jueves, 29 de marzo de 2012

Capitulo II, Cuarta Parte


Perder con Gastón Dalmau su virginidad ciertamente sería bastante más efectivo que hacerse un tatuaje. Él era el hombre perfecto para el trabajo, físicamente irresistible, pero tan extraño para su concepto de un amigo del alma que ella no tendría que preocuparse de cualquier cicatriz emocional después. Podría tenerlo y luego olvidarlo.
—También debería decirte que no me llevo la ropa interior femenina ni uso látigo. A algunas mujeres les gusta una pequeña esclavitud, desde luego, nada sórdido ni peligroso. Creo, que yo no estaría a gusto sin esas esposas, así soy más feliz complaciendo.
—¿Esposas a las mujeres? —estaba impresionada. No, hacerlo, sino que la práctica estuviera tan extendida—. Ah, no.
—Ahora, no te pongas a juzgarme. No pensé que me gustaría hasta que lo probé con... pues no digo más. Si esto no es de tu gusto, entonces simplemente intentaremos algo más.
Ella inspiró profundamente. No necesitó una flecha intermitente de neón advirtiéndoselo para percatarse que esto podría ser la respuesta para su libertad y para salvar a St. Gert. ¿Por qué tenía tantas ganas de llorar? Reunió valor. Sabía cuando inició este viaje que su vida nunca sería la misma otra vez. Sin darse a sí misma más tiempo para pensar, asintió con la cabeza.
—Bien, entonces. Sí. Eso suena satisfactorio.
Él parpadeó.
—¿Hecho?
—Esta noche estaría bien.
—¿Esta noche?
Ella finalmente logró mirarle.
—¿Tienes otro compromiso?
—Oh, no. Esta noche me viene fenomenal.
Ella sintió alivio. Si tenía demasiado tiempo para pensar en lo que iba a ocurrir, se volvería loca. Así que se obligó a ser práctica.
—¿Aceptas cheques de viaje?
Sus clientas regulares obviamente eran más sofisticadas que ella porque su pregunta le hizo sonreír abiertamente. Ella le miró serenamente hasta que él tiró hacia adentro las esquinas de su boca.
—Sí, señora. Más American Express y Visa. Incluso puedo aceptar Diners Club, aunque no sea mi primera elección.
—Tengo cheques de viaje.
—Entonces no tenemos ningún problema, ¿verdad?
—No. No lo tenemos.
Más que cualquier cosa, ella quería salir del jacuzzi y esconderse en su habitación de arriba, pero estaba absolutamente desnuda y atrapada. Se notaba el estómago revuelto y la boca seca. Cerró los ojos y se hundió más en el agua.
Desde el otro lado del jacuzzi, Gastón observaba los hombros de Rocío desapareciendo entre las burbujas. Ella se relamía los labios nerviosamente, y, cuando el trocito rosado de su lengua pasaba por su boca, él se sintió como si fuera a explotar. No podía creerlo. Cuando comenzó a hablarle sobre descuentos, solamente quería divertirse. Ni por un momento pensó que lo tomaría en serio. Pero parecía que lo había hecho. Pensaba que le llevaría un par de días seducirla, y realmente no había tardado más de veinte minutos. Siempre había sido bueno con las mujeres, pero esto era un record.
Mientras contemplaba los remolinos de agua alrededor de la base de su cuello, sintió un momento de vacilación. Luego recordó lo mandona y controlada que era, su clase menos favorita de mujer, y su vacilación desapareció. Rochi no era ninguna virgen inocente, y sabía exactamente lo que se traía entre manos.
Él justamente podría imaginarse que todos sus amantes se parecerían, probablemente un montón de viejos tipos con nombres como Rupert y Nigel. Ellos la dejarían llevar el mando, sin dar problemas y tampoco ninguna emoción. Pero ahora ella estaba de vacaciones, sin nadie alrededor para cuchichear y anhelaba a alguién completamente diferente. Y él estaba encantado de complacerla.
Ella se levantó las gafas y le miró a los ojos.
—Quiero mantener encendida una luz.
Él ciertamente no tenía problema con eso.
—De acuerdo.
—Nada de cigarrillos.
—No fumo.
—El brandy me gusta. O quizá jerez.
—Ajá.
—Y la música. Clásica sería lo más conveniente. Barroco, tal vez.
Demonios. Ella le daba una lista, y tenía que darle el alto antes que eligiera hasta el color de las sábanas.
—Nada de música. No deja que me concentre en las preciosas zonas erógenas.
—Oh —ella se atragantó—. Bien, de acuerdo. Nada de música.
Ella miró hacia abajo al agua.
—Seguramente piensas que soy quisquillosa.
—La prevención es la prevención.
—Y soy un poquito claustrofóbica, así es que la posición también podría ser importante...
—Perdona que te interrumpa, pero recuerda que soy un profesional con gran experiencia.
—Oh... Sí —ella se mordió ese labio otra vez—. Una cosa más Sr. Dalmau. Después de que esto termine, no hablaremos del asunto.
Con un suspiro de satisfacción, él se hundió en el agua.
—Rocío, seguramente eres la fantasía ideal de un hombre.

Capitulo Seis, Primera Parte


Charlaron durante una hora larga. Exceptuando a Vico y Cande, pensó Gastón, Rocío y la señorita Esperanza eran su primera compañía real.
Le gustaba tenerlas allí, tener esa presencia femenina en el salón, con el fuego crepitando animadamente y el sol de la tarde forzando su entrada a través del polvo de las ventanas.
—Vendré a ver tu cocina cuando esté terminada —dijo Esperanza.
—Espero que me visite a menudo. Me encantaría enseñarle el resto de la casa.
—Podrías enseñársela a Rochi. Yo debo irme.
—Te acompaño, abuela.
—No, tú quédate un rato. —Pese al tono despreocupado de Esperanza, su mirada era traviesa—. Prefiero caminar. Llegaré justo a tiempo para mi siesta. —En cuanto se disponía a levantarse, Gastón se puso de pie y le ofreció una mano—. Eres muy atento, muchacho. Ven a verme cuando estés menos ocupado. Te prepararé un sauce patate o estofado de patatas antes de que adelgaces tanto que la ropa te resbale del cuerpo.
—Ya tengo teléfono. —Gastón buscó en sus bolsillos un trozo de papel, encontró un lápiz en el bolsillo de la camisa y anotó el número—. Si necesita algo, llámeme.
—Muy atento, sí señor. —Esperanza alzó una mejilla para invitarle a besarla. Cuando él la hubo acompañado hasta el portal, le hizo señas para que volviera a inclinarse—. Me gusta que cortejes a mi Rochi. Sabrás cuidar de ella, algo que la mayoría no sabe hacer.
—¿Es su manera de decirme que pierdo el tiempo con usted, señorita Esperanza?
La mujer rió y le dio una palmadita en la mejilla.
—Ay, si yo tuviera treinta años menos se lo pondría difícil a mi Rochi. Ahora ve y enséñale la casa.
Gastón la vio alejarse entre los árboles y las botellas protectoras.
—Mi abuela te cae bien —dijo Rocío desde la puerta del salón.
—Me tiene enamorado. Es maravillosa. Oye, su casa queda un poco lejos. Quizá deberías...
—Si quiere caminar, caminará. Siempre se sale con la suya. —Rocío se acercó al portal—. Mira, Rufus ha venido para acompañarla a casa. Juraría que ese perro tiene un radar por lo que a mi abuela se refiere.
—Esperaba que Rufus apareciera por aquí. —Gastón se volvió hacia Rocío—. Y te trajera con él. Esta semana estuve dos noches a punto de ir a tu bar, pero cambié de parecer en el último momento.
—¿Porqué?
—Una cosa es la persistencia y otra el acoso. —Gastón levantó un dedo para jugar con el pelo de Rocío—. Pensé que si aguantaba hasta que fueras tú quien viniera a verme, evitaría que solicitaras una orden de arresto.
—Si quiero que un hombre me deje tranquila, se lo digo.
—¿Los hombres hacen siempre lo que les dices?
Rocío esbozó esa sonrisa felina que despertaba en Gastón el deseo de lamerle el lunar.
—La mayoría. ¿Vas a enseñarme tu mansión, cher?
—Claro. —Gastón le alzó el mentón y la besó—. Por cierto —añadió mientras la conducía de la mano hasta la escalera—, la señorita Esperanza me ha dado permiso para cortejarte.
—Necesitas mi permiso, no el suyo.
—Tengo intención de hechizarte hasta hacerte perder el sentido. Una escalera fabulosa, ¿no te parece?
—Sí. —Rocío pasó una uña roja por la barandilla—. Esta casa es magnífica, Gastón. Y por lo que he visto hasta ahora, deduzco que en realidad no eres un abogado rico.
—Ex abogado. Pero no te entiendo.
—Tienes dinero para restaurar esta casa y conservarla. Porque piensas conservarla, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces no eres rico. Eres más que rico. Eres millonario. ¿Me equivoco?
—El dinero no es un problema, pero no da la felicidad.
Rocío se detuvo en el rellano y rió.
—Ay, cher, si piensas eso es que no sabes dónde comprar.
—Puedes ayudarme a gastarlo cuando quieras.
—Quizá lo haga. —Rocío contempló el gran vestíbulo desde la barandilla—. Necesitarás muebles. Conozco algunos lugares.
—¿Tienes un primo?
