martes, 26 de junio de 2012

Capitulo V, Segunda Parte


—Si no me ayudas a buscar una sala de tatuajes, simplemente consultaré la guía telefónica y encontraré una por mí misma. Mientras tanto, necesito hacer algunas compras.
—Pensaba que esto, se suponía que era un viaje de investigación —llamó a la camarera para pedir la cuenta.
—Y lo es, pero no todo el tiempo. Quiero pasar algunas horas esta tarde en el Dallas Historical Society. Tengo que comprobar una serie de datos. También tengo un poquito de trabajo que hacer en la biblioteca de la Universidad de Texas en Austin y en San Antonio.
—Entonces cuéntame algo más de esa señora que estás investigando.
—¿Lady Sarah Thornton? Estoy escribiendo un artículo sobre ella para New Historian. Aunque ahora no doy clases, me gusta permanecer involucrada. Lady Sarah fue una mujer extraordinaria, un miembro de la aristocracia, pero muy independiente para su tiempo, e insaciablemente curiosa. Viajó sola a través de esta región en 1872.
—¿Conducía ella misma? —dijo él con mordacidad.
—Lady Sarah era más valiente que yo. Su historia es fascinante porque ella vio Texas de dos formas: como extranjera y como mujer. Ella estaba en Dallas el día que el primer tren llegó a la Houston&Texas Central. Su descripción de la barbacoa de búfalo que hicieron para celebrarlo es muy vívida.
Él lanzó algunas monedas en la mesa y se levantó.
—Parece extraño que una señora en 1872 hubiera tenido el descaro de viajar a través de Texas por sí misma, pero una mujer de hoy en día, independiente como tú, no.
—Lady Sarah no tenía que conducir coches —le dijo mientras le seguía.
Lady Sarah tampoco tenía la necesidad de inquietar a un duque viajando con un hombre guapo.
Mientras caminaban por el vestíbulo, ella le dio dos dólares.
—Para pagar el té. Me hiciste pedir el resto, así que eso lo pagas tú.
—Guárdate tus dólares.
—No hay necesidad de ser hosco —volvió a meter las monedas en su bolso y, simplemente para enfadarle, apuntó su paraguas hacia la puerta—. Hacía allí.
Él lo arrebató de su mano y lo lanzó al portero.
—¿Quieres que lo queme?
—Llévelo a mi cuarto, por favor —le dijo ella al portero—. Señorita Igarzabal. Número 820.
Ella se encaminó hacía el aparcamiento antes de darse cuenta que Gastón no la seguía y no tenía ni idea donde había puesto él su coche.
Ella volvió la mirada atrás y le vio moviéndose como un caracol con pastillas para dormir entrando al aparcamiento. Ella golpeó ligeramente el dedo del pie de su sandalia.
Él se saludó con un par de hombres de negocios, luego se detuvo a admirar algún trabajo de la teja.
Ella suspiró y miró alrededor buscando su coche. En cierta forma no se asombró divisar que había aparcado en un lugar reservado para minusválidos. Ella esperó impacientemente que se acercara.
Finalmente, él abrió la puerta.
—¿Estás segura que tienes que hacer tus compras hoy? —le preguntó cuando ella se sentó dentro y se abrochaba el cinturón de seguridad.
—Sí. En algún lugar moderno, pero barato.
—Pues no vas a tener suerte porque no tengo la menor idea de esos sitios. Simplemente compra lo que quieras y lo cargas a mi cuenta.
Salieron a la carretera.
—¡No haré eso!
—¿Por qué te pones tan exigente ahora? No te opusiste a esos cien dólares al día que me obligas a pagarte sólo por mantener tu boca cerrada.
—Doscientos dólares al día. ¿Y cómo eso es dinero de chantaje, entonces es diferente, verdad? —le dijo ella con aire de suficiencia.
Su mirada fija barrió sobre la ropa que ella había escogido para hoy: Una falda pequeña de tela vaquera color caqui con una blusa color crema metida en la cintura. La blusa tenía serigrafiada una escena de jardín, completa con unos pájaros azules.
—Bonita blusa.
—Gracias. Mis estudiantes de quinto me la regalaron al terminar el curso.
Mientras iban en el coche a lo largo de la autopista, ella finalmente tuvo la posibilidad de contemplar el paisaje que sólo conocía a través de los libros de historia. Los centros comerciales, las vallas publicitarias, y los restaurantes de comida rápida le interesaban poco, pero el tamaño de todo le quitaba el aliento.
No podía imaginarse algo tan distinto a Lower Tilbey y al viejo edificio de ladrillos rojos de St. Gert, su césped, y árboles antiguos. ¿Qué había debido pensar Lady Sarah Thornton cuándo vio una extensión de tierra tan vasta y un cielo tan alto?
Ella se inclinó hacia adelante cuando Gastón comenzaba a aparcar en un sitio reservado para minusválidos de nuevo.
—Absolutamente, no.
—No iba a aparcar aquí —dijo con aire de inocencia—. Ir de compras con una mujer no es mi actividad favorita así que te dejo mientras voy a practicar unos golpes. Te recojo dentro de tres horas.
—Buen Dios, sé exactamente lo que quiero, y no me llevará mucho tiempo —le quitó las llaves del contacto—. Vengo en un momento.
Él le arrebató sus llaves, pero salió con ella, aunque masculló todo el camino por el centro comercial.
—Mejor no tardes más de media hora. Lo digo en serio, Rocío. Después de media hora, mi Cadillac y yo salimos corriendo estés con nosotros o no.
—Uhm —ella estudió los escaparates y, casi inmediatamente, vio lo que quería. Ella gesticuló hacia un banco concreto—. Espera aquí mismo. Sólo será un momento.
—¡Eres la más condenada mujer que alguna vez he tenido el disgusto de conocer! ¿Piensas que puedo sentarme en mitad de un centro comercial americano sin crear un disturbio?
—¿De qué estás hablando?
—Soy una persona famosa, eso digo.
Como para probar sus palabras, dos jóvenes llevando bolsas de compra rosas de Victoria's Secret venían directamente hacía él.
—¡Gastoún!
Él la miró malhumorado.
—Ahora, ¿ves lo que has hecho?
—No tardaré nada. Te lo prometo.
No era cierto, pero al volverse de nuevo, pudo ver una pequeña muchedumbre rodeándolo, y él parecía mantener un clinnic de golf improvisado.
—Después de que llega la a la cumbre, debes asegurarte de bajar suave y liso. Si quieres aumentar la velocidad...
Le miró de nuevo, pero, a pesar de sus protestas, él parecía estar disfrutando y no parecía tener prisa en escapar. De modo que entró en una tienda de accesorios y añadió algunas piezas de bisutería barata a sus compras antes de que él finalmente se separara de sus admiradores y la condujera al coche.
—Ahora el tatuaje —dijo ella cuándo estaban otra vez en la carretera.
—Hablas en serio acerca de eso, ¿no?
—Absolutamente.
Él pensó durante algunos minutos.
—Bien, si de verdad estás convencida, te ayudaré. Excepto que tenemos que tener mucho cuidado de encontrare un lugar dónde puedas estar segura que las agujas no son reutilizables.
—¿Agujas?
—¿Cómo crees que se hacen los tatuajes?
—Sí, claro está. digo... Sé que usan agujas. Era simplemente la forma que lo dices.
—Eso duele, Queen Elizabeth. Así que si no soportas bien el dolor, será mejor que te lo vuelvas a pensar.
—No creo que sea tan doloroso.
Su bufido no era alentador.
—Estás simplemente tratando de asustarme.
—Vale, perdóname por ser un ser humano compasivo y humanitario.
—¡Ajá!
—De acuerdo, tú ganas. Lo buscaré mientras te ocupas de hacer esa investigación.
Por una vez él pensaba eficiente.
—Una idea excelente.
Se dirigieron hacia el State Fair Park, donde el Dallas Historical Society estaba ubicado en un pabellón impresionante, formando una T llamado Hall of State. Ella salió de su coche en el estacionamiento después de estar de acuerdo en encontrarse en ese lugar a las tres.
Aunque ella había tenido la intención de dirigirse inmediatamente hacia las oficinas de la Sociedad Histórica, descubrió que había cosas que quería ver primero, y se tomó su tiempo estudiando los murales gigantes que representaban cuatro historias en el Great Hall of Texas, bosquejando la historia estatal desde 1528 al siglo veinte. Cuando finalmente llegó a las oficinas de la Sociedad Histórica, fue saludada calurosamente, y pasó las siguiente horas comprobando varias veces las notas que había tomado de la publicación sobre Lady Sarah con otras fuentes en ese lapso de tiempo. Estaba tan cautivada por la investigación que perdió la noción del tiempo y no llegó al lugar dónde se suponía que se debería encontrar con Gastón hasta las tres y cuarto.
El Cadillac estaba esperando, junto con su enfadado conductor.
—Llegas tarde. ¡Odio eso!
—Realmente, Gastón, no tienes por qué quejarte. ¿Cómo debía suponer que estarías en punto después de tu retraso de ayer en el aeropuerto?
—Ayer fue diferente.
—Porque fuiste tú quién llegó tarde.
—Algo parecido.
—Eres imposible. ¿Has encontrado la sala de tatuaje?
—Mejor que mejor. Encontré a una señora que hace tatuajes en su casa.
—¿Realmente? ¿Y piensas que es fiable?
—El pilar de la comunidad. No vas a conseguir alguien más aconsejable. Sólo que la cosa es, que ella tiene un horario muy ocupado, y sólo he conseguido que te acepte para las diez de esta noche. Tuve prácticamente que mendigar.
Ella esperaba que los detectives de Hugh estuviesen por ahí.
—Está bien —su estómago retumbó—. Ahora me gustaría ir a comer.
—Justamente conozco un lugar.
Veinte minutos más tarde recorrían en coche las puertas de piedra de entrada de un club de campo de aspecto exclusivo. La senda de árboles finalizaba en un edificio con unas columnas estilo griego. Después de que Gastón estacionó, ella salió y se dirigió hacia la entrada delantera. Otra vez, le llevó un momento darse cuenta que iba sola. Ella cambió de dirección.
Él estaba parado mirándola, con las manos en las caderas.
—¿Sabes dónde vas?
Ella echó un vistazo alrededor.
—Realmente no.
—Entonces, ¿por qué vas delante?
—Bueno, siempre lo hago.
—Pues bien, ahora lo dejas.
Nada de Jeremy Fox. Pero ella no era la clase de mujer para ser una segundona. Había estado sola la mayor parte de su vida, y había aprendido muy temprano que o bien abría el camino o era pisoteada.
Él señaló con su pulgar hacia un edificio más pequeño.
—Vamos allí.
—Lo siento.
Ella se sentía tonta mientras lo seguía a lo largo de un camino que conducía a una puerta encabezada con letras talladas en madera que indicaban "Pro-Shop". Los hombres de dentro lo saludaron como si él fuera de la realeza.

lunes, 18 de junio de 2012

Tercera Parte, Capitulo Diescisiete


-Eres tan dulce... -murmuró Gas dentro de su boca.
Pero era imposible distraerle. La cogió por la parte pos­terior de las rodillas y las abrió a la altura de las caderas. Ya estaba. ¡Rocío se preparó para resistir la acometida y se mor­dió el labio para no gritarle que se tomara su tiempo, por lo que más quisiera, y dejara de actuar como si el árbitro hu­biera dado la señal de los dos últimos minutos!
Se había prometido que no le criticaría, así que optó por hincar los dientes en los fuertes músculos de su hombro.
Gas emitió un sonido ronco que tanto podría haber si­do de dolor como de placer, y la siguiente cosa que supo Rochi fue que estaba tumbada de espaldas con Gastón cer­niéndose encima de ella, mirándola con aquellos crueles ojos verdes.
-¿Así que la conejita quiere jugar duro?
« ¿Contra noventa kilos de músculo? No, creo que no.»
Rochi iba a decirle que sólo intentaba distraerle para que no fuera tan rápido con el gatillo, pero Gastón le sujetó las muñecas y se lanzó en picado hacia sus pechos.
Aaaaah... Era una tortura. Una agonía. Peor que una ago­nía. ¿Cómo podía una boca causar tantos estragos? Rocío deseó que no se acabara nunca.
Gastón deslizó los labios por uno de sus pechos. Le rindió los honores al pezón y pasó al otro pecho, donde repitió la operación. Luego, sin previo aviso, se puso a succionar.
Rocío se debatió contra él, pero Gastón no le soltó las mu­ñecas, que tenía aprisionadas con una sola mano para poder juguetear con la otra a placer.
La mano vagó por el pecho y fue descendiendo primero hasta el ombligo, y luego más abajo, donde se entretuvo con los rizos. Pero al parecer su pretensión era atormentarla, por­que justo en ese momento se desvió hacia la parte interior de los muslos.
Los muslos se abrieron.
Gastón se quedó donde estaba.
Rochi se retorció, intentando obligar a aquellos dedos tentadores a que abandonaran sus muslos y volvieran a aque­lla parte de ella que palpitaba hasta tal punto que creía que iba a morir.
Gas no captó la idea. Estaba demasiado ocupado ator­mentándola, demasiado ocupado jugando con sus pechos. Rocío había oído que algunas mujeres podían tener orgas­mos sólo por aquello, pero nunca se lo había creído.
Estaba equivocada.
La onda expansiva la pilló desprevenida, retronó a su al­rededor y la elevó hacia el cielo. No recordaba haber grita­do, pero al oír el eco supo que lo había hecho.
Gastón se paró. Rochi se estremeció contra su pecho, res­piró profundamente, intentó comprender qué le había pa­sado.
Gas le acarició el hombro. Le besó el lóbulo de la ore­ja. Su aliento susurrado cosquilleó sus cabellos.
-Un poco rápida con el gatillo, ¿no?
Ro se sintió mortificada. O algo así. Excepto que ha­bía sido tan agradable. Y tan inesperado.
-Ha sido un accidente -masculló-. Ahora es tu turno.
-Ah, yo no tengo ninguna prisa... -Gastón tomó un me­chón de sus cabellos y se lo acercó a la nariz-. Al contrario que otra gente.
El brillo de la transpiración que recubría la piel de Gastón y la forma en que presionaba su muslo le dijeron a Rocío que tenía más prisa de la que quería admitir. Mucha prisa. Curiosamente, no recordaba aquella parte de él. No exacta­mente. Recordaba que le había dolido. Y en aquel momen­to, pensando en ello, se le ocurrió por un instante que tal vez ella era demasiado pequeña.
No había momento mejor que aquél para averiguar si era verdad.
Rocío se encaramó sobre él.
Gastón volvió a tumbarla de espaldas. Le besó la comisura de los labios. ¿Cuándo pensaba llegar a la parte del pim, pam?
-¿Por qué no te tumbas y descansas un poco? -susu­rró Gastón.
« ¿Descansar?»
-No, de verdad que no...
Gastón la sujetó por los hombros escondiendo los pulga­res en sus axilas y volvió a iniciar el recorrido de besos. Sólo que esta vez siguió adelante.
Poco después la tomó por las rodillas y le abrió las pier­nas. Sus cabellos frotaron la parte interior de los muslos de Rochi, que estaban tan sensibles que se estremeció. Luego la tomó de nuevo con su boca.
Una suave succión... Unas dulces acometidas... Rocío no podía respirar. Cogió la cabeza de Gastón, suplicando. Sus caderas se combaron cuando las oleadas volvieron a domi­narla.
Esta vez, cuando Rochi se hubo calmado, Gastón, en lugar de burlarse de ella, cogió el condón del que ella ya se había ol­vidado, acomodó su cuerpo sobre el de Rochi y la observó con aquellos ojos verdes. Bajo el resplandor del sol de últi­ma hora de la tarde, el cuerpo de Gastón parecía cubierto de oro fundido y Rocío sentía el calor de su piel en las manos. Cuando el esfuerzo por contenerse resultó demasiado para él, Ro sintió que los músculos de él se estremecían bajo las palmas de sus manos. Aun así, le había dado a Rochi todo el tiempo del mundo.
Rocío se abrió... se estiró para aceptarle.
Gastón la penetró lentamente, besándola, calmándola. Rochi le amó por lo cuidadoso que estaba siendo y, lenta­mente, le aceptó dentro de su cuerpo.
Pero, incluso cuando ya estaba dentro de ella, Gas se contuvo, e inició un balanceo lento y dulce.
Era delicioso, pero no era suficiente, y Rocío se dio cuen­ta de que ya no quería su contención. Le quería libre y sal­vaje. Quería que disfrutara de su cuerpo, que lo utilizara como le placiera. Rodeándole con las piernas, le presionó las cade­ras conminándole a liberarse.
La correa con la que Gastón había estado sujetando su au­tocontrol se rompió. Gas acometió. Rocío gimió al recibir la acometida. Era como arder en una hoguera de sensaciones.
Gastón era demasiado grande para ella, demasiado fuerte, demasiado feroz… Absolutamente perfecto.
El sol fue ardiendo con más intensidad hasta que explotó. Gastón y Rocío volaron juntos hacia un vacío cristalino y brillante.
Gastón no había hecho nunca el amor con una mujer que llevase una conejita en las bragas. Pero había muchos aspec­tos de hacer el amor con Rocío que eran diferentes de todas demás cosas que había experimentado. Su entusiasmo, su generosidad... ¿Por qué debería sorprenderse? Gas deslizó su mano sobre la cadera de Rochi y pensó en lo agradable que había sido, aunque al principio ella había comportado de un modo extraño, casi como si hubiera estado intentando convencerse a sí misma de que le tenía miedo. Recordó que se había quedado en pie delante de él con el sujetador y las bragas de la conejita, con la cabeza alta y los hombros hacia atrás. Si hubiera tenido una bandera de los Estados Unidos ondeando a su espalda, habría parecido un atrevido cartel de reclutamiento para la infan­tería de marina. Pocos, orgullosos y con colita de algodón.
Rochi se agitó en los brazos de Gastón y resopló ruidosa­mente por la nariz, amadrigándose como uno de sus amigos de ficción. Aunque, a pesar de los resoplidos, las madrigue­ras y las bragas de conejita, Rocío había sido una mujer de los pies a la cabeza.
Y Gastón estaba en un buen lío. En una tarde, había tira­do por la borda todo lo que había intentado lograr al igno­rarla.
Ro deslizó la mano por su pecho hasta alcanzar su ba­rriga. Aquí y allá, los últimos rayos de luz del sol lustraban sus cabellos con salpicaduras como las que había utilizado ella el día antes para las galletas de azúcar. Gas se obligó a recordar los motivos por los que había intentado con tanto empeño mantenerla alejada, empezando por el hecho de que no iba a formar parte de su vida durante mucho tiempo, cosa que muy probablemente iba a enfurecer a su hermana, que resultaba ser la propietaria del equipo al que Gastón pretendía llevar, aquel año sí, a la Super Bowl.
Gas no podía pensar en todos los medios a los que pue­den recorrer los propietarios de equipos para hacérselas pasar canutas incluso a sus estrellas, no de momento. Sí que pensó, en cambio, en toda la pasión que había encerrada dentro del cuerpecito caprichoso de aquella mujer que era su esposa y no era su esposa.
Rochi volvió a resoplar.
-No eres un paquete. Como amante, me refiero.
Gastón se alegró de que ella no pudiera ver su sonrisa, por­que darle la más mínima ventaja significaba generalmente acabar bañándose en el lago con la ropa puesta. Así que se decantó por el sarcasmo.
-Me parece que nos estamos poniendo tiernos. ¿Debo sacar un pañuelo?
-Sólo quería decir que... Bueno, la última vez...
-No me digas.
-Era lo único que tenía para comparar.
-Por el amor de...
-Sí, ya sé que no es justo. Tú estabas dormido. Y no dis­te tu consentimiento. Eso no lo he olvidado.
-Pues tal vez ya va siendo hora -dijo arrimándose a ella.
Rocío sintió una explosión en su cabeza, y le miró con un millón de emociones en el rostro, la principal de ellas la esperanza.
-¿Qué quieres decir?
Gastón le acarició el cuello.
-Quiero decir que se acabó. Que está olvidado. Y tú es­tás perdonada.
-Lo dices en serio, ¿verdad? -preguntó con los ojos inundados de lágrimas.
-En serio.
-Oh, Gastón… Yo…
Gas presintió que lo siguiente iba a ser un discurso, y no estaba de humor para más charlas, así que empezó de nuevo a hacerle el amor.

sábado, 16 de junio de 2012

Segunda Parte, Capitulo Diescisiete


Su voz contenía la misma nota de determinación que le había oído en entrevistas de televisión cuando prometía ga­nar a Green Bay. Gastón soltó la pierna de Rocío, y retiró de mala gana la mano que tenía encima de su pecho.
Rochi se había vuelto a meter donde se suponía que no debía.
-La verdad, pienso que...
-Basta de pensar, Rochi. Soy tu marido, maldita sea, y ya es hora de que te comportes como una esposa.
-¿Cómo una...? ¿A qué te...?
Pero Gastón era fundamentalmente un hombre de acción y ya había tenido suficiente charla. Asiéndola por la muñe­ca, la arrastró hacia la puerta de atrás.
Rocío no se lo podía creer. La estaba secuestrando para cometer... ¡sexo a la fuerza!
«Santo Dios... ¡Resístete! ¡Dile que no!»
Rochi veía el programa de Oprah y sabía exactamente qué se suponía que tenía que hacer una mujer en aquella si­tuación. Gritar a todo pulmón, tirarse al suelo y ponerse a darle patadas a su asaltante con todas sus fuerzas. La enten­dida en la materia del programa había explicado que esta estrategia no sólo tenía la ventaja de la sorpresa, sino que uti­lizaba la fuerza de la parte inferior del cuerpo de la mujer.
«Gritar. Tirarse al suelo. Dar patadas.»
-No -susurró.
Gastón ni la oyó. Siguió arrastrándola por el jardín y lue­go por el camino que corría entre las casitas y el lago. Las lar­gas piernas de Gastón devoraban el terreno como si estuviera intentando vencer al pitido final. Se habría caído de bru­ces si Gas no la hubiera estado agarrando tan fuerte.
«Gritar. Tirarse al suelo. Dar patadas.» Y no dejar de gri­tar Rochi recordaba aquella parte. Se suponía que no había dejar de gritar ni un segundo mientras se daban las pa­tadas.
La idea de tirarse al suelo resultaba interesante. Nada in­tuitiva, aunque tenía sentido. Las mujeres no podían competir con los hombres en cuanto a fuerza de la parte superior del cuerpo, pero si el asaltante masculino estaba en pie y la mujer se tiraba al suelo... Una ráfaga de patadas fuertes y rápidas en las partes blandas... Sin duda, tenía sentido.
-Mmm, Gastón...
-Cállate, o te juro por Dios que te poseo aquí mismo.
Sí, sin duda era sexo a la fuerza.
«Gracias a Dios.»
Rocío estaba tan cansada de pensar, tan cansada de huir de lo que tanto deseaba. Ella sabía que tener que creer que la decisión se le había ido de las manos decía muy poco a fa­vor de su madurez personal. Y considerar a Gastón como un depredador sexual era incluso más lamentable. Pero a sus veintisiete años, Ro todavía no era la mujer que quería ser. La mujer que intentaba ser. Cuando tuviera los treinta, esta­ba absolutamente segura de que ya dominaría su propia se­xualidad. Pero, de momento, que lo hiciera él.
Avanzaron a sacudidas por el camino dejando atrás al Buen Señor y Arca de Noé. Lirios del campo estaba justo delante.
Rocío se acordó de las escasas prestaciones como aman­te de Gastón y juró que no le diría ni una palabra sobre el tema ni durante ni después. Gas no era una persona egoísta por naturaleza. ¿Qué iba a saber él de prolegómenos cuando ten­ía a todas aquellas mujeres colmándole de atenciones? Y un «pim, pam, gracias, señora» ya estaría bien. Aquellas enfer­mizas imágenes nocturnas que le habían arrebatado el sue­ño se esfumarían finalmente ante la cruda realidad.

-Adentro -dijo abriendo de golpe la puerta de la casi­ta y empujando a Rocío.
Ro no tenía ninguna opción en el asunto. Ninguna en absoluto. Él era más alto, más fuerte, y tenía propensión a ponerse violento en cualquier momento.
Incluso para una persona imaginativa, aquello era un ca­llejón sin salida.
Rocío deseó que no la hubiera soltado, aunque le gustó el modo como se echó las manos a las caderas. Y su mirada parecía seriamente amenazadora.
-No vas a empezar a soltarme el rollo de siempre, ¿verdad?
La pregunta le planteó un dilema. Si decía que sí, él daría marcha atrás. Si decía que no, le estaría dando permiso para hacer algo a lo que ella sabía que debería resistirse. Por suer­te, Gas seguía enojado.
-¡Porque ya estoy harto! No somos chiquillos. Somos dos adultos sanos, y nos deseamos.
¿Por qué no dejaba de hablar y la arrastraba sin más al dormitorio? Si no de los pelos, sí al menos del brazo.
-Llevo todas las medidas de seguridad que vamos a ne­cesitar...
Si al menos hubiera dicho que llevaba una pistola y que pensaba encañonarla si no se acostaba allí y le dejaba hacer lo que le apeteciera. Claro que Rochi quería hacer mucho más que simplemente acostarse allí.
-¡Ahora, te recomiendo que muevas tu lindo trasero hacia el dormitorio!
Las palabras fueron perfectas, y a Rocío le encantó la forma como señaló la puerta con el dedo, aunque el enojo que hasta entonces había dominado su mirada empezaba a dejar paso a la cautela. Se estaba preparando para echarse atrás.
Rocío corrió hacia el dormitorio. Tampoco había para tanto, no debía darle demasiada importancia. Era una her­mosa esclava obligada a entregarse a su implacable (aunque divinamente atractivo) amo. ¡Una esclava que tenía que qui­tarse la ropa antes de que él la azotara!
Se quitó el top y se quedó en pie ante él cubierta simple­mente por el sujetador y el pantalón, que en realidad era un calzón de gasa de los que se llevan en los harenes. Calzón que él rasgaría si ella no se apresuraba a quitarse.
Inclinó la cabeza y dio un puntapié en el aire para des­prenderse de sus sandalias. Luego se quitó el pantalón -el calzón de gasa- y lo arrojó a un lado. Cuando levantó la mirada, vio a su amo en pie junto a la puerta del dormitorio, con una expresión ligeramente aturdida, como si no pudiera creerse que iba a ser tan fácil. ¡Ja! ¡Fácil para él! ¡No estaba mirando a la muerte a la cara!
Ella sólo llevaba el sujetador y las bragas. Levantó la bar­billa y lo miró desafiante. ¡Tal vez poseería su cuerpo, pero jamás podría tener su alma!
Una vez se hubo convencido de nuevo, Gas avanzó ha­cia ella. Por supuesto que estaba convencido. Ella también lo estaría si tuviera a un ejército de guardias estacionados justo detrás de la puerta, listos para arrastrar a una esclava desobediente a la muerte si no se sometía.
Gastón se paró delante de ella y miró abajo, rastrillando su cuerpo con sus ojos verdes. Si se hubiera dejado el top puesto, él se lo habría arrancado con una daga... ¡No, con los dientes!
Los imperiosos ojos de Gastón abrasaban el cuerpo de Rochi. ¿Qué pasaría si no le complacía? Un amo tan despia­dado exigía de ella algo más que la simple sumisión. ¡Exigía colaboración! Y (acababa de recordar) había jurado torturar hasta la muerte a su mejor amiga, la dulce esclava Melissa, si no quedaba satisfecho. ¡Por mucho que le doliera a su orgu­llo, tenía que satisfacerle!
Para salvar a Melissa.
Levantó los brazos y sujetó la magnífica mandíbula de Gastón entre sus manos, en un intento desesperado de aplacar a aquel bárbaro. Se inclinó hacia delante y apretó sus labios inocentes contra aquellos labios crueles, cruelmente, cruel­mente... dulces.
Rocío suspiró y le tentó con la punta de la lengua. Cuan­do Gas abrió la boca, ella la invadió. ¿Cómo podía hacer otra cosa cuando tenía que proteger la vida de la pobre Me­lissa?
Las manos de Gastón se extendieron en su espalda des­nuda, buscando el broche del sujetador. A Rocío se le puso la piel de gallina. El broche se abrió.
Gas la cogió por los hombros y tomó el mando del be­so. Luego, tiró del sujetador y lo lanzó a un lado.
Su boca se apartó de la de Rochi. Su mandíbula le acari­ció la mejilla.
-Rocío...
Ella no quería ser Rocío. Si fuera Rocío, tendría que re­coger la ropa y vestirse de inmediato, porque Rocío no era autodestructiva.
Sólo era una esclava, e inclinó la cabeza con sumisión cuando él se echó atrás para contemplar sus senos desnu­dos, expuestos ya a sus depredadores ojos esmeralda. Se estremeció y esperó. El algodón crepitó cuando Gastón se quitó la camiseta -su túnica de seda- y la dejó caer a un lado. Rocío cerró los ojos con fuerza cuando él tiró de ella y su pecho de conquistador apretó sus pechos desnudos e in­defensos.
Un temblor recorrió toda su piel cuando Gastón empezó a comérsela a besos: primero rodeó por completo su cuello, y luego fue descendiendo hacia los pechos, que ya no le perte­necían a ella. Le pertenecían a él. ¡Todas las partes de su cuer­po le pertenecían a él! Las rodillas se le aflojaron. Había de­seado tanto aquel momento, y sin embargo necesitaba a toda costa seguir con la fantasía.
Amo... Esclava... Suya para satisfacer sus deseos. No de­bía enojarle... Debía dejarle -oh, sí- extender aquel reco­rrido de besos por sus costillas y hacia el ombligo, el estó­mago, mientras se deslizaba por sus caderas y empezaba a tirar de sus bragas.
¡Concéntrate! ¡Imagina esos labios crueles! ¡Esos ojos como puñales! La horrible pena que debería sufrir la esclava si no abría las piernas para que él pudiera deslizar su mano entre ellas. Su despiadado amo... Su salvaje propietario... Su...
-Hay una conejita en tus bragas.
Ni siquiera la mente más creativa podría haber mantenido la fantasía ante esa risilla ronca y burlona. Ella le miró y se le impuso la incómoda certeza de que uno de los dos no llevaba puestas más que unas braguitas azules con una conejita mientras que el otro no se había quitado los pantalones.
-¿Y qué, si la hay?
Gas se estiró y, después de frotar con los dedos la parte delantera de las braguitas, le dio una palmadita a la conejita­. Rochi se estremeció.
-Sólo me ha sorprendido.
-Me las regaló Mery. Fue una sorpresa.
-Para mí sí que ha sido una sorpresa -dijo mordis­queando el cuello de Rochi mientras seguía dándole palmaditas a la conejita-. ¿Son las únicas?
-Tal vez haya unas cuantas más.
Gastón extendió su otra mano sobre el trasero de Rocío y le dio un masaje.
-¿Tienes algunas con el chico tejón?
Sí, tenía unas con Benny luciendo su bonita máscara de tejón.
-¿Podrías dejar...de hablar...y concentrarte..ah...en la conquista?
-¿Qué conquista? -preguntó él deslizando el dedo bajo la banda de la entrepierna.
-No importa.
Rocío suspiró mientras él seguía con su caricia. Oh, era delicioso. Rochi abrió las piernas para dejarle ir a donde quisiera.
Y él quería ir a todas partes.
Antes de darse cuenta, sus bragas habían desaparecido, junto a la ropa de él, y estaban desnudos en la cama, dema­siado impacientes para quitar la colcha.
Sus juegos se volvieron serios demasiado pronto. Gastón agarró a Rochi por los hombros y la colocó encima de él: no había duda de que iba al grano. Rocío se contoneó sobre el cuerpo de Gas, le cogió la cabeza con ambas manos y vol­vió a besarle, con la esperanza de desacelerarle.

viernes, 15 de junio de 2012

Capitulo Diez, Segunda Parte


Estaba irritada, no solo por haber perdido una batalla, sino por su cobardía. Porque era cobardía lo que la había empujado a empezar la pelea.
Caminó por la marisma al tiempo que Rufus corría entre los árboles y la espesa maleza con la esperanza de asustar a un conejo o una ardilla.
Se detuvo en la curva de lo que siempre se había conocido como el Bayou Rouse. Este misterioso lugar, con sus aguas lentas y oscuras, los cipreses calvos y los densos olores, era su mundo tanto como las calles tortuosas y el ambiente animado del Quarter.
Había corrido por este mundo de niña, había aprendido la diferencia entre un reyezuelo y un gorrión, a evitar un nido de víboras por su olor a pepino, a arrojar el anzuelo y recogerlo con un bagro para la cena.
Era el hogar de su sangre, al igual que el Quarter se había convertido en el hogar de sus ambiciones. Al primero no regresaba únicamente cuando su abuela estaba triste, sino cuando ella lo estaba.
Atisbo el avance del hocico nudoso de un caimán. Lo que se ocultaba debajo de la superficie, pensó, era lo que podía hundirte, con una dentellada rápida, si no estabas atenta y perdías la cabeza.
Mucho se ocultaba bajo la superficie de Gastón Dalmau. Ella habría preferido que fuera un niñato rico y mimado con ganas de pasarlo bien. Se habría divertido con él y lo habría despachado cuando ambos se hubieran hartado.
Era mucho más difícil despachar algo que respetabas. Admiraba la fuerza de Gastón, su determinación, su sentido del humor. Como amigo, le proporcionaba mucho placer.
Como amante, se desvivía por ella.
Él quería demasiado. Ya empezaba a notar lo mucho que la absorbía. Y eso le asustaba, le asustaba no ser capaz de detener el proceso.
Jugando con la llavecita, puso rumbo a la casa del bayou. Las cosas seguirían su curso, se dijo. Siempre lo hacían.
Sonrió cuando vio a su abuela ajetreada en el jardín de la cocina, protegida por un sombrero de paja.
—Huelo a pan recién hecho —gritó Rocío.
—Pan negro. Tengo una hogaza para que te la lleves a casa.
Esperanza se incorporó y se llevó una mano a los riñones.
—Y otra que podrías llevarla al Hall para ese chico. No come bien.
—Está lo bastante sano.
—Lo bastante sano para querer darte un bocado. —Esperanza volvió a su labor con las botas clavadas firmemente en la tierra—. ¿Trató de darte uno esta mañana? Tienes pinta de que sí.
Rocío se sentó en un escalón.
—¿Y qué pinta es esa?
—La de una mujer a la que un hombre le ha puesto las manos encima y no ha terminado el trabajo.
—Si el problema está ahí, sé cómo terminarlo sola.
Con una carcajada, Esperanza arrancó una ramita de romero. Pellizcó las agujas y las agitó bajo su nariz por el simple placer de olerías.
—¿Por qué rascarte el picor si tienes quien te lo rasque? Puede que por fuera aparente casi setenta, pero sé reconocer a un hombre que está dispuesto y puede.
—El sexo no dirige mi vida, abuela.
—No, pero seguro que la haría más agradable. —Esperanza se incorporó—. No eres Lilibeth, 't poulette.
Al oír su apodo de la infancia —pollita— sonrió.
—Lo sé.
—El hecho de no ser Lilibeth no significa que tengas que estar sola si encuentras a alguien que sabe encenderte la llama.
Rocío aceptó el romero que Esperanza le ofrecía.
—Creo que él no quiere una llama, sino una hoguera entera. —Rocío se recostó sobre los codos y echó la melena hacia atrás—. He vivido todo este tiempo sin quemarme y pienso seguir así.
—Para ti las cosas siempre son blancas o negras. ¿No podrías elegir un color intermedio por una vez? Aunque ya seas una mujer hecha y derecha, para mí sigues siendo mi niña, de modo que voy a decirte algo. No tiene nada de malo que una mujer camine sola siempre que sea por una buena razón. Tener miedo a tropezar no lo es.
—¿Quieres saber qué ocurriría si me permitiera enamorarme de él? —preguntó Rocío—. Que con el tiempo se hartaría del agua del pantano y volvería a Boston. O que después de hartarse de jugar conmigo, se buscaría a otra nena.
Esperanza se echó el sombrero hacia atrás. Tenía la cara roja de exasperación.
—¿Qué ocurre si cae un diluvio y el agua nos arrastra hasta el Mississippi? Maldita sea, Rocío, no puedes pensar así. Te dejará seca.
—Estaba bien antes de que él apareciera y estaré bien cuando él se vaya. —Con la cara larga. Rocío acarició a Rufus cuando le plantó el hocico en la rodilla—. Esa casa, abuela, esa casa que tantas ganas tiene de restaurar, es un símbolo de lo que ocurre cuando dos personas no pertenecen al mismo lugar. Llevo la sangre de ella y sé de lo que hablo.
—No lo sabes. —Esperanza le alzó el mentón—. Si ellos no se hubieran querido, si Vale Rouse y Ramiro Ordóñez no se hubieran amado y no hubieran tenido una hija, tú y yo no estaríamos aquí.
—Si hubiera sido su destino estar juntos, ella no habría muerto de la forma en que murió. No sería un fantasma en esa casa.
—Oh, chére. —La exasperación y el cariño riñeron la voz de Esperanza—. No es Vale Rouse quien ronda ese lugar.
—Entonces, ¿ quién es?
—Confío en que sea justamente eso lo que el muchacho tiene que averiguar. Y puede que tú estés aquí para ayudarle. —Esperanza olfateó el aire—. El pan está hecho —dijo un segundo antes de que sonara el timbre del horno—. ¿Quieres llevar una hogaza al Hall?
Rocío apretó la mandíbula.
—No.
—De acuerdo. —Esperanza subió los escalones y abrió la puerta de la cocina—. Se la llevaré yo. —Sus ojos bailaron cuando miró por encima de su hombro—. Y puede que te lo robe delante de tus narices.


Gastón tenía abiertas todas las puertas y ventanas de la planta baja. Ry Cooder sonaba en su equipo de música con su rhythm and blues. Siguiendo la cadencia, estaba aplicando la primera capa de barniz sobre el suelo del salón recién pulido.
Todo le dolía. Cada músculo y cada hueso del cuerpo aullaban con la misma ferocidad que Ry Cooder. Había confiado en que el esfuerzo físico de lijar la madera templara su furia. Ahora esperaba que la necesidad de concentrarse en el barniz lo consiguiera.
El alba rosácea no había cumplido su promesa.
Esa mujer lo sacaba de sus casillas, pensó. Y ella lo sabía. Una noche lo cubría de abrazos en la cama y a la siguiente apenas le ofrecía una conversación por teléfono.
Tan pronto se enfada como se derrite en sus brazos. Mira que intentar convertir la noche que habían pasado juntos en un simple rollo.
Y un cuerno.
—Cher, ¿por qué te pones así? —murmuró—. Todavía no has visto cómo puedo ponerme, nena. Pero lo verás antes de que acabe con esto.
—Pareces algo enfadado.
Gastón se volvió bruscamente, arrastrando el barniz consigo. Y casi cayó de rodillas cuando vio a Esperanza sonreírle desde la puerta.
—No la oí entrar.
—No me sorprende. —Con el privilegio que le otorgaba la edad, se inclinó y bajó el volumen en el momento en que Cooler cambiaba de ritmo y se lamentaba—. Me gusta Cooler, pero no tan alto. Te he traído una hogaza de pan que hice esta mañana. Termina lo que estabas haciendo. La dejaré en la cocina.
—Deme un minuto.
—No tienes que parar por mí, cher.
—Lo sé. Deme cinco minutos, por favor. Hay algo de beber... he olvidado qué, en la nevera. ¿Le importaría servirse usted misma?
—En absoluto. Ya empiezo a notar el calor y aún no estamos en marzo. Tómate el tiempo que necesites.
Cuando Gastón fue a reunirse con ella, Esperanza estaba frente a la vitrina de la cocina, examinando su contenido.
—Mi madre tenía un viejo molde de barquillos como ese. Y yo todavía tengo una despepitadora de cerezas como esa. ¿Cómo llaman aquí a esos platos? No lo recuerdo.
—Vajilla de fiesta.
—Eso es. ¿Has pagado dinero por esos frascos de Masón, cher?
—Me temo que sí.
Asombrada, Esperanza chasqueó la lengua.
—Quién me lo iba a decir. Aunque quedan preciosos. Un día ven a rebuscar en mi cobertizo. Tal vez encuentres algo que te interese. —Miró en derredor y asintió con la cabeza—. Buen trabajo, Gastón, buen trabajo.
—Estará acabada cuando monte las encimeras y termine los paneles de los electrodomésticos.
—Buen trabajo —repitió Esperanza—. Y el salón te está quedando precioso.
—Ya he comprado algunos muebles. Me he adelantado un poco. ¿Quiere sentarse, señorita Esperanza?
—Solo un minuto. Guardo algo perteneciente a esta casa que quizá te gustaría tener. Podrías ponerlo en la repisa del salón o en una de las habitaciones.
Se sentó frente a la mesa y sacó de una bolsa un marco de piel marrón.
—Es una fotografía. Un retrato de Valeria Rouse.
Gastón contempló el rostro de la mujer que rondaba sus sueños. Podría haber sido Rocío, pensó, pero el color del pelo era diferente y había demasiada dulzura, demasiada aún por formar en esta cara. Las mejillas eran más redondas, los ojos de largas pestañas demasiado crédulos, y también demasiado tímidos.
Qué joven, pensó. Y qué cándida pese al vestido de mujer adulta con cuello alto de pelaje, pese al ángulo desenfadado de la toca de terciopelo y sus picaras plumas.
Tenía delante una muchacha, rumió Gastón, mientras que Rocío era una mujer.
—Muy bonita —dijo—. Bonita y muy joven. Se le rompe a uno el corazón.
—Mi abuela dedujo que tenía unos dieciocho años cuando le hicieron esta foto. No podía tener más, porque no vivió para ver los diecinueve.
Mientras Esperanza hablaba, arriba estalló un portazo. Se limitó a mirar el techo.
—Parece que también tu fantasma está enfadado.
—Los portazos empezaron hoy. El hijo del fontanero huyó como una bala hace un par de horas.
—Tú no tienes pinta de ir a ningún lado.
—No. —Gastón se sentó al otro extremo de la mesa justo cuando se producía otro portazo y contempló la sonrisa tímida y confiada de Valeria Rouse Ordóñez—. No voy a ningún lado.