Dime que no voy tener que
atarte.
Ella vaciló sólo durante un
momento antes de echarse para atrás, extendió los brazos hasta que sus manos
tocaron el cabecero, y se rió.
—No hay necesidad.
Ella no podía imaginarse por
qué confiaba en él tanto o por qué estaba dispuesta a acatar sus ridículas
reglas. Sólo sabía que se sentía a salvo.
Protegida... a pesar de dos
increíbles y excitantes orgasmos. Él se sentó sobre la cama, cogió las rodillas
con las palmas de sus manos, y las separó suavemente. Entonces se arrodilló
entre ellas y miró hacia abajo, ella se sintió abierta, brillante e inflamada.
—Eres tan hermosa —dijo él.
Mientras él la observaba,
ella se concentró en admirar su cuerpo. Increíble.
Mármol y acero. Ella
anhelaba tocarlo... extendió la mano.
Él sacudió su cabeza
—Esta vez no, nena. Por
favor. No tengo tanto autocontrol. Y esto tiene que ser perfecto para ti —le
terminó de quitar la bata y renovó su sensual ataque.
Caricias profundas,
perezosas. La yema de un dedo. Un lamido. Mordisco. Mordisco. Mordisco.
Mordisco. Mordisco.
Y luego... Sloooow... lapppp
... con su lengua.
¡Era demasiado!
Él rió cuando ella gritó
otra vez.
—El hombre más afortunado
del mundo —repitió él.
Él agarró rápidamente una
caja de la mesita de noche y pronto se colocó sobre ella, pellizcándole su
labio hinchado con otro beso abrasador y comenzando a entrar dentro de ella.
A pesar de todo, no pasó
cómodamente.
—Tómame lentamente, amor.
Disfrutando de la sensación
de su peso sobre ella, se agarró a sus húmedos hombros y arqueó sus caderas.
Él gimió.
—Por favor... nena... no
trates de mandar ahora.
—Pero yo necesito...
—Lo sé. Lo sé.
Ella sólo tenía una parte de
él. Y quería más.
—Fácil ... fácil... —él
canturreaba, y ella no sabía qué. Tampoco le preocupaba. Sólo sabía que ella
volaba más alto y más alto.... Sollozó cuando llegó otro clímax.
Y luego lo tenía entero
dentro, y no había terminado, acababa de empezar.
Embestidas largas y profundas.
Ojos verdes de medianoche. Las manos unidas sobre la almohada. Su peso sobre
ella. Dentro de ella. Penetración. Bombeo.
Sensaciones y olor de éste
hombre.
Otro clímax. Otra espiral.
Años... décadas ... siglos...
Frenesí caliente.
Y... mucho más tarde... el
regreso.
Gracias.
Sabía que Gastón se estaba haciendo el tonto jajaja
ResponderEliminarme encantaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!!!!!! la primera ves de roch!!!
ResponderEliminarespero el prox, no tardes en subirlo...
Besos :)