—Uno o dos. —Rocío alzó una ceja al oír las palabrotas que llegaban del fondo del pasillo.
—El fontanero —explicó Gastón—. Le pedí que empezara por el cuarto de baño principal. Era espantoso. Si conoces a alguien que quiera sanitarios realmente feos, de color aguacate, dímelo.
Gastón procedió a alejarse de la puerta del que ya consideraba el cuarto de los fantasmas, pero Rocío giró el pomo y la abrió. Cuando entró, Gastón contuvo la respiración.
—Hace frío. —Rocío. se abrazó, pero no pudo frenar el escalofrío—. Deberías conservar el papel de la pared. Es un dibujo bonito. Violetas y capullos de rosa.
Cuando se dirigía a las puertaventanas, Rocío notó que del escalofrío pasaba a un fuerte temblor y experimentó una profunda tristeza.
—Es una habitación triste, ¿no crees? Necesita luz. Y vida.
—Hay un fantasma, una mujer. Creo que la mataron aquí.
—¿De veras? —Rocío miró a Gastón. Estaba un poco pálida y tenía los ojos muy abiertos—. No tengo la sensación de... violencia. Solo de tristeza. De vacío y tristeza.
Su voz se había espesado. Instintivamente, Gastón entró.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo tengo frío.
Gastón alargó las manos con intención de frotarle los brazos pero al tocarla notó una descarga.
Sonriendo, Rocío dio un paso atrás.
—Me temo que esto no es lo que mi abuela entiende por hacer la corte, cher.
—Es esta habitación. Hay algo extraño en ella.
—Los fantasmas no me preocupan, y a ti tampoco deberían preocuparte. No pueden hacerte daño. —Así y todo, Rocío caminó hasta la puerta reprimiendo el deseo de acelerar el paso.
Deambuló por las demás habitaciones, pero en ninguna experimentó la tristeza, la aprensión, la soledad que le habían impulsado a abandonar el primer cuarto.
Cuando entró en la habitación de Gastón, sonrió.
—Esto ya está mejor. Tienes gusto, cher. —Rocío introdujo la cabeza en el cuarto de baño, donde los fontaneros estaban dando golpes y blasfemando—. Aunque no puedo decir lo mismo ¿Eres la persona que hizo este baño. ¿Eres tú, Tripadoe? ¿Sabe tu madre que comes con esa boca?
Se apoyó en la jamba de la puerta y charló durante un rato con los fontaneros. Gastón aprovechó para hacerse a un lado y mirarla.
Era patética esa chifladura de cachorro que le había cogido, pensó.
Y cuando ella le miró por encima del hombro, le temblaron hasta las plantas de los pies.
—¿Quieres que te enseñe el salón de baile? Será el escaparate de la casa.
—Será un placer. —Pero cuando echaron a andar, Rocío señaló la escalera—. ¿Qué hay allí arriba?
—Más habitaciones. Trasteros y algunas dependencias del servicio.
—Echemos un vistazo.
—No tienen nada de especial. —Gastón fue a cogerle la mano, pero Rocío ya estaba subiendo.
—¿Se puede llegar al mirador desde aquí? Muchas veces lo contemplaba y me imaginaba en él. —Es más fácil llegar desde... ¡No!  
La mano de Rocío se detuvo en seco sobre el pomo de bronce del cuarto infantil.
 —¿Qué ocurre? ¿Tienes a una mujer encadenada ahí dentro? ¿Guardas aquí todos tus secretos, cher?
—No, pero... —Podía notar el pánico trepando por su cuerpo, quemándole la base de la garganta—. Hay algo raro en esa habitación.
—En casi todas lo hay —replicó Rocío antes de abrir la puerta.
Gastón tenía razón. Ella experimentó al instante la misma sensación de tristeza, de pérdida, de soledad. Vio paredes, suelos y ventanas, polvo y abandono. Y sintió que se le rompía el corazón.
Cuando empezó a hablar, el frío la invadió. Notó que le soplaba en la piel como un aliento, que se introducía en su pelo como si fueran dedos.
—Es el centro —declaró, pero ignoraba qué quería decir con eso o por qué lo sabía—. ¿Lo notas? ¿Puedes notarlo?
Gastón se mareó y, abatido, clavó los dedos en la jamba de la puerta. Sentía un miedo irracional que le atravesaba los huesos como navajas. Maldita sea, era su casa, se recordó con severidad, y entró.
La habitación empezó a dar vueltas. Oyó un grito, vio la cara de Rocío, la alarma brotando de ella. Creyó ver que su boca pronunciaba su nombre. Luego notó que la vista le fallaba y unas manchas blancas bailaban a través de la neblina.
—Tranquilo, Gastón, cariño, no es nada.
Alguien le estaba acariciando el pelo y la cara. Notó en sus labios otros labios. Abrió los ojos y solo alcanzó a ver una mancha borrosa, así que volvió a cerrarlos.
—No los cierres. —Ella le golpeó suavemente las mejillas con unos dedos que temblaban. Gastón había caído al suelo, como un árbol bajo un hacha, después de empalidecer y poner la mirada en blanco—. Abre los ojos.
—¿Qué ha pasado?
—Te desvaneciste.
Gastón tenía ahora los ojos clavados en ella. La humillación forcejeaba con una vaga sensación de náuseas.
—Perdona, pero los hombres no nos desvanecemos. A veces nos desplomamos o perdemos el conocimiento, pero no nos desvanecemos.
El suspiro de Rocío fue de profundo alivio. Puede que se hubiera abierto la cabeza, pensó, pero afortunadamente había recuperado el sentido del humor.
—Disculpa, te desplomaste. Caíste con tanta fuerza que tu cabeza rebotó contra el suelo. —Se inclinó de nuevo y rozó con sus labios el rasguño que tenía en la frente—. Te va a salir un morado, bebé. No pude cogerte. Imagino que si lo hubiera hecho, nos habrías tirado a los dos.
Rocío había conseguido darle la vuelta y ahora le acariciaba las mejillas.
—¿Te desplomas a menudo?
—Generalmente cuando bebo hasta perder el conocimiento, lo cual no hago desde que iba a la universidad. Oye, sé que corro el riesgo de ponerme en ridículo dos veces en pocos minutos, pero necesito salir de aquí.
—De acuerdo. ¿Puedes levantarte? Me temo que no soy capaz de hacerlo sola, cher. Eres un tipo grande.
—Puedo. —Gastón se puso de rodillas. Intentó respirar pero volvió a ahogarse, como si tuviera un tabique en el pecho. Su corazón luchaba por seguir palpitando. Tambaleante, finalmente se levantó.
Rocío le rodeó la cintura con un brazo y se hizo con todo el peso que podía sostener.
—Un paso, dos pasos. Bajaremos para que puedas tumbarte.
—Se me pasará. —Los oídos le pitaban. Nada más alcanzar la escalera se sentó y colocó la cabeza entre las piernas.
—Dios santo.
—Tranquilo, cariño. —Rocío le acarició el cabello.
—Cierra esa puerta, ¿quieres? Ciérrala.
Rocío corrió hasta ella y la cerró de un portazo.
—Cuando respires mejor te llevaré a la cama.
—He ansiado oír esas palabras desde el primer día que te vi.

Tercera Parte, Capitulo Trece


Rocío se sintió un poco culpable y volvió su atención ha­cia Julia.
-Puede utilizar la cocina con toda libertad siempre que quiera. Estoy segura de que preferirá evitar a sus admirado­res a primera hora de la mañana.
-¿Qué clase de admiradores? -preguntó él.
-Soy bastante famosa -dijo Julia.
-Oh -replicó el hombre, dando por acabado el tema de la fama-. Ya que insistes en comer, ¿podrías darte un poco deprisa?
Julia se dirigió a Rocío sin duda únicamente con ánimo de ofender al hombre.
-Este hombre atrozmente egocéntrico es Liam Jenner. Señor Jenner, le presento a Rocío, la esposa de mi... sobrino.
Era la segunda vez en dos días que se quedaba atemori­zada ante un famoso.
-¿El señor Jenner? -Rochi tragó saliva-. No puedo decirle lo encantada que estoy. Hace años que admiro su obra. ¡No puedo creerme que esté usted aquí! Sólo que... en las fotos que siempre sacan de usted, lleva el pelo largo. Ya sé que deben ser de hace años, pero... lo siento. Estoy parlo­teando. Es que sus obras han significado mucho para mí.
Jenner asesinó a Julia con la mirada.
-Si quisiera que ella supiera mi nombre, se lo habría di­cho yo mismo.
-Qué suerte -le dijo Julia a Rocío-. Ya tenemos a un ganador para el concurso de Don Encanto.
Ro intentó contener la respiración.
-Sí, claro, lo comprendo. Estoy segura de que hay mu­cha gente que viola su intimidad, pero...
-Tal vez podría usted saltarse la adulación y llevarnos directamente hacia esas tortitas. Rochi tomó aire.
-Por aquí, señor.
-Tal vez tendrías que preparar unas tortitas de mala uva para él.
-Lo he oído -murmuró el pintor.
En la cocina, Rocío se recompuso lo suficiente como para conducir a Julia y a Liam Jenner hasta la mesa redonda del saledizo. Luego corrió a rescatar los huevos revueltos que había abandonado y los puso en un plato.
Gastón entró por la puerta y miró hacia Julia y Liam Jen­ner, pero aparentemente decidió no hacer preguntas.
-¿Ya están listos esos huevos?
Rochi le entregó los platos y le advirtió:
-Están demasiado hechos. Si la señora Pearson se que­ja, cálmala con tus encantos. ¿Puedes traer café? Tenemos co­mensales en la cocina. Te presento a Liam Jenner.
Gastón saludó al artista con la cabeza.
-Había oído en el pueblo que tiene usted una casa en el lago.
-Y tú eres Gastón Dalmau -dijo Jenner, sonriendo por primera vez y sorprendiendo a Rocío con la transformación de sus marcados rasgos. Realmente muy atractivos. Julia también lo notó, aunque no pareció tan impresionada como Rocío.
Jenner se levantó y le tendió la mano.
-Debería haberte reconocido enseguida. Hace años que sigo a los Stars.
Mientras los dos hombres se estrechaban la mano, Rocío observó que el artista temperamental se había transformado en un aficionado al fútbol.
-Has realizado una temporada muy buena.
-Podría haber sido mejor.
-No se puede ganar siempre.
La conversación derivó hacia los Stars, y Rochi se que­dó observando a los tres tertulianos. Qué extraño grupo de gente reunida en aquel lugar aislado. Un futbolista, un pin­tor y una estrella de cine.
«Aquí, en la isla de Gilligan.»
Ro sonrió, le quitó los platos de las manos a Gastón, que parecía disfrutar de la conversación, y los llevó al come­dor. Por suerte, no hubo quejas por los huevos. Sirvió café en dos tazas, cogió una ración de crema de leche y un sobre de azúcar de más, y lo llevó todo de vuelta a la cocina.
Gastón estaba apoyado en la puerta de la despensa, igno­rando a Julia, mientras hablaba con Liam Jenner.
- … dicen en el pueblo que mucha gente está visitando Wind Lake con la esperanza de poder verle. Aparentemen­te, ha beneficiado usted el turismo local.
-No por gusto -dijo Jenner cogiendo la taza de café que Rchi le había dejado delante e inclinándose a conti­nuación en su silla. Parecía estar a gusto dentro de su pe­llejo, pensó Rocío. Era de constitución robusta, un poco canoso: un artista disfrazado de curtido hombre de los bos­ques-. En cuanto se difundió el rumor de que me había construido una casa en este lugar, empezaron a aparecer todo tipo de idiotas.
Julia aceptó la cucharilla que le ofrecía Rocío y, mien­tras removía el café, dijo:
-No parece tener en mucha estima a sus admiradores, señor Jenner.
-Lo que les impresiona es mi fama, no mis obras. Se po­nen a parlotear sobre el honor de conocerme, pero las tres cuartas partes de ellos no reconocerían uno de mis cuadros aunque les mordiera el trasero.
Rocío, que se sintió aludida, no podía dejarlo así.
-Mamá de mal humor, pintado en 1968, una acuarela muy temprana -dijo mientras vertía el batido para rebo­zar en la sartén-. Una obra emocionalmente compleja con una engañosa simplicidad de trazo. Prendas, pintado sobre 1971, una acuarela con pincel seco. A los críticos no les gustó, pero estaban equivocados. Entre 1996 y 1998 se concentró en los acrílicos con la serie Desiertos. Estilísticamente, esos cua­dros son un pastiche: eclecticismo posmoderno, clasicismo, con un guiño a los impresionistas que se podría usted haber ahorrado.
Gas sonrió.
-Rochi es summa cum laude. En Northwestern. Escri­be libros de conejitos. Mi favorito entre sus cuadros es un paisaje, no tengo ni idea de cuándo lo pintó ni de qué dijo la crítica sobre él, pero se ve a un niño en la lejanía, y me gusta.
-A mí me encanta Niña en la calle -dijo Julia-. Una figura femenina solitaria en una calle urbana, con unos za­patos rojos maltrechos y una expresión de desespero en el rostro. Se vendió hace diez años por veintidós mil dólares.
-Veinticuatro.
-Veintidós -replicó Julia dulcemente-. Lo compré yo. Por primera vez, Liam Jenner pareció haberse quedado sin palabras. Pero no por mucho tiempo.
-¿Cómo te ganas la vida?
Julia dio un sorbo a su café antes de hablar.
-Me dedicaba a resolver crímenes.
Rocío estuvo a punto de dejar pasar el regate de Julia, pero le venció la curiosidad de ver qué pasaba.
-Ella es Julia Calvo, señor. Jenner. Es una actriz bas­tante famosa.
Jenner se inclinó en la silla y la estudió antes de murmu­rar finalmente:
-Ese estúpido póster. Ahora me acuerdo. Usted llevaba un biquini amarillo.
-Sí, bueno, es evidente que dejé atrás los tiempos de los pósters hace ya mucho.
-Dé gracias a Dios por ello. Aquel biquini era obsceno.
Julia se mostró sorprendida, y luego indignada.
-No veo qué tenía de obsceno. Comparado con hoy, era algo modesto.
Jenner juntó sus tupidas cejas.
-Lo obsceno es que se cubriera el cuerpo con algo. De­bería haber salido desnuda.
-Yo me largo -dijo Gastón volviendo hacia el comedor.
Ni una manada de caballos salvajes se hubieran podido llevar a Rochi de aquella cocina, y colocó un plato de torti­tas delante de cada uno de ellos.
-¿Desnuda? -La taza deJulia cayó ruidosamente so­bre el plato-. Jamás de la vida. Una vez rechacé una fortuna por posar para Playboy.
-¿Y qué tiene que ver con esto Playboy? Le estoy ha­blando de arte, no de excitación-dijo hincando el diente en las tortitas-. Un desayuno excelente, Rochi. Deja este lu­gar y ven a cocinar para mí.
-En realidad soy escritora, no cocinera.
-Libros infantiles... -Su tenedor se detuvo en medio del aire-. Yo había pensado en escribir un libro para ni­ños... -El tenedor se clavó en una de las tortitas del plato de Julia-. Probablemente no habría habido mucho merca­do para mis ideas.
-No si implicaban desnudos -murmuró Julia.
Rocío soltó una risilla.
Jenner le lanzó una mirada intimidatoria.
-Lo siento -murmuró Rocío mordiéndose el labio, y soltó un resoplido no muy femenino.
El ceño de Jenner se volvió más feroz. Rochi ya iba a vol­ver a disculparse de nuevo cuando observó un temblor as­cendente en la comisura de sus labios. O sea que Liam Jen­ner no era tan irascible como quería aparentar. La cosa se ponía cada vez más interesante.
Jenner señaló la taza medio llena de Julia.
-Puedes llevarte eso. Y lo que queda de tu desayuno también. Tenemos que irnos.
-Yo nunca dije que posaría para usted. No me cae bien.
-Ni a ti ni a nadie. ¡Y por supuesto que vas a posar para mí! -Su voz se volvió más profunda con el sarcasmo-. La gente hace cola para tener ese honor.
-Pinte a Rocío. Fíjese en sus ojos.
Jenner la estudió. Rocío pestañeó intencionadamente.
-Son bastante extraordinarios -dijo el pintor-. Su rostro se está volviendo interesante, pero todavía no ha vi­vido lo bastante para ser realmente fascinante.
-Eh, no hable de mí como si yo no estuviera delante.
Jenner levantó una ceja oscura hacia Rochi, y luego llevó de nuevo su atención hacia Julia.
-¿Es sólo conmigo, o eres tan testaruda con todo el mundo?
-No soy testaruda. Simplemente protejo su reputación de artista infalible. Tal vez si volviera a tener veinte años, po­saría para usted, pero...
-¿Y por qué iba a interesarme a mí pintarte cuando tenías veinte años? -Jenner parecía auténticamente per­plejo.
-Vamos, creo que eso es evidente -dijo Julia sin pen­sarlo.
Jenner la estudió unos instantes, con una expresión difícil de interpretar. Luego sacudió la cabeza.
-Por supuesto. Nuestra obsesión nacional por la de­macración. ¿No eres ya un poco mayor para seguir tragán­dote eso?
Julia plantó una sonrisa perfecta en su cara mientras se levantaba de la silla.
-Por supuesto. Gracias por el desayuno, Rocío. Adiós, señor Jenner.
El pintor la siguió con la mirada mientras salía de la co­cina con paso majestuoso. Rochi se preguntó si él habría notado la tensión que cargaba Julia sobre sus hombros.
Le dejó con sus propios pensamientos mientras se ter­minaba el café. Cuando terminó, Jenner recogió los platos de la mesa y los llevó al fregadero.
-Son las mejores tortitas que he comido en muchos años.
Dime qué te debo.
-¿Qué me debe?
-Esto es un establecimiento comercial -le recordó.
-Ah, sí. Pero no hay nada que cobrar. Ha sido un placer.
-Pues gracias.
Jenner se giró para marcharse.
-Señor Jenner.
-Puedes llamarme Liam.
Ro sonrió.
-Ven a desayunar siempre que quieras. Puedes colarte por la cocina.
-Gracias, tal vez lo haré -asintió lentamente.

domingo, 25 de marzo de 2012

Capitulo II, Tercera Parte


—Los servicios de búsqueda son adicionales —dijo él.
—¿Cómo? ¿Qué? ¿Más qué?
—Dinero. Esos cincuenta dólares al día que vas a pagarme por mis servicios.
—¿Consideras encontrar una sala del tatuajes un servicio de búsqueda?
—Sí, señora, lo considero.
Ella siempre supo que esa retribución era demasiado buena para ser cierta.
—¿Exactamente que cubren esos cincuenta dólares?
—La conducción, principalmente. Como dije, encontrar salas del tatuaje es adicional. También buscar arreglo de pelo y uñas.
—No he preguntado por eso.
—Los masajes están incluidos en los cincuenta. Pero, en cuanto a lo demás...
—Lo demás...
—Sólo cargaré las maletas una vez al día. Si son más veces te costará un extra. Enseñarte los monumentos está incluido en los honorarios, pero si tengo que hacer algún tipo de traducción del español para ti, tendré que cobrarte por adelantado. Y para el sexo, serían cincuenta pavos adicionales. ¿Te parece justo?
Ella clavó los ojos en él y se preguntó si de alguna forma se le había metido agua en los oídos.
Él sacudió la cabeza.
—No, tienes razón. Estamos en temporada baja, por lo tanto tengo que hacerte un descuento. Veamos. Te dejo en treinta el sexo, y eso cubre la noche entera, no sólo un polvo, ya me entiendes. Una viajera atada a un presupuesto como tú no va a encontrar una tarifa como esta.
Lentamente su lengua se despegó de su paladar.
—¿Sexo?
—La noche entera por treinta dólares —él apoyó los codos en el borde—. Últimamente he estado pensando en lo injusto que es. Una mujer puede cobrar centenares de dólares por una noche entera, pero un hombre no, eso es discriminación, eso es lo que es. Te juro, que últimamente he estado tentado acerca de presentar una queja en el EEOC.
Ella no podía apartar los ojos de él. Sentía una sensación extraña, entre la repulsa y la fascinación.
—¿Las mujeres pagan por tener sexo contigo?
Él la miró como si ella fuera tonta.
—Has alquilado un servicio de acompañante.
—Pensaba que había alquilado a un conductor.
—Y un guía. Acompañante. Son la misma cosa. ¿No te explicó Eugenia acerca de que los conductores ofrecen servicios de acompañante?
—Aparentemente no.
Él negó con la cabeza.
—Creo que tengo que hablar con ella acerca de esto. Ella debería haber tomado en consideración que tú posiblemente no entenderías las cosas de aquí. Ahora me encuentro en una situación desagradable, como discutir de dinero con mi clienta. De lo que principalmente me gusta hablar es de placer.
La forma en que él se demoró sobre la última palabra con su acento arrastrado de Texas fue como miel derretida que envió un temblor a través de su columna vertebral.
Repentinamente, sin cualquier dirección consciente, su mente comenzó a correr a toda velocidad. ¿Podría pagar por tener sexo? ¿Acababa de recibir la respuesta a todos sus problemas? Su estómago dio un vuelco. No. Era inconcebible. Imposible. ¿Pero por qué? Sólo tenía dos semanas para librarse de la red que el despreciable Hugh Holroyd había tejido tan apretadamente alrededor de ambos, de ella y St. Gert, y esto sería mucho más escandaloso que un tatuaje.
Ella consideró la posibilidad que tal vez Eugenia había escogido a Gastón Dalmau como su guía simplemente por esta razón. Eugenia no sabía los planes de Holroyd, pero si sabía cuánto lamentaba su experiencia limitada con los hombres.
Una tarde varios meses atrás, ellas compartieron un té en la casita de campo de Rochi en las cercanías de St. Gert, y con la franqueza que Eugenia le había contado un pasaje doloroso de su vida, le permitieron a Rochi revelar algo de su pasado. Eugenia ya sabía cuánto amaba Rochi a St. Gert, lo cual en realidad era lo único que sabía de ella. Al mismo tiempo, criarse en una escuela de chicas había restringido sus contactos con los hombres. Incluso cuando fue a la universidad, las cosas no mejoraron mucho. La muerte de su madre la había dejado en la quiebra virtualmente, así que se vio obligada a trabajar duro. Entre su trabajo y los estudios, apenas tuvo tiempo de hacer vida social, y la mayor parte de los hombres que encontraba atractivos se sentían intimidados por ella. Parecían preferir un tipo más suave de mujer, más fáciles de manejar y menos inclinadas a asumir el mando.
Sabía que habría sido más sensato haber aceptado un puesto docente en Londres después de graduarse, pero St. Gert era su casa, y el viejo lugar ocupaba su vida. Desafortunadamente, el puñado de hombres elegibles en el pequeño pueblo de Lower Tilbey era limitado, y a ella le parecía que les inspiraba más respeto que pasión.
Justamente había comenzado a resignarse a una existencia solitaria, sin hijos, cuando contrató a Jeremy Fox para llenar la vacante del departamento de historia. En pocos meses, estaba enamorada de él. Jeremy era amable, simpático, y atractivo, del tipo estudioso que siempre la habían atraído. Desafortunadamente, él era también su subordinado, pero tenían en común tantas cosas que de todas maneras se hicieron amigos.
Ella había estado satisfecha con su cómodo compañerismo hasta un día lluvioso del pasado mes de noviembre cuando había pasado varias horas con una nostálgica niña de seis años acurrucada en su regazo. El tiempo sombrío combinado con su próximo treinta cumpleaños y sentir la cabeza de la niña bajo su barbilla había vencido tanto a su sentido común como a su profesionalidad.
Había ido a la habitación de Jeremy esa tarde y, tan sutilmente como fue posible, le había comunicado que sus sentimientos por él iban más allá de la amistad. Una mirada a su expresión horrorizada le dijo que había cometido un terrible error. Él fue insoportablemente amable cuando le dijo que solamente la quería como una amiga.
—Tú, Rochi eres tan fuerte. Con tal espíritu de líder.
Ella sabía que eso no era un elogio, y un tiempo más tarde, se había forzado a sonreír en su boda con una bonita camarera de veintiún años que no conocía la Carta Magna de la Línea Maginot.
Rochi recordaba la expresión comprensiva de Eugenia cuando ella le había hablado de Jeremy.
—Entonces, eres todavía virgen —había dicho Eugenia sucintamente.
Rochi se había avergonzado.
—Pues bien, yo he tenido algunas citas. Y hubo varias veces que yo... —claudicó—. Sí. Totalmente. ¿Crees que debería avergonzarme por ello?
—De ningún modo. Simplemente eres selectiva.
Pero a pesar de las palabras amables de Eugenia, Rochi se sintió como un bicho raro. De todos modos alquilar a un hombre para el sexo nunca se le habría ocurrido para desalentar a Hugh Holroyd, Duque de Beddington.
¿Después de semanas de romperse la cabeza de cómo salvar su escuela, podría la solución ser tan simple? ¿Y tan difícil?
Ella necesitaba saber más.
—Sus servicios sexuales... —se aclaró la voz—. ¿En qué consisten exactamente?
La botella de cerveza se quedó a medias para sus labios, y la sonrisa que había estado pendiendo allí se desvaneció. Él clavó los ojos en ella por un largo momento, luego abrió la boca para hablar. La volvió a cerrar. Otra vez la abrió.
Y tomó un trago de cerveza.
Ella observó los músculos en su garganta mientras tragaba. Estaba obviamente sorprendido, y ella casi podía leer sus pensamientos. Él pensaba de ella que era demasiado conservadora para contratarle para el sexo, y ahora se arrepentía de haber reducido su precio tan rápidamente.
Él colocó su cerveza en el borde.
—Uh... Cualquier cosa que la clienta quiera.
Su mente pasó rápidamente por todas las posibilidades, y tuvo que mantener sus pensamientos a raya. No podía considerar esto de forma emotiva; tenía que estudiarlo con lógica y había cosas prácticas que considerar.
—¿Que hay acerca de las enfermedades de trasmisión sexual? —mirarle a los ojos era imposible, así es que fingió estudiar las burbujas.
Por un momento pensó que él no iba a contestar, pero lo hizo, aunque su voz sonó como si la cerveza le hubiera bajado por la tubería equivocada.
—Practico relaciones sexuales casi cien por cien seguras.
—Eso no me dice nada.
—Noventa y cinco por ciento. Porque como Mery siempre dice: ¡Vivir es arriesgarse! Aunque yo me aseguro de estar siempre limpio, ¿eso es lo que quieres saber? ¿Y qué hay de ti?
—¿De mí? —ella levantó la cabeza—. No. Seguro que no.
Otra vez, bajó su mirada. A través de las burbujas, ella vislumbró su piel y se preguntó cuánto de su cuerpo podía ver él.
—¿Esto es simplemente un negocio? ¿Manejado profesionalmente?
—Yo, uh, te ofrezco una garantía de devolución del dinero.
—Y yo que la clienta... ¿Qué hace la clienta?
Él pareció pensarlo un momento.
—La clienta dicta los parámetros. Dicta los detalles. Por ejemplo, si la señora tiene algún fetiche particular...
—Oh, no. Ninguno.
Su único fetiche era el deseo de hacer el amor con un hombre que la amara, y eso era algo que Gastón Dalmau no le podía conseguir. Simplemente sexo.
—O si, por ejemplo, a la clienta le gusta, me dice: "Gastón, cariño, quiero que me esposes".
Su cabeza subió rápidamente.
—Bueno, yo...estoy de acuerdo con eso de dictar los parámetros, porque me temo que eso de las esposas es demasiado para mí.
—Tú mandas.
Ella podía notar unos parches rojos ardiendo en sus mejillas. ¿Estaba realmente considerando hacer esto